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CINEMA DE PERRA GORDA

Frank Borzage

SEVENTH HEAVEN (1927, Frank Borzage) El séptimo cielo

SEVENTH HEAVEN (1927, Frank Borzage) El séptimo cielo

“No estoy acostumbrada a ser feliz. Es divertido. Duele”. Así se expresará  Diane (Janet Gaynor) cuando, vestida de novia, se dirija a su enamorado, el pocero chico (Charles Farrell). La entrega de ese vestido –con la declaración implícita que la misma tiene pese a la sequedad con que siempre se ha manifestado este ante la sensible muchacha-, ha consolidado en ella un auténtico estado de ascesis emocional.

SEVENTH HEAVEN (El séptimo cielo, 1927. Frank Borzage) supuso por un lado un enorme éxito popular en el marco cinematográfico de los últimos compases del cine mudo, además de consagrar como una de las parejas románticas más populares de la pantalla a la que formaban Charles Farrell y Janet Gaynor. Estos llegaron a rodar bastantes películas más juntos, entre ellas otra película del mismo realizador STREET ANGEL (El ángel de la calle, 1928, Frank Borzage). Pero creo que por encima de todos estos elementos más o menos coyunturales –incluyendo los Oscars que la película logró en la primera edición de los premios de la Academia de Hollywood-, hay que destacar la obra de Borzage –más allá de sus propias y enormes cualidades-, por introducir y sobre todo consolidar una vertiente melodramática en la pantalla que el propio realizador iría prolongando en prácticamente toda su trayectoria. El director iría configurando un estilo personalísimo, intenso, cercano en algún momento con el fantastique, y al mismo tiempo valorando la fuerza del amor como elemento primordial en el desarrollo del individuo por encima de cualquier otro condicionante social o institucional.

De forma muy transparente todas estas características se pueden apreciar en el título que nos ocupa, un excelente film, aunque personalmente considere que hay otro título de Borzage –de entro los que he visto- que prefiero –me estoy refiriendo a LUCKY STAR (Estrellas dichosas, 1929) y aún no he podido contemplar otros títulos suyos posteriores –como el ya mencionado STREET ANGEL-. En cualquier caso, creo que es innegable destacar la fuerza, expresividad y romanticismo del método borzaguiano, al que aún no pocos achacan como “un imitador de Murnau”, pero creo que el paso del tiempo ha permitido redescubrir a este como uno de los más sinceros, personales y valiosos cultivadores del melodrama. Es más, creo que en la película que nos ocupa se trata de un título prácticamente paralelo en su realización con la excepcional SUNRISE (Amanecer, 1927. Friedrich W. Murnau), por lo que más allá de cualquier posible influencia, lo cierto es que ambos títulos se encuadran dentro de la política de producción “de prestigio” mantenida por William Fox para su recién fundado estudio.

SEVENTH HEAVEN se conserva magníficamente en su intensa modulación de melodrama romántico y en el que no faltan constantes elementos y detalles de comedia –una de las cosas que más me ha sorprendido del film-. Es esta segunda vertiente la que servirá fundamentalmente para describir los rasgos de Chico, caracterizado por su fuerza, honestidad y también por una alta consideración de sí mismo –“soy un tipo muy peculiar”, dirá en todo momento-, que siempre será vista con humorística relajación por parte del realizador e interpretada con impagable inocencia por Farell. Pero junto a este rasgo concreto, incluso en las secuencias de combate desarrolladas en la I Guerra Mundial, aparecerán detalles en esta línea, como el bombardeo del taxi del amigo de Chico, del que dirá amargamente su dueño que “murió en defensa de la patria”.

Por su parte la visión de Diane se caracterizará por el aporte esencialmente melodramático. Esta vive en una angosta habitación junto a su malvada hermana, que la maltrata cruelmente. Como en las mejores muestras del género en el cine mudo –y tendríamos que remitirnos a Griffith-, esa circunstancia límite propiciará el encuentro de Diane –que es sometida a una brutal paliza por su hermana en plena calle- con Chico, que aparece repentinamente abriendo la alcantarilla y conminando a esta a que deje de maltratarla –la secuencia es magnífica-.

