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CINEMA DE PERRA GORDA

Robert Stevens

THE BIG CAPER (1957, Robert Stevens) La gran jugada

Inmerso en una dilatada andadura televisiva que se extendió durante toda su trayectoria como realizador, si por algo cabe evocar la figura del newyorkino Robert Stevens (1920-1989), es por su intensa vinculación a la célebre serie televisiva Alfred Hitchcock Presents, en donde fue el director de hasta cuarenta y cuatro de sus episodios. Pero entremedias de esa larga imbricación, fue también el responsable de cinco largometrajes, rodados entre 1957 y 1969. Títulos entre los que no se encuentra ninguna referencia especialmente reseñable, pero quizá sí el pulso de un narrador aplicado. Un ejemplo más de ese artesanado ya tardío, quizá descolocado en aquel Hollywood en pleno periodo de transformación. THE BIG CAPER (La gran jugada, 1957) fue la primera aportación de Stevens en el terreno de la realización cinematográfica, al amparo de ese curioso tándem de productores, inclinados eternamente en la Serie B, formado por William H. Pine -ya fallecido cuando se produjo la película- y William C. Thomas, que desarrollaron la mayor parte de sus apuestas al amparo de la Paramount.

La película muy pronto presenta los tres vértices de su triángulo protagonista, el joven y arrogante delincuente Frank Harper (Rory Calhoun), quien alentará a acomodado y en apariencia tranquilo Flood (el siempre estupendo James Gregory), que pronto comprobamos ejerce como auténtico padre putativo de este, hasta el punto de ayudarle económicamente con sus deudas de apuestas. Flood atesora un pasado delictivo que le llevó a la cárcel en el pasado, pero ha mutado sus objetivos para ejercer como asesor de inversiones, y se encuentra acompañado por su amante, la joven y hermosa Kay (Mary Costa), que desde el primer momento muestra su frialdad hacia él. En ese contexto, Harper tentará al relax de su protector, planteándole la posibilidad de asaltar un tranquilo banco de la localidad de San Felipe. Una pequeña ciudad caracterizada por el relax en sus poco más de 20.000 habitantes, y en la que cada quince días se depositan las nóminas de los miembros del ejército. Un millón de dólares que se salvaguardan allí de manera intermitente, y de los que casi nadie tiene noticias. Será el señuelo para que el antiguo preso abandone su cómodo retiro, y auspicie un plan que traslada a Frank y Kay hasta la localidad, convertidos en ficticio matrimonio, y financiándole la adquisición de una gasolinera, a partir de la cual irán ambos granjeándose la estima y familiaridad de las fuerzas vivas de la población.

Todo irá funcionando a las mil maravillas, y poco a poco la hasta entonces fiel amante de Flood se irá acercando a un ambiente de cotidiana familiaridad y, lo que es más complejo, a enamorarse de un falso esposo, que seguirá manteniendo su distancia hacia ella, en buena medida debido a la lealtad que mantiene con su mentor. Esa creciente sensación de desasosiego se acrecentará sobremanera, dentro de la progresiva incorporación de aquellos que han de participar en la realización del golpe. De entrada, la entrada de acción del untoso Zimmer (Robert H. Harris), definido en su reiterado alcoholismo y tendencia psicopática a la piromanía. Pero pronto se incorporará el propio Flood, acompañado por el extraño Roy (Corey Allen), y la pareja formada por Doll (Roxanne Allen) y Harry (Paul Picerni). Todos ellos, junto a un veterano ladrón de cajas de caudales, serán los encargados de dar vida a un plan minuciosamente elaborado. Sin embargo, las grietas sobre el mismo se irán insertando. Por un lado, el inesperado reconocimiento de la atracción de Frank hacia Kay. Por otro lado, el creciente recelo del que hasta entonces ha sido su amante -jaleado por un resentido Zimmer-, incluso aceptando la decisión de ella de reconocer que su relación ha terminado. Finalmente, el descubrimiento por parte del falso matrimonio de las virtudes de la vida tranquila, alejada por completo de sus escarceos al margen de la ley. A ello, se unirá un hecho terrible y determinante; los dos jóvenes protagonistas descubrirán que las escuelas, que supone un objetivo a explosionar para alertar a la población, y que en teoría se encontraban sin personal ni alumnos -el asalto se produce en fin de semana-, sin saber que en ella los niños de la población efectúan ensayos.

Con guion del poco frecuentado Martin Berkeley, y basado en una novela de Lionel White -THE KILLING (Atraco perfecto, 1955. Stanley Kubrick)-, dos son los elementos que, a mi modo de ver, limitan el alcance de esta tan discreta como correcta propuesta. El primordial reside en la imposibilidad marcada en todo el metraje, de abstraerse del conjunto de lugares comunes inherentes en este tipo de producciones. De alguna manera, un espectador en nuestros días puede vaticinar todo aquello que finalmente acontece, sin que se observe una voluntad de su director de hurgar en las rendijas de dichas convenciones, para ofrecer una propuesta revestida de un cierto grado de personalidad. Por otro lado, es evidente que la oda a la convencionalidad que representan las intenciones de sus protagonistas, paulatinamente dominados por un entorno dominado por lo familiar, se aleja con mucho del alcance transgresor propio de un género a punto de certificar su progresiva defunción.

