ENSIGN PULVER (1963, Joshua Logan) ¡Valiente marino!
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Hacía muchos años que andaba tras la búsqueda de ENSIGN PULVER (¡Valiente marino!, 1963), por diversas razones. La primera de ellas era la de poder completar el visionado de la filmografía de Joshua Logan, un importante hombre de teatro norteamericano, que prolongó sus inquietudes como
realizador cinematográfico, a través de una obra no muy extensa aunque a mi modo de ver personalísima y llena de sensibilidad, que con el paso de los años ha sido por lo general dejada de lado, salvo en el caso de sus dos primeros títulos –hagamos abstracción del lejano I MET MY LOVE AGAIN (Volvió el amor, realizado junto a Arthur Ripley en 1938)- para
Columbia –PICNIC (1955)- y 20th Century Fox -BUS STOP (1956)-. Más al margen de este
díptico quizá referenciado por su alcance mítico dentro de la cotización hacia
sus dos estrellas femeninas, el resto de sus títulos han ido con el paso de los años quedando en el olvido, quizá con la excepción del creciente estatus de culto que ha ido adquiriendo el musical CAMELOT (1967). Y es una pena todo ello, ya que el cine de Logan me parece uno de los más reconocibles, sensibles y líricos emanados en el cine norteamericano de los años cincuenta y sesenta, hasta
que con el batacazo comercial
de PAINT YOUR WAGON (La leyenda de la ciudad sin nombre
, 1969) decidiera retirarse de sus tareas tras las cámaras.
Por todo ello, la contemplación de ENSIGN PULVER aparecía casi imprescindible para atisbar el título que sirvió de puente en la obra de Logan, entre el rodaje de FANNY (1960) –a mi juicio su obra más perdurable- y la mencionada CAMELOT, al tiempo que suponer el ejemplo más característico de incardinación del cineasta en los modos renovadores que la comedia americana había probado
ya sobradamente en aquellos años. Cierto es que su trazado argumental supone una especie de continuación
de las situaciones marcadas en MR. ROBERTS (Escala en Hawai, 1955. John Ford & Mervyn LeRoy, y Logan sin acreditar), procedentes del propio y estruendoso éxito escénico del propio Logan. Una vez más, el cineasta recurría a su tabla de salvación en la escena neoyorkina, para trasladar a la pantalla una comedia dramática que recordaba en cierto modo el precedente señalado, aunque este se sometía a unos modos visuales y un ritmo propio del tiempo en que se produjo su realización. De entrada hay que señalar que el director, productor y coguionista fue fiel a sí mismo. El que fuera uno de los realizadores más proclives a la utilización del color en sus ficciones solo
en dos ocasiones renunció al mismo-, asumirá de nuevo esa fuerza pictórica trasladada de manos del operador Charles Lawton Jr.-, brindando unos tonos cálidos y suaves, propios de la comedia en aquel tiempo. Para incidir en esa incorporación en los modos del género, la incorporación del fondo sonoro de George Duning –que tanto proporcionó a numerosos
exponentes firmados por Richard Quine-, serán ambos elementos que permitirán distanciar esta nueva andanada de Logan en el contexto bélico de la II Guerra Mundial, en aguas del Pacífico. No olvidemos que en el ámbito del musical, el cineasta ya había tomado dicho marco para dar vida al que fuera otro éxito del musical de Broadway –SOUTH PACIFIC (Al sur del Pacífico, 1958), exitoso en su día pero que con facilidad es fácil detectar desaprobaciones. Lamentablemente, dicha circunstancia se produjo, con menor incidencia, en esta ENSIGN PULVER, que muy pronto entró en la nómina de títulos de Logan despachados con displicencia. En este caso, el éxito temporal no le vino dado de cara, y muy pronto quedó relegada, hasta el punto de su dificultad en ser contemplada, durante muchos años.
Han tenido que transcurrir varias décadas para que las nuevas generaciones puedan ver con la suficiente inocencia y, en algunos caso, apreciar, el caudal de cualidades que emanan de esta nueva
muestra del personalísimo estilo del cineasta, puesto
a punto en una comedia dramática centrada en el ámbito de la autoafirmación de la personalidad
de dos seres completamente
opuestos tanto a nivel de edad como
de formación
y objetivos, pero a los cuales el destino les llevará a una mirada frontal, ayudándose de manera inusual y casi a contracorriente, para con ello poder atisbar el futuro con la sensación de haber logrado la definitiva madurez. Nos encontramos en los últimos momentos
de la segunda contienda mundial, en 1944, dentro de las aguas del Pacífico. Por allí surca un viejo buque, lleno de soldados americanos que nunca han tenido ocasión de entrar en guerra, aburridos de esa espera, y comandados por el viejo y gruñón capitán Morton (Burl Ives), caracterizado por su férreo código de disciplina. Algo que la tripulación llevará como puede, en un ámbito en el que predomina la picaresca e incluso los usos del contrabando. Uno de los que con más habilidad pone en práctica dicho comercio es el joven oficial de lavandería Frank Pulver (Robert Walker Jr, hijo del desaparecido protagonista de STRANGERS ON A TRAIN (Extraños en un tren, 1951. Alfred Hitchcock) y la actriz Jennifer Jones). Todos ellos desarrollan una existencias dominadas por el tedio, el sometimiento al tiránico capitán y la complicidad entre
la tripulación.