A partir de ahí –nos encontramos en los barrios pobres del París de principios de siglo-, Chico llevará a vivir provisionalmente a la tímida joven a su casa –para que la policía pueda ratificar el engaño que se ha formado al decir que él es su esposo-. Desde el primer momento, Diane se ha visto atraída por el joven, y procura cuidarlo, aunque él se resista a ello. Pero la fuerza del amor irá aflorando también en ese pocero que asciende a barrendero, evolucionando de forma sensible los caracteres de ambos mientras viven en una buhardilla pobre –el séptimo cielo del título-, pero que se encuentra llena de armonía con sus amplios ventanales que permiten la cercanía a las estrellas. Ambos llegarán a confluir en un estado de auténtica comunión espiritual del amor, en el que ella perderá su miedo –aprende a atravesar la cornisa del edificio vecino, que antes le intimidaba-, y tendrá su punto más intenso con la emotividad con la que Diane “siente” el regalo de ese traje de novia que Chico le regala –este no se atreve a decirle que la quiere-, en unos planos que se encuentran entre los más bellos que ha legado el cine mudo norteamericano. Pero llegará la guerra y el llamamiento de filas, y Chico tendrá que partir llegando para él un miedo del que antes carecía –veremos como cuando se abrazan ella se sitúa en el encuadre por encima de él, retomando ese carácter de responsabilidad que hasta entonces había tenido con la joven-.

La guerra llevará su tiempo de muerte y separación, pero para los dos amantes hay una cita inalterable. Todos los días a las 11 de la mañana entrarán en contacto telepático que les permitirá mantenerse juntos en la distancia. Así durante bastante tiempo, hasta que Chico cae abatido y ese contacto se interrumpe. Un sacerdote y un militar –representantes del poder establecido- se dirigirán a Diane para anunciarle la noticia, que ella se resiste a creer. De repente, se ha firmado el armisticio y ha llegado la paz. Entremedias de la multitud enfervorizada aparece Chico acercándose hacia su amada y accediendo hacia ese séptimo cielo de la buhardilla. Allí aparecerá ante ella y se abrazarán, encontrándose ciego, mientras un haz de luz los iluminará y sellará un amor a prueba de toda contrariedad... e incluso de la propia lógica.

De todos es conocido el argumento de SEVENTH HEAVEN, aunque siempre es bueno detenerse en él de forma sucinta. Pero me gustaría destacar fundamentalmente una serie de hermosos instantes cinematográficos –algunos ya los he citado- que permiten componer el retrato de la que quizá sea una de las grandes historias de amor que ha ofrecido el cine mudo. En este sentido resultan modélicas las secuencias que van describiendo como esa relación se establece de forma sencilla en el contraste de la entregada abnegación de Diane y la aparente rudeza de Chico. Es así como se plantea la secuencia del corte de pelo que ella le realiza, o la posterior en la que la joven lo mira temerosa acurrucada en el camastro mientras su protector se va desvistiendo y lavándose. Ese proceso se irá acentuando cuando la muchacha pierda definitivamente el miedo al caminar por la cornisa que le permitirá llegar hasta la vivienda del matrimonio amigo –que se caracteriza por una disposición arquitectónica bastante singular en líneas diagonales-.

El paso del tiempo es el que ha permitido conectar esta película con el devenir posterior de la obra de Borzage. Por un lado es inevitable señalar que el entorno de SEVENTH HEVAEN –las luchas en la I Guerra Mundial tendrán una presencia destacada en varias de las más brillantes y logradas obras sonoras de su realizador-. Pero es que incluso esta influencia se da en la propia presencia física de los actores. No hay más que contemplar la primera aparición en escena de Charles Farrell ataviado de soldado, para comprobar el enorme parecido que este tiene con el posterior Gary Cooper de A FAREWELL TO ARMS (Adiós a las armas, 1932. Frank Borzage).

