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CINEMA DE PERRA GORDA

GEORGE WASHINGTON SLEPT HERE (1942, William Keighley)

Realizador ligado de manera muy estrecha a la Warner Bros, major del que fue uno de sus profesionales más característicos y prolongados en el tiempo, en la figura de William Keighley queda representado el profesional ajustado a su estudio de pertenencia. Carente de un mundo personal y narrativo propio, pero al mismo tiempo dotado de una probada eficacia y versatilidad en cuantos proyectos se le acomodaron, dentro de una trayectoria que se prolongó durante unas tres décadas. Y es curioso que alguien que inició su vinculación al medio artístico como intérprete, clausurara su obra cinematográfica en 1953, al trasladar su residencia a París y acompañar a su esposa, la actriz Genevieve Tobin. Entre sus cerca de cuarenta largometrajes, se dan cita títulos solventes e incluso ocasionalmente inspirados, centrados esencialmente en géneros ligados a la acción -aventuras, noir, western- y, entre ellos, durante la primera mitad de los cuarenta, probó fortuna en el ámbito de la comedia, en un periodo donde las postrimerías de la screewball comedy aún se encontraba muy presente en Hollywood, por medio esencialmente de adaptaciones de éxitos previos teatrales, que le proporcionarían uno de los mayores éxitos de su carrera con la divertidísima THE MAN WHO CAME THE DINNER (1941), al servicio de la inmensa capacidad histriónica del enorme -y hoy día olvidadísimo- Monty Woolley, y que se cita de pasada en esta película.

Es más que probable, que la existencia de GEORGE WAHSINGTON SLEPT HERE (1942) -como la anterior, tampoco estrenada jamás en nuestras pantallas- surja a consecuencia del tremendo éxito de público y crítica alcanzado por la comedia protagonizada por Woolley, compartiendo con aquella los orígenes escénicos brindados por Moss Hart y George S. Kauffman, y la presencia en cabecera de reparto de la estupenda -e igualmente olvidada- Ann Sheridan. Con producción del inolvidable Jerry Wald, y un equipo técnico en el que sorprende encontrarse con la presencia de Don Siegel como montador -apenas cuatro años antes de su debut en el largometraje-, Ernest Haller como operador de su fotografía en b/n, o el mítico Orry-Kelly como diseñador de su vestuario, la película apenas oculta su condición de comedia teatral en tres actos, a partir del original creado por los mencionados Hart y Kauffman y adaptado a la pantalla de la mano del experto en el género Everett Freeman. Casi de inmediato se nos presentan a sus principales personajes; el matrimonio formado por Bill (Jack Benny) y Bonnie Fuller (la Sheridan). Ambos viven en un apartamento en Manhattan, y la secuencia de apertura sirve como descripción, tanto de esencial galería humana como, sobre todo, de la personalidad de su protagonista femenina, la arrolladora Connie, quien antes incluso del incidente con el casero -el impagable y eternamente atildado Franklin Pangborn- y el propio perro de la familia, ya ha pergreñado la posibilidad de abandonar el apartamento en que residen, que ha sido la tercera residencia de la familia durante el año. Todo ello nos permitirá percibir el agradable dominio de esta sobre su marido, un Jack Benny hoy absolutamente olvidado, tan solo evocado por su protagonismo en la excelente TO BE OR NOT TO BE (Ser o no ser, 1942. Ernest Lubitsch), pero que en su momento cosechó una enorme popularidad. La personalidad cómica de Benny se puede percibir por la agudeza de sus diálogos -que se me asemejaron no poco con los de Bob Hope-, adornando un prototipo de personaje pasivo e incapaz de responder al cúmulo de incidencias que le acechan, con un poso de irreductibilidad que, en ocasiones, va revestido de ternura.

Tras ese episodio de apertura y el viaje del matrimonio hasta el campo en busca de una nueva de residencia, espoleados por Connie, considero que GEORGE WAHSINGTON SLEPT HERE recae en una extraña limitación acaecida en el género, a la hora de describir la llegada de familias a mansiones ruinosas en busca de una habitabilidad deseada. Es algo que manifiestan comedias estimables rodadas en aquellos años, como podrían ser las posteriores MR. BLANDINGS BUILDS HIS DREAM HOUSE (Los Blanding ya tienen casa, 1948. H. C. Potter) o THE LONG, LONG TRAILER (1954, Vincente Minnelli). En este caso, incurrimos en la misma circunstancia que impide que su conjunto alcance un estadio superior. Y quizá sea ello la incapacidad de combinar los estilemas de una comedia familiar, con aquellos más inclinados al puro slapstick, en los que se encuentran los elementos humorísticos que rodean la ruina de la vivienda campestre, que en este caso va adornada por la leyenda de que en ella pasó una noche el legendario George Washington durante la Guerra de la Independencia.

