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CINEMA DE PERRA GORDA

BANJO (1947, Richard Fleischer)

BANJO (1947, Richard Fleischer)

Rodeado en sus primeros años por una profusión de cortometrajes, BANJO (1947) supuso el segundo de los largometrajes de Richard Fleischer –firmando sus primeros títulos como Richard O. Fleischer-, prolongando en buena medida la tendencia que ya quedó marcada en su debut en el mismo con CHILD OF DIVORCE (1946), al tiempo que del mismo modo reúne a varios de los intérpretes del drama que Fleischer abordara en aquella ocasión. Rodada para la R.K.O. -el estudio en donde desarrolló los primeros años de magnífica andadura fílmica-, BANJO tendría todos los elementos para convertirse en uno de los títulos de poco menos que insufrible calado, protagonizados por la inefable Shirley Temple o sus innumerables epígonos. Ahí es nada, asistir en su guión a la andadura de la pequeña Pat Warren (Sharyn Moffett), hija del acaudalado propietario de una hacienda que se encuentra apesadumbrado por la muerte de su esposa. Por su parte, la niña mantiene su vida habitual rodeada de sus amigos –sean estos blancos o negros-, y los sirvientes, que la miman con verdadero cariño. Pero junto a ella encuentra su más estrecho apoyo en su perro Banjo. La cotidianeidad de los juegos y la vida habitual de la pequeña, es captada con ligereza por la cámara casi documentalista del cineasta, logrando desde el primer momento adentrar al espectador en la sencillez de una película de serie B y complemento de programa doble –no llega a alcanzar los setenta minutos de duración-, que posee la virtud de sortear con enorme habilidad las tentaciones de lo que podría ser un melodrama sensiblero.

Lo propiciará la muerte accidental del padre de la pequeña, obligando a Pat a ser trasladada a casa de su familiar más cercano, la joven y un tanto altiva Elizabeth Ames (Jacqueline White), hermana de la madre fallecida con anterioridad y que reside en Boston. La niña tendrá que abandonar su hábitat habitual, aunque conservará en su nuevo emplazamiento a su querido Banjo. De entrada, observará cierta frialdad a su llegada, que se hará extensiva de manera patente en la imposibilidad de mantener al perro en el interior de la vivienda –de carácter señorial aunque ubicada en una ciudad-. Esta circunstancia supondrá el meollo central de una pequeña crónica en la que se dirime en última instancia la búsqueda de tía Elizabeth de su auténtica personalidad, hasta entonces oculta dentro de una rigidez que incluso le lleva a encubrir lo que de sensible esconde su corazón. Esa capacidad de Flesicher para plasmar ese proceso evolutivo es la que, a fin de cuentas, proporciona a esta pequeña película un grado de vigencia nada desdeñable. Esa frialdad de Jacqueline le llevará incluso a dejar de lado la relación estable que ha mantenido con Bob Hartley (Walter Reed, también partícipe en el cast de CHILD OF DIVORCE), un médico del que no soporta que su vocación profesional en ocasiones la mantenga separada de ella.

A pesar de suponer, al igual que el título precedente, un producto directamente emanado de los designios de Sid Rogell, ejecutivo encargado del departamento de producción de bajo presupuesto de la R.K.O. para el frustrado lanzamiento de la protagonista como estrella infantil, lo cierto es que la película en el momento de su estreno vivió una pésima acogida que, unido a su escasa entidad como producto industrial, pronto la relegó al olvido. De hecho, estoy convencido que de no estar filmada por el que luego sería el director de THE BOSTON STRANGLER (El estrangulador de Boston, 1968) –al margen de que con probabilidad su resultado sería menos atractivo-, jamás tendríamos noticias de ella. Y sin embargo nos encontramos –dentro de su modestia-, con un producto no exento de interés. Con un grado de sobriedad y despreocupación notable –Fleischer deja de lado buena parte de la sensiblería que podría emanar del desgarro emocional de la pequeña ante la muerte de su padre y su forzoso nuevo marco vital-, el realizador por el contrario parece centrar su radio de acción a la hora de narrar las travesuras que comete un perro que nunca terminará de acostumbrarse al confinamiento al que le somete la dueña de la casa –lo encerrará en una especie de jaula que se sitúa en el jardín-. Ello permitirá al director estructurar la película en forma de unos pocos episodios, centrados todos ellos en las travesuras provocadas por ese perro, que sin pretenderlo violenta la férrea cotidianeidad establecida en la mansión en donde se ha establecido la pequeña –el personaje del estirado mayordomo es arquetípico-. Por momentos, parece que nuestro cineasta desea convertir BANJO en un cartoon humanizado, en el que no faltará el rol de la veterana criada –encarnada por la inefable y aquí más controlada Una O’Connor-, empeñada en que su señora abandone sus falsos aires de grandeza, y pueda consolidar esa relación con el joven Hartley, que tanto contribuiría a hacerla feliz. Fleischer logra en varios momentos hacer visible la tribulación de Liz –por más que la actriz que encarna al personaje no sea una dechada de expresividad-, a la que quizá una cierta altanería o una oculta inseguridad, impedirá dar ese paso adelante que en el fondo desea su corazón. Y será la pequeña Pat, tras escuchar una reveladora conversación entre la criada y el atildado sirviente, cuando ponga en práctica un plan para intentar unir a su tía y a ese doctor al que ha conocido al llevar a Banjo a que le cure una pierna. Para ello, fingirá encontrarse enferma, y este de entrada descubrirá la puesta en escena, aunque poco a poco entre en el juego y con ello logre ir venciendo las aparentes reticencias de esta. Será en una fuga en los últimos minutos –desatada a partir de la decisión de su tía de llevar al perro hasta su finca de procedencia-, donde la pequeña retorne en el mismo tren en el que llegó hasta la ciudad, provocando la persecución por parte de su tutora y del propio Hartley. Es así, como dentro de unas secuencias provistas de una apresurada pero eficaz tensión en el pantano cercano a la hacienda, y en donde Banjo defenderá a su dueña del peligro de uno de los gatos salvajes de la zona, donde finalmente Elizabeth entenderá que su vida ha de discurrir por otro camino, que de forma elíptica marcará su unión con ese joven doctor que sabe la ama y ella le corresponde interiormente.

Rápida conclusión para una cinta modesta, discreta y al mismo tiempo estimable, que avalaba el buen pulso de un director humilde que seguiría brevemente en el terreno de los títulos más o menos rurales, hasta ir fogueándose en los policíacos de serie B. Exponentes llenos de altibajos, caracterizados por buenos fragmentos y también baches ineludibles. Con ellos, poco a poco Fleischer no solo iría forjando su profesionalidad como hombre de cine, si no la base de una personalidad que iría perfilándose en una más que encomiable y rápida progresión.

Calificación: 2

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