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CINEMA DE PERRA GORDA

THE SEVENTH VEIL (1945, Compton Bennett) El séptimo velo

THE SEVENTH VEIL (1945, Compton Bennett) El séptimo velo

Pese al escaso fuste posterior que adquirió la andadura posterior del británico Compton Bennett (1900 – 1974), nadie le puede negar el hecho de conseguir con THE SEVENTH VEIL (El séptimo velo, 1945) un magnífico film. Un título que además puede erigirse por derecho propio entre los exponentes más valiosos de la corriente “psicologista” que se adueñó del cine norteamericano –y subsecuentemente del británico- durante la década de los cuarenta. Es probable que en esta ocasión, como en tantas otras, podamos entender que el éxito de la película estribe en la conjunción de talentos, auspiciados por la mano de Sydney Box, productor de la película, y junto a su hermana Muriel artífice del argumento y guión del mismo, que logró ser oscarizado. A partir del atractivo de la historia, no cabe duda que si esta logra emerger por encima de otras propuestas más o menos similares, lo es por la convicción y densidad con la que está resuelta, optando por la huída de elementos grandilocuentes y  por el contrario optando por el seguimiento de un relato en voz callada, al cual ciertas debilidades no impiden el disfrute de un conjunto magnífico.

 

THE SEVENTH... se inicia de forma arrebatadora; un travelling de retroceso sigue el rostro de una hermosa joven que se encuentra durmiendo y de repente se despierta. De inmediato descubriremos que nos encontramos en un recinto hospitalario, en donde se encuentra interna Francesca (extraordinaria Ann Todd), una prestigiosa pianista que se encuentra convaleciente y ha decidido suicidarse lanzándose a las aguas del Támesis. Tras ser rescatada por un guarda, y recuperarse pero quedar en estado catatónico, los responsables del hospital valorarán la posibilidad del tratamiento de la mente de la protagonista, para lo cual solicitarán la prestación del dr. Larsen (excelente Herbert Lom). Pese la reticencia del veterano responsable del recinto –no así de su joven ayudante, quien en el mismo plano se mostrará más receptivo a dicha propuesta-, Larsen someterá a hipnosis a Francesca, introduciéndose con ello un flash-back que en principio nos llevará a la infancia de la muchacha, quien muy pronto demostró sus aptitudes para la música, al tiempo que vivió un episodio dramático por defender a su amiga. La voz en off de la protagonista y el magnífico montaje que en todo momento estará presente en la película, nos llevará al encuentro de esta con su tutor, una vez muertos sus padres. Con apenas diecisiete años de edad tendrá que residir en las dependencias de un primo segundo de su padre, que quedaba como único familiar, aunque la joven lo llamará “tío Nicholas” (soberbio James Mason). Poseedor de una considerable fortuna, el nuevo tutor acogerá a la muchacha sin dificultades pero –probablemente tras sufrir un desengaño amoroso que lo marcó para siempre- se mostrará esquivo con ella, hasta el extremo de incluso ni hablar con ella. Todo cambiará un día, en el que este descubrirá las aptitudes musicales de la muchacha, abriéndose entre ambos una ventana de relación que iluminará la timidez de Francesca, y llenará de extraña fuerza el carácter arisco de Nicholas. En un momento dado, este decidirá matricular a la joven a un conservatorio, detalle que la receptora intentará devolver con un gesto cariñoso, aunque el preceptor lo rechazará de manera abrupta.

 

La estancia en el conservatorio será fructífera para la muchacha, adquiriendo una gran confianza en sí misma, y conociendo en ella a un estudiante norteamericano que la cortejará con sus divertidos modales. Se trata de Peter (Hugh McDermott), un americano al que finalmente Francesca se declarará, decisión esta que Nicholas le impedirá desde su condición legal. Ello será el inicio de una sucesión de viajes entre la joven y su tutor, que llegarán a convertir a Francesca en una reconocida pianista, aunque en ella anide el resentimiento hacia un hombre al que tiene que agradecerle haberla formado como artista, pero reprocharle no haberse expresado como persona.


