THE LIFE OF VERGIE WINTERS (1934, Alfred Santell) La pasión de Vergie Winters
Lo confieso. Siempre me han atraído de manera especial ese pequeño ciclo de melodramas ubicados en los primeros años treinta, centrados en historias de madres abnegadas que, a través de sus tribulaciones, además de asistir a intensos dramas, por otro lado, expuestos con general sobriedad emocional, nos permitían percibir a las costuras de una sociedad puritana. Estamos hablando de títulos como THE SIN OF MADELON CLAUDET (El pecado de Madelon Claudet, 1931. Edgar Selwyn), STELLA DALLAS (Stella Dallas, 1937. King Vidor) -que había tenido una atractiva versión previa silente, de la mano de Henry King-, o la propia ONLY YESTERDAY (Parece que fue ayer, 1933. John M. Stahl). Es probable, que el protagonismo de John Boles como coprotagonista de THE LIFE OF VERGIE WINTERS (La pasión de Vergie Winters, 1934. Alfred Santell), obedezca a su presencia en el cast del film de Stahl -no olvidemos que tres años después, se encontrará igualmente presente en el título antes señalado de Vidor-.
En todo caso, nos encontramos ante una producción de la RKO, que nos invita a una mirada en torno a la figura de su artífice, el norteamericano Alfred Santell (1895-1981), artífice de una copiosa filmografía que se hunde en la lejanía del periodo silente, donde se fue fogueando en el ámbito del cortometraje, hasta desarrollar una producción extendida hasta finales de los años cuarenta, de la que se conocen muy pocos de sus títulos. La elegancia, capacidad de concisión, el intimismo e incluso algunas audacias formales del título que nos ocupa, nos induce a pensar en la valía de un hombre de cine del que convendría intentar desempolvar otros títulos. De entrada, THE LIFE OF VERGIE WINTERS se inicia de manera sorprendente, con la recreación de la comitiva fúnebre, del que pronto sabremos se trata del senador John Shadwell (Boles). Los habitantes de la tranquila población de Parkville asisten como espectadores del cortejo fúnebre del político, contemplando el espectador los breves comentarios que recogerá la cámara de Santell, de los que poco después conoceremos se tratan de los personajes que irán apareciendo en la película. De ellos, destaca la tristeza inconsolable que expresa -desde la ventana de la celda en la que se encuentra recluida, en una situación un tanto enrevesada, pero indudablemente eficaz- al contemplar el duelo por parte de Vergie Winters (Ann Harding). Muy pronto, tras un inicio que, por momentos, parece preludiar algunos de los postulados de la mismísima y muy posterior CITIZEN KANE (Ciudadano Kane, 1941. Orson Welles) -o incluso rasgos de la adaptación cinematográfica de la obra de Thornton Wilder OUR TOWN (Sinfonía de la vida, 1940. Sam Wood)-, la película articula un flashback que se remonta a dos décadas atrás, en la propia población, donde Vergie se ha distanciado por completo de su padre y ha establecido un modesto pero activo negocio de sombrerería. La joven estuvo enamorada poco tiempo atrás de Shadwell, pero actitudes poco claras en las que intervino el propio padre de la muchacha mediante soborno, propició que el joven en un viaje se casara con Laura (Helen Vinson). Ello no evitará que prosiga el sentimiento entre la pareja, siempre entre la penumbra y la oscuridad de encuentros ocultos, en una relación que se extenderá durante largos años, mientras John prosigue en su carrera política e incluso empresarial como propietario de una firma de aviones, en plena primera guerra mundial, y ella se ausentó de su negocio simulando vacaciones, al objeto de dar a luz a una hija que pronto adoptará su amante, señalando a su esposa que fue la hija de un viejo amigo que se encontraba en una situación apurada.