Al mismo tiempo, me gustaría resaltar la tendencia en esta película a dividir los encuadres y dejar una parte del mismo despejada, o con la presencia de ventanales, quizá intentando con ello que estos “respiren”. Con todas estas singularidades, con el respeto y pudor que inspiran sus principales personajes y transmiten al espectador con sencillez e intensidad, con la extraordinaria química que ofrecen los aparentemente antagónicos protagonistas, la apuesta por la individualidad del individuo por encima de la influencia de las instituciones que despliega en la misma y su inventiva cinematográfica –esa grúa que eleva a los protagonistas hasta la buhardilla en la que él vive; la subida final de este por medio de planos llenos de fuerza expresiva; el halo de luz final que envuelve la pareja de enamorados bigger than life-, SEVENTH HEAVEN es uno de los referentes incuestionables del melodrama, y en sí mismo una magnífica película, llena de frescura y vitalidad.

Calificación: 4

MAN'S CASTLE (1933, Frank Borzage) Fueros humanos

MAN'S CASTLE (1933, Frank Borzage) Fueros humanos

Mas allá de la enésima demostración de la capacidad de Borzage para plasmar el sentimiento romántico mediante una intensidad melodramática tan personal e intensa –iluminación, disposición de primeros planos, entrega de los actores-, creo que uno de los rasgos más destacables de MAN’S CASTLE (1933) –FUEROS HUMANOS en España-, no reside tampoco en su innegable carácter de testimonio sobre la “gran depresión norteamericana”. Mas allá de estos rasgos indudablemente remarcables, creo que la principal cualidad que desprende esta película es la propia singularidad y originalidad que emerge en buena parte de su plasmación cinematográfica.

Una originalidad que se aprecia ya desde esos primeros planos que nos muestran una vista general de la ciudad de Nueva York, pasando a otro ya más cercano en el que se nos brinda a un hombre lujosamente vestido con traje –Bill (Spencer Tracy)- dando de comer a los pájaros de un estanque. A su lado una sensible joven –Trina (Loretta Young)- mira temerosamente y delatando el hambre que sobrelleva. Ambos traban contacto y Bill lleva a la joven a comer a un distinguido restaurante. Aparentemente se trata de un rico que tiene un gesto con una indigente, pero pronto este señalará que no tiene un centavo, utilizando una argucia para que ambos puedan abandonar el recinto sin tener que pagar la cuenta ni ser denunciados a la policía. Es en esos momentos cuando este señala que la aristocrática vestimenta que lleva es en realidad el uniforme de “hombre anuncio” que en su camisa interior tiene luces fluorescentes indicando el producto anunciado simplemente paseando por las calles.

Muy pronto Bill hará tangible a Trina su despreocupada visión de la vida, en la que solo intenta lograr dinero cuando realmente le hace falta. Él vive en un suburbio de chabolas que se establece en las afueras de la ciudad y cerca de una estación de tren –la imagen de estas es irremisiblemente atrayente en su miserabilismo-. Pese a lo depresivo del entorno muy pronto Trina se integrará en él y mostrará su innato optimismo ante la vida, en medio de una relación establecida entre ambos en la que estará presente tanto un verdadero amor por parte de ella como un sincero respeto por la singular concepción que aparentemente define la misma por parte de Bill. Este es un hombre libre por naturaleza que entiende cualquier relación siempre anteponiendo que la misma no rompa con el anhelo de libertad del individuo. Pese a todo ello y a la aparente rudeza con que Bill trata siempre a Trina –la llama “huesitos”-, en realidad también tiene nobles sentimientos ante ella –la complace en su deseo de comprar una cocina pagada a plazos-. La sincera unión entre la pareja –se llegan a casar de forma simbólica- llevará a Trina a quedarse embarazada y a su nuevo esposo a intentar robar en una fábrica cercana la nómina de trabajadores para poder dejar dinero a la muchacha y marcharse lejos prosiguiendo su andadura definida por la libertad. Sin embargo el atraco se frustrará y pese a los cortapisas que le brinda el insidioso Bragg (Arthur Hohl), ambos jóvenes finalmente huirán en tren con la convicción de un futuro optimista para ambos. La cámara describirá un arriegado travelling de retroceso en grúa sobre los dos amantes, con la esperanza puesta en ellos.

