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LA VENA D'ORO (1955, Mauro Bolognini) También yo te quiero

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Dentro del lúcido revisionismo que está siguiendo el cine italiano ubicado entre los años cuarenta y sesenta, la figura de Mauro Bolognini ha recibido una cierta atención. Un reconocimiento enmarcado en una filmografía aún conocida de manera parcial, delimitada por unos últimos años en donde su creciente servilismo a un estéril esteticismo dinamitó la valía de sus últimas obras. Sin embargo, en una obra de cierta extensión, además de referentes que hoy día aparecen a la altura del mejor cine de su tiempo –LA VIACCIA (1961)-, un rastreado parcial de la misma me ha permitido descubrir dramas del calado de SENILITÀ (1962), a lo que cabría unir la notable sorpresa que me ha transmitido el visionado de LA VENA D’ORO (También yo te quiero, 1955), tercera de sus películas.

Basado en la comedia homónima de Guglielmo Zorzi –Bolognini siempre mostró su preferencia por las adaptaciones literarias-, si algo podemos percibir desde sus propios títulos de crédito, es ese sentido de la progresión dramática, que permite interesarnos desde el primer momento por el conflicto que protagoniza el joven Corrado (un jovencísimo Mario Girotti, que quizá en el resto de su carrera jamás alcanzara el encanto brindado en esta ocasión). Corrado es un chaval de dieciséis años, espigado, atractivo e idealista, que de manera solapada ha sabido captar por completo la atención de su madre –viuda desde bien joven-. Teresa (Titina De Filippo) es una mujer de mediana edad que aún conserva su belleza, encontrándose ya por completo decidida a asumir su viudedad sin dar la menor ocasión para una nueva relación sentimental. Entregada hasta el extremo en el cuidado de su hijo, que se ha convertido en el centro de su existencia, será el muchacho quien a primera instancia interceda para que se conozca su madre con el profesor Manfredi (Richard Basehart). Este será el cabeza de una excavación arqueológica  a la que acudirá Corrado con la intención de participar en ella, decidiendo desde el primer momento que su futuro está centrado en desarrollar dicha vocación. Mientras tanto, el joven no deja de ser el centro de la atención de su madre, su sirvienta, su joven amiga Carla y la ya madura duquesa Carena. Todo ello en un ámbito rural que aparece liviano, en medio del cual se encuentra esa mansión en la que reside Teresa, caracterizada por sus enormes dimensiones para los pocos ocupantes que alberga y por un aura decadente. Todo ello ejercerá como marco oportuno para asumir esa casi enfermiza obsesión que la viuda manifiesta por su hijo –en un momento dado le dará un beso en la boca, apagando en varias ocasiones la lámpara de su habitación-.

Dentro de dicho implícito dominio, será Corrado el que sin pretenderlo, ponga ante su madre la oportunidad para que conozca a Manfredi. Será el inicio de una relación que, en realidad, podría suponer una oportunidad para ambos, aunque Teresa se niegue sucesivamente a los galanteos de un hombre recto, elegante y sensible. Sin embargo, su insistencia poco a poco hará mella en la por otro lado estúpida resistencia de la viuda, hasta que un furtivo viaje a Roma, en la que en principio iban a acudir de compras con su hijo, se produzca la asunción de una atracción compartida. Algo que por vez primera percibirá Corrado cuando se lo haga manifestar una resentida Carena –que ha intentado inútilmente seducir al joven-. A partir de este momento, y coincidiendo con la celebración de una fiesta de fin de año en la mansión familiar., surgirá la catarsis que por un lado exteriorizará el recelo de un resentido muchacho, que por vez primera contempla como deja de ser el centro del mundo en que vive. Por otro lado, para su madre emergerá el intenso drama de poder vivir una nueva andadura existencial, o plegarse a lo que se supone son sus obligaciones como madre.

