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CINEMA DE PERRA GORDA

THE FLYING SCOT (1957, Compton Bennett)

THE FLYING SCOT (1957, Compton Bennett)

Figura inserta dentro del artesanado británico dentro de las décadas de los cuarenta y cincuenta, aunque extendiendo su andadura como realizador hasta mediados los sesenta, lo cierto es que aún queda mucho por revisitar en la aportación como director del británico Compton Bennett. Firmó dieciséis largometrajes, empezando por su popular debut con la estupenda THE SEVENTH VEIL (El séptimo velo, 1945), y en la que se encuentran títulos posteriores tan espléndidos y trágicos como DAYBREAK (1948). En todo caso, hasta el momento no había tenido ocasión de contemplar alguno otro de ellos, algo que me ha brindado acercarme a uno de sus últimos títulos. Se trata de THE FLYING SCOT (1957), producción de clara serie B -muy ajustada duración, actores poco conocidos, aunque eficacísimos-, en la que se dirime su condición de pequeño ejercicio de estilo pero que, sobre todo, aparece como un curioso anacronismo. Y es que ya en aquel 1957, el cine de las islas se encontraba imbuido en dos de sus corrientes más valiosas. Una, más reconocida, la que posibilitó el Free Cinema. La otra, más popular, pero en su momento -incluso ahora- recelada por buena parte de la crítica, sería el admirable aporte brindado por Hammer Films. Entre medias de ambos ámbitos, sorprende la presencia de este pequeño, pero en sus mejores momentos tenso relato, que más allá de acertar a mantener la atención en todo momento, alberga en sus costuras alguna sorprendente conclusión.

El film de Bennett -dirimido a través de un guion de Norman Hudis, según historia de Jan Read y Ralph Smart, se inicia con la percutante partitura de Stanley Black, que combina con pertinencia su aspecto de film de acción con los compases de la marcha nupcial, adelantando con originalidad el doble juego expresado en sus imágenes, de entrada, al permitir introducirnos en la atmósfera generada por la húmeda iluminación en blanco y negro de Peter Hennessy. Todo ello, aunado por la voluntad verista que nos permiten sus primeros instantes, descritos en la estación de tren de Londres, en donde contemplaremos un largo episodio de unos doce minutos de duración que cuenta tan solo con sonido ambiente -sin diálogos- y que no cabe duda tomaría como referente el canónico asalto de la extraordinaria DU RIFIFI CHEZ LES HOMMES (Rififí, 1955, Jules Dassin). En todo caso, nos encontramos de entrada con un relato que apuesta por una de las vertientes temáticas más gratas a la cinematografía inglesa; relatos desarrollados en trenes. El que se desarrolla en el primer tramo de THE FLYING SCOT describe el último de los asaltos realizado por la terna que comanda el joven y arrogante Ronnie (Lee Paterson) y que en el fondo dirige el veterano Phil (Alan Gifford), situándose entre ambos la joven Jackie (Kay Callard), que en apariencia interpreta el papel de recién casada de Ronnie. Ambos ocupan un camarote ubicado junto al vagón de mercancías, desde donde pueden realizar el golpe, ayudados por Phil, que viaja en otro lugar del tren, mostrando una aparente distancia de ambos, y desembarazándose del botín merced a un ayudante que se encuentra esperando el mismo al ser lanzado en un punto acordado.

Será todo ello un episodio inicial que logra prender el interés de un espectador algo desorientado, hasta el punto de querer saber más de esos tres personajes a los que hemos visto en acción, pero de los que desconocemos cualquier rasgo de su personalidad. Será algo que nos brindará el posterior devenir de la película, al describir la psicología de sus protagonistas. Es por ello que espoleados por el éxito obtenido y, al mismo tiempo, cansados de la rutina de posteriormente tener que negociar la venta de joyas robadas, se plantearán un último y lucrativo asalto, tras el cual ambos se retiren de sus actividades delictivas. Dicha premisa nos permitirá conocer la psicología y hasta el larvado enfrentamiento existente entre Ronnie, Phil y Jackie. El primero de ellos se caracterizará en todo momento por su altanería, empujado por el vitalismo de su juventud. Ello aunque el grupo se encuentra comandado por Phil, alguien caracterizado por una veteranía enmarcada en una reposada actitud, que esconde una perfecta mirada en torno a ese plan en el que el primero empuja quizá de manera algo irreflexiva. Entremedia de ambos se encontrará Jackie, intentando frenar los impulsos de Ronnie -de quien se encuentra secretamente enamorada- aunque siempre respetando la superior experiencia que brinda el verdadero líder del grupo. Todo se concretará en realizar el asalto del Flying Scot que da título a la película. Un rápido que viaja de escocia a Londres cargado con medio millón de libras esterlinas que viajan camino de ser destruidas, y con cuyo botín podrían vivir los asaltantes cómodamente el resto de sus vidas. Las circunstancias adelantarán la realización del golpe.

