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LONG DAY'S JOURNEY INTO NIGHT (1962, Sidney Lumet) Largo viaje hacia la noche

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Durante los primeros años de su andadura cinematográfica y más allá de la mítica generada por su estimable aunque sobrevalorado debut con 12 ANGRY MEN (Doce hombres sin piedad, 1957), el newyorkino Sidney Lumet se especializó en la adaptación de conocidas y prestigiosas obras teatrales. De ellas no conozco VU DU PONT (Panorama desde el puente, 1961), pero curiosamente creo que dos de dichos exponentes –THE FUGITIVE KIND (Piel de serpiente, 1959) y LONG DAY’S JOURNEY INTO NIGHT (Largo viaje hacia la noche, 1962)- pueden situarse en sendos extremos de calidad de su cine. La primera de ellas se encuentra bajo mi punto de vista entre sus peores títulos, subrayando y enfatizando todo lo que presumiblemente ya existía de retórico en la obra original de Tenesse Williams, puesto al servicio de unos desaforados Anna Magnani y Marlon Brando. Sin embargo, LONG DAY’S… cabe incluirlo –por fortuna- en el extremo opuesto, logrando ser fiel al magnífico referente teatral de Eugene O’Neill, y trasplantando la esencia de dicha creación literaria mediante una puesta en escena tensa y contenida al mismo tiempo, basada en una espléndida utilización del espacio escénico, y lógicamente confiada en la labor de su reparto.

LONG DAY’S… se desarrolla íntegramente en la mansión de la familia Tyrone, compuesta por James (Ralph Richardson), un maduro y acabado actor caracterizado por su puritanismo y tacañería, y casado con Mary (Katharine Hepburn), adicta a la morfina desde que dio a luz a su hijo Edmond (Dean Stockwell). Este con el paso de los años se ha convertido en un joven sensible, amante de la literatura y la poesía, incipiente escritor aquejado de tuberculosis, y que se encuentra a punto de ser ingresado en un hospital público de escasa credibilidad, ya que su padre demuestra su cicatería no sufragando los costes que le permitiría su estancia en un centro sanitario con las suficientes garantías. Sobre todos ellos gravitará la sombra del hermano mayor, Jamie (Jason Robards, Jr.), un hombre cínico, alcohólico y mujeriego, que desprecia el entorno que le rodea y se aísla a sí mismo dentro de su propia marginalidad.

De todos es conocida la importancia y cualidades de la obra de O’Neill, y es algo que Lumet reconoce desde el primer momento, palpándose desde el propio inicio de la película. Una producción que se inscribe sin complejos en el concepto de film de qualité a la norteamericana y que, quizá por ello, fue muy pronto despreciada y olvidada por una crítica que miraba con notorio recelo los primeros pasos de la andadura del realizador. Pero si bien es cierto que LONG DAY’S… - film, entronca con ese tipo de cine que practicaron nombres como Delbert o Daniel Mann, Joseph Anthony o incluso George Cukor –y que convendría revisar de manera desprejuiciada, con la certeza de llevarnos más de una sorpresa-, lo cierto es que resulta una arriesgada propuesta de cine – teatro que logra alcanzar un alto grado de inspiración, y se sitúa entre los mejores exponentes de este tipo de producción cinematográfica –quizá junto a SEPARATE TABLES (Mesas separadas, 1957)-, tan practicado en Hollywood en aquellos años.

Desde el primer momento, las imágenes en espléndido y contrastado blanco y negro –responsabilidad del operador Boris Kauffman-, saben trasladar ese ambiente sombrío, decadente y casi pútrido moralmente, envolviendo la precaria unión de una familia que oscila entre personajes y situaciones extremas, y en los que la jornada en la que se desarrolla la acción ejercerá como auténtico exorcismo. Un referente catalizador para reconocer la adicción a la morfina por parte de Mary como precedente para una incipiente locura, para que James exteriorice un fracaso vital motivado en su materialismo, Jamie reconozca la misantropía de su personalidad –que no puede eliminar sin embargo el amor que siente por su hermano pequeño, y en el que el resentimiento con su madre estará presente- y, finalmente, Edmund sea el testigo sensible de la destruida familia, y que con una mirada desprovista de los prejuicios de la época se expresará como el más lúcido de todos ellos. Será este un trasunto del propio O’Neill, que plasmó en esta obra autobiográfica buena parte de sus recuerdos de juventud, en un original teatral que no permitió que se estrenara hasta después de su muerte.

Como transposición fiel e intensa que es de un referente escénico justamente célebre, Lumet logra una de las obras más brillantes de su trayectoria cinematográfica en la década de los sesenta –bastante más interesante, dentro de su irregularidad, de lo que generalmente se le ha reconocido-, plasmando un drama áspero, implacable, casi sórdido en el despojamiento de frustraciones, miserias personales y trayectorias fracasadas, en el que el peso del puritanismo y la expresión religiosa es patente –sobre todo manifestada en el personaje de Mary-, y del que prácticamente solo apunta un intento de salida el más débil físicamente de todos ellos. La acción de la película se desarrollará en salas débilmente iluminadas, ya que el patriarca pone todo su empeño en ahorrar luz, y de las que se ofrecen a través de las ventanas las luz de los focos de los barcos, y en su banda sonora el sonido de las sirenas se entremezcle con los diálogos de sus protagonistas.

Recuerdo con especial placer la versión teatral que de esta obra pude contemplar en el Lyric Theatre de Londres en febrero de 2001, protagonizada por Jessica Lange, Charles Dance y Paul Rudd, y en aquel caso junto a la labor de los actores destacaba la apuesta por una poderosa escenografía. Algo que se manifiesta igualmente en esta temprana adaptación para la pantalla, en la que los movimientos y desplazamientos de cámara sirven para potenciar el creciente desasosiego marcado en el referente teatral, y en donde en ciertas ocasiones se ofrecerá un oportuno apoyo musical a cargo de André Previn. La película, como la obra, se desarrolla fundamentalmente en diálogos establecidos entre dos o tres personajes. Todos ellos resultan creíbles en su oposición y magníficos gracias a la interpretación de su reparto –que recibió el premio conjunto de interpretación en el Festival de Cannes, Stockwell ya había recibido otro premio de similares características en el mismo festival de años atrás, por su trabajo en COMPULSION (Impulso criminal, 1958. Richard Fleischer)-. Sin embargo, si tuviera que elegir un fragmento de su conjunto, no dudaría en resaltar el que sirve de auténtica catarsis entre Edmond y su padre, en donde Ralph Richardson y, aún por encima, el maravilloso Dean Stockwell, se entregan a sus personajes con una sinceridad asombrosa.

Calificación: 3’5

 

16/12/2007 18:18 thecinema #. Sidney Lumet

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