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TOMORROW IS ANOTHER DAY (1951, Felix E. Feist) Unidos por el crimen

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Al igual que dentro de otro ámbito y características sucediera con Don Murray, desde hace mucho tiempo vengo sosteniendo que Steve Cochran (1917-1965) fue uno de los grandes actores del cine norteamericano. El hecho que pudiera demostrar la magnitud de su talento menos ocasiones de las deseables, o su triste y prematura desaparición –en la que su turbulenta vida privada tuvo bastante que ver-, nos impidió comprobar la progresiva madurez –que sí ratificó su excepcional labor en IL GRIDO (El grito, 1957) de Antonioni- de un intérprete que podría clasificarse como una especie de eslabón perdido entre John Garfield y Robert Mitchum. Precisamente la prematura e igualmente trágica muerte de Garfield, permitió a Cochran heredar un rol que estaba previsto por la Warner para el intérprete de BODY AND SOUL (Cuerpo y alma, 1947. Robert Rossen), y que con sinceridad se erige en uno de sus trabajos más memorables, al tiempo que brinda al noir el retrato de uno de sus personajes más conmovedores; el ex convicto Bill Clark, que abandonará una larga condena de más de dieciocho años, tras haber asesinado –aunque nunca recordará el hecho de haberlo cometido- a su padre siendo prácticamente un menor –cuenta con treinta y dos años cuando su condición de preso culmina-.

Este será el punto de partida de TOMORROW IS ANOTHER DAY (Unidos por el crimen, 1951), que bien podría erigirse como la película más brillante –al menos lo es de cuantas he contemplado suyas- en la filmografía de Felix E. Feist. Feist comenzó su carrera como cortometrajista en la Metro Goldwyn Mayer –al igual, entre otros, que Jacques Tourneur-, y con el paso del tiempo desarrolló una filmografía en la que en todo momento estaba presente una encomiable dignidad, erigiéndose como un competente artesano, al nivel de un Rudolph Maté o Richard Wallace -seguro que cada aficionado incluiría en dicha relación los nombres que estimara convenientes-. Sin embargo, en esta ocasión, sea por la fuerza de su material de base –en el que hay que destacar la impronta de Guy Endore-, la presencia de un competente equipo técnico –de destacar es la aportación de Robert Burks como operador de fotografía, Daniele Amfitheatrof como responsable de su banda sonora- o la idoneidad de su cast, desde los primeros instantes apreciamos la entrega dispuesta por Feist a la hora de asumir un encargo que sin duda acogió con entusiasmo. La cámara parte del plano de unas rejas, girando hacia unas manos que envuelven un cigarrillo, y elevándose hasta mostrar el rostro, entre nervioso, inquietante y amenazador, de Bill Clark (Cochran). Las manecillas del reloj nos revelan que espera ansioso algo, y muy pronto cuando se introduzca en el despacho del alcalde, comprenderemos que es un recluso que va a abandonar la prisión, poniéndonos en antecedentes de las circunstancias de una condena, que en realidad han hecho que se crecimiento y adolescencia se haya producido entre rejas. El breve intercambio dialéctico con el responsable penitenciario –quien le entregará los poco más de doscientos dólares ganados con su trabajo en la misma-, revelará de un lado el pesimismo de este último ante su casi inevitable regreso a la prisión, y la rabia apenas contenida de Bill por tanto tiempo perdido, deseando tan solo abandonar cuanto antes el recinto.