A partir de la instalación del matrimonio, la joven hermana de la esposa, y la sirvienta negra en dichas ruinosas dependencias, todo se dilucidará en una serie de peripecias en el fondo bastante previsibles, que irán dirigidas en su mayor parte -esas reiteradas caídas y tropiezos- a un atribulado Bill, aunque nos permitirá incorporar roles secundarios como ese impagable y estoico Mr. Kimber (Percy Kimbride). Un veterano hombre para todo, que a lo largo del metraje aparecerá como un vampirizador de los recursos de los recién llegados, a la hora de financiar las enormes carencias materiales del entorno, pero del que finalmente vislumbraremos su complicidad con los protagonistas, en el momento en que estos se encuentran a punto de perder la vivienda.

El film de Keighley acusa una tendencia a la arbitraria ruptura narrativa -de los primeros pasos con una mansión totalmente desvencijada a una ya más o menos acondicionada. O desde esa secuencia coral en la que parece que esta se va a hundir en plena tormenta, da paso a otra secuencia donde el recinto aparece confortablemente diseñado-. Igualmente, se resiente del recurso a personajes episódicos que en realidad aportan poco o nada a la misma -pienso en el niño familiar que se envía a la vivienda, caracterizado por sus eternas travesuras, o esa pareja de actores que nunca sabremos ni a que han acudido allí, ni que función tienen en el argumento general-. Esas rupturas de tono poco justificadas, unido a una planificación poco imaginativa -hagamos excepción de algunos apartes dedicados a resaltar la vertiente burlesca de Benny, como ese momento en que evoca a la figura de Boris Karloff-, limitan a mi modo de ver el alcance de la propuesta, a lo que cabría añadir la blandura que asumen los celos sufridos por Bill, al ver a su esposa acercarse al atento vecino Jeff Douglas (Harvey Stephens)

Es cierto que GEORGE WASHINGTON SLEPT HERE eleva su interés en su tercio final, una vez visita y se hospeda en la vivienda el veterano y en teoría acaudalado tío de Connie, el avasallador Stanley J. Menninger (el siempre estupendo Charles Coburn). Precisamente, una de las maneras con las que Keighley describirá dicho rasgo de carácter, será con el fundido encadenado que nos lo mostrará reiterando el relato de sus vivencias pasadas, mientras la cámara llega a encuadrar al perro de la familia, totalmente superado por la pesadez de dichas historias, conocidas al dedillo por los Fuller. A partir de ese momento, una vez conozcan la hipoteca que se alberga sobre ellos -una vez más, insertado en el argumento de manera abrupta- lo cierto es que la película se enriquece de una serie de peripecias que la dotan de un ritmo hasta entonces carente. Las añagazas de unos y otros a la hora de intentar solventar la aplicación de esta inesperada contingencia. La secuencia coral en la que los personajes se dejan imbuir de una extraña situación de felicidad y aceptación de un destino adverso -el momento más brillante de la película, que da la medida de donde esta hubiera podido llegar-. O la demostración de la complicidad del en tantas ocasiones aprovechado Kimber, cuando pega un martillazo al revoltoso familiar que está a punto de desbaratar la estrategia escenificada por los protagonistas. O incluso el inesperado retorno de la criada, que, en su inoportuno testimonio, revelará la inesperada humanización de Menninger para ayudar a sus sobrinos.

Es una lástima que GEORGE WASHINGTON SLEPT HERE no se encaminara a esa espiral del ‘gramo de locura’ al que le empujaba su punto de partida. Es el mismo que acompañaría a sus posteriores compañeras de subgénero, quizá precisas de la llegada de especialistas como Frank Tashlin, capaces de llevar a cabo esa ‘poética de los objetos’, carente en esta, con todo, estimable comedia.

Calificación: 2’5

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