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CINEMA DE PERRA GORDA

GIOVANI MARITI (1958, Mauro Bolognini) Jóvenes maridos

GIOVANI MARITI (1958, Mauro Bolognini) Jóvenes maridos

No es la primera ocasión en la que he intentado destacar la obra de Mauro Bolognini descrita entre bien poco después del inicio de su filmografía, y en concreto entre mediada la década de los cincuenta y poco antes de llegar al punto intermedio de la siguiente. Caracterizado por lo general de manera injusta de poner en práctica un cine caligráfico, lo cierto es que en el conjunto de su producción que se inserta dentro de dicho ámbito temporal -que cifro en 13 largometrajes- se ofrece una aportación de notable interés dentro del febril y magnífico cine italiano de aquel tiempo, que vivió como el conjunto de las cinematografías mundiales uno de los mejores momentos de la historia. En medio de aquel contexto hay que reconocer que el aporte de Bolognini no se encuentra demasiado alejado del nivel medio de elevado interés que definió dicha producción. De aquellos títulos, hasta el momento son nueve los que he podido contemplar, y de ellos sigo destacando la excelente LA VIACCIA (La calle del vicio, 1961) como la cima de su filmografía. Considero llegados a este punto, que GIOVANI MARITI (Jóvenes maridos, 1958) como una muestra revestida de interés, y avanzando en un sendero que muestra una equilibrada mixtura de ascendencia melodramática, mirada crítica en torno a los conflictos de clase de esa nueva Italia forjada tras el final de la II Guerra Mundial, y a la presencia de una nueva juventud desencantada, diletante y nihilista. Será todo ello la base sobre la que girará el ámbito de la mejor obra de Bolognini, que tendrá en esta película un ejemplo notable, aunque en buena medida -y no es algo que sirva para menospreciarla- asuma como inspiración el referente de I VITELLONI (Los inútiles, 1953) de Federico Fellini.

La película se inicia con el relato en off de Antonio (Franco Interlenghi) al describir una noche más, de ese grupo de cinco amigos de los que forma parte, en la localidad toscana de Lucca. Se trata de un grupo de dilettanti en los que se nos ausentarán sus orígenes, aunque por su aspecto exterior intuimos que proceden de clases sociales consolidadas y con ascendencia burguesa en esa Italia del progreso. En realidad, las intenciones de Bolognini y su grupo de guionistas -entre los que de nuevo se encontrará un experto analista de la juventud del momento como Pasolini- se centra en ofrecer un conjunto de caracteres contrapuesto, e intentando en ellos brindar una mirada general de la juventud analizada. Así pues, junto a Antonio se encuentra el atractivo y seductor Ettore (Antonio Cifariello), el inquieto y algo atormentado Marcello (Gérard Blain), el sensible Giulio (Raf Mattioli) y el acomodaticio Ennio (Franco Marchetti). Los contemplaremos a ambos deambulando en lo noche de aquella vieja ciudad, como si con sus imágenes violentaran la entraña de un entorno que parece emerger anclado a su pasado. En realidad, estos muchachos se han reunido para festejar la inmediata boda de uno de ellos, Franco, quien lo hará con la deseada Donatella (Rosy Mazzacurati). Pronto el resto de compañeros contemplará como este ha mutado en su personalidad tras la luna de miel, e incluso mostrará su desapego hacia sus amigos, no dudando en asumir un puesto de trabajo que inicialmente iba a recaer en Marcello, dada la influencia marcada por el padre de Donatella, puesto que el nuevo matrimonio necesita una estabilidad económica. Por su parte, Ettore hará caso omiso de la extrema fascinación que provoca en Laura (Isabella Corey) y se verá ligado a la joven, bella y acaudalada princesa Mara (Sylvia Koscina), en lo que junto a su insobornable capacidad de seducción, se une la acaudalada y al mismo tiempo mundana condición de la muchacha. Al mismo tiempo, dentro de esta sucesión de relaciones, la ya citada Laura será el inabordable objeto de un profundo y oculto amor por parte de Giulio, quien para ella no será considerado más que un fiel amigo y compañero de estudios. Al mismo tiempo, la joven Lucia (Antonella Lualdi) se acercará a Marcello, aunque Antonio también quiera ligarse a ella. Ettore y Mara se casarán en una opulenta ceremonia, pero ello no supondrá más que otra parada en ese crisol de sentimientos encontrados que representará la película.

En realidad, GUIVANI MARITI nos transmite ese extraño dolor mezclado en resistencia, por parte de un mundo adolescente que se resiste a asumir la mayoría de edad. Esa lucha innata en todo ser humano por no abandonar esos años en los que la diversión, la exploración de cualquier curiosidad y la ausencia de las cargas de la vida, se adueñan de lo que solemos considerar los mejores años de nuestra existencia. El film de Bolognini acierta a plasmarlo dentro de ese contexto detenido en el tiempo de la vieja ciudad italiana en donde se desarrolla, y en la que de alguna manera este quinteto de muchachos aparecen casi como revulsivo para sus vetustas calles y plazas -esa inquina hacia el solitario puesto de feria que aparece en medio de la solitaria plaza central-. Y todo ello quedará enmarcado en los devaneos, los sinsabores, las desilusiones, los pequeños momentos de felicidad, y la constatación del irreductible paso del tiempo, vivido en carne propia por esos jóvenes abocados a un nuevo estadio en sus vidas, y quizá solo envueltos en una atmósfera de incierta búsqueda de relaciones sentimentales. Todo ello queda expuesto con una planificación caracterizada por planos largos, una intensa dirección de actores, y una clara y acertada potenciación del elemento melodramático, inherente al mejor cine de su realizador. Ayudado por la adecuada iluminación en blanco y negro de Armando Nannuzzi -con ese predominio de imágenes nocturnas-, nos encontramos ante un relato en el que la rebelión se aúna con esa lejana e irremisible sensación de fín de ciclo. De abandono de una inocencia perdida. De encuentro ante otra nueva realidad, en la que quizá todo lo vivido con anterioridad aparezca muy pronto en la membrana de ese recuerdo teñido de añoranza.

Para ello, Bolognini combina los anhelos sentimentales de sus criaturas -el patetismo que en todo momento reviste la nada oculta devoción que siente el bueno de Giulio hacia Laura ¡Qué pena que el joven actor Raf Mattioli falleciera tan joven! Secuencias como las de la boda de Ettore resultarán ejemplares para entender esos pequeños dramas juveniles. Como lo supondrá ese reencuentro final de los amigos en esa taberna que frecuentaron cada noche, donde constatarán que su dueño ha muerto, quizá como certificando el final de unos tiempos añorados que nunca volverán. O la conmovedora emotividad que revestirán los instantes finales de la película, cuando Marcello se dispone a viajar hasta Milán para ocupar un trabajo, y en el trayecto inicial en bus hasta ocupar el tren, comentará con melancolía esas vivencias del paso, esos recuerdos, combinados con panorámicas de esa vieja ciudad en la que todos ellos han vivido momentos irrepetibles. Una emocionante manera de concluir una crónica de una valiosa muestra de coming of age a la italiana, apenas conocida en nuestros días, y reveladora de la buena forma que su director albergaba en aquel tiempo.

Calificación: 3

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