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FILUMENA MARTURANO (1951, Eduardo De Filippo)

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Cuanto uno contempla la humanidad, la frescura, la miseria, el vitalismo y la singularidad de FILUMENA MARTURANO (1951), lo cierto es que el espectador goza de esa alma napolitana, que transpiran todos y cada uno de los fotogramas de esta admirable película de Eduardo De Filippo, quizá la mejor de sus realizaciones cinematográficas –conozco la brillante y previa NAPOLI MILIONARIA (Nápoles millonaria, 1950), pero sería conveniente ir desempolvar el resto de sus realizaciones, aunque estas dos sean las más reconocidas-. Obras todas ellas, en las que procedió a la adaptación de obras teatrales previamente escritas e interpretadas por él, aspecto por el cual, cabría de entrada formular dos consideraciones. La primera, es admirar la habilidad existente, a la hora de modificar el perfil teatral previo de estas películas, que si por algo se caracterizan, es por su vitalidad y frescura. La segunda, es la necesidad de considerar a De Filippo como un auténtico “autor” dentro de la cinematografía italiana de su tiempo, por más que hay que reconocer que su humildad creativa la brindara a la ciudad que le vio nacer, dejando que fuera la propia Nápoles, y su personalidad festiva y extrovertida, la que se erigiera como autentica mentora de su obra como autor teatral, guionista y director cinematográfico, e intérprete en ambos medios. Sea como fuere, nos encontramos con una película admirable, que al tiempo que plantea una precisión cinematográfica magnífica, lo hace con tal grado de espontaneidad, de frescura. Hay tal grado de humanidad en la pintura de sus personajes, todos ellos provistos de rasgos contrapuestos y, por ello, creíbles en su singularidad, que permiten que el cuadro coral dispuesto en sus imágenes, adquiera no solo una extraña sensación de autenticidad, sino que todos ellos, provoquen una extraña empatía con el espectador.

Apenas unos pocos planos, nos describen el entorno en donde reside Domenico Soriano (Eduardo De Filippo), un industrial acomodado, pese a que su vivienda se localice en un viejo capuchón de herrumbrosa portería. Se percibe pese a estabilidad económica, el eco de un pasado cercano en torno al fascismo y una miseria apenas soterrada. Muy pronto, veremos el inicio de la actividad de Filumena Marturano (una excepcional Titina De Filippo, hermana de Eduardo). Desde el primer momento apreciamos su capacidad para organizar las actividades de la casa, al tiempo que una actividad oculta destinada a favorecer a personas a las que desconocemos. Poco después comprobaremos su profunda religiosidad, ofrendando una imagen de la Virgen que se expone en una capilla exterior, ubicada en plena calle. Y en el entorno de Filumena, de inmediato se harán mostrar dos elementos complementarios. Por un lado, la capacidad que demuestra en organizar todos los elementos de la vida de Domenico –en realidad, este no será más que bon vivant, que ha logrado fortuna por herencia familiar-, permitiendo su prosperidad personal. Por otro, el amor y la devoción que le ha profesado durante treinta años. Algo que nació cuando Filumena tuvo que conocer el camino de la prostitución –algo sobre la película pasa con delicadeza-, y que al menos le permitió una estabilidad personal, a costa que ocultar la existencia de tres hijos, fruto de aquella etapa pasada en su vida, de la cual posteriormente sabremos que uno de ellos es fruto de una noche de amor con Domenico. Este por su parte, pese a sobrepasar los cincuenta años de edad, prolonga su personalidad diletante, encaprichándose de una joven actriz de teatro –Diana (Tamara Lees)-, con la que en apariencia desea casarse, aunque en realidad encubra un deseo de búsqueda de una juventud ya perdida. Sagaz observadora de dicha situación, Filumena fingirá encontrarse al borde de la muerte, forzando por medio del sacerdote que le administra los últimos sacramentos, una boda in articulo mortis con Domenico, al que este accederá, prácticamente sin tener salida. Ello provocarás de entrada una situación de ventaja por parte de la nueva sra. Soriano, al tiempo que un abierto enfrentamiento con Domenico, que finalmente se litigará aceptando esta la renuncia a su matrimonio, e incluso abandonando la casa de este, para marcharse a vivir con uno de sus hijos –a los que ha revelado su condición de madre-. Inicialmente, este se sentirá liberado, y con la posibilidad de consolidar su relación con Diana, a la que invitará a vivir en su casa. Sin embargo, pronto su mundo se irá derrumbando. Los criados abandonarán la misma, sobre todo debido a los caprichos impuestos por la nueva residente, llevando al protagonista a una amarga conclusión, que revela su inutilidad como persona, así como la dependencia que, a todos los niveles le ha ligado a Filumena, que se acrecentará con la angustiosa curiosidad por conocer cual de los tres hijos de esta, es también suyo.

