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THE MAGIC BOX (1951, John Boulting)

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THE MAGIC BOX (1951, John Boulting) contiene bajo mi punto de vista uno los mejores fragmentos de la historia del cine británico. Desarrollando su enunciado dramático como una especie de singular biopic sobre la andadura de uno de los precursores de la traslación de la fotografía al cine; el inglés William-Friese Green (en una admirable y matizada performance de Robert Donat). El episodio que señalo, se centra en el momento en el que el inventor, tras numerosas frustraciones personales, logra acercarse al momento deseado. Ese instante en que todo creador sabe que tiene el fruto de su esfuerzo en sus manos, y quizá por ello, no se atreve a ratificarlo. La pantalla –una simple sábana blanca- se ilumina, y aparecen sobre ella unas líneas inconexas. Friese no puede ni mirar y cierra los ojos mientras el espectador comprueba por los cambios en las sombras que se están proyectando imágenes. El plano pasa al exterior de una calle de ambientación casi dickensiana –se trata de un almacén ubicado en una zona casi degradada-, en una noche donde se encuentran dos guardias que se van a relevar, mientras al fondo se ve la luz encendida de la ventana donde el protagonista ha desarrollado sus investigaciones. Este sale de la portería, provocando una alarma del agente que allí se encuentra –encarnado por un sorprendente Lawrence Olivier-. Aunque este cree que el inventor habla de un delito, lo que pretende el protagonista es que compruebe –y con él, el espectador-, el éxito del invento. Así pues, logra convencer al agente a que suba a su desvencijado laboratorio, mostrándole el milagro de esa película que muestra la filmación del paseo de su primo por un jardín que hemos contemplado previamente. El policía se queda asombrado, y con expresión complacida –extraordinario Olivier-, le señala “debe sentirse Vd. muy feliz”.

El extraordinario fragmento, sirve casi, casi como instante cumbre en esta insólita y al mismo tiempo magnífica tragicomedia que se define en THE MAGIC BOX, quizá la cima del talento del cine de los hermanos Boulting –unos cineastas que hasta hace no demasiado tiempo eran despachados con superioridad, como buena parte de los competentes cineastas de aquel país-, más conocidos por sus mordaces sátiras de diversos estamentos del país. En esta ocasión, la excusa del recorrido vital de la figura del pionero inglés –y partiendo del hecho de ser una producción destinada a representar al país de origen en el Festival de Britain de 1951-, contó por un lado con unos créditos magníficos –guión de Eric Ambler, fotografía del gran Jack Cardiff, especialmente acertada en esta ocasión, como más adelante comprobaremos-, y por otra la insólita presencia de un fastuoso reparto –en roles episódicos-, de buena parte de los intérpretes más célebres del país –al citado Olivier, podríamos añadir a Michael Redgrave, Margaret Rutherford, Michael Horden, Eric Portman, Richard Attenborough…- Elementos todos ellos que queda claro inciden en el hecho de encontrarnos ante una película producida con especial esmero, y que además destaca por estar dotada de una extraña estructura, insólita incluso vista en nuestros días, y demostrativa de la audacia que la cinematografía británica atesorara en no pocas ocasiones, incluso en un periodo como en el que se realizó esta película, que hasta hace pocos años era tachada como académica. Por otro lado, el film de John Boulting supone una de las muy escasas ocasiones en las que desde las islas se acometió una producción que se basara en el subgénero del “cine dentro del cine”. Sin embargo, lo que más puede destacar a la hora de contemplar esta admirable producción, es ratificar una vez más la interconexión que se estableció en el cine inglés a lo largo del tiempo.

