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WHEN TOMORROW COMES (1939, John M. Stahl) Huracán

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Habiendo tenido la suerte de contemplar quince de sus algo más de cuarenta largometrajes, el mejor halago que puedo ofrecer al cine de Stahl, es señalar mi interés por acercarme a cada título suto que tengo ocasión de acceder. Por fortuna, poco a poco se van normalizando ediciones digitales de algunos de sus obras más reconocidas y otras menos características, mientras que por otro lado la mayor parte de sus más de veinte largos silentes se encuentran perdidos o, en el mejor de los casos, carentes de distribución. No obstante, es suficiente con esa amplia muestra para poder paladear con una de las miradas más singulares y al mismo tiempo más modernas, que vivió el melodrama cinematográfico en las décadas de los años treinta y cuarenta, coincidiendo con su respectivas pertenencias a la Universal y la 20th Century Fox. Su visión carente de énfasis, la aplicación de conflictos de clase, de heroínas sumidas en un fracaso existencial. Incluso su ocasional inclinación a otros géneros desde la matriz del mèlo, como la comedia –con la extraordinaria HOLY MATRIMONY (1943)- o el noir a partir de la mítica LEAVE HER TO HEAVEN (Que el cielo la juzgue, 1945)-, nos ofrece las diversas aristas de un cineasta intenso pero relajado al mismo tiempo. Sobrio hasta la extenuación y al mismo tiempo capaz de extraer las mayores gotas de intensidad de esa sencillez que esgrimía como punto de partida.

Dentro de dichas características, y siendo además el título que cerró su brillantísimo periodo de la Universal, WHEN TOMORROW COMES (Huracán, 1939) sigue sufriendo una cierta aura de oscurantismo. Torpe consideración, ya que además de ser una excelente muestra del género, aparece como un impagable ejemplo de los modos de estilo inherentes al cine de John M. Stahl. De la película se suelen retener dos cosas. La primera, el hecho de estar protagonizada por la misma –y excelente- pareja de intérpretes que el mismo año había protagonizado otra cumbre del melodrama; LOVE AFFAIR (Tu y yo, 1939. Leo McCarey). La segunda, haber tenido como punto de partida un relato de James M. Cain, que menos de dos décadas después, utilizara Douglas Sirk –el gran cineasta que siempre se opuso como contrapunto a nuestro homenajeado- en la muy diferente y por otro lado injustamente infravalorada INTERLUDE (Interludio de amor, 1957). Al margen de estas dos circunstancias episódicas, creo que pocos se han atrevido a mirar frente a frente a un melodrama no solo ejemplar, sino ante todo adelantado a su tiempo. Una propuesta que combina el patetismo con incluso elementos humorísticos de manera pasmosa, logrando en sus imágenes ser fiel al ideario de su director: conflicto de clases, el carácter efímero de la felicidad y, por el contrario, la aceptación cara a cara de lo ineluctable de dicha circunstancia.

WHEN TOMORROW COMES se inicia casi como en cualquier comedia de Lubitsch en aquellos años, en un café en el que el conocido pianista Philip Chagal (Charles Boyer), acude de incógnito para cenar una bullavesa. Como si fuera una de aquellos insólitos puntos de partida del cine del berlinés, la petición soliviantará a las amedrentadas camareras –que de manera secreta planean protagonizar una huelga que mejore sus condiciones laborales-, y permitirá que este conozca y quede atraído de inmediato por Helen Lawrence (Irenne Dunne). Desde esos primeros instantes hay que destacar la casi imposible capacidad de alternar lo denso y lo ligero en una misma secuencia, permitiéndonos conocer detalles y aspectos de sus personajes, al tiempo que brindarlo en un fragmento ejemplar, que al mismo tiempo da la medida del tono que va a presidir este drama revestido de modernidad, en la manera con la que exterioriza su diagrama narrativo, y su capacidad para expresar sentimientos y emociones, orillando por completo las convenciones marcadas en el cine de su tiempo. Dejando de lado casi en todo momento la incidencia de la música como fondo sonoro, combinando a la perfección un estilo que tantos años después, se caracterizó por estar adelantado a su tiempo, Stahl en todo momento se centra en una planificación austera, siguiendo con intensidad el devenir de sus personajes –sobre los que centra sus esfuerzos en la intensa y al mismo tiempo espontánea labor de sus actores-. Combinará el trazado del elemento de integración social de la base argumental de film –esa reclamación de derechos por parte de las camareras-, con el constante acercamiento del pianista hacia Helen, a la que no cejará hasta invitarla a su mansión, en donde ella descubrirá que es un hombre casado –lo advertirá en un momento magnífico, inserto con la ligereza que caracteriza su conjunto, al contemplar el retrato de una mujer que se encuentra allí ubicado-. Por un momento, esta incluso decidirá abandonar la casa, dejando que Philip la lleve a la misma, cuando se está iniciando un importante temporal.