En cualquier caso, y pese a esas poderosas carencias, preciso es reconocer que Stevens se desenvuelve bien dentro del eficaz lenguaje televisivo de la época -bastante más perdurable que el muy sucio que iría predominando más de una década después-. A partir de una reducida galería de escenarios, estos se utilizan bien narrativamente y, sobre todo, una de las virtudes de la película reside en la capacidad que alberga, siempre en voz baja, para describir la cotidianeidad de esa plácida localidad en donde se va a realizar el asalto -especialmente destacado es ese recorrido en coche de Frank teniendo a su lado a Zimmer, al objeto de que este diseñe su plan de explosiones controladas para distraer la atención-, así como los comportamientos cotidianos de sus habitantes. Será, si más no, un acierto de descripción, que, en un momento determinado, contrastará de manera peligrosa al llegar hasta allí de manera escalonada esos peligrosos colaboradores, que residirán ocultos en la mansión del aparente y apreciado matrimonio.

Destaquemos, por un lado, la garra de la iluminación en b/n de Lionel Lindon, y en el debe el ocasionalmente molesto fondo jazzístico de Albert Glasser. Y dentro de la galería de personajes secundarios y subtramas ligeramente esbozadas, destaca la soterrada relación de sadomasoquismo existente entre Flood y el narcisista y psicótico Roy (un Corey Allen teñido de rubio y extraño aspecto), que se describirá en esa elíptica secuencia en que el organizador del plan lo azotará, y en otro momento posterior -quizá el más brillante de la película- donde el joven estrangulará a Doll -el anuncio por radio de la localización de cadáver, será el detonante para que  Frank y Kay se demarquen y empiecen a dudar si sumarse al asalto, a lo que se unirá el conocimiento que ya albergan de la presencia de niños en la escuela-.

El tramo final de THE BIG CAPER destapará las tensiones hasta entonces entrelazadas entre sus personajes y, si bien es cierto que ese enfrentamiento no se encuentre, ni de lejos, al límite de sus posibilidades, e incluso la narración de los pormenores del asalto y la lucha final de Harper por revertirlo no deje de resultar previsible, no se puede negar su relativa eficacia. Lo atesoran esas breves secuencias que narran el progresivo asalto a la caja de caudales -el personaje del especialista en los desvalijamientos adquiere, pese a su escasa presencia en pantalla, una notable sensación de verdad cinematográfica-. La confluencia de narraciones paralelas, con la instalación de la bomba en la escuela, y el proceso para que esta sea desactivada. Todo entre una sucesión de instantes y momentos dominados por las sombras y una sensación de pathos que, por fortuna, se cierra por un final que deja en el aire el destino de los jóvenes que ya se han declarado su amor -de manera escasamente apasionada, todo hay que decirlo-, culminan este relato discreto e inmediato. Previsible y efectivo al mismo tiempo, dentro de un género donde Stevens se sumaría, apenas un año después, con la algo más remarcable NEVER WAS A STRANGER (1958).

Calificación: 2

NEVER LOVE A STRANGER (1958, Robert Stevens)

NEVER LOVE A STRANGER (1958, Robert Stevens)

NEVER LOVE A STRANGER (1958) es la segunda de las cuatro películas que a lo largo de su extensa andadura como realizador, mostró el newyorkino Robert Stevens (1920 – 1989), mucho más implicado en el medio televisivo –y del que recuerdo su participación dirigiendo episodios de la serie Alfred Hitchcock presents- Nos encontramos ante una serie B auspiciada al amparo de la Allied Artists, contando con la poderosa presencia como coproductor del novelista Harold Robbins, que actuó de forma paralela como coguionista junto a Richard Day, a partir de una novela propia. Es decir, que la impronta que desprende el sendero argumental del film, depende en no poca medida de las intenciones moralistas que con probabilidad se encontraban ya presentes en el referente escrito por el tan cuestionado escritor. Lo ratificará la manera de iniciar el relato con una voz en off que señala casi de modo existencial el hecho de que la vida no supone más que un intervalo entre la eternidad, mostrándonos de manera percutante la huída y el final de Frankie Kane (un muy solvente John Barrymore, Jr.), a quien en ese momento no conocemos, pero si contemplamos como huye y es tiroteado, hasta que en su viaje desenfrenado en coche perderá la vida.