Ciertamente si algo caracteriza la enumeración del argumento de MAN’S CASTLE es lo liviano de la estructura dramática del film. Realmente parece que Borzage le interesa más la descripción, la sensualidad y evidencia del marco colateral de miseria en plena gran ciudad, que el recurso a una estructura dramática llena de elementos melodramáticos y autocomplacientes. En su escueta duración propia de una serie B, el realizador se interesa fundamentalmente por introducirnos con su demostrada sensibilidad y humanidad ante dos personajes contrapuestos que pese a ello se enamoran, y  que al mismo tiempo mantienen un singular respeto en la intensidad de su relación –lo que no impide que se plantee en ella una modernidad a la hora de aceptar la libertad de ambos-.

Quizá sea esta paradójicamente una de las películas que mejor reflejan la miseria y angustia subyacente por la mencionada “gran depresión”, y de forma paralela esta es plasmada de forma auténticamente colateral y sin impedir que ese marco limite las posibilidades románticas de la historia de sus dos principales personajes. Un marco en el que de alguna manera se recogen influencias del mayestático ...Y EL MUNDO MARCHA (The Crowd, 1928. King Vidor) –los trabajos que acomete Bill recuerdan poderosamente los que retomaba John Sims en la obra maestra vidoriana-, pero en el que por derecho propio se vuelve a apostar por la libertad del hombre, por su dignidad, su unión con la naturaleza –esa costumbre de Bill de dormir siempre viendo las estrellas- y la sensibilidad marcada por los detalles –los juguetes que contempla Bill antes de intentar su robo y que le hacen recordar su futura paternidad-.

Si a ello unimos las excelencias de una dirección de actores marcada por su intensidad y pureza –Loretta Young está admirable, Spencer Tracy acomete uno de sus trabajos más libres y convincentes de su carrera, los personajes secundarios están muy bien definidos, especialmente el que interpreta con enorme sensibilidad Walter Connolly-, obtendremos el balance francamente positivo de un título sencillo y sensible, en el que Frank Borzage nos transmitió su visión de un periodo traumático de la vida americana del pasado siglo, siempre con su máxima de la preponderancia del amor sobre cualquier otro sentimiento.

Calificación: 3’5

 

MAGNIFICENT DOLL (1946, Frank Borzage) La primera dama

MAGNIFICENT DOLL (1946, Frank Borzage) La primera dama

Escasamente considerada entre los seguidores del gran realizador Frank Borzague, LA PRIMERA DAMA (Magnificent Doll, 1946) supone bajo mi punto de vista un título que si bien se sitúa bien lejos de sus grandes films –especialmente los del periodo mudo-, creo que resulta finalmente atractivo. Mucho más que lo que podría presagiar su embarullado y folletinesco guión, que en manos menos diestras, plásticas y fluidas que las de Borzage hubiera desembocado finalmente en un producto sin interés alguno.

Creo que no es este el caso por más que el conjunto resulte notablemente irregular –comenzando por la situación inicial que sirve para la introducción del personaje protagonista, Dolly Payne (Ginger Rogers), que inexplicablemente no volverá a ser retomada al final del film (lo cual deja una extraña sensación de inacabado)-. Su voz en off irá puntuando en un largo flash-back que recorre diferente periodos, el devenir de su personaje hasta concluir conviertiéndose en la esposa del presidente de Estados Unidos, James Madison (Burguess Meredith). Con notable fluidez –a lo que contribuye un notable uso de la elipsis que obvia algunos de los acontecimientos históricos teóricamente más interesantes, deteniéndose por el contrario en la “letra pequeña” de la influencia de este personaje y su propia evolución ideológica-, el recorrido de MAGNIFICENT DOLL recrea en sus primeros veinte minutos el compromiso de Dolly adquirido por su padre para que esta se case con John Todd (Stephen McNally). Serán estos sin duda los mejores minutos de la película, caracterizados por una notable fuerza y una excelente ambientación –la película fue una desacostumbradamente costosa producción de la Republic en la que intervino la propia protagonista, Ginger Rogers-. De especial brillantez es el uso de grandes grúas y las panorámicas en plano general que se observan con la misma describiendo los estragos de la epidemia que finalmente se cobrará la vida de Todd y el pequeño hijo de ambos –un instante memorable es el encuentro de Dolly ante el cadáver de su marido, ante el que tardíamente le dice por vez primera que lo ama-.

