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CINEMA DE PERRA GORDA

Manuel Lombardero

EN BRAZOS DE LA MUJER MADURA (1997, Manuel Lombardero)

Lo confieso. Me temía lo peor a la hora de enfrentarme con EN BRAZOS DE LA MUJER MADURA (1997), primero de los únicos dos largometrajes firmados hasta la fecha por Manuel Lombardero. Estar inserta dentro de la temible temática que aborda historias narradas en nuestra guerra civil -al mismo tiempo un subgénero que en ocasiones ha ofrecido películas muy atractivas-, y ser un título apenas conocido, eran referencias que no predisponían de una manera muy estimulante.

Sin embargo, y aunque no podemos señalar que nos encontramos ante una propuesta especialmente relevante, lo cierto es que esta pequeña película alterna una mirada en torno a ciertos aspectos de la guerra civil y la posguerra, con la entraña del mismo, en torno al proceso coming of age de su personaje protagonista. Este es Andrés (con 15 años, encarnado por Miguel Ángel García), un huérfano de padre, integrado en una familia conservadora de Gerona, interno en un colegio religioso, donde sobreviene la rebelión contra la república del 18 de julio de 1936. Será el punto de partida de un nuevo rumbo en su vida, ya que con el deseo de reencontrarse con su madre -que se encuentra en La Coruña- le llevará a un entorno rural de anarquistas, en donde manera inesperada se modificará el propio perfil que le ha definido hasta entonces. Será ese el primer ámbito donde aflorará sus primeros instintos sexuales, al tiempo que poco a poco se irá fraguando una personalidad ahora aún en formación. El ámbito de estos combatientes, en donde impera la camaradería, e incluso una mayoritaria ausencia de combate, supondrá para el muchacho su auténtico despertar a la vida, que tendrá un punto de inflexión al contemplar el fusilamiento de dos falangistas. El mando del comando destinará al muchacho a Barcelona, en casa de su esposa e hija. El nuevo ámbito le permitirá prolongar en sus apetencias adolescentes, tanto con la muchacha del hogar, como el intento con una prostituta, mientras intenta sobrevivir ya en solitario mediante estraperlo. Finaliza la guerra civil y retornará su madre -Irene (Carme Elías)-, acompañada de un preboste falangista -Víctor (Ángel de Andrés López)- que se ha convertido en su amante. Ambos rescatarán al muchacho -ya interpretado por Juan Diego Botto-, que se encontraba confinado y preso en una plaza de toros. Lo que podría suponer su retorno a una vida acomodada, en el fondo pillará al adolescente ya maduro en un entorno fascista, en el que se sentirá por completo incómodo. Ello no le impedirá prolongar su andadura con mujeres, entre ellas con una vecina de su vivienda -Marta (Joana Pacula)-, esposa de un arquitecto de izquierdas. Todo irá confluyendo en una situación compleja, teniendo el protagonista que afiliarse a Falange para lograr salvar a este último arquitecto, que ha sido detenido por su pasado republicano. Serán elementos dramáticos que incidirán en la imposibilidad de un muchacho sensible y abierto al mundo, que finalmente decidirá abandonar un contexto tan cómodo como asfixiante, para abrirse al futuro con una violinista extranjera.

Con una secuencia de apertura temible, donde se describe -en tono demasiado caricaturesco- el colegio religioso donde el protagonista y sus superiores reciben la rebelión del 18 de julio del 36, lo cierto es que la película muy pronto va cobrando forma, ayudado de entrada por la fluidez de un ritmo, la calidez de la fotografía que le brinda José Luis Alcaine, una ambientación ajustada -más creíble, curiosamente, en las secuencias que transcurren en el bando republicano, que en las referidas al nacional-. La adecuada interpretación del adolescente Miguel Ángel García, y la precisión con la que se describe ese proceso por el que un muchacho de ascendencia conservadora, se queda fascinado en ese entorno anarquista que modificará su vida. Superando el grado de aprecio con que se articula dicho contexto, intuyo que emanado ya en la novela de Stephen Vicincsey, y que se trasladará en el guion elaborado por el propio realizador y el imprescindible Rafael Azcona. Y al mencionar a Azcona, es obligado referirse a una magnífica película -bastante superior a la que comentamos-, a la que esta recuerda en numerosos momentos, y que también contó con Azcona como coguionista, titulada EL AÑO DE LAS LUCES (1986, Fernando Trueba). Esa inclinación a acentuar el relato en función al descubrimiento de la vida, la sexualidad y la propia responsabilidad existencial, es la principal cualidad de una película nunca especialmente brillante, pero, del mismo modo, en casi todo momento, dominada por una encomiable calidez.

Se encuentra presente en ella una ocasional voz en off, un oportuno uso de la elipsis -que elude inteligentemente la narración de acontecimientos históricos-, centrándose en la letra pequeña de su historia -la manera con la que se describe la conclusión de la guerra civil-. Por ello, por esa capacidad de plasmar con cierto grado de sensibilidad -la secuencia en la que Andrés intenta tener relaciones con una prostituta, y la acaricia con su mano hasta rozarle el pubis. Su relación con la adulta, pero deseable Marta. El encuentro y el sexo mantenido con la joven amiga que conoció en el entorno anarquista-, lo cierto es que nos encontramos ante una película tan humilde como grata que, dentro de su relativa convención acierta a trasmitir al espectador ese grado de descubrimiento de la vida y la libertad, a lo que ayuda la frescura interpretativa ofrecida por Juan Diego Botto.

Todo ello sucederá de manera agridulce, alternando los episodios dominados por la expresión de la sexualidad. Otros incluso cómicos -el episodio en que Andrés aún niño convive con la aristócrata que interpreta la elegante Faye Dunaway. El instante en que la mujer del militar anarquista descubre como Andrés se encuentra teniendo sexo con su hija-, sin dejar de albergar momentos dominados por su dramatismo -las secuencias que describen la detención del arquitecto esposo de Marta. O la posterior en las que los verá como se marchan de su casa, comprobando en un melancólico plano de alejamiento, como esta se alejará definitivamente de su vida-.

EN BRAZOS DE LA MUJER MADURA -horrible título, por cierto-, aparee, finalmente, y por fortuna siempre con letra pequeña, como una mirada sencilla, intimista y delicada, de la forzada llegada a la madurez de un muchacho que casi de la noche a la mañana se enfrentará a la contradicción del mundo en el que vivía. Es cierto que se observa un cierto esquematismo al describir los primeros instantes de la llegada del franquismo -el estereotipo que marca Ángel de Andrés López, una vez más encarnando a un fascista-, que sin embargo no dejará de albergar una secuencia de cierta humanización del personaje; aquella donde Andrés le pedirá su ayuda para que excarcele al esposo de Marta-. Por fortuna, lo mejor de esta pequeña pero grata película de Lombardero, reside en eso. En proponer una pasión tan abierta como llena de melancolía, de alguien al que un contexto inestable e incluso cruento, ejerció como caldo de cultivo para forjar su anhelo de libertad. Nada que no hayamos contemplado en otras ocasiones, incluso de manera más brillante. Pero nada, por otra parte, que nos impida disfrutar de un relato tan modesto como estimulante.

Calificación: 2’5