 

THE SEVENTH VEIL podría haberse titulado “la dolorosa naturaleza del amor”. Y es que a fín de cuenta, buena parte de lo que propone la película se articula en torno a las dificultades que en muchas ocasiones adquiereen la persona la plena expresión del sentimiento amoroso. Será una de las características principales de una película que logra articular su entramado psicologista a través de una ambientación magnífica, potenciada tanto en las secuencias de interiores de la mansión del tutor, como en otras de exteriores aunque, justo es reconocerlo, estos tienen una inferior importancia en relato. A la ya señalada efectividad de su montaje y la pertinencia de la voz en off, hay que añadir la incorporación en el relato de la influencia en el arte como elemento de fascinación a la hora de configurar el sentimiento humano. Es algo que tendrá su exponente más relevante en la extraña relación establecida entre Francesca y Nicholas, especie de trasunto apasionado de la figura del Pigmalión de Bernard Shaw, revestido de ciertos ropajes ligados al folletín. En todo momento, las manifestaciones artísticas tendrán una especial significación a la hora de configurar el entramado de relaciones existente, alcanzando con ello un grado de densidad que en algunos momentos llegará a ser casi asfixiante. Es así como el cuadro que preside un salón de la mansión de Nicholas ejercerá como recuerdo permanente de esa oscura relación sentimental que amargó su vida, o la elaboración de otro cuadro por parte de un prestigioso pintor -Maxwell Leyden (Albert Lieven)- de Francesca, posibilitará la llegada de un nuevo pretendiente a su vida. Pero será la música, la transmisión del arte que Nicholas porta en su interior pero que nunca supo expresar, lo que ejercerá como electrizante nexo de unión entre este hombre huraño y taciturno, que ha establecido una barrera en sus sentimientos ante la muchacha, impidiendo con ello que se exteriorice por un lado el amor que siente hacia ella, al tiempo que ubicando todas las fronteras posibles para que Francesca pueda manifestarlo con Peter o Maxwell. Esa combinación de furia –el instante en que Nicholas atiza con su bastón las manos de Francesca cuando esta le señala que va a vivir con el pintor- y fascinación por el arte, lograrán sublimar el componente psicologista del relato, que quedará por fortuna relegado a un segundo plano, en buena medida por la articulación de sus secuencias, ayudados por la mesura con la que Herbert Lom encarna al especialista que ha de practicar el tratamiento de hipnosis con la pianista.

 

Esa modulación es la que permite que en ningún momento decaiga el tempo de la película, con un perfecto engranaje en el que prácticamente nada sobra, y en el que, por oponer algunos elementos que quizá impiden que el film de Bennett se erija en un logro absoluto, cabría citar el trazo caricaturesco que adquiere la presencia de esa amiga de la infancia con la que se reencuentra la protagonista antes de su debut, o la insuficiente definición que presentan los dos pretendientes que surcaran la vida sentimental de esta. Son pequeños inconvenientes que no impiden reconocer la brillantez del conjunto, repleto de buenos momentos, giros inscritos con un admirable sentido de la progresión, y una lógica aplastante en el devenir de su argumento. Pero si tuviera que elegir un fragmento dentro de un conjunto tan rico, no dudaría en destacar el breve pero rotundo episodio que describe el debut de la protagonista en Londres –que nos permitirá conocer en persona al músico Muir Mathieson, ligado a tantas bandas sonoras del cine británico-. En  medio de una deslumbrante planificación que sabrá extraer los matices psicológicos de sus protagonistas, tendrá una gran justificación el encuadre en penumbra de un extasiado Nicholas, con un ramo de flores en la mano, viendo al fondo la imagen de su amada en plena actuación ante el público. Un plano digno del mejor Frank Borzage, que muestra la pasión que el hasta entonces huraño tutor deseaba en esos momentos brindar a una mujer que, inesperadamente, huirá de este para intentar reencontrarse con ese Peter del que hace siete años no sabe nada.

 

En medio de ese alarde de posibilidades cinematográficas, se puede perdonar la relativa arbitrariedad y ausencia de densidad a la hora de plantear el desenlace de la película –que al parecer obedeció a razones de preferencias del público de la época-, aunque el mismo nos lleve al reconocimiento final de lo auténtico como manera expresa de asumir el sentimiento amoroso. Poco conocida en nuestros días, THE SEVENTH VEIL –que alude a ese último velo que la mente solo revelará bajo tratamiento y en reflexión consigo misma- es una pequeña gema del cine inglés de la década de los cuarenta.

 

Calificación: 3’5

2 comentarios

Feaito -

Magnífica película y magnífica crítica. Esta película es de lo mejor que he visto en los últimos años. Ambos protagonistas están magistrales. Intensa y absorbente mise-en-scene.

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