A partir de ese momento la película abarca la anuencia de personajes históricos como Thomas Jefferson, el propio Madison –al parecer con unas enormes licencias históricas en el guión de Irving Stone-, insertando fundamentalmente la duda en Dolly si rendirse ante el apasionado amor que le ofrece el reaccionario Aaron Burr (David Nivel) o el que le brinda el más apocado Madison, que sin embargo conserva en su interior una personalidad e ideales más acordes a los que siente la muchacha. Es en la descripción de la tempestuosa relación entre Burr y la protagonista donde Borzage identifica la misma con la presencia del fuego, que se manifiesta en diversos momentos de la película hasta llegar a su expresión final cuando la ya esposa de Madison quema la carta que Aaron le ha enviado en la cárcel implorando su presencia.

Es indudable que LA PRIMERA DAMA adolece de irregularidades, que su diseño de producción es en ocasiones ostentoso y vacuo –algunos de los vestidos que utiliza la Rogers son ridículos-, que su secuencia final resulta incluso zarzuelera –el discurso que Ginger Rogers pronuncia ante la multitud que pretende linchar a Burr requería otra actriz de mayor entidad dramática-. Sin embargo, no es menos cierto que el discurrir de la película es notable, que la propia aplicación de las elipsis motiva instantes brillantes –como aquella que muestra el primer plano de David Niven cuando le abandonan sus seguidores al conocer sus planes secesionistas y funde con otro del mismo actor siendo acariciado el cuello con una navaja de afeitar; se encuentra encarcelado-. Al mismo tiempo, esa dualidad en la pasión amorosa de Dolly queda patente en momentos tan espléndidos como aquel en que esta llega con Aaron a su casa en plena oscuridad –atención a la excelente fotografía de Joseph Valentine que siempre potencia la profundidad de campo-, ambos se abrazan y al fondo se ofrece una vez más el fragor del fuego de la chimenea, del que emerge escondida y triste la figura de Madison. Son bastantes los instantes de buen cine que ofrece una película con las servidumbres que se quiera, en la que no faltan incluso momentos de gran sentido del humor –esa mansión de Jefferson que está inundada por haberse diseñado en la ubicación de un pantano-, y en la que se nota la mano de Frank Borzage. Y no se trata únicamente de hablar de una demostración de la política de los “autores”, sino de la traslación práctica de buen cine cara al espectador.

Calificación: 2’5

LUCKY STAR (1929, Frank Borzage) Estrellas dichosas

LUCKY STAR (1929, Frank Borzage) Estrellas dichosas

“La fuerza del amor sobre todas las cosas”. Esa sería la máxima de las principales películas que en su momento consideraron justamente a Frank Borzage como uno de los grandes nombres de las postrimerías del cine mudo y hasta la llegada de los años cuarenta. Un profesional posteriormente caído en el olvido y en los últimos años reivindicado con justo entusiasmo. Lamentablemente para mi y aunque he podido visionar algunos de sus títulos prestigiosos hasta la fecha no había tenido ocasión de contemplar ninguno de sus clásicos mudos -ausencia que espero paliar poco a poco-. Hay veces que confesar esas ausencias involuntarias como aficionado tiene como rasgo positivo el previsible futuro placer que puede reservarme ir descubriéndolas.

Una de ellas ha sido para mi poder disfrutar de LUCKY STAR –estrenada en España bajo el título de ESTRELLAS DICHOSAS- una muestra evidente de su fuerza visual, la singularidad, emotividad, sencillez y casi me atrevería a decir que “el sello único” que podían ofrecer sus películas. Algo que especialistas bien cualificados han intentado analizar (para ello recomiendo vivamente el volumen titulado "Frank Borzage. Sarastro en Hollywood" que el especialista Hervé Dumont creó con motivo de la no muy lejana retrospectiva de su obra en el Festival de Cinbe de San Sebastián), y me gustaría trasladar bajo mi punto de vista en función de alguna de las impresiones que me produce este gran film.

