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THE HEART OF THE MATTER (George More O'Ferrell, 1953)

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Resulta innegable señalar, que el mundo literario y existencial del escritor Graham Greene, ha permitido no pocos exponentes de relieve en su plasmación fílmica, con especial significación, en el cine de las décadas de los cuarenta y cincuenta. Unos muy conocidos e incluso míticos –THE THIRD MAN (El tercer hombre, 1949. Carol Reed)- otros infravalorados –THE END OF THE AFFAIR (Vivir un gran amor, 1955. Edward Dmytryk)- y otros, finalmente, totalmente ignorados –ACROSS THE BRIDGE (Al otro lado del puente, 1955. Ken Annakin)-. Dentro de este último apartado, se encuentran probablemente algunas de las más felices incursiones fílmicas del universo del escritor, erigiéndose en ocasiones como valiosas rarezas, en este caso del cine de las islas. THE HEART OF THE MATTER (1953), aparece de lleno dentro de dichos parámetros, siendo además uno de los siete únicos largometrajes firmados por George More O’Ferrell (1907 – 1982), caracterizado por una muy extensa andadura televisiva, y de cuyas tareas como realizador, solo legaron hasta nuestras pantallas el agradable film fantástico THREE CASES OF MURDER (Tres casos de asesinato, 1955), film de episodios que rodó junto a los desconocidos David Eady y Wendy Toye.

Sea por la competencia de O’Ferrall tras la cámara, por la densidad del material literario del que se nutre su guión, elaborado por Lesley Storm e Ian Dalrymple, o por la más que probable simbiosis entre ambas vertientes, lo cierto es que HEART OF THE MATTER deviene un drama lleno de capas y de posibles lecturas, que inicialmente despista al espectador, a través de esas secuencias de apertura que parecen preludiar un colonnial de aspecto divertido, para muy pronto adentrarse en los perfiles contrapuestos, de lo que finalmente se erigirá como una llamada trágica, en torno al poder represor de la religión, uno de los ejes vectores de la obra literaria de Greene. Así pues, ya el mapa inicial nos introduce a la colonia inglesa de Sierra Leona, mientras se vive la II Guerra Mundial –la acción se centra en 1942-. En la ciudad de Freetown se encuentra destinado durante quince años el subcomisario Harry Scobby (un eminente Trevor Howard, en uno de los roles más memorables de su carrera). Caracterizado por su compenetración con los nativos, su sentido de la justicia y su eficacia en la gestión, muy pronto recibirá con mal disimulado estoicismo, la noticia de que ha sido relegado, a la hora de suceder al comisario inglés. Será una noticia que aceptará muy mal su esposa, la resignada y árida Louise, quien recibirá con desagrado la noticia. Será un encuentro que nos trasladará a un drama conyugal, describiendo por un lado la amargura de ambos, en el recuerdo de la pérdida de su hija tiempo atrás, y por otro el hastío que su esposa siente por el lugar en donde le ha tocado vivir, recordándole su deseo de abandonarlo y marcharse a Sudamérica, algo en lo que Scobby le prometerá un pasaje. En esas discusiones, aparecerá en escena por un lado el reproche ante la dejadez religiosa del marido, y el acercamiento de Louise hacia el joven Wilson (Denholm Elliot).

Con esa doble carga a sus espaldas, surgirá la oportunidad de recibir un préstamo de un sirio (Yusef, encarnado por Gérard Oury), en cuyo oscuro pasado, nuestro hombre buscó una ayuda basada en la justicia. Precisamente se encontrará con este, al sufrir unas fiebres, cuando ha acudido a una aldea, para solucionar el suicidio producido por un agente. Con ello, y viendo que la relación de su esposa con Wilson aparece con claridad, este logrará embarcarla, dejando a este último resentido en torno a su legítimo esposo. Sin embargo, la vida de Scobby variará por completo, cuando viaje hasta Pende, para hacerse cargo de los supervivientes de un naufragio. Entre ellos se encontrará la joven Helen (una extraordinaria Maria Schell), que pese a su juventud se ha quedado viuda, teniendo a su lado esa colección de sellos que para ella aparece casi como único asidero vital. El destino ligará a la joven, que se recuperará del trauma del naufragio, viviendo paulatinamente una intensa relación amorosa con el subcomisario, que adquirirá tintes dolorosos a partir del regreso de Louise junto a su marido. Desde ese momento, se intensificará en él, el dilema de la decisión a cual mujer ligarse, sobre todo teniendo en cuenta el imperativo de la iglesia católica, imposibilitando el divorcio. Así pues, un hombre juicioso e impecable en su comportamiento, verá arder en su interior la imposibilidad de compatibilizar su amor hacia Helen –que no profesa el catolicismo- con el respeto hacia esa Louis que también ama, de forma diferente, siendo todo ello la metáfora en torno a su frustración, al no poder conciliar la felicidad, dentro del seguimiento de una fe que, en teoría, debería surgir dentro de un mensaje de amor y fraternidad.