 

La película articulará de inmediato un flashback, que nos retrotraerá al New York de 1912, donde una mujer joven pero azarosa acudirá hasta un hospicio, donde morirá dando a luz a un muchacho. En su lecho agonizante podrá susurrar a la monja que la atiende el nombre de “Frankie Kane” como nombre del recién nacido. Pasan los años y nos detenemos en 1928, donde el pequeño se ha convertido ya en un joven que se encuentra internado en dicho recinto católico –señalaremos la escasa credibilidad de mostrar a Frankie con 16 años cuando se aprecia que es alguien con bastante más edad-. El muchacho ha adquirido un especial carisma, erigiéndose como un pequeño líder entre las pandillas católicas newyorkinas, y logrando con su intercesión que el joven Martin Cabell (un casi debutante Steve McQueen), pueda esquivar una paliza por su condición de judío. Ambos trabarán amistad, ofreciéndose Frankie para ayudarle como entrenador de boxeo, al tiempo que conocerá a su hermana Julie (Lita Millan), con la que de inmediato entablará relación. Sin embargo, los azares del destino –una circunstancia que estará muy presente en el relato- ligarán al protagonista –que se caracteriza por sus constantes escapadas del orfanato para ejercer como limpiabotas- con su encuentro con Silk Fennelli (Robert Bray), verdadero hampón de los bajos fondos de la ciudad, quien mostrará por el muchacho una extraña sensación de cercanía, devolviéndosela este con una auténtica lealtad. Ello propiciará que Fennelli lo incorpore a su equipo de colaboradores, algo que sucederá cuando Frankie compruebe de manos de su benefactor, el padre Bernard (Douglas Rodgers) –una vez más, por un avatar del destino-, que en realidad se trata de un muchacho judío, aspecto este que se negará a asumir. A partir de ese momento, Kane se irá implicando de manera creciente en las actividades de Fennelli, demostrando en todo momento su lealtad, intentando evitar la presencia de actos violentos, y al mismo tiempo imponiendo su autoridad por encima de todos los jefes de los distintos gangs –entre ellos el de su propio benefactor-, a la hora de pacificar las bandas que han establecido una auténtica guerrilla en el suelo de la ciudad de la gran manzana.

Frankie se ha convertido en una auténtica figura a combatir por las leyes, aunque al centrar su residencia en New Jersey podrá escapar del acoso a que es sometido… casualmente de manos de su viejo amigo Martin, designado en calidad de ayudante del fiscal, como responsable de su captura. Una vez más, la confluencia de diversos factores entrelazados, volverá a traer a Frankie de manos de su siempre añorada Julie –que ha sido amparada por Silk una vez esta haya cumplido un encargo del primero-. El círculo se irá estrechando, sobre todo en torno a un protagonista que irá viéndose acosado por los representantes de las distintas bandas, que ven en su figura un rival a combatir. Por ello, y por más que este desee huir de todo y vivir una segunda vida junto con su amada, la suerte estará echada para él, en ese reencuentro con la eternidad que ha interrumpido su existencia.

Caracterizada por un adecuado ritmo, la fuerza fotográfica que le imprime su contrastada fotografía en blanco y negro de Lee Garmes, la presencia de una oportuna pero nunca excesiva voz en off Que contribuye a aligerar diversos pasajes del relato, lo cierto es que con NEVER LOVES A STRANGER nos encontramos con una de esas crónicas habituales en el cine de finales de los cincuenta. Títulos como la inmediatamente posterior THE YOUNG PHILPADELPHIANS (La ciudad frente a mi, 1959. Vincent Sherman), en los que se plasmaba la lucha de jóvenes personajes dominados por un instinto individualista, que quizá en algunos momentos de sus vidas incurrieron en errores de grueso calado, pero que en el fondo siempre albergarán en sus interior aspectos nobles. El film de Stevens se inscribe por completo en esta vertiente, y si bien es cierto que en ella lastra no poco ese alcance discursivo que le proporciona la base dramática heredada de la novela de Robbins, lo cierto es que nos encontramos con una crónica en la que sus elementos chirriantes, se dan de la mano con otros provistos de verdadera fuerza. La definición de ese veterano jerifalte mafioso judío, que ya con ganas de jubilarse mantiene una sincera conversación con Frank, los gestos de este último siendo joven a la hora de devolver los favores que le ha proporcionado Fennelli, la importancia de esos factores del destino que, sin pretenderlo, dominan las acciones de nuestras vidas –esa maleta que inicialmente portará la madre del protagonista, y que determinará más adelante el futuro del mismo-. Todo ello conforma una amalgama en la que quizá se encuentren presentes demasiados elementos un tanto pillados por los pelos. Que la mirada sobre el contraste de religiones aparezca hoy día como algo poco menos que insustancial, o que la propia conclusión del film esgrima un factor de esperanza un tanto irrisorio.

Sin embargo, no es menos cierto que dentro de su sencillez, de la capacidad que alberga de atrapar al espectador, del entrelazado que se ofrece en una puesta en escena tan funcional como precisa, NEVER LOVES A STRANGER se erige como un título que no llega alcanzar ni de lejos la fuerza de títulos con los que podría emparentarse –UNDERWORLD U.S.A. (1961, Sam Fuller) o la previa THE RISE AND A FALL OF LEGS DIAMOND (La ley del hampa, 1960. Budd Boetticher)-, pero no por ello deja de suponer una muestra más de la eficacia de una serie B tardía, en la que la presencia de ciertos modos televisivos habituales en la época, no dejan de proporcionarle un atractivo suplementario.

Calificación: 2’5