Tras sus triunfos en EL SÉPTIMO CIELO (Seventh Heaven, 1927) y EL ÁNGEL DE LA CALLE (Street Angel, 1927), Frank Borzage reunió de nuevo a la que probablemente fuera la primera gran pareja romántica del cine norteamericano, los excelentes Janet Gaynor y Charles Farell, en esta ocasión encarnando a Mary Tucker, una joven de una familia numerosa encargada de una granja de leche, huérfana de padre y en la que la madre destaca por su carácter autoritario. Por su parte Farrell es Timothy Osborn, un trabajador de postes de líneas telefónicas que conoce a la traviesa muchacha cuando encaramado encima de uno de ellos se pelea con un compañero ya que ella ha intentado sisar una moneda al vender un reparto de leche a todos ellos. Al darse cuenta este del engaño le propina una azotaina no sin antes percatarse en una llamada que detecta en el propio poste que ha llegado la guerra, a la que acudirán todos sus compañeros y él mismo.

Pese a ese encuentro tan accidentado algo se ha encendido entre ambos. Todos sabemos que una puerta en sus sentimientos se ha abierto, por más que Mary al día siguiente tire vengativa una piedra en la puerta de casa del joven, contemplando su marcha al frente. Este recibe en la retaguardia una carta de la joven que inicialmente cree ha escrito por afecto personal, aunque posteriormente veremos que ha generalizado a todos los voluntarios amigos, para lograrles animar. Osborn es allí comandado a una misión accidental de reparto en un carruaje que sufrirá un accidente, del que regresará a su casa paralítico de ambas piernas. Una vez en su domicilio dos años después de su partida, Mary sabiendo que Tim ha regresado tira una nueva piedra rompiendo un pequeño ventanal y vislumbrando el rostro del joven que la llama amistosamente. Mientras él se despide de un repartidor esta se acerca curiosa ante sus requerimientos no sin antes tomar otra piedra como previsión. No obstante al ver que Osborn está sobre una silla de ruedas se desvanece cualquier suspicacia y entra en su ser esa atracción romántica que en el fondo siempre había sentido, mientras que él demuestra su alegría maniobrando con celeridad en su nuevo modo de transporte así como haciendo gala de numerosas habilidades domésticas.



La relación entre los dos se va estrechando pese a las enormes reticencias de Mrs. Tucker (Hedwiga Reicher) a que su hija la prolongue. Al mismo tiempo se va a celebrar un baile para el que Mary compra un vestido y acude al mismo, no logrando que Tim pueda asistir al estar imposibilitado con las muletas. En la celebración la joven toma de nuevo contacto con Martin (Guinn Williams) que la acompaña hasta casa de Osborn escuchando las advertencias de este que no la utilice como a sus demás conquistas. Martin pretende casarse con la joven y para ello procura congraciarse con su madre, que ha prohibido tajantemente a su hija que entre en casa de Tim –es por ello que la comida que le había preparado se celebrará ubicando la mesa en el portal de la casa-. El joven en el fondo profundamente enamorado de una Mary totalmente entregada le promete hablar con su madre para lograr su permiso y poder unir sus vidas.

Llegado el momento Martin ultima el traslado de la muchacha para que ambos se casen pese a sus reticencias, mientras que una fuerte nevada y la distancia existente impide a su verdadero enamorado que pueda avanzar con su silla de ruedas. La fuerza de su voluntad y el amor que siente por ella permitirá no solo pueda desplazarse ante la copiosa nevada con sus muletas sino finalmente incluso sin dicho apoyo, en una estampa que finalmente provoca una enorme conmoción en Mrs. Tucker y sus hijos, al tiempo que logrará en el último momento que la joven no consume su viaje en tren y puedan unir sus vidas para siempre.