Ese extraño y al mismo tiempo desasosegador equilibrio se romperá, cuando el aviso de la inesperada muerte de la pequeña hija de Frank J. Bruno (Tommy Sands), atenace a un oficial que ni siquiera había tenido ocasión de conocer la negativa de Morton a concederle un permiso para
acudir a su funeral, será la espita que encienda una escalada de tensión, que tendrá un inoportuno giro
en la conversión en una tormenta del viejo mando y de Pulver en náufragos en un bote salvavidas en el océano. Por su parte
, los miembros
de la tripulación tendrán un nuevo
mando y, con ello, la oportunidad
para
dar un giro y una realización a su vida en el buque. Los dos protagonistas llegarán in extremis a una isla, donde serán recibidos por los componentes de una tribu, encontrándose con un grupo de enfermeras cuyo avión tuvo que aterrizar de emergencia en la tormenta. Lo duro de todas estas circunstancias, provocarán que Morton sufra un apendicitis, teniendo Pulver que “estrenar” sus conocimientos médicos operándole en plena costa, atendiendo las indicaciones telefónicas
que le transmitirá desde
su barco del dr. Doc (Walter Matthau). Ambos regresarán al barco, siendo recibido Morton con aplausos, de unos marinos que desean dejar atrás el pasado. Sin embargo, este
no cederá en la rudeza de un carácter, que en el fondo encubre una pasmosa falta de seguridad
en sí mismo.
Leyendo algunos –pocos- comentarios existentes en IMDB, lo cierto es que los aficionados que atacan ENSIGN PULVER, lo hacen en función del mayor o menor menosprecio en comparación al referente existente de MISTER ROBERTS, convertida esta en un auténtico monumento cultural americano. Torpe reflexión, ya que si algo asume Logan en esta estupenda comedia, es ofrecernos de un lado esa transformación compartida de dos seres opuestos, que por una dramática circunstancia tendrán que sincerarse y poner frente a frente sus aspiraciones, debilidades y miserias. Para ello, el director no dudará en insertar los elementos que forjaron sus rasgos fílmicos, dentro del entorno de propuestas que ofrecían variaciones más o menos hilarantes en torno a las ficciones bélicas. Y es por ello, que por momentos
, parece que nos encontremos en el contexto de las magníficas OPERATION MAD BALL (1957, Richard Quine) o OPERATION PETTICOAT (Operación. Pacífico, 1959. Blake Edwards), y en otros esa querencia por lo exótico nos traslada cierta cercanía con
la también magnífica DONOVAN’S REEF (La taberna del irlandés, 1963. John Ford). La película sabe, llegados a este
punto, mostrar esa capacidad de combinar dentro del trasunto de comedia, unos perfiles que, casi de un plano a otro, se transforman en melancólicos y puramente dramáticos. Es así, como
dentro de una
elegante
estructura en episodios, tomando como
enlace la fotogenia del océano, ENSIGN PULVER ofrece fragmentos tan divertidos como
el que describe la auténtica batalla campal que se desarrolla en el viejo buque, combinando la proyección de una vieja película de terror y el accidentado
disparo de unos fuegos artificiales con una caótica pelea colectiva. Como una tormenta y la rebelión de Bruno, alternará lo dramático y lo hilarante casi de un fotograma a otro, culminando con la caída del capitán y Pulver al agua, o la antológica secuencia de la operación de este junto a la costa de la pequeña isla en la que han recalado, que se basta por sí sola
por figurar en una hipotética antología de lo mejor ofrecido por el género en dicha década.
Peroademás de esa querencia por la comedia, ENSIGN PULVER es un producto que está
modulado por la sensibilidad de un cineasta como
Logan. Y en ello no se debe dejar de detectar esa inclinación homoerótica de su cine –el predominio de jóvenes sudoroso y con los torsos desnudos, ciertos instantes coreográficos revisteriles-, pero
también su valiosa impronta melodramática. Es algo que se transmite en esos instantes intimistas que el director sabía resolver con esa extraordinaria sensibilidad, propia de quien tiempo atrás fuera en ocasiones ayudante de Frank Borzage. La manera con la que describe el instante en que se descubre
la muerte de la hija de Bruno, los encuentros de Pulver con la enfermera Scotty (Milie Perkins), las secuencias en las que Morton y el joven encargado de lavandería comparten el naufragio o, sobre todo, la estremecedora confesión del viejo mando (extraordinario Ives), al señalar al joven oficial “Que pretende de mi. No puedo
cambiar”.
Todo un conjunto, hermoso y vitalista, en el que además el ya veterano Logan demostró una vez más su maestría en la dirección de actores. Un terreno en el que lograría no solo
en unos descomunales Walter Matthau y Burl Ives dos de sus mejores trabajos
para
la gran pantalla, sino que esa destreza se extendería incluso en el joven Robert Walker, aunque este
aplicara cierta gestualización marcada en el referente del rol que Jack Lemmon encarnara en la citada
MISTER ROBERTS. Esa capacidad en la dirección de actores, se plasmará incluso en los resultados obtenidos con
el por lo general insalvable Tommy Sands. Todo ello en un título delicioso, que además permite contemplar a intérpretes como
Jack Nicholson y James Coco, en sus primeros y aún inciertos pasos ante la pantalla.
Calificación: 3’5
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