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CINEMA DE PERRA GORDA

CRIME IN THE STREETS (1955, Don Siegel)

CRIME IN THE STREETS (1955, Don Siegel)

Nada mejor para entender como funcionaba el engranaje del cine de géneros y estudios en el Hollywood de los años cincuenta, que entender el margen de posibilidades que podía ofrecer un director ya caracterizado en sus formas visuales y temáticas, como era el norteamericano Don Siegel, que escoger la referencia que nos proporciona CRIME IN THE STREETS (1955) –inédita comercialmente en nuestro país-. Esta se sitúa tras la que probablemente sea considerada como su mejor película –aunque personalmente uno se quedaría con la poco reivindicada PRIVATE HELL 36 (1954)-; INVASIÓN OF THE BODY SNATCHERS (La invasión de los ladrones de cuerpos, 1956), e inmediatamente antes de la extravagancia rodada en España al servicio de la imposible pareja formada por Carmen Sevilla y Richard Kiley –SPANISH AFFAIR (Aventura para dos, 1957)-, tras la cual se reincorporaría al terreno del policíaco, prolongando su filmografía con su adscripción a ciertos géneros tradicionales. Es evidente, al comentar este ejemplo concreto, que si hay un elemento que caracteriza la obra de Siegel es el de una irregularidad que, por otra parte, comparte con la práctica totalidad de sus compañeros en la determinada “generación de la violencia” –sobre todo Robert Aldrich y Richard Brooks-

Da la casualidad que el título que nos ocupa pertenece a uno de los subgéneros más temibles que estuvieron presentes en la segunda mitad de los cincuenta en el cine USA. Me refiero al de pandilleros juveniles que, al socaire del éxito logrado con la excelente REBEL WITHOUT A CAUSE (Rebelde sin causa, 1955. Nicholas Ray), pronto encontraron una notable descendencia, debido en esencia a la demanda de uno de los sectores en potencia más adictos a las pantallas de aquellos años. Lo eran aquellos jóvenes inadaptados, caracterizados por sus botas, cazadoras y tupés, que por lo general adquirían en la pantalla una falsedad, lanzando a no poco número de estrellas de efímera andadura, y una pléyade de títulos que alcanzarían hasta el hipervalorado WEST SIDE STORY (Amor sin barreras, 1961. Robert Wise & Jerome Robbins), especialmente estomacante para un servidor, a la hora de integrar plasmar el mundo de las pandillas insertas en los barrios marginales newyorkinos. A medio camino entre uno y otro referente, el film de Siegel se erige como una crónica sencilla, más o menos contenida en su alcance moralista, aunque resulte bastante poco convincente y pueril en la descripción de esa fauna de adolescentes sin oficio ni beneficio, sin otro horizonte vital que reunirse cara tarde / noche, evitando implicarse en cualquier tipo de trabajo o responsabilidad adulta. Estoy seguro que el extraordinario éxito logrado por el film de Ray, permitió el florecimiento de no pocas muestras de este tipo de cine, en el que se reiterará la presencia rostros familiares como Sal Mineo o John Cassavettes, entre otros jóvenes de inferior calado y más efímera repercusión. En esta ocasión, nos encontramos con una producción de la Allied Artist, en la que destaca desde el primer fotograma –esa amplísima panorámica urbana nocturna- el acierto en el aprovechamiento de un formato panorámico, bien respaldado por la excelente fotografía en blanco y negro auspiciada por el estupendo Sam Leavitt –operador de fotografía en otros títulos de Siegel-, y el insólito –y a mi juicio chirriante- fondo sonoro jazzístico auspiciado por el excelente compositor clásico Frank Waxman. La secuencia de apertura es indudable que en su momento provocaría cierto impacto, aunque hoy día nos resulte mucho más inocente, describiendo una pelea nocturna entre dos bandas rivales. La planificación tensa y ajustada de Siegel, no impide que el dibujo de los jóvenes pandilleros aparezca hoy día como estereotipado y carente de interés dramático, aunque sirva a los propósitos de la película, en la medida de aportar un inicio percutante –era algo que el realizador prodigaba en sus películas de aquellos años-. Tampoco había que pedir demasiado a un título que, en líneas generales, sirve a los propósitos de una pieza dramática de Reginald Rose -12 ANGRY MEN (Doce hombres sin piedad, 1957. Sidney Lumet)-, que podía perfectamente haber sido la base para cualquier dramático televisivo de cierto interés. Esa ya reiterada mirada en torno a una generación joven, caracterizada por su larvada violencia interior, quizá receptora de forma inconsciente del trauma vivido en la II Guerra Mundial, que ha roto los posibles lazos de conexión con sus padres, y que se expone desvalida ante un mundo en apariencia más cómodo pero en el que en absoluto les apetece deambular, es una materia que Ray supo explotar con un elevado rasgo de lirismo, pero que en esta ocasión aparece expresada como uno de los elementos más limitados de la función.

