KID GALAHAD (1962, Phil Karlson) Piso de lona

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No puede decirse que al inicio de la década de los sesenta, la impronta y el nervio de Phil Karlson se encontrara en retroceso. Ahí estaban muy cercanas HELL TO ETERNITY (1960) y KEY WITNESS (Cuando el hampa dicta su ley, 1960), ambas protagonizadas por el estupendo Jeffrey Hunter, para avalar la capacidad del cineasta para tender un puente en unos modos de producción en aquel Hollywood cambiante. Es evidente que Karlson pronto iría adaptándose a ámbitos cada vez más alejados, siempre sin dejar de lado su presencia televisiva, dirigiendo episodios de algunas de las series más populares del momento. Dentro de dicho peregrinaje choca, de entrada, ver vinculado al cineasta, con la figura de un Elvis Presley, aún en el quicio de un intento por ofrecer una filmografía revestida de dignidad, y antes de descender en una cada vez más pobre sucesión de olvidables musicales. Lo cierto es que la inicialmente improbable combinación de estrella y realizador, dio como fruto KID GALAHAD (Piso de lona, 1962), remake del título dirigido en 1937 por Michael Curtiz, en el que el justamente olvidado Wayne Morris, encarnó el improvisado boxeador que en esta ocasión asume Presley. Del título de Curtiz se retoma la estructura de personajes, pero se modifica tanto el contemporáneo temporal elegido, como el aura urbana precedente, tamizada en esta ocasión por un alcance rural que, por momento, proporciona el film de Karlson ecos de Americana, presentes en algunos títulos precedentes del cantante. Y es que KID GALAHAD aparece de entrada como una producción de los hermanos Mirish, lo que quizá contribuya a dotar al conjunto de cierta frescura y, sobre todo, ese tono luminoso que aparecen en sus imágenes, a lo que no es ajena la estupenda fotografía en color del gran Burnett Guffey, logrando imprimir un atisbo de verdad, incluso en el recurso a las canciones que, justo en reconocerlo, no se encuentran presentes con demasiada insistencia en la película.

KID GALAHAD nos cuenta la llegada de Walter Gulick (Presley), un joven e ingenuo oficial del ejército a la población de Cream Valley, en la que nació, pero de la que se ha ausentado durante muchos años, y en la que se encuentran enterrados su padres. En la búsqueda de trabajo –demuestra su talento en la mecánica de coches-, dará con el recinto que comanda Willy Grogan (Gig Young), un trapisondista, aficionado a las apuestas, ahogado en deudas de juego, y empeñado siempre en una constante huída hacia adelante. Junto a él se encontrará Dolly (Lola Albright), su prometida, intentando en todo momento encarrilar la deriva suicida de su amante. Será precisamente ella la que conozca al muchacho, del que percibirá su nobleza, procurando ante todo que la imposibilidad de ofrecerle trabajo, no vaya aparejado por un rechazo sin contemplaciones. Sin embargo, la casualidad aparecerá en la necesidad en encontrar un sparring para el joven Joie Shakes (Michael Dante, el futuro pederasta de la magistral THE NAKED KISS (Una luz en el hampa, 1964. Sam Fuller)). Gulick aceptará el envite para poder lograr unos dólares, sorprendiendo a todos al demostrar la presencia de un aprovechable gancho que noqueará a Shakes. Será el detonante que atisbará el avispado Grogan, para lo cual solicitará la ayuda del veterano entrenador pugilístico Lew Nyack (Charles Bronson). A partir de ese momento, se iniciará por un lado la creciente admiración de Dolly por el muchacho, en lo que se dirimirá esa querencia de una mujer madura, habitual en los argumentos dramáticos de los mejores títulos de Presley. Sin embargo, para el inesperado púgil legará la llamada del amor con la inesperada presencia de Rose (Joan Blackman), la hermana de Willy, con quien poco a poco se establecerá una sincera relación, en la que aparecerá una propuesta de matrimonio. Su hermano se mostrará contrario a la misma, pero tendrá más importantes motivos de preocupación, al ser vigilado en todo momento por los componentes de un gang, que le recuerdan su turbio pasado, y el deseo de cobrar sus deudas. Será algo que controlarán agentes de la Ley, y que angustiarán a alguien que hasta ese momento no ha reflexionado sobre lo peligroso de su comportamiento. Mientras tanto, las facultades de Gulick y su fama irán creciendo, aunque el joven no desee prolongar su unión con el boxeo, más que efectuar un combate que le sirva para lograr un beneficio económico que le permita establecer un futuro al ser socio de un viejo taller mecánico de la población, y compartirlo con Rose. Como es previsible, la confluencia de dichas subtramas permitirá un dramático combate, en el que Walter estará a punto de ser noqueado y, con ello, frustradas las esperanzas de la población, que han apostado en masa por él.

No se puede decir que el argumento de KID GALAHAD sea un dechado de originalidad. Tampoco lo pretende, e incluso suaviza el alcance dramático con el que concluía la película de Curtiz, en la que al final moría asesinado el personaje que allí encarnaba Edward G. Robinson, mientras que aquí Gig Young logra la absolución de su chica. Pese a esta querencia por el Happy End, lo cierto es que unido a la eficacia de su narrativa clásica, en sus mejores momentos, el film de Karlson funciona bastante bien como melodrama, en todas las secuencias en las que Presley interactúa con la Albright, estableciéndose entre esta última y el muchacho una sincera comprensión, o la complicidad que se alcanza entre el actor y cantante y la Blackamn, llegando a entonar canciones junto a ella, donde la actriz parece emerger de su personaje para desplegar una inusual química con Presley. Esa extraña complicidad, aparecerá en la secuencia en la que ambos visitarán al sacerdote para solicitar las amonestaciones de cara a su cercana boda, o la bonhomía que desprenden los vecinos de la población, marcando unos ecos de sinceridad que, por momentos, parecen retomar ecos del cine de Henry King o incluso Leo McCarey. Sorprende dicha circunstancia, máxime cuando nos encontramos ante una película filmada por un cineasta que abordó la violencia y la tensión en la pantalla como pocos. Sin embargo, Karlson no desaprovecha la ocasión para mostrarla. Lo hará soterradamente, con la mirada y el plano de detalle que describe la cojera de Lew, haciéndonos partícipes de la circunstancia de un auténtico juguete roto. Lo plasmará con pertinencia en los planos subjetivos que mostrarán con dureza los golpes que recibe Presley en los combates, con especial incidencia en el dramático combate final, filmado con un nervio y un sentido de la tensión dramática, que nos devuelve a los mejores tiempos del cineasta.

Sin embargo, con suponer la catarsis del relato, la necesaria redención para todos sus personajes –en los que no estarán exentos matices irónicos, sobre todo a través de sus diálogos-, no será el fragmento más memorable de la película. Este se manifestará con anterioridad en el crescendo de tensión que se producirá en la estancia de Grogan, cuando los matones que le atosigan, plantean a Lew que sabotee el combate en el que el muchacho se juega el todo por el todo. La indignada renuncia de este al soborno que le plantean, provocará que estos destrocen sus manos, en un electrizante momento servido mediante un oscuro y el off narrativo, finalizando el angustioso episodio con la llegada de Grogan y la inesperada aparición de Gulick, que noqueará a los extorsionadores.

Calificación: 2’5

20/12/2016 00:06 thecinema #. Phil Karlson

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