Será sin duda el epicentro del film, puesto que en este largo fragmento el elemento exterior –la fuerza del temporal de lluvias- irá en concordancia con ese extraño estado de ascesis vivido por una pareja, que a partir de ese momento se despojará de toda convención, sincerándose en sus sentimientos. Sobre todo cuando el coche del pianista sufra un accidente –un árbol caerá sobre su capó-, huyendo del mismo y refugiándose en una edificación, que pronto descubrirán es una iglesia que se encuentra en apariencia abandonada. Con al misma ligereza de la que se ha hecho gala en el metraje previo. En ocasiones casi sin palabras, John M. Stahl alcanza en esta secuencia un GRado de sinceridad pasmoso, a la hora de expresar los sentimientos de una pareja que solo desean mantener por esa noche la intensidad de un amor que probablemente no podría expresarse al día siguiente, y para lo que incluso ironizarán ante el hecho de vivir “el fin del mundo”. Original manera de transmitir cinematográficamente esa catarsis de sentimientos, en una iglesia de la que se extrae su extraña configuración arquitectónica, insertando detalles –esa inesperada presencia del agua que entra en el templo por debajo de la puerta-, que contribuirán a general una tensión que siempre permanecerá en el interior de la pareja protagonista.

Ambos quedarán dormidos resistiendo el temporal exterior, hasta que a la mañana siguiente sean recogidos por el sacerdote y el propio organista, que entrarán en el mismo en barca, pudiendo nuestros protagonistas constatar la magnitud de las lluvias, y también –oportuno detalle de comedia-, que junto al órgano en que se recostaron, se encontraba la comida del organista, mientras ellos tuvieron que pasar hambre. Regresarán por separado, a partir del momento en el que Philip se encuentre con su suegra y su ex esposa, percibiendo el espectador algo raro. Madeleine (Barbara O’Neil) registra una extraña actitud, que comprobará Helen cuando sea recogida en el coche de estos. Pronto descubriremos que padece demencia y, por ello, Philip nunca ha querido abandonarla. Será algo que le agradecerá la madre de esta, y de lo que se compadecerá la propia Helen, quien sin embargo recibirá la inesperada visita de Madeleine quien, en un inesperado arrebato de lucidez, señalará a su previsible competidora que nunca tendrá a su marido.

Sorprendente giro argumental plasmado por Stahl con la misma sobriedad formal que ha presidido el resto del metraje. De nuevo se plasmará ese sentido de lo irreductible. De la pérdida de un amor fugaz que se mantendrá para siempre, tras esa experiencia intensa, dominada por un extraño misticismo. Helen contemplará como las reivindicaciones laborales se alcanzan, pero sin embargo mantendrá de por vida la ausencia de ese amor intenso, puro y sincero, que las convenciones sociales y un cierto grado de conmiseración por parte de Philip hacia su esposa, dominarán su futuro. Así culmina uno más de esos intensos y al mismo tiempo ascéticos dramas, ejemplar en la medida que Stahl reitera las mejores cualidades de su cine y, reitero, absolutamente moderno en su plasmación cinematográfica. Un auténtico clásico del género.

Calificación: 4

13/08/2016 16:54 thecinema #. John M. Stahl

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