En realidad, THE LIFE OF VERGIE WINTERS aparece como la suma de dos películas diferentes y complementarias, articuladas con una extraña y mesurada homogeneidad. La primera de ellas es, obviamente, el relato de las tribulaciones vividas por una pareja de amantes, a la que la tan bondadosa como timorata personalidad de su vértice masculino, impedirá -hasta los instantes finales del relato- poder escapar de la tela de araña que ha creado su esposa y sus propios intereses políticos y sociales, y vivir una sincera relación amorosa, con esa siempre paciente y comprensiva Vergie, capaz durante largos años de sacrificar su vida e incluso la vivencia de su maternidad, para prolongar a escondidas su relación con él. Pero, con estar bien llevado este entramado argumental, el film de Santell se alterna con otro, bajo mi punto de vista mucho más interesante, centrado en la descripción de una atmósfera asfixiante, centrada en la vida diaria de la localidad de Parkville. A modo de pequeñas pinceladas -ya presentes en la secuencia inicial descrita con anterioridad-, poco a poco iremos percibiendo esa aura casi irrespirable descrita en las chismosas y atildadas clientes de la sombrerería de Vergie que, en un momento dado, no dudarán en boicotear su establecimiento, teniendo la protagonista prácticamente el único apoyo en la comprensiva madame de un recinto que llegará a comprar el local el local donde Vergie tiene abierto el negocio, para permitirle seguir con su actividad. Esa atmósfera no solo se extenderá al propietario de la taberna, que se ha convertido en un abierto enemigo de John. A los vecinos cotillas que no dejarán de comentar los encuentros y salidas nocturnas de este de la vivienda de Vergie, o incluso la lamentable acción del padre de esta -al aceptar ese soborno que impidió la boda de Shadwell con su hija-, y que reconocerá al final de la película con tanta amargura como ya imposible arrepentimiento.
THE LIFE OF VERGIE WINTERS, rodada muy poco tiempo antes de la implantación del Código Hays, adquiere una extraña serenidad y armonía. Es ahí donde podemos destacar la elegancia e intimismo desplegado por su director, capaz de una brillante utilización de la elipsis mediante fundidos en negro en los momentos en teoría más proclives al dramatismo -el episodio del nacimiento de la hija de los dos amantes-. Ayudados en no pocas ocasiones con el brillante tema musical compuesto por Max Steiner para envolver el relato, lo cierto es que esa apuesta por una historia en voz baja, permite que la película haya sobrevivido con muy buena salud con el paso del tiempo. Secuencias como los momentos de Vergie sentada en un parque, para poder ver en la lejanía a su hija entrenando a caballo, o muchos años antes, siendo bebé, paseada por su nurse. O la tensión del episodio en que Laura comentará a la adolescente Joan (Betty Furness) que en realidad es hija adoptiva de ellos -decisión que provocará un enorme disgusto a su esposo y verdadero padre, y no hará más que acelerar sus deseos de divorciarse de ella-. Em cualquier caso, nos encontramos ante un mèlo destinado al lucimiento de la personalísima Ann Harding, capaz de emocionar con secuencias tan sensibles como la de la visita de Joan niña a su tienda para comprar un abanico, y esta la acaricia y trata con absoluta devoción. Pero junto a esa extraña serenidad de su metraje, Alfred Santell introduce elementos narrativos bastante atractivos, como la secuencia del mitin de presentación de Shadwell como candidato al aire libre, en donde el espectador accederá a los pensamientos de los principales personajes del relato mediante sus respectivas voces. O la insólita fuerza melodramática -muy ligada al fantastique de aquella tendencia- de los momentos en los que la protagonista se “siente” como privilegiada espectadora desde la distancia, de la opulenta boda de su anónima hija.
Es cierto que la película se resiente algo de la presencia de un intérprete tan falto de carisma como Boles, o de esa pequeña subtrama en la que el hijo de quien guiara la carrera del protagonista, muera accidentalmente por los disparos de su padre, cuando se dispone a robar en la caja fuerte de este, los documentos que prueben los orígenes de la hija de John y Laura, lo que quizá pudiera indicar que el trazado de la misma sufrió algún corte en su montaje final.
La película culminará de manera un tanto pillada por los pelos -una un tanto inverosímil e inesperada muerte de Laura le hará confesar, una vez más, en elipsis, su autoría en la muerte de su esposo-, pero de nuevo la elegancia y serenidad de la puesta en escena de Santell, otorgará a esos últimos instantes, con la ya casi imposible redención de Vergie, una aureola casi mística.
Calificación: 3
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