Blogia
CINEMA DE PERRA GORDA

LES ORGUEILLEUX (1953, Yves Allégret) Los orgullosos

Cuando el devenir cinematográfico ha dado tantas vueltas, hasta el punto de encontrarnos en un marco del que aún no salimos de nuestro asombro en ocasiones, muy pocos podrán calibrar el impacto que albergó en el momento de su estreno, la cinta mexicana MARÍA CANDELARIA (XOCHIMILCO) (María Candelaria, 1944), que dio a conocer mundialmente la obra del cineasta Emilio “Indio” Fernández. Y que, sobre todo, abrió el camino para que, con el esteticismo que le brindaban las cuidadas composiciones del operador de fotografía Gabriel Figueroa, exponer el exotismo del país azteca, como plató cinematográfico, donde su folklore y su querencia por el melodrama bizarro, aparecía como marco idóneo para ficciones cinematográficas de ambiente rural, en no pocas ocasiones con querencia metafísica. Fue algo que puso en práctica el maestro John Ford con la menor pero apreciable THE FUGITIVE (El fugitivo, 1947) -aunque el propio cineasta la considerara unas de sus mejores películas-.

Y fue algo que tuvo una especial incidencia, por un lado a partir de la producción de películas de serie B en dicho país por parte de nuestro Luis Buñuel, que le llevó a rodar -ya con presupuestos más holgados, y actores más conocidos- en ocasiones títulos de estas características, con producción o coproducción francesa, como serían LA MORT EN CE JARDIN (La muerte en este jardín, 1956) o la posterior LA FIÈVRE MONTE À EL PAO (Los ambiciosos, 1959) -el último papel cinematográfico de Gérard Philipe, el protagonista del título que vamos a comentar-. En cualquier caso, antes de estos exponentes citados de la obra de Buñuel, se sitúa LES ORGUEILLEUX (Los orgullosos, 1953) -curiosamente, el mismo año de otro título mítico desarrollado en exóticos exteriores americanos; LE SALAIRE DE LA PEUR (El salario del miedo, 1953. Henri-George Clouzot)-, coproducción franco mejicana, que de entrada revela el interés y la intensidad del cine del tan poco conocido cineasta francés Yves Allégret, artífice desde 1940 de una filmografía que sobrepasa la veintena de títulos, y de la que este es el cuarto que he podido contemplar. Todo ellos me resultan muy interesantes, destacando en ellos su intensidad melodramática, la fuerza de su ambientación, y su muy cuidada dirección de actores.

Punto por punto, todo ello se cumple en este atractivo y tórrido melodrama, desarrollado en Alvarado, un pequeño y mísero pueblo costero del estado mexicano de Veracruz, en donde se vive con el extraño y contradictorio folklore del país la Semana Santa. Hasta allí llega un autocar que porta un enfermo. Se trata de Tom (André Toffel), esposo de Nellie (Michèle Morgan), quien, sin saberlo, sufre una muy peligrosa meningitis, que hará aconsejar al doctor de la localidad -interpretado por Carlos López Moctezuma- que se quede en la misma bajo observación, lo cual le va a impedir al propio galeno realizar un viaje que tenía previsto. Todo parece alcanzar una velocidad de vértigo en los acontecimientos, como lo supondrá el muy fugaz y poco grato encuentro de Nellie con George (Gérard Philipe), un hombre aún joven, antiguo doctor, atormentado por el recuerdo de un parto efectuado a su esposa que le costó la vida, lo que le llevaría a un permanente alcoholismo. Apenas unas horas después de ser llevado a una habitación morirá Tom, dejando a Nellie totalmente sola y aislada en aquella localidad -incluso le ha desaparecido la cartera de su esposo-. Sin embargo, la terrible situación revelará por un lado una extraña incapacidad de sentimientos ante esta terrible e inesperada ausencia y, por otro lado, la constatación de que se acerca la vivencia de una grave epidemia que, de manera casi implacable, se irá cerniendo por la población, aunque en todo momento resuenen los artefactos pirotécnicos propios de la celebración pasional. La creciente tensión mantenido, llevará, tras el deseo inicial de Nellie de marcharse del lugar, hacia una inesperada e irrefrenable atracción hacia George, ese hombre gentil, pero vencido por el alcoholismo y un pasado que, en apariencia, le impide cualquier perspectiva de futuro.

