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NOVIO A LA VISTA (1954, Luís García Berlanga) Novio a la vista

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No resulta habitual encontrarse en el cine español de la posguerra, con títulos que traten sobre la vivencia de la adolescencia o la frágil frontera hacia el avistamiento de la vida desde una mínima mirada adulta. De hecho, con NOVIO A LA VISTA (1954) nos encontramos ante un particularísimo y casi precursor exponente de lo que en el lenguaje anglosajón se domina coming of age. Un ámbito que el cine trataría con profusión -incluido el nuestro- en tiempos posteriores, y que ya había tenido muestras ilustres en otras cinematografías europeas, pero que en España resultaba muy poco habitual por aquel entonces. Tras el éxito y la repercusión de BIENVENIDO, MISTER MARSHALL (1953) -mucho más contundente fuera de nuestras fronteras- el productor Benito Perojo ofreció a Berlanga y Bardem la posibilidad de realizar una adaptación a la pantalla de la zarzuela Bohemios. Nunca conoceremos que hubiera dado de sí este poco estimulante propuesta, de la que lograron zafarse al desestimar el material propuesto. Sin embargo, Berlanga supo escarbar entre una serie de guiones que Perojo atesoraba en su productora, e interesándose por una historia de Edgar Neville, que describía la historia de un efímero romance veraniego de dos chiquillos en el seno de una historia coral desarrollada en la sierra madrileña. Nuestro director -siempre con su ascendencia mediterránea a cuestas- decidió trasladar el marco argumental a la costa mediterránea. Ese fue el origen de esta comedia llena de ironía y sensualidad desarrollada durante el verano de 1918, en plena I Guerra Mundial.

Y será precisamente una alegoría de dicha presencia bélica, carente por completo de relación con el resto de la película aunque resulte muy divertida, la que inicie esta entrañable película, en la que de nuevo el cineasta valenciano asumió un argumento poblado de personajes, ante una de las escasísimas ocasiones que se adentró en una reconstrucción de época. Para ello rodaría en la localidad castellonense de Benicasim la reconstrucción de la ficticia localidad de Lindamar. Sin embargo, con anterioridad nos ofrecerá breves pinceladas para describir la vida de la pareja protagonista. Él es Enrique (Jorge Vico), un estudiante bastante poco centrado que ha suspendido el examen ante sus remilgados profesores. Antes del mismo, Berlanga plasmará una divertida secuencia en la que un infante se examinará con la -lógica- complacencia de los docentes, ofreciéndosele un lujoso trono -que se sustituirá por una austera silla cuando Enrique sea el siguiente alumno citado-. Serán instantes en los que aflorará uno de los fetiches argumentales de nuestro director; esa constante referencia a ese hipotético ‘imperio austrohúngaro’, que podría ser el equivalente berlanguiano a los inevitables cameos de Alfred Hitchcock. Enrique tiene como una de sus compañeras de juego a Loli (Josette Arnó) y ambos, junto a otros amigos del entorno, fantasearán con esos juegos de espionaje que les servirán para trascender la enconsertada vida que les rodea.

Conviene señalar llegados a este punto, la célebre decisión que Berlanga mantuvo como primera elección para encarnar a la protagonista, era una joven actriz que pocos años después se destaparía como uno de los más célebres mitos eróticos europeos, la mismísima Brigitte Bardot. La espera que los representantes de la Bardot pidieron -ya que se encontraba filmando otra película- impidió que los deseos del autor de Plácido (1960) se cumplieran. Quizá por ello la relación con la pareja protagonista parece que fue desastrosa. Y ello pese a que ambos transmiten una notable naturalidad en pantalla.

Muy pronto, la película irá describiendo los pequeños ritos cotidianos de las diferentes familias que acudirán al balneario a pasar sus vacaciones, y adentrándonos con celeridad en ese marco vacacional donde se desarrollará la práctica totalidad del relato. En el mismo, nuestro realizador aplicará una puesta en escena impresionista, a modo de pinceladas, y poniendo en primer término la capacidad de separar los distintos ámbitos humanos que han repoblado la vitalidad de aquel entorno. Veremos por un lado la prolongación de los juegos de los muchachos, empeñados en continuar esas imitaciones del espionaje que ya eran habituales en su vida en la ciudad. Por su parte, los mayores se delimitarán con claridad en sus respectivos sexos. Los maduros adultos no dejarán de hablar en sus tertulias playeras sobre la incidencia de la contienda mundial -el divertido gag de la trompetilla atascada por el papel que ha metido en la misma uno de los chavales- mientras que sus esposas se aliarán de manera aún más férrea, bien sea para criticar la más mínima seña de modernización -el escándalo que les proporciona ver a una joven con un bañador “¡Que casi deja a la vista la rodilla!”- o para intentar proporcionar un mínimo sentido a su mediocre existencia auspiciarán una fiesta benéfica sin saber en principio a quien destinarán los supuestos beneficios, decisión esta que les introducirá en un interminable debate. Serán ambos, microcosmos que Berlanga combinará en su tramo central, con la ocasional presencia de ese corredor que aparecerá en todas las jornadas playeras, o los coqueteos del galanteador Juanito Renovales (la primera de las diez ocasiones en las que el gran José Luís López Vázquez participó en obras del director valenciano, convirtiéndose en su intérprete por excelencia), que irán acompañados por la reiteración del gag de las llamadas de auxilio formuladas por hombres ahogándose en las aguas, que sus acompañantes femeninas confundirán con lejanos saludos. En cualquier caso, todo este alcance descriptivo -que en su momento fue injustamente reprochado de imitar los modos del Jacques Tatí de LES VACANCES DE MONSIEUR HULOT (Las vacaciones del señor Hulot, 1953), aunque personalmente creo sería más propia la influencia del francés René Clair- considero que no siempre funciona con verdadera eficacia; las constantes críticas de las puritanas aparecen demasiado ligadas al sainete y desprovistas de auténtica naturalidad.