Incomunicación, violencia soterrada, incomprensión, desarraigo generacional… Ingredientes que se irían reiterando film tras film –unos con mayor grado de dignidad que en otros, aunque nunca sin alcanzar las cimas del mencionado film de Ray, quien sin embargo sí logró mantener esa proyección al trasladarla en épocas pretéritas y géneros opuestos, como el western –THE TRUE STORY OF JESSE JAMES (La verdadera historia de Jesse James, 1957)-. En esta ocasión nos encontramos con la lucha interior vivida por Frankie Dane -John Cassavetes, en su debut cinematográfico, que le llevó a reiterar el estereotipo, algo cargante, de joven rebelde en no pocas producciones, antes de su inesperado y estupendo debut como realizador en SHADOWS (Sombras, 1959)-. Frankie vive en un contexto gris, fue abandonado por su padre y su madre desde muy joven tuvo que abandonar en su cariño hacia él para poder dedicarse al restaurante con el que se gana la vida, dejando en casa al más pequeño hermano de este. Junto al protagonista, y en el contexto de una serie de estereotipos juveniles más o menos prescindibles, compartimos a sus amigos más cercanos, como Lou (horrible prestación del posterior director Mark Rydell), o el más joven Baby Gioia (Sal Mineo). Junto a ellos planificará el asesinato de su vecino de piso superior. Se trata de Mr. McCallister (Malcolm Atterbury), un hombre de edad avanzada, harto de tener que convivir con los pandilleros, e incapaz de comprender la problemática que hay tras su existencia. Pero junto a ellos gravitará la labor del educador social Ben Wagner (James Whitmore), al que su profesión va unida una clara vocación e identificación a la hora de acercarse a un mundo juvenil de compleja psicología. Conocedor –a través del hermano pequeño de este-, de las intenciones homicidas de Dane, intentará de forma sibilina hacerle desistir de sus impulsos, sin conocer a ciencia cierta donde se dirigen estos, y buscando ante todo un acercamiento que provoque la catarsis en la violencia interior que late en el atormentado protagonista.

En base a un material tan estereotipado, Siegel hace lo que puede, logrando desarrollar esa unidad espacio-temporal que parte en su guión, alcanzando con ello una actualización de propuestas existentes en el cine USA de los años treinta, como DEAD END (1937, William Wyler) –que prefiero sobre el film que nos ocupa-. A partir de estos elementos articulará una narrativa que busca un tratamiento formal basado en los planos largos. Será en ese aspecto concreto, donde CRIME IN THE STREETS adquiera en mi opinión sus más valiosos elementos de interés. En especial a través de esas secuencias “a dos”, en las que los jóvenes protagonistas –con la excepción de Lou, que es el peor esbozado de todos ellos-, desplieguen el conflicto con sus padres –el excelente plano largo en el que el padre de Gioia pretende inútilmente acercarse a su hijo- o entre el propio Frankie y Wagner. Son secuencias que pese a su alcance moralizador, logran transmitir ese cierto grado de sinceridad del que el conjunto del film carece, haciendo también excepción de las escenas en las que la tensión violenta se transmite a partir de su estallido. Es algo que tendrá su punto de inflexión más álgido en el “ensayo” del asesinato –es impresionante la expresión del pobre borracho que es utilizado como simple cebo, cuando contempla la muerte cerca de sí-, o la de la cercanía del crimen sobre Mr. McCallister. No sería, por otra parte, nada nuevo, viniendo de un realizador ya experimentado en estos lares, artífice en esta ocasión de un conjunto discreto e irregular, que culmina con un movimiento de retroceso de cámara, tras haberse logrado la catarsis en este joven lider, que en el último momento –y de forma inesperada- entendió que seguir el camino de lo comúnmente establecido como “cotidiano”, era la fórmula más adecuada de canalizar su vida. Que duda cabe que otros títulos de esta vertiente –pienso en el excelente COMPULSION (Impulso criminal, 1959. Richard Fleischer)-, incidirán con mucha mayor profundidad en la temática esbozada con cortedad de miras por Reginald Rose, y transformada en producto fílmico por Don Siegel, con un resultado aceptable, aunque poco distinguido.

Calificación: 2

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