A partir de ese momento, el posterior devenir del relato de Bennett se dirimirá en un preciso juguete minimalista, capaz de describir el cada vez más penoso proceso de la consecución del proyectado asalto, contando en ello con una serie de cada vez más crecientes e inquietantes cortapisas. Uno de ellos será la inoportuna y muy dolorosa hemorragia en una úlcera que Phil ha intentado sobrellevar. Otra, las inesperadas dificultades mostradas a la hora de llegar hasta el recinto donde se encuentra custodiado el dinero. Finalmente, no será menos reseñable la presencia de un niño inoportuno y mentiroso que, en un momento dado, contemplará a los protagonistas en plena tarea, aunque su condición de parlanchín vaya en contra de su testimonio.

Llegados a este punto, THE FLYING SCOT incidirá en la precisión de su montaje. La cámara se centrará en la intensidad, la presión, y hasta incluso el sufrimiento de sus protagonistas -especialmente en el caso de Phil, contando en todo momento con una espléndida performance de Alan Gifford-. La capacidad del veterano integrante se expresará al tener prevista cualquier contingencia -portará herramientas en su maleta para enfrentarse a las dificultades técnicas surgidas-. En su oposición, la destemplanza de un Ronnie superado por las circunstancias apenas será contenida por Jackie, capaz de mediar entre él y el sereno, aunque enfermo Phil, al tiempo que en un momento dado exteriorizar por vez primera el amor que le profesa. Sin embargo, este control no evitará que éste esgrima en más ocasiones de las deseables una pistola. Todo ello será alternado por la cámara de Bennett con un preciso montaje paralelo de las incidencias del camarote donde se está produciendo el áspero asalto, el doloroso deambular de Phil en el exterior y la incidencia de diversos personajes episódicos que se encuentran en el vagón -como ese borracho apenas contenido en su deseo de bebida por su paciente esposa- y otros en el exterior -el ayudante que espera paciente e infructuosamente que le lancen el botín-. Todo ello conformará una amalgama mecánica en algunos momentos, y angustiosa en sus instantes más inspirados, que envuelve un ágil ejercicio de estilo que dirime y agota su eficacia en sí mismo, pero que justo es reconocer mantiene en todo momento la atención del espectador.

Sin embargo, por encima de la eficacia de su mecánica de suspense, si hay algo que a mi modo de ver resalta en esta más que estimable THE FLYING SCOT, se encuentra en el cariño con que son trazados sus personajes femeninos, que en todos sus exponentes se dirimen como seres pacientes, capaces de contener o incluso aconsejar a los hombres que se encuentran cerca de ellas. Es algo que tendrá su exponente más evidente en el caso de Jackie, pero que tendrá oportunas réplicas en esos perfiles secundarios que encontraremos en distintos camarotes del vagón. Es el caso de la esposa y madre del niño metomentodo y maleducado, que desde su aparente distanciación sabrá encarrillar los desmanes del niño. O esa esposa resignada que intentará contener el ansia de su alcohólico esposo. Incidiendo en esta vertiente, no puedo ocultar que me resulta conmovedor el retrato y posterior desarrollo de esa madura y atildada enfermera -encarnada por una maravillosa Margaret Withers-, que desde sus miradas mostrará su preocupación en torno al sufrimiento que observa en Phil, al que dictaminará la vulnerabilidad de su úlcera. Aunque en última instancia este personaje quede en el olvido dentro del rápido y percutante desenlace de la película -en el que no hay tiempo ni para insuflar el más mínimo moralismo-, lo cierto es que en la interacción de ambos personajes, no solo se encuentran los mejores instantes de esta película, sino que se adivina una común sensación de soledad compartida.

Calificación: 2’5

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