A GHOST STORY (2017, David Lowery) A Ghost Story

¿Se puede formular una mirada novedosa en torno a cualquier género, y hacerlo además retomando ecos de lo mejor legado en su andadura? Por supuesto que sí, aunque justo es reconocer que, en la mayor parte de las ocasiones, las intenciones no se encuentran acompañadas por los resultados, evidenciándose ese siempre molesto décalage que limita o entorpece su alcance. En cualquier caso, en ocasiones el cine proporciona ese pequeño milagro. Esa propuesta en apariencia humilde, que concita una mirada si no renovada, si esencialmente personal, en esta ocasión delimitada en los resortes del cine fantástico, al que proporciona uno de los títulos más conmovedores de los últimos años. No he seguido hasta el momento la trayectoria de su artífice, el norteamericano David Lowery, pero he de concluir que con A GHOST STORY (A Ghost Story, 2017) brinda una propuesta en la que la reflexión, lo sensorial, la relatividad de las cosas, la esperanza y la tristeza, se encuentra presente en todos y cada uno de sus fotogramas. El propio Lowery hablaba de referencias tomadas de algunos de los cineastas más conocidos en los últimos años. Sin embargo, considero que su película asume en algunos de sus pasajes, una curiosa y personalísima relectura del cine de referentes tan significativos y dispares como Robert Bresson, Terrence Malick y M. Night Shyamalan.
El relato nos proporciona ya desde sus primeras imágenes, citas -la que inicia la película, “A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando”, escrita por Wirginia Wolf- y diálogos, las suficientes pistas para canalizar los posteriores meandros por los que nos adentrará su singular premisa argumental. De entrada, la elección de un hoy día inusual formato en pantalla cuadrada, con los bordes redondeados, que proporciona a sus imágenes la pátina de un pequeño relato familiar. Pronto descubriremos a la pareja protagonista. Él es C (Cassey Affleck), un joven músico, amable e introvertido, envuelto en una soterrada crisis creativa. A su lado se encuentra M (espléndida Rooney Mara), una mujer más activa, hasta el punto de ser ella la que tira hacia adelante en la relación, compartiendo ambos una vivienda rural situada en una indeterminada urbanización, desde donde una noche escucharán extraños ruidos. De manera inesperada, el músico morirá en un accidente de tráfico cerca de su vivienda -una situación descrita en una tan impactante como gélida panorámica-. Su inesperada desaparición dejará a su pareja desolada, sin que ella pueda comprobar como él retorna a un determinado grado de existencia, cubierto con la sábana que ocupaba su cuerpo en la morgue, y volviendo al que había sido su hogar, donde comprobará como imperturbable testigo, el dolor inicial de su amada -esa larguísima secuencia, en la que intenta combatir sus lágrimas comiendo de manera desaforada-. Sin embargo, lo que no podrá impedir es que esta poco a poco supere el duelo, e intente una nueva relación sentimental -provocando una inesperada manifestación física de sus menguados poderes-. O que, más adelante, intentando cortar con los recuerdos de su pasado, decida vender la vivienda y se marche para siempre, en uno de los instantes más emocionantes del film.
Puede decirse que, a partir de ese momento, las coordenadas espacio temporales de A GHOST STORY saltan los por los aires, con la llegada de unos nuevos inquilinos, esa madre latina con dos hijos, que sufrirán las iras del fantasma, en un momento donde Lowery se acercará de manera inesperada y puntual el universo de los poltergeists -dando una personalísima explicación a dicho fenómeno. No será este, más que el inicio de una serie de vivencias en torno a esa criatura inmutable y observadora, a cuyo alrededor no cejarán de sobrevenir situaciones inesperadas, con las que Lowery acierta a mantener la entraña de un relato, que oscila entre su aura filosófica e incluso metafísica. En la que se reflexiona sobre el dolor de la ausencia, la devastadora huella del paso del tiempo, la irrefrenable evolución del mundo -las reflexiones de un personaje en la inesperada fiesta a la que asistirá el fantasma-. La película, en medio de estas oscilaciones dramáticas, apostará por la presencia de largos planos -aquel en el que M visitará el cadáver de su pareja, hasta que, al abandonarlo, este vuelva a la vida envuelto en su sabana-sudario-. También por soluciones visuales revestidas de una extraña belleza -los planos generales de desplazamiento del fantasma hasta llegar a su hogar de siempre; la llegada de este a un entorno nocturno de aterradora y elevada urbanización, tan alejado al de que él eligió como entorno de vida; la inesperada irrupción de una excavadora -va a proceder al derrivo de la vivienda-, cuando el fantasma intenta acceder a una nota de papel que su chica había ubicado en un agujerito del marco de una puerta.
Poco a poco, como en un todo armoniosamente desarrollado, con una puesta serena y sin estridencias, David Lowery nos introduce en un universo emocional, tan insólito e inquietante, como en última instancia dominado por la emoción. Lo veremos en ese inesperado contacto del fantasma a través de las ventanas con otro espectro ubicado en una vivienda vecina que se intuye abandonada, señalando su interlocutor no sin inquietud que no recuerda que hace allí. O en ese inesperado retorno al pasado que brinda el contacto con una familia de fundadores del antiguo Oeste -la niña ocultará también una nota bajo una piedra-, donde en apenas tres planos consecutivos comprobaremos lo efímero del paso del tiempo, sobre esa niña que ha sido asesinada por los apaches y, casi, de inmediato, nos aparecerá casi convertida en polvo bajo los matojos salvajes.
Es cierto que hacen falta unos pocos minutos para poder entrar en el universo de sugerencias que proporciona esta obra magnífica. Pero no es menos evidente que esa pequeña espera compensa, y mucho, a la hora de introducirnos en una propuesta singular y sensorial, distante y emocionante al mismo tiempo. Delicada, minimalista, y en la que quizá su mayor cualidad, resida en expresar con creciente intensidad uno de los aspectos más complejos de brindar en la pantalla; la ingravidez del tiempo. Ello permitirá a sus imágenes, mantener incluso una deliberada ambigüedad en su ambientación -parece que en el discurrir temporal de la acción no ha transcurrido el tiempo-, salvo en los lógicos y muy efímeros pasajes que se desarrollan en el tiempo de la conquista.
Con un oportuno uso de la banda sonora -ese tema musical de C, que es utilizado en dos momentos opuestos de la película-. Una cálida iluminación -la importancia que albergará ese resquicio de luz, que servirá como base para que M introduzca esa nota en el marco de una puerta, auténtica magdalena proustiana del relato- de Andrew Droz Palermo, que entronca con la singularidad y sencillez del formato de pantalla elegido, A GHOST STORY, finalmente, apela a nuestros sentidos. A la búsqueda del sentimiento. A la lucha contra el olvido. A la relatividad, en suma, de aquello que en apariencia se sitúa en el primer tramo de nuestra existencia diaria, y que cualquier mirada más o menos distanciada revela como inane. Así pues, entre el relato metafísico. Entre la mirada contrapuesta en torno a la fuerza y, también, lo efímero del amor, el film de David Lowery se ofrece, finalmente, como una propuesta hipnótica. Una partida de sentimientos en la que, finalmente, su aparente y libre estructura, revela una enorme complejidad dramática, en la que no se ausentan giros -incluso algunos contados sobresaltos- revelando una historia quizá mil veces vista en la pantalla, pero desde un prisma tan hipnótico como contrapuesto. Toda una obra de culto.
Calificación: 4
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