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BABY FACE (1933, Alfred E. Green) Carita de ángel

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Cualquier análisis más o menos sucinto en torno a BABY FACE (Carita de ángel, 1933. Alfred E. Green), supone de entrada una auténtica bofetada a la denominada “política de los autores” cahierista, ya que va avalada por la firma de un prolijo pero poco distinguido artesano, como fue Alfred E. Green, de quien se recuerdan algunos westerns de programa doble, y haber servido como firmante de aquella COPABACANA (1947), que emparejó a Groucho Marx con Carmen Miranda. Sin embargo, sin contar con un realizador de clara personalidad, su contundente resultado se erige como uno de los títulos canónicos de la producción precode protagonizada por mujeres de gran personalidad, faceta este en la que quizá cabría destacar por su contundencia, la aportación brindada por un William A. Wellman delimitado en un contexto de febril inspiración y facilidad de rodajes. Pese a contar con un hombre de cine tan anónimo como Green tras la cámara, es evidente que este se encontraba con una especial inspiración a la hora de trasladar a la pantalla la andadura vital de Lily -una Barbara Stanwyck ya diestra en la encarnación de roles delimitados en dichas características, combinando en ellos belleza, sensualidad e intención-. Nuestra protagonista se ha criado en el sórdido entorno industrial en Pittsburgh, y sorprende por su contundencia la capacidad que tiene el realizador para describir un contexto en el que casi se puede palpar la mugre, la miseria y la carencia del más mínimo orden moral de aquel ámbito. Calles rodeados por la decadencia, el humo de las chimeneas de las industrias, y el hacinamiento de unos habitantes embrutecidos. Entre dichas viviendas se encuentra el bar clandestino que dirige su padre, y en el que la protagonista solo ha encontrado una directriz; ejercer como elemento para el disfrute de sus clientes. Pocas películas de su tiempo pueden caracterizarse por una premisa de tal dureza, percibiendo el espectador de manera muy clara y sin la necesidad de subrayado alguno, como ese contexto dominado por la falta de educación y carencia de la más mínima base moral, solo puede dar como fruto un contexto tan degradante. Ayudada en todo momento por su compañera negra, Lily demostrará sin embargo una especial agudeza, y se dejará aconsejar por uno de los pocos clientes del mugriento bar que parece desprender ciertos principios.

Este le transmitirá –detalle genial- a Lily, el consejo de acercarse a ciertos maestros de la filosofía, invocando la figura de Friedrch Nietzsche, que será asumido por esta como lectura de cabecera en su posterior devenir personal, acogiendo asimismo del veterano cliente y lector el consejo de que utilice su condición de mujer para someter a los hombres que conozca. El destino ofrecerá a la protagonista un elemento de inflexión, al producirse junto a su domicilio una explosión que acabará con la vida de su padre. No será un acontecimiento que esta lamente –un intenso primer plano nos transmitirá la liberación que la joven hija vivirá en el futuro-, decidiendo abandonar junto a su amiga la localidad y dirigirse a Nueva York. Como quiera que no dispone de recursos, ambas viajarán de polizones en un vagón de tren, siendo interceptadas por un vigilante, que de manera insospechada servirá como “conejillo de indias” para que Lily ponga en práctica los consejos recibidos. Un impecable sentido de la elipsis, describirá con enorme fuerza la manera con la que esta probará su manera de utilizar su sexualidad para dominar a los hombres.

Muy pronto la pondrá en práctica al buscar un puesto de trabajo en la ciudad neoyorkina –dentro de la Trust Gompany Gotham-, utilizando sus encantos para ascender en ese nuevo trabajo como oficinista. Será un rápido recorrido que será mostrado utilizando como metáfora la base de ese rascacielos de oficinas por el que escalará en muy poco tiempo, utilizando para ello a incautos hombres, entre los que se encontrará un joven John Wayne. Con su ascenso, se centrará en acercarse a hombres de creciente posición social, siendo el joven Stevens (Donald Cook) una de sus primeras víctimas. Se trata de un prometedor joven de la empresa, a punto de casarse con la hija del vicepresidente del banco, J. P. Carter (Henry Kolker). Pese a que la prometida contemple al propio Stevens coqueteando junto a Lily, Carter no dejará de empujarle a que rompa dicha relación y de case con su hija –obviando cualquier resabio de dignidad, ya que entiende que dicho matrimonio sería muy provechoso para la firma-. Sin embargo, el veterano banquero visitará a Lily, y no tardará en sucumbir como el siguiente amante en la lista.

El discurrir de este relato preciso y percutante en sus poco más de setenta minutos de duración, no dudará en plasmar la patética obsesión de Carter por Lily, a la que de inmediato ofrecerá un nuevo y suntuoso domicilio, intentando rememorar tiempos pasados, a la hora de sentirse en apariencia amado por una joven, que no duda en seguirle el juego con el solo objetivo de sacarle todo aquello que pueda. Un contexto turbio y mezquino, en el que Lily discurrirá con total placidez, demostrando sin embargo más lucidez e incluso honestidad en sus planteamientos, ya que en el fondo sigue un sendero que nunca ha ocultado en llevar a cabo,  mientras navega por las aguas de la doble moral de una sociedad basada en la hipocresía. Todo ello en un denso relato que discurrirá con un sentido del ritmo admirable, ayudado por un sugerente uso de la elipsis, que tendrá su punto de inflexión en el momento en el que Stevens descubra el nuevo domicilio de Lily, y la contemple mientras esta se encuentra con Carter. Allí mismo, en un momento de furia, lo matará y posteriormente se suicidará.

Será este el momento más álgido de una película  que con posterioridad descenderá sus cuotas de interés, a partir de la presencia de Courtland Trenholm (George Brent), como nuevo presidente in extremix de un banco que se ha visto ensombrecido por la aureola del escándalo. El nuevo mandatario planteará en una junta entregar a Lily quince mil dólares para que se sitúe en un segundo plano, enviándola hasta Paris. Ella rehará allí su vida, viendo como la misma se ligará con la de Trenholm, llegando hasta ellos un momento en el que tendrá que tirar por la borda cualquier premisa mantenida en su personalidad combativa y en buena medida resentida, contra una sociedad que en el pasado la explotó. Será todo ello ese fragmento final, en el que Lily salvará finalmente a este de un suicidio seguro, al entregarle ese medio millón de dólares que albergaba como “ganancia” en su vida disipada, para que Courtland pueda abonar esa fianza que se le demanda por irregularidades que en realidad no ha cometido.

Pese a este desenlace un tanto complaciente, no cabe duda que BABY FACE aparece no solo como un relato rotundo y lleno de interés, sino que atesora el detalle histórico de ser el referente que facilitó la implantación del nefasto “Código Hays”. Señalar como detalle que su narración se basó en una historia de un joven Darryl F. Zanuck, sin figurar como tal en los créditos, entablando un pleito con el estudio que finalizó con la formación  por su parte de la 20th Century Fox. Así pues, una cosa por la otra.

Calificación: 3

12/08/2015 12:50 thecinema #. Alfred E. Green

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