El relato se inicia con un inserto que señala el año de nacimiento y muerte del protagonista, dejando impreso este último, y con ello advirtiéndonos que estamos asistiendo a los últimos momentos de su vida. Contemplamos el discurrir tranquilo de un hombre avejentado y acabado pero de amables modales, que acude al hostal en donde trabaja su segunda esposa –Edith (Margaret Johnston)-. El breve encuentro con esta resulta conmovedor, al tiempo que revela el estado de desahucio que vive un hombre bondadoso y perseverante, pero quizá incomprendido en el mundo en que vive. La cámara de Boulting sabe captar a la perfección esa rutina de la vida inglesa al rememorar en un breve flashbacks el pasado que unió a los dos esposos que se encuentran separados. Dominadas sus imágenes por unos tonos verdosos que nos entroncan en cierto modo con ese primitivo cromatismo que llegó al Séptimo Arte, el recuerdo de Edith se centrará en su encuentro con William, relatando de manera muy sencilla ese segundo matrimonio en su vida, para el que llegará a señalar con dolorosa lucidez, que quizá la misma ya estaba conclusa. Ese fragmento nos revelará los últimos ascensos y caídas del inventor, sumido ya en una fase de decadencia, mientras aquellos inventos que forjaron su prestigio, no servirán para mantener su inquietud de investigador de la traslación de la imagen.

La triste despedida de su esposa –que albergará algo de mortuorio presentimiento-, trasladará al precursor hasta una reunión de personas vinculadas al mundo de la naciente industria del cine inglés, en el seno de la cual nuestro hombre evocará elementos de su pasado, adentrándonos en un segundo y más prolongado flashback, en que se nos describirán sus años de juventud, iniciándose en un estudio fotográfico  -y propiciando en este episodio elementos ligados a la comedia-, del que se independizará, conociendo y casándose con su primera esposa Helena (Maria Schell). Será dentro de dicho ámbito, donde THE MAGIC BOX se adentrará de manera más detenida en el proceso de investigación del protagonista, alternando ello con la debilidad y enfermedad de Helena. Es en ese amplio fragmento, que se extenderá casi hasta el final del film, donde Boulting y su valioso equipo de colaboradores echarán el tarro de las esencias, a la hora de implicarse de manera admirable en este melodrama, que viene a confirmar una vez más, la extraordinaria intercomunicación que a lo largo de su devenir se estableció dentro del cine británico. Contemplando e incluso conmoviéndose con las tribulaciones de un hombre honesto consigo mismo y bondadoso con las gentes que le rodean, uno aprecia ciertos ecos en la recreación historicista que aparece como una traslación tardía y en color de los melodramas de la Gainsborough, o preludia en algunos momentos –las tribulaciones del inventor en el laboratorio- episodios precursores que Terence Fisher aplicaría en sus aportaciones en Hammer Films. En este sentido, hay unos planos magníficos que describen las aplicaciones de filtros en líquidos, proyectados en recipientes ubicados delante del rostro del protagonista, que por momentos aparece casi como una involuntaria premonición al posterior al magnífico THE MAN WHO COULD CHEAT DEATH (1959)  de Fisher. Pero esa sensación de asistir a un drama que al margen del atractivo de su enunciado, sirve de puente a la hora de establecer diversas corrientes en el cine británico, indudablemente nos liga al cine de Michael Powell y Emeric Pressburger –la extraña ligazón que se establece con la muy opuesta PEEPING TOM (El fotógrafo del pánico, 1960. Michael Powell en solitario)-, se une con la extraordinaria aportación del ya señalado Jack Cardiff, que ya en años anteriores había participado en apuestas cromáticas de The Archers, aunque no fue hasta la llegada de los cincuenta cuando esta unión entre operador de fotografía y cineastas llegó a unas cuotas de compenetración y experimentación de excepcional efectividad.

Caracterizada por esa extraña estructura en dos flashbacks de dispar duración y características, como si en ellos se formulara la imposibilidad de una segunda oportunidad en la vida del protagonista, precisa hasta extremos indecibles en las tribulaciones vividas por el inventor a la hora de dar con el resultado del objetivo central de su andadura vital, sensible y al mismo tiempo anticonvencional al describir los dos amores de su vida –la película evitará mostrar la muerte de su primera esposa-, THE MAGIC BOX supone una más de las muestras de la grandeza del cine británico. Una cinta que contó con el apoyo de numerosos profesionales de la industria, que no duda en concluir de manera harto dolorosa –la muerte de William-Friese Green tras pronunciar un casi implorante discurso ante los representantes de ese cine naciente inglés, y sin que estos reconozcan tras su síncope de quien se trata al revisar sus enseres- erigiéndose en última instancia, como un singular y sincero acto de amor por parte de todos cuantos participaron en ella. Una gran obra, merecedora de salir del olvido con autentica urgencia..

Calificación: 4

14/07/2014 18:39 thecinema #. John Boulting

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