Los minutos que siguen se pueden calificar entre los más hermosos, originales y al mismo tiempo dolorosos del “noir” de su tiempo. Sin apenas diálogos –tan solo los sonidos incidentales de la vida urbana-, la planificación de Feist y la entrega de Cochran en su personaje, nos permitirán casi vivir en carne propia esos primeros instantes del reencuentro con la sociedad. Comprobar que los coches han variado sus formas, intuir su carencia de actividad sexual al comprobar el paso de una joven, comprobar como el sombrero que porta se ha quedado anticuado, o deglutir unas porciones de tarta en una cafetería acompañado de una cerveza de una marca que desconoce –y de la que comprobará su extraño sabor-. Esa capacidad para proyectar la desvalidez de un joven devuelto a la sociedad tras transcurrir la mayor parte de su vida en prisión, están expresadas de manera ejemplar, conociendo el protagonista a un hombre de amables modales -Dan Monroe (John Kellogg)– que lo ha estado siguiendo desde su salida en prisión-, con el que trabará contacto, y que incluso le recomendará a un trabajo como soldador –la profesión que ha aprendido entre rejas-. Sin embargo, el ex convicto sufrirá la primera acometida al descubrir que Monroe era en realidad un periodista –el espectador lo descubrirá antes, al mostrar el realizador la credencial en el coche de este-, y ha utilizado al joven para lograr la publicación de un artículo en el periódico local sin su consentimiento. El intento de agresión del protagonista –que hubiera permitido su reingreso en prisión- no será aprovechado por el periodista, quien reconocerá que se había buscado la misma. Clark viajará hasta New York, donde seguirá en su deambular en la búsqueda de esa compañía femenina que le ha sido vedada durante tantos años, y encontrándolo en una “call girl” que trabaja en un mísero salón de baile. Ella de Cay Higgins (Ruth Roman), quien en el primer momento mostrará un claro desapego hacia este joven de rudos pero infantiles modales, vestido a la antigua, y que desde su condición animal intenta mostrar a esta rubia un acercamiento revestido de ternura. Le regalará un reloj –un objeto que ejercerá como elemento medidor del estado de las relaciones de ambos-, mientras que Cay meta a Bill en una violenta situación cuando en su áspero apartamento se encuentre un veterano policía de bruscos modales que la intercepte, interviniendo Williams, que será dejado sin conocimiento, y disparando la muchacha al agente que conoce y presumiblemente la ha mantenido, quien abandonará el apartamento seriamente herido –posteriormente conoceremos que fallecerá en un hospital-. Ella ocultará la autoría del disparo a Bill cuando recobre el conocimiento, haciéndole responsable del hecho, huyendo ambos en un episodio en el que los ecos del cine de Ray, proyectan una mirada sobre una Norteamérica que oscila entre su regusto rural y la llegada del progreso –ese convoy de coches en el que se refugiará la pareja protagonista-. Será un fragmento en el que ambos se casarán con nombres falsos –Bill lo modificará por el de Mike Lewis- variarán sus vestimentas –él lucirá una cazadora de cuero, anticipando ese look de los rebeldes cinematográficos que ye asomaban a las pantallas, mientras que Cay se teñirá el pelo, abandonando su llamativo tono rubio-, intimando mientras caminan por el campo. Un recorrido en el que se encontrarán con una familia de recolectores, a quienes se unirán en la cosecha de lechugas durante unos meses, un periodo en el que la pareja vivirá las estrecheces del norteamericano obrero, pero por el contrario percibirán la posibilidad de reintegrarse en una sociedad que intuían –con razón- les iba a resultar casi infranqueable. Y es mérito del realizador plasmarlo en muy pocos planos, donde se describen la satisfacción de la pareja por verse apreciados en la humilde comunidad de recolectores, o como Bill / Mike juega junto a sus compañeros, recibiendo el reconocimiento de estos.

Sin embargo, el atavismo del pasado volverá a hacerse presente, merced a la presencia de unas imágenes en un magazine de crímenes, que contemplará el hijo del matrimonio que brindó a nuestros protagonistas esa tan deseada oportunidad de reinserción en la colectividad. Será el punto de inflexión que casi forzará a Bill a retomar el pasado de su personalidad violenta, aunque en última instancia la actuación decidida de su esposa coarte la posibilidad de un nuevo hecho criminal que arruinara por completo su futuro. En todo caso, lo cierto es que los mayores elementos de grandeza de esta magnífica película, se articulan en la presencia de secuencias y momentos en los que parece que la humanidad y el sentimiento aflora casi a pesar suyo en la andadura de sus protagonistas. Lo hará en el juego que ofrece el regalo del reloj, en el instante en el que Bill contempla a Cay con el pelo teñido de negro –como atisbando en ella una personalidad más auténtica-, en los diálogos que mantienen tumbados en el campo con una indumentaria mucho más creíble -manifiestandose entre ellos una confianza extrema-, en la conmovedora expresión del protagonista cuando su esposa le anuncia que va a ser padre o, incluso, en esa imagen liberadora, ese plano final en el que contemplamos a ambos bajar las escaleras del palacio de justicia sintiéndose libres al conocerse la declaración del policía poco antes de morir –la expresión de los intérpretes transmite ejemplarmente la asunción definitiva de la libertad-. Cierto es que a TOMORROW IS ANOTHER DAY le falta jugar de manera más rotunda la baza del lirismo, o quizá en algunos momentos –el pasaje en el que los protagonistas tripulan un cocho ubicado en un convoy repleto de ellos, por otra parte planificado con una magnifica utilización de la grúa-, la tensión generada en el conjunto parece decaer. Sin embargo, esos leves inconvenientes no limitan lo magnífico de su resultado, en el que sin duda Feist encontró un proyecto en el que se implicó de manera muy intensa –ver el predominio de espejos en la planificación de secuencias de interiores, insinuando esa dualidad que desprenden en todo momentos sus protagonistas, entre lo que desean y lo que la sociedad les puede brindar-. Si unimos a ello lo injusto del casi nulo reconocimiento albergado por la película durante décadas, y la extraordinaria composición que –lo reitero-, Steve Cochran brinda de su personaje –que no dudaría en situar entre las más emocionalmente cercanas que nos ha brindado el noir norteamericano-, se podrá entender mi entusiasmo ante su resultado, que no contempla el logro absoluto, pero se aproxima considerablemente al mismo.

Calificación: 3’5

15/07/2012 07:11 thecinema #. Felix E. Feist

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