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INSIDE LLEWYN DAVIS (2013, Joel & Ethan Coen) A propósito de Llewyn Davis

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Después de asistir, y sentirme poco a poco convencido por la singularidad, la peculiar sensibilidad y la convicción que esgrime la hasta ahora última producción estrenada de los hermanos Coen –en 2016 está prevista la premiere de HAIL, CAESAR!-, cuesta un poco definir los perfiles de INSIDE LLEWYN DAVIS (A propósito de Llewyn Davis, 2013). Y resulta complejo, en la medida de asistir a una especie de quintaesencia de los modos que, ya de por sí, se vienen aplicando en las más recientes producciones auspiciadas por estos, ya de por sí, personalísimos cineastas. Es así como podemos afirmar que su cine se viene incardinando en una mayor sobriedad de formas, dejando por el camino esa tendencia al exceso o lo epatant que caracterizaba buena parte de su obra precedente. Hay en sus últimas películas una clara tendencia a la depuración, al abordaje de unos rasgos de estilo más lindantes con el intimismo, por más que en ocasiones estos títulos tengan como base argumentos que en ocasiones linden con lo delirante. Es el caso del título que comentamos, que no dudaría en definir como uno de los más prolongados slowburn que jamás se ha plasmado jamás en la gran pantalla. Cierto. No es la primera ocasión en los Coen Brothers asumían el ámbito de la comedia. En ocasiones con acierto y en otras con más tendencia a lo desaforado. Lo cierto es que, de manera inesperada, el espectador abandona la intención inicial, de asistir a un drama centrado en el mundo de la contracultura musical de los primeros años sesenta en la sociedad USA. La lívida fotografía de tonos verdosos de Bruno Delbonnel -que tanto contribuirá a acentuar la personalidad propia del film-, nos acercará a la canción que interpretará Llewyn Davis (un extraordinario Oscar Isaak). Un cántico que casi se erige como una declaración de principios en torno al nihilismo existencial, al tiempo que nos presentará a su protagonista. Se trata de un auténtico looser. Un hombre aún joven que deambula por el Greenwitch Willage newyrokino, intentando sobresalir del entorno en que se desarrolla su andadura como cantante; haciendo actuaciones esporádicas en locales de mala muerte. Será el punto de partida para el desarrollo de un flashback que solo percibiremos al final de la película, y que describe los días precedentes en su andadura vital.

Será una muestra en la que por momentos podemos emparentar al atribulado cantante, con el extra hindú que encarnaba Peter Sellers en la inolvidable THE PARTY (El guateque, 1968. Blake Edwards) –una vez más, la ligación de la película con la comedia-. Llewyn es un individuo para el que no solo la vida parece escapársele por las manos, sino que sin pretenderlo –es un ser esencialmente pasivo, incluso con atisbos de cierta autocomplacencia- aparece casi como un gafe que solo crea problemas en torno a todos aquellos seres que le rodean. Cercano casi a la miseria, descansa por las noches merced a la benevolencia de los seres que le rodean y que en el fondo le muestran conmiseración. Antiguo componente de un dúo cuyo otro componente se suicidó, se encuentra en la fase post ruptura con una antigua amante –Jean (Carey Mulligan)-, de la que se albergan dudas si la dejó embarazada. Mientras se encuentra intentando sobresalir de la casi miseria en la que vive, decide viajar hasta Chicago, donde de manera inútil buscará el amparo de un prestigioso productor musical, para intentar remontar su vocación musical. Será la oportunidad para brindar una reflexión existencial, que le haga descubrir que tuvo un hijo dos años atrás, fruto de una anterior relación, el desapego que mantiene con su familia, o la imposibilidad que descubre para poder remontar su vida, intentando recuperar su antigua profesión de marino.

Todo un mosaico existencial dominado por el nihilismo, en el que si algo permite que la apuesta –arriesgada-, funcione e incluso en algunos instantes conmueva, es sin duda la contención narrativa que ponen en practica el tandem de directores. Esa sensación de impasibilidad que ofrecen en todo momento, y que traslada la mirada escéptica de su protagonista, supone una base de gran calado, que permite la coherencia, la extraña poesía incluso, que desprende esa andadura escasa en el tiempo, pero densa en paradas y elementos para la reflexión vivida por este cantante judío, que le servirá para una auténtica mirada vital. Será un recorrido dominado por una sorda ironía, soterrando con esa señalada impasibilidad, las constantes tribulaciones a las que será sometido, que en ocasiones lindarán la frontera de lo surreal. La cámara de los Coen aparecerá mesurada en todo momento, mostrando casi con timidez pero constante ironía, un panorama colectivo por instantes dominado por una acre personalidad.

Y es que desde sus inicios, INSIDE LLEWYN DAVIS da muestras de prolongar esa mirada iconoclasta propuesta en el cine de los Coen. Sin embargo, quizá como en pocas ocasiones en su obra, la misma aparece con unos ribetes esencialmente desencantados, pero nunca lastimeros. Por momento parece que se prolongue esa mirada iconoclasta, fácilmente detectable en la cercana A SERIOUS MAN (Un tipo serio, 2009. Joel & Ethan Coen). Es a partir de dicha premisa, a través de la cual discurre ese breve pero intenso recorrido temporal, por un protagonista especialmente caracterizado para asumir las desgracias a su alrededor. Como si fuera un trasunto del ya citado Sellers en diversos de sus personajes, Jerry Lewis o Jacques Tati, Llewyn Davis se erigirá como un inesperado y sorprendido testigo –o involuntario protagonista-, de una serie de extrañas situaciones provocando una insólita comicidad, que envuelta en los ropajes nihilistas del conjunto, aparecerán como insólito equilibrio entre ambas vertientes. Ocurrencias como el episodio generado por el gato de los Gorfein –subtrama toda ella digna del mejor slapstick, y concluida como el instante más desternillante del relato; la confusión del animal perdido-. La constante búsqueda de lugar para dormir, la cochambrosa oficina en la que es representado, dirigida por un anciano tacaño y que tiene como oficinista una secretaria también anciana y remilgada. El encuentro con una pareja de estrambóticos personajes –encarnados por John Goodman y Garrelt Hedlund- en su viaje a Chicago, que acabarán uno detenido y otro muerto, ante la mirada estupefacta de Llewyn. La mala relación mantenida con su hermana. La visita a la residencia de ancianos en la que se encuentra su padre como interno, dando como fruto una situación tan emotiva como disolvente. Hay en el conjunto del film de los Coen, esa extraña alquimia que permite que una propuesta propensa a los desequilibrios más bufonescos, logre convertirse por momentos en un bello canto en torno a una existencia paralela, que no logra encontrar su lugar en el mundo. Es, en sustancia, lo que ofrece una película divertida y patética en su esencia, de la que no dudaría en destacar un pasaje conmovedor; la interpretación de Isaak del maravilloso “The Death of Queen Jane” ante la presencia del escéptico magnate musical Bud Grossman (magnifico y recuperado F. Murray Abraham). Unos instantes hondos en el patetismo con el que el cantante expresa un tema de contenido medieval, dentro de una planificación dominada por una extraña sequedad, que propicia un contraste con la respuesta recibida. Será quizá el punto álgido, de un relato que camina a velocidad pausada, con un aura hipnótica en algunos de sus pasajes, descubriendo con los renglones torcidos, toda una visión libre y al mismo tiempo desoladora, de la existencia.

Calificación: 3’5

27/12/2015 08:47 thecinema #. Joel Coen

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