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THE SHADOW OF THE CAT (1961, John Gilling)

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Hacía muchos años que andaba detrás del visionado de THE SHADOW OF THE CAT (1961, John Gilling). Un título que curiosamente se encontraba ajeno a la reivindicación que, con el paso del tiempo, han recibido muchos otros exponentes, incluso filmados por el propio Gilling, merecedor de un cierto estatus dentro de la producción del género en aquel tiempo. Es más, el director practicó otros como el policíaco y el de aventuras, este último incorporando un aspecto malsano en algunas de sus propuestas. Más no conviene ni sobreestimar ni ningunear las cualidades inherentes en este humilde pero efectivo artesano británico del cine de género. Y si antes señalaba mi especial interés a la hora de contemplar esta película, se centra en aquella lejana definición de la misma como “posiblemente, la obra maestra de John Gilling”, señalada por el experto Gerard Lenne, en su ensayo “El cine fantástico y sus mitologías”. Esa recomendación, su carácter ignoto, y los ecos en torno al mundo de Poe, fueron elementos que generaron en mí una curiosidad, solo cumplida hasta ahora.

Y hay que decir que tras haberla podido contemplar, de entrada no comparto la calificación de obra maestra de Gilling –creo que THE FLESH AND THE FIENDS (1960) sin llegar a serlo, se encuentra más propicia de recibir dicho calificativo-. Ello no debe impedirnos atender los considerables valores de una película que articula con considerable inspiración, los resortes y elementos que podríamos definir como consustanciales al “terror puro”. Desde la secuencia pregenérico, esta producción del ocasional realizador Joe Pennington, que cuenta con numerosos profesionales del equipo de Hammer Films, se describe una situación criminal que elimina cualquier atisbo de suspense. Sin embargo, ya en ella su desarrollo en una decadente mansión, lo turbio de sus personajes, la incidencia de su banda sonora, la presencia de una arquetípica tormenta, y la incidencia de un gato –del que llegarán a incorporar planos de su mirada subjetiva-, describiendo el crimen de la anciana dueña de la decrépita vivienda-, son elementos que en su conjunción alcanzan una atmósfera inquietante.

A partir de ese momento, contemplaremos lo que en realidad deviene en la contraposición de una intriga criminal, con la supuesta ingerencia de ese gato, estrechamente ligado a la asesinada, que se convertirá en una auténtica amenaza de corte sobrenatural, según se vaya produciendo la muerte de todos aquellos familiares y sirvientes, que han sido partícipes directos o cómplices del horrible crimen de la anciana. Será un marco descriptivo en el que se opondrá la joven Beth (la siempre magnífica Barbara Shelley, una de las musas británicas del terror en los sesenta). Ella era la sobrina preferida de la desaparecida, siendo implícitamente el enemigo a batir por parte del siniestro Walter Venable (estupendo André Morell). Este último será quien dirija la puesta en escena del crimen que ha iniciado la película, y posteriormente la ejecución de un plan que se centre en la localización del antiguo documento en el que la asesinada dejaba sus pertenencias a su sobrina, quedando implícita la amenaza de su subsiguiente eliminación.

Sin embargo, lo que proporciona atractivo a THE SHADOW OF THE CAT, se centra en dos elementos primordiales. A nivel argumental, la oposición de los componentes del plan criminal, su creciente terror en torno a su progresiva desaparición, en donde la constante presencia del gato aparecerá como catalizador de dichas muertes y, sobre todo, del terror, quizá irracional, quizá fundado, de todos ellos, proyectando de manera inconsciente su mala conciencia ante el terrible crimen cometido. Lo ofrecerá a mi modo de ver, la destreza y el sentido de la atmósfera esgrimida por Gilling, logrando aplicar al conjunto de su metraje con el alcance de ese ya mencionado terror puro, equidistante entre lo sobrenatural y la sugestión. Para ello, el realizador desgranará una serie de episodios, culminando todos ellos con la muerte de uno de los componentes de la señalada conspiración. Situaciones desarrolladas por lo general en el interior de la mansión, aunque también aparezcan episodios descritos en los exteriores pantanosos –el que culminará con la muerte del criado Andrew (Andrew Crawford), engullido por las aguas cenagosas-, conformarán un relato inspirado, en algunos momentos denso y asfixiante –la visita de Beth al ático en el que ha observado ruidos, el episodio en el que Walter se encuentra solo en el sótano, sufriendo un ataque al corazón, esos planos de conclusión en los que el gato logrará llevar a los investigadores, al lugar donde se encuentra el cuerpo de su asesinada ama-. Digamos que Gilling articula con mano diestra los mecanismos del terror, aplicando unos modos narrativos basados en la acumulación, muy cercanos a los que acababa de practicar el canónico Mario Bava de LA MASCHERA DEL DEMONIO (La máscara del demonio, 1960), superando de manera holgada los recovecos de una base argumental bastante convencional –original de George Baxt-, y los ocasionales excesos de la banda sonora de Mikis Theodorakis.

Esa atmósfera de oscuro horror, no impedirá la inusual pero atractiva presencia de ciertos toques de humor, como el comentario de Valter en torno a la baja calidad de la comida ofrecida por el servicio. O la manera distanciada con la que se describe la labor de la policía, a la hora de recuperar el cuerpo de Andrew en el pantano. O la propia ironía con la que concluye el relato, dando a entender una posible repetición de la historia. De destacar es igualmente ese matiz despreciable que presentan todos aquellos componentes de la conspiración que eliminaron a la anciana –a la que contemplaremos recitando versos de Poe antes de ser ejecutada a garrotazos-, que parecen heredados de la mezquina fauna humana presente en la previa y ya señalada THE FLESH AND THE FIENDS –atención a la siempre inquietante Freda Jackson-, o la insólita presencia de un vehiculo a ruedas y motor, ofreciendo un extraño apunte de cercanía al relato.

Una película, a la que si hay que oponer algo, es esa carencia por momentos de la necesaria densidad que le podría proporcionar un guión más definido. Es algo que en ocasiones se intentará suplir mediante golpes de efecto poco justificados, como la presencia de rayos de tormenta de manera repentina y sin que el raccord lo justifique, o incluso con elecciones tramposas como la presencia de uno de esos rayos, inserta desde la mirada subjetiva y distorsionada del gato, ubicado en el exterior del ventanal, mientras Walter anuncia a sus familiares –y oculta al espectador- sus planes inmediatos para hacerse con la hacienda. Una elección que rompe por completo con el tono más o menos acertado que se desarrolla en el conjunto del metraje, en una película que quizá no ha respondido a mis expectativas en función de las referencias que tenía, pero que merece ocupar un reconocimiento dentro de la evolución del cine de terror en una Inglaterra que vivía su edad de oro en el mismo.

Calificación: 3

29/03/2016 08:01 thecinema #. John Gilling

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