Al margen de que el film de O’Ferrall modifica y soslaya el suicidio descrito en la novela de Greene, lo cierto es que contemplando THE HEART OF THE MATTER, uno percibe con presteza ese mundo denso, sórdido y doloroso, tan familiar en las traslaciones cinematográficas del escritor. Nos encontramos con una película llena de personajes torturados, ligados al mismo tiempo a las corrientes del drama psicológico inherentes al cine británico de su tiempo –el triangulo Scobby, Louise, Wilson, recuerda bastante el existente en THE BROWNING VERSION (1951, Anthony Asquith)-, imbricando su discurrir argumental, con diversas capas o subtramas, que en su conjunto revierten en la hondura de su trazado. El film de O’Ferrall destila bilis e incluso incienso venenoso bajo sus civilizadas costuras. Utilizando una planificación muy transparente, basada en un admirable uso del primer plano, que permite una intensa dirección de actores -los descritos por Howard y la Schell en sus secuencias íntimas-; destacando asimismo el gusto por el detalle –ese recordatorio en el cajón de Harry, que nos adelanta el doloroso recuerdo de la muerte de su hija, la soga rota en el techo, que sin palabras nos recuerda el reciente suicidio del policía Pemberton-. Hay en sus secuencias una precisa delimitación de caracteres, una especial agudeza en sus diálogos. Diálogos que tendrán dos vertientes esenciales. La primera, la expresión del creciente afecto existente entre Harry y Helen, que se transformará en un sincero amor, que a ella le hará olvidar el recuerdo de su esposo muerto, y a él el hecho de que se encuentra casado. Una relación en la que la pasión irá acompañada al reproche por parte de ella, cuando contemple los resquemores y vacilaciones de Scobby pero, que ante todo, aparecerá definida por una extrema sinceridad.

Sin embargo, la autentica entraña de esta intensa película, se centra en esas disquisiciones metafísicas que se van incorporando al relato, hasta ofrecer una casi asfixiante mirada en torno al sufrimiento provocado por el catolicismo. Esa frialdad inicial denunciada por su esposa en materia religiosa, tendrá su prolongación en detalles como la mirada de este cuando pase por una iglesia que hace repicar sus campanas, y sobre todo, cuando en el relato vaya teniendo especial protagonismo la figura del atribulado padre Rank (un notable Peter Finch), que irá confiando a Harry sus reflexiones personales, yendo estas desde la apreciación de la inutilidad de su función, a poner contra las cuerdas a este, cuando ensaye su confesión en torno a su pecado de adulterio, adelantando su imposibilidad de propósito de la enmienda. Esa mirada en torno a lo metafísico, tendrá también acto de presencia en torno a las disgresiones que en la celebración dentro del club, expresarán algunos de sus miembros ante Scobby, y una Helen que intenta disimular en público su relación con este, ante la mirada inquisidora del resentido Wilson.

THE HEART OF THE MATTER acierta a discurrir por una espiral de creciente desasosiego, en un contexto hostil, definido con presteza por la cruda fotografía en blanco y negro de Jack Hildyart, que parece desvelar con esa iluminación siempre sombría, el drama existencial que domina en el interior de su protagonista, pero que en mayor o menor medida, se extenderá a ese colectivo de desplazados, que no dejan de suponer sofisticadas excentricidades, dentro de una sociedad a punto de la convulsión –esas peleas entre bandas nativas, que servirán al mismo tiempo para dignificar el final del protagonista-. Y es precisamente antes del climax del film, donde se sitúa el pasaje más perdurable de esta magnífica película. Me refiero a la modulada secuencia, en la que Harry escribirá una nota previa a su planificado suicidio, despidiéndose cariñosamente, pero con palabras esquivas, a su esposa, que se va a la cama. La secuencia queda planificada manteniendo delante de la mesa una imagen de la Virgen María, y teniendo como fondo una figura nativa, y un elemento decorativo que simboliza una cruz inclinada, sobre la que podría pender una simulación de la espada de Damocles. Unos instantes dominados por una extraña turbulencia interior y paz aparente, en los que O’Ferrall dará la medida de un realizador sensible, proponiendo una utilización de la intensidad del plano absolutamente admirable. Será el punto supremo de una obra dolorosa, transgresora y, finalmente, liberadora, en esa búsqueda de la absolución del creador, siquiera sea a costa de renunciar al amor.

Calificación: 3’5

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