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CINEMA DE PERRA GORDA

MIDNIGHT MARY (1933, William A. Wellman) Rosa de medianoche

MIDNIGHT MARY (1933, William A. Wellman) Rosa de medianoche

Dentro de la extensa y muy interesante trayectoria de William A. Wellman como realizador cinematográfico, probablemente encontremos expresado el periodo más denso y al mismo tiempo más valioso de su obra en la primera mitad de la década de los años treinta. Puede que a ello contribuyeran diversos factores. Uno de ellos podría ser la destreza que el norteamericano había demostrado en los últimos compases del periodo silente, desarrollando una inclinación puramente visual que supo prolongar a la llegada del sonoro. Unamos a ello la especial garra y arrojo narrativo que el cineasta demostró desde el primer momento, su capacidad para la síntesis, así como una innegable valentía a la hora de desarrollar dichas propiedades, que con probabilidad tuvieron un caldo de cultivo de especial inspiración en un periodo socialmente marcado por la gran depresión estadounidense, mientras que en su vertiente específicamente dramática, contaba con la permisividad posteriormente atenazada con el nefasto Código Hays. Sin la confluencia de estas características, es más que probable que ni Wellman, ni Walsh, ni Hawks, ni incluso un nombre tan conservador como Mervyn LeRoy –por citar un ejemplo al azar-, hubieran podido plasmar en la pantalla crónicas de tan hondo calado social, acompañadas de una profunda inspiración