La excelencia de FILUMENA MARTURANO, estriba a mi modo de ver en el desarrollo de una base argumental ligera, en buena medida previsible, que permite que el espectador se desentienda de sus costuras dramáticas, dejándose llevar sin embargo por la profunda humanidad de sus personajes. Por sus grandezas y miserias, logrando un enorme grado de identificación, que paradójicamente tiene su principal grado de protagonismo, a la hora de plasmar la vitalidad de esa Nápoles abigarrada, dominada por su aroma a mar, repleta de viejas viviendas, fachadas agrietadas y pintadas de blanco, y mujeres voluntariosas. Será un ámbito que De Filippo sabrá recrear con un extraordinario sentido de la autenticidad, para lo cual será crucial por un lado la veracidad en la ambientación de sus secuencias de interiores, y el sentido casi documental de las exteriores, el tipismo de su galería coral, y el admirable aporte musical que brinda un inspiradísimo Nino Rota, capaz de envolver y dotar de un aporte suplementario, a un relato que respira verdad por sus cuatro costados. Ello no quiere decir que la labor de De Filippo tras la cámara se limite a la mera plasmación de su soporte argumental. Todo lo contrario. Este acierta a plasmar un agudo juego de cámara, transparente cuando desea esconderse salvo la coralidad de su reparto, pero de enorme dinamismo, cuando apuesta por la fuerza de la realización, para potenciar el elemento dramático o de comedia plasmados. Pienso en la magnífica secuencia descrita en el patio exterior del edificio donde vive Soriano y Marturano, discutiendo acaloradamente ambos sin perjuicio de ser observados por los vecinos, en un pasaje deslumbrante a nivel de puesta en escena. Sin embargo, es evidente que nos encontramos ante una película, en la que buena parte de su alcance se centra en la compenetración de un juego de actores, en esta ocasión realmente fabuloso. Antes destacaba la mezcla y vigor y vulnerabilidad que proporciona la portentosa creación de Titina De Filippo, encarnando una mamma napolitana llena de recursos, y al mismo tiempo consciente de cuanto ha tenido que sufrir en su vida. Pero es el que conjunto del reparto es igualmente fabuloso. Eduardo De Filippo brilla con gran naturalidad, describiendo a ese ser egoísta, pero a mismo tiempo vulnerable. En cualquier caso, el conjunto de característicos de la película, ofrece una gama en la que no se sabe si admirar más. Si a ese fiel criado de Soriano, que no dudará en cantarle las cuarenta, e incluso dejar de ser empleado suyo, cuando advierta su creciente mezquindad. O en la vieja Rosalia, veterana sirvienta ligada a Filumena, de la que Tina Pica ofrece una creación extraordinaria, dispuesta siempre a robar el plano en que aparece dentro del encuadre.

Es curioso consignar como De Filippo por momentos, hace parecer en la parte final de la película a Domenico, como una especie de Ebenecer Scooge, dispuesto a humanizar su personalidad, en una obra de ascendencia teatral, que quizá fue tomada como cierta base para que muy pocos años después, el norteamericano Thornton Wilder, escribiera y estrenara la popular The Matchmaker. Nos encontramos con una película, en la que el cuidado por el detalle o lo confesional adquiere una enorme importancia. Esa religiosidad que Filumena marca, al procurar las ofrendas a la figura de la Virgen. En la emotividad y naturalidad que adquiere esa doble secuencia casi final, en la que Domenico citará a sus tres hijos a comer ovíparamente, y posteriormente entonar una canción napolitana mientras pasean. En esos planos exteriores del coche nupcial de la pareja cuando se dispone a casarse, en los que se respira el aroma napolitano o, como no podía ser de otra manera, en ese plano final de la protagonista, exteriorizando esas lágrimas que, hasta entonces, jamás ha aflorado en su rostro. FILUMENA MARTURANO es un fresco humano y vitalista. Una pequeña obra maestra del cine popular italiano, que Vittorio De Sica retomó con la atractiva MATRIMONIO ALL’ITALIANA (Matrimonio a la italiana, 1964).

Calificación: 4

25/07/2018 17:58 thecinema #. Eduardo De Filippo

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