Podría decirse que en LA VENA D’ORO se encuentra uno de los embriones de lo que muy pronto se erigiría como el mundo temático de Bolognini. Esa mirada crítica en torno a los servilismos sociales, las siniestras sombras del universo familiar, envuelto en un aura de decadencia, es posible que presente en esta película su primera plasmación rotunda. Pero lo más importante reside en destacar como pese a encontrarnos en los primeros tramos de su filmografía, el realizador logró el que quizá resulte su primer exponente acabado de la misma, superando incluso títulos posteriores. Desde el primer momento, y con un notable sentido del ritmo cinematográfico, su director nos introduce en ese mundo cerrado y opresivo, marcando con sutileza ese ámbito en el que el joven Corrado aparece descrito como una especie de siniestro ángel de belleza. Pero esas maneras quedarán expuestas con sutileza, sin cargar las tintas. Poco a poco surgirán los elementos de un contexto enfermizo, dominado por los interiores de esa mansión que reviste tintes tanto de refinamiento como de decadencia. Será un contexto que Bolognini irá desgranando con ese gusto por el mejor cine literario, acudiendo a un grado de atmósfera, de densidad narrativa y de creciente intensidad. Algo que llevará a cabo mediante la utilización de largos planos, con la intensidad de una magnifica dirección de actores, con la admirable utilización del espeso diseño de producción que describe el interior de la mansión, o incluso los exteriores, en donde tendrá un especial protagonismo la secuencia en la que Teresa y su hijo visiten la excavación, siendo recibidos por Manfredi. Será una hermosa metáfora, en la que se trasladará la oportunidad de abrirse a una nueva experiencia –el descubrimiento de una nueva galería en la excavación-, dentro de un contexto dominado por la remembranza al pasado.

Lo cierto y verdad es que Mauro Bolognini construye un bello canto elegiaco. Una mirada en la que se establece un choque entre la convención y el sentimiento. Entre lo presivo y una nueva ráfaga de emoción vital. Y dentro de dicho contexto, podremos vivir episodios ejemplares, como el instante en el que la reacia Teresa conozca al sensible Manfredi, que mientras la espera se ha puesto a teclear el piano. En el fragmento del viaje de ambos hasta Roma, donde casi oponiéndose ella a todo contacto –se cubrirá pudorosamente el rostro con un velo- no podrá dejar de verse hechizada por los continuos galanteos de este. Y, en última instancia, el abanico de tensiones tendrá su marco definitivo de expresión en la admirable y extensa secuencia de la fiesta de fin de año. Un fragmento modélico, en el que el italiano acertará al describir el mosaico de tensiones que se establecen en las relaciones entre todos sus personajes, centrando esa mirada en torno a la sensación asumida por un desengañado Corrado. Una pieza que debería figurar por derecho propio entre lo más denso y hermoso jamás legado por su artífice, y en el que no se sabe que admirar más, si el tempo con el que es descrito, las tensiones que afloran en sus personajes, en sus miradas, en la fuerza de sus movimientos de cámara, en esa sensualidad que albergan algunas de sus acciones –los besos que se formulan Teresa y Manfredi-, o en la importancia de objetos y decorados –los espejos de algunos de sus instantes-.

Es probable que en un conjunto dominado por tanta fuerza, pueda oponerse la presencia de esa conclusión un tanto acomodaticia. Sin embargo en ella se insertara el hermoso encuentro entre el huido Corrado y Carla, o la sensación de melancolía que se apreciará en este cuando vayan a abandonar la mansión y, con ello, sus coqueteos con la joven, e incluso la sensación de pérdida que irá asumiendo la madre, que se verá contrariada cuando dicte una carta a su hijo para ser remitida a la muchacha. Será la oportunidad de que predomine la pasión y el sentimiento sobre la convención. Poco después, cuando el insolente y egocéntrico hijo se enfrente a la fiel sirvienta, entenderá que se ha equivocado al pretender situarse en todo momento como un eje constante de los sentimientos de su madre, albergando la suficiente lucidez para entender que ella y Manfredi tienen derecho a vivir una prolongación en sus sentimientos vitales.

Calificación: 3’5

10/03/2015 01:10 thecinema #. Mauro Bolognini

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