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BRANDED (1950, Rudolph Maté) Marcado a fuego

BRANDED (1950, Rudolph Maté) Marcado a fuego

Cierto es que contemplando BRANDED (Marcado a fuego, 1950. Rudolph Maté), uno puede percibir el interés de la Paramount y de su estrella Alan Ladd, en la búsqueda de un personaje dentro del western definido por una determinada ambivalencia y misterio marcada en su pasado, un cierto carisma y una capacidad de trascender ese rasgo genérico a la hora de introducirse en un entorno que le transformará como persona, y al mismo tiempo logrará transmitir una nueva luz en las personas que han interactuado con él. No se puede decir que ese rasgo fuera exclusivo de los títulos que, dentro del género, protagonizó Ladd en aquellos años –era una práctica bastante habitual dentro de las propuestas del western-. Lo cierto es que esto adquirió una cierta relevancia en el intérprete, en la medida que pocos años después esta tendencia le permitiría protagonizar el célebre SHANE (Raíces profundas, 1953. George Stevens), generalmente considerado uno de los grandes exponentes del género, en una opinión que no comparto en absoluto, y que tengo que mantener en relativa reserva hasta una futura revisión de la misma. En todo caso, y aún teniendo en cuenta esta aseveración, lo cierto es que BRANDED no pasa de ser un western tan atractivo en algunos momentos como discreto en su desarrollo, mostrando una notable inclinación hacia el folletín, y evidenciando la extraña profesionalidad de su realizador, Rudolph Maté, que en bastantes momentos le aleja de las convenciones del género, sin que ello le lleve a la demostración de una personalidad cinematográfica especialmente interesante.

Choya (Alan Ladd) es un experto forajido que es tentado por el viejo Leffingwell (Robert Keith), para que se preste a simular ser el desaparecido hijo del poderoso ranchero Lavery (Charles Bickfort). Para ello deja que en su hombro se inserte un tatuaje que le permitiría introducirse en la familia, ya que el pequeño desaparecido a los cinco años en un rapto, portaba dicho distintivo. No le será difícil al protagonista lograr ser identificado como tal, portando una enorme alegría a la esposa e hija de Lavery. Será sin embargo algo que este no podrá asimilar, introduciéndose en su conciencia un cierto componente de remordimiento. Sentirá especialmente dicha circunstancia con la joven hija de este –Ruth (Mona Freeman)-, quién mostrará hacia Choya una atracción que intentará disimular con un sentimiento de hermana. El protagonista partirá en representación de su padre para vender una manada de ganado, estando inicialmente dispuesto a huir con el dinero de la misma, pero finalmente decidirá –contra el deseo de Leffingwell- ingresar esos cerca de 150.000 dólares en la cuenta de su supuesto padre, y contar a Ruth la realidad de su auténtica personalidad. Este huirá de la ciudad, logrando que Leffingwell le cuente que el auténtico hijo de Lavery se encuentra aún con vida y fue adoptado por un bandido mexicano –Rubriz (Joseph Caleia)-. Así pues, y mientras la dolida hija del ranchero regresa a su casa y relata a su padre la triste realidad, Choya decidirá ir al encuentro de su verdadero hijo, quizá en parte por sentir un remordimiento de conciencia, pero fundamentalmente por el deseo que le mueve de reencontrarse con Ruth. Consciente del enorme trauma que supondría para su mujer admitir el error que han cometido al aceptar a este como su hijo, Lavery decidirá ir a la búsqueda con el hasta entonces bandido y obligarle a retomar la interpretación de su personaje –en una argucia de guión bastante poco creíble-. Choya logrará introducirse en el refugio de Rubriz y conocer a su hijo adoptivo, al que se intentará llevar hasta el rancho de sus auténticos progenitores. Este se resistirá y finalmente acudirá con nuestro protagonista amenazado con un arma, pero tras ser herido, poco a poco adquirirá conciencia del reencuentro con su auténtica familia, hasta que finalmente, in extremis –los dos jinetes, exhaustos y tras escapar del acecho del experto bandido-, son encontrados por Lavery, resolviéndose la situación en pantalla con una hábil elipsis. El verdadero hijo de la familia se recuperará de sus heridas, pero hasta el recinto llegará su padre adoptivo acompañado por sus pistoleros con la intención de eliminarlo, convencido de que ha decidido huir de su entorno. Finalmente, la lógica de la situación llevará a una solución salomónica, permitiendo a Choya poder iniciar un nuevo modo de vida, ajeno por completo del que hasta entonces había sobrellevado, y al cual pudo acceder cuando encontró un entorno acogedor, de cuya calidez le permitieron descubrir sentimientos hasta entonces ausentes en su personalidad.

Así pues, tenemos en BRANDED un personaje prototípico dentro de la filmografía del siempre estólido Ladd –no se puede decir que su limitada personalidad contribuya a definir un personaje con el que el espectador simpatice en ningún momento-. Su altanería –manifestada en todo momento, no solo cuando muestra sus “credenciales de personalidad” al presentarse ante los Lavery; y provocando ya en aquel momento la excitación de Ruth-, es prolongada con los servilismos inherentes a los modos con que Ladd se manifestaba en todos sus personajes cinematográficos. Detalles como la manera con la que posa con su torso desnudo cuando le proporcionan el tatuaje en el hombre, los modos con los que exhibe dicho tatuaje cuando tras la pelea también sin camisa lo muestra para que lo contemple el propietario del rancho, o el gesto de superioridad y pretendida complicidad con el público que ofrece cuando logra introducirse en el hogar de la acaudalada familia, son instantes auténticamente rechinantes que invitarían a abandonar la pantalla.

Afortunadamente, no todo en el film de Maté reviste las mismas características. La película tiene un inicio muy atractivo descrito a partir de una grúa, en donde se muestra la presentación del protagonista y su posterior huída de una población en donde se encuentra en una situación muy apurada. Por su parte, describe interesantes personajes en los interpretados por actores tan experimentados como los interpretados por los veteranos Charles Bickfort o Robert Keith –resulta impagable su expresión cuando contempla como Choya decide ingresar el dinero logrado con la venta del ganado, que se iban a repartir entre los dos-, resalta con el look pictórico primitivo de la Paramount, y tiene una parte final en la que la presencia del paisaje –ausente hasta entonces- reviste un cierto protagonismo. No obstante, y pese a integrarse en el relato una serie de elementos de interés en su guión –entre cutos responsables figura el experto Cyril Hume-, estos no son suficientemente desarrollados, perdiéndose en su devenir. Me estoy refiriendo por un lado a esa frontera que se puede establecer entre el deseo sexual en la frontera con el incesto –manifestada en la actitud de Ruth hacia Choya-, y por otra la fuerza que puede ejercer saciar la búsqueda de los auténticos orígenes familiares, por encima del cariño y la entrega mostrada por alguien que realmente le ha mostrado ese afecto. Cierto es que en el primero de los supuestos se alcanza una cierta temperatura, pero en el segundo exponente se pierde cualquier rasgo de profundidad, en parte por el pobre desarrollo que tiene el personaje del hijo –y también del padre adoptivo-. Unamos a ella el abuso de diálogos registrado a lo largo de la mayor parte del film, y tendremos un retrato bastante completo de esta discreta película, que conserva sin embargo el buen sabor de las producciones de la Paramount, pero a la que sus servilismos e insuficiencias le impiden llegar a unas cotas superiores  a la mera discreción.

Calificación: 2

1 comentario

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