Como ya señalaba al inicio, una vez más Borzage se interesa no por la dramatización –el escaso interés que demuestra a la presencia de Tim en la contienda bélica, aunque si incide en el carácter pacifista de su cine- sino por la expresión de los sentimientos. LUCKY STAR es una muestra de ellos. Y una demostración más de su sabiduría en el lenguaje cinematográfico. Desde la recreación y sabia utilización de escenarios exteriores claramente estilizados –el contraste entre el de la granja de May y el bucólico y fluvial de Tim –lo surca un arroyo al pie de una pequeña cascada- y unos interiores que denotan un carácter claramente opresivo –es de destacar que en casi todos sus planos se insertan ventanas o sombras de las mismas, el momento en que Mary rompe uno de dichos ventanales es como un soplo de vitalidad-. Por supuesto, la perfecta estructuración de las secuencias definidas con fundidos en negro y en este caso la no presencia de personajes maniqueos y negativos –incluso la madre de Mary reconoce que Osborn no es mal chico pero prefiere para ella el porvenir que le puede ofrecer Martin, en teoría el contrincante prepotente, pero con el que Borzage no se muestra especialmente insidioso. Realmente lo que interesa en su película es resaltar la inocencia, pureza, pudor y sinceridad de una historia de amor ante la que inicialmente se niegan sus propios protagonistas, pero que pese a todos los impedimentos no pueden mas que aceptar. Incluso en el momento en el que ella se funde en un largo abrazo con su amado y el primer plano de Tim nos hace comprender que pese a amarla profundamente quizá su presencia sea un obstáculo para ella.



La relación entre los protagonistas está llena de hermosos detalles. Desde la lavada de cabello que él le aplica y embellece su aspecto, el posterior baño de ella ante la cascada con la intuición de su enamorado, el tocadiscos que le regala y que en las secuencias finales servirá para evocar la ausencia de Osborn en la cita que tenía prometida o el propio plano final con el abrazo de los dos tras ella acariciar sus piernas en plena nevada y viendo al fondo como se aleja el tren en el que viaja Martin-. Son tantos los momentos intensos que la película proporciona –el conmovedor plano que desde la espalda del antiguo soldado sentado en su silla de ruedas muestra a Mary descubriendo su invalidez y tira transfigurada esa piedra que portaba en la mano (un rayo de luz penetra en el umbral)-, que sería casi imposible referirse a todos ellos, aunque haya que destacar que Borzage jamás olvida intercalar en sus secuencias oportunos momentos de comedia –las demostración de destrezas domésticas del joven- que logran ofrecer un contrapunto a la intensidad de sus instantes románticos.

Pero mas allá que el perfecto manejo de los resortes cinematográficos que el realizador demuestra en toda la película, hay un elemento que realmente hace de él uno de los grandes. No es otro que la mirada “a ras de suelo” que logra transmitir desde sus personajes hacia el espectador. No se sitúa ni por encima ni a distancia. La sencillez de su tratamiento y la intensidad de la dirección de actores –y es oportuno señalar que si bien todos reconocemos la categoría como actriz de Janet Gaynor va siendo hora considerar a Charles Farrell como uno de los mejores y más sensibles intérpretes que ofreció el cine mudo- lograba que la evolución de sus protagonistas contagiara sus emociones fuera de la pantalla. Como más adelante hicieron maestros como Leo McCarey o John Ford –y determinadas obras de otros grandes directores-, Borzage tenía lo que me atrevería a denominar “el sincero dosificador del sentimiento”. Y es bien a través de sencillas secuencias, complejos planos o situaciones límite, como LUCKY STAR se erige como una gran película, la última de su periodo silente. Su contemplación solo me hace ir a la búsqueda con celeridad de otros de sus títulos mudos para volver a sentir la íntima satisfacción de vivir un bello film en todas sus facetas.

Calificación: 4

Nota: Quisiera agradecer la gentileza de Luís Fdo. Rodríguez (seguidor borzaguiano donde los haya) que me facilitó un regrabado de LUCKY STAR para poder contemplarla.