Berlanga aún no pondrá en práctica su inclinación a los planos secuencia, aunque en no pocas ocasiones hará patente su gusto por el detalle visual. Será algo que patentizarán secuencias como la manera de poner en contacto a la pareja adolescente una vez ambos se encuentran en el balneario -por medio de esos teléfonos confeccionados con dos vasos y una cuerda-, o en la escena en la que se adorna el salón para celebrar la fiesta benéfica, donde una tira de banderitas servirá para acentuar el discurso belicista del impagable Antonio Riquelme y, muy poco después, enlazar con el escaso afecto que Loli siente en ese momento por el atildado ingeniero Federico Villanueva (una de las escasas incursiones cinematográficas del actor teatral José María Rodero) a quien la primera dejará, literalmente, con la colgadura en la mano. Será precisamente ese intento familiar de ligar a ambos jóvenes, el auténtico detonante de un guion en realidad tan liviano -y, si se me permite, un tanto insustancial-. Ese contraste entre la componenda de los padres de Loli, para buscarle un matrimonio basado en la estabilidad profesional y económica que le puede proporcionar ese hijo de los Villanueva, aunque ello suponga ahogar el discurrir del amor verdadero y, en ese momento concreto, romper por completo la corriente emocional que existe entre ella y Enrique. Un detalle concreto, el empeño de la madre de la muchacha -encarnada por la gran Julia Caba Alba- para que se vista para la fiesta benéfica con un traje de mujer adulta, y que simule por lo alto sus 15 años de edad, será el detonante de una rebelión de los chavales que llegará hasta cuotas insospechadas.

Y será en ese tercio final, centrado en el desarrollo del motín de esos muchachos que se encuentran a punto de asumir la adolescencia, cuando NOVIO A LA VISTA eleve de manera considerable su nivel, en un largo episodio que aúna lo divertido y lo patético, lo satírico y lo auténticamente transgresor, lo festivo y lo fallero. Su conjunto adquirirá a partir de esa inflexión una enorme brillantez, a través de la huida de los chavales y su refugio en las ruinas de un castillo cercano, exteriorizándose en una extraña virulencia -cercana al universo del escritor inglés William Golding en su coetánea Lord of the Flies- que no deja de sorprenderme fuera autorizada por la censura de la época, en la medida que sus imágenes avalan una rebelión de hijos a padres, inaudita en el cine español de su tiempo. Contemplaremos los preparativos de los rebeldes. La aplicación de esas tácticas de guerra que han ido ensayando en sus juegos infantiles -instalación de trampas en las proximidades, recolección de piñas para usarlas como proyectiles- demandando a sus progenitores que Loli se vista como una niña en la fiesta. Estos acudirán por la tarde y serán repelidos a piñazo limpio por los muchachos en una divertida secuencia, tras la cual los mayores se reunirán para recapitular, y evidenciando lo trasnochado de sus directrices pseudo militares. Hasta tal punto llegará dicha descoordinación que el veterano Amorós -el hombre de la trompetilla (magnífico Fernando Aguirre)- abandone a los adultos y se sume a los chavales a la hora de planificar el posterior ataque, que se producirá en unas secuencias nocturnas brillantemente iluminadas, y en la que aflorará todo un despliegue de elementos pirotécnicos, casi preludiando el que se produciría en la posterior LOS JUEVES, MILAGRO (1957). Será todo ello un magnífico episodio, y en el que el enfrentamiento de hijos a padres esconde, bajo su aparente alcance festivo, una considerable carga transgresora. Poco antes de ese ataque, e incluso antes de que los adultos capitulen antes sus vástagos, se producirá en el interior de las ruinas el hermoso momento de la declaración del noviazgo entre Loli y Encarni al calor de una pequeña hoguera, exteriorizando ambos unos torpes y sinceros besos.

Pero tan rápido como llegó, el verano se acaba. Y la película acierta al introducir de manera tan abrupta como convincente el vislumbre del otoño, con esos inesperados vientos y lluvias que casi de un plano a otro actuarán como llamada al retorno de lo cotidiano. Será como el despertar de un plácido sueño, sobre todo para esos muchachos que han disfrutado de lo lindo. Enrique volverá a suspender el examen de septiembre -bastante ha tenido con acercarse hacia Loli-. Pero ese efímero romance ha posibilitado una inesperada inflexión. Entre la fuerza de esa lluvia otoñal, el muchacho escribe en el vaho de su ventana el nombre de quien sigue considerando su novia. Sin embargo, Loli desde otra ventana en su casa hace lo propio, detallando ese ‘Federico’ que anuncia al joven ingeniero con el que ha decidido establecer su vida. La melancolía hará acto de presencia en un Berlanga que de manera inesperada se nos propone romántico, ante una conclusión llena de delicadeza que habla de una infancia perdida y la llegada indeseada a un estadio de relativa madurez.

Calificación: 3

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