LES ORGUEILLEUX retoma un guion que fue elaborado por el filósofo Jean-Paul Sartre en 1942, titulado Typhus y encargado por la productora Pathe. Es la base de esta coproducción, rodada bastantes años después, que varió tanto los rasgos del texto escrito por Sartre -siempre en eterno enfrentamiento con el medio cinematográfico-, que este se negó a que su nombre figurara en los créditos. La película, dirigida por Allégret y con la codirección del mejicano Rafael E. Portas -no acreditado en la copia francesa, que no dudo recrearía los pasajes más folkloristas y estereotipados del conjunto-, asume bajo el guion de Jean Aurenche las costuras de un drama pasional ubicado en ámbitos exóticos. Sería esta una tendencia que tendría bastante predicamento en esta década, fuera donde fuera el ámbito de producción, e insertando dichos argumentos en diferentes rincones del planeta. El film del francés se beneficia de manera especial del acierto logrado al captar la tórrida y lúbrica atmósfera física y humana del entorno en que se desarrolla su argumento, ayudado para ello con la magnífica y contrastada iluminación en blanco y negro brindada por el operador canadiense, establecido en México, Alex Phillips. Su aportación resulta fundamental para lograr transmitir es atmósfera opresiva y ese estado de ánimo de la galería humana presente en sus fotogramas. Un estado de ánimo, en líneas generales, de creciente inquietud, según se van percibiendo las consecuencias de la epidemia, unido a las tensiones emocionales vividas no solo por la pareja protagonista, sino incluso en torno a aquellos que se quieren acercar a Nellie, en especial el arrogante Don Rodrigo (Víctor Manuel Mendoza), acaudalado dueño del establecimiento de la población.

La película, acusa quizá un cierto tramo inicial algo moroso. Se toma demasiado tiempo, imbuido en pasajes dirimidos en esa arquetípica descripción del costumbrismo mejicano, ayudado por uno de sus elementos más molestos; su casi siempre chirriante partitura musical de Paul Mizraki, empeñada en subrayar pasajes y secuencias que, con un fondo sonoro más en segundo término, hubieran albergado más fuerza dramática. En cualquier caso, una vez producido el fallecimiento del esposo de Nellie, el relato se dirime por un lado en la plasmación de la inesperada soledad de su viuda. En el desconcierto que le produce no mostrarse más afectada por la muerte de su esposo -algo que expresará al sacerdote en la notable secuencia de la confesión, que concluirá con una muy oportuna elipsis, que impide moralizar el hecho de que en realidad no se encontraba enamorada por él-. Y todo ello, irá ligado con un casi inevitable acercamiento en torno a ese pobre y casi desvalido alcohólico, y a la progresiva extensión del alcance de la epidemia.

LES ORGUEILLEUX se desarrolla en realidad en un ámbito temporal muy limitado, en medio de una estructura de creciente tensión, donde poco a poco ese sentido del pathos emocional irá in crescendo, trufado por pequeños detalles y subtramas -la manera con la que George logra recoger a una niña para llevarla a la enfermería contra la obstinación de sus padres, para poderla salvar de la meningitis; el cierto alcance siniestro con el que se utiliza la iconografía religiosa; lo opresivos que resultan los planos interiores de la vieja y vetusta iglesia, cada vez más atestada en su sacristía de enfermos; la evidencia de ese abrasador calor, que por momentos llegar a contagiarse al espectador-. Todo ello va concluyendo en un relato que irá cerrando el alcance de sus objetivos, y al que cabe reprochar esa conclusión anticlimática y convencional, de la que se lamentaba su propio realizador, y a la que obligó la productora mejicana del film. Es más, esos planos finales no fueron rodados por Allégret.

En cualquier caso, la película alcanza buena parte de sus mejores momentos en la intensa química establecida entre su pareja protagonista. Un conmovedor Gérard Philipe, que inicialmente aparece casi como un sombrío descendiente de Buster Keaton, vencido por la adversidad de su pasado, y una sensual Michéle Morgan quien, con su carnalidad, sensualidad y erotismo, protagoniza buena parte de los mejores momentos del film. Momentos, por lo general, dominados por un brillante e intenso uso del primer plano, arma con la que Allégret acierta a elevar la temperatura emocional y dramática de sus imágenes. Pasajes como esos instantes encuadrando a la Morgan debajo de la cama donde se encuentra el cadáver su marido, llorando solo porque no encuentra su cartera. El muy tenso episodio en donde va a la oficina de correos para emitir un telegrama, que tendrá que reiterar hasta en tres ocasiones, intimidada por un lugareño que no oculta su deseo ante ella -unos instantes que parecen preludiar momentos similares protagonizados por Janet Leigh en la inolvidable y posterior TOUCH OF EVIL (Sed de mal, 1957, Orson Welles)-. O el posterior en que esa recibe la segunda intentona para ser vacunada, siendo sujetada por George, en un pasaje donde el espectador percibe la turbación emocional de ambos. Puede decirse, que quizá sean estas las dos mejores secuencias, de una película caracterizada por su interés, y en la que cabría destacar igualmente, ese enfrentamiento, dominado por una soterrada sordidez, e inmerso en los instantes finales, en el que Nellie resistirá e incluso logrará vender el acoso al que inicialmente le iba a someter el despreciable Rodrigo. Lástima que la ya señalada convencional conclusión, rompa con la fuerza emocional y cinematográfica que hasta ese momento había alcanzado esta, con todo, muy atractiva película.

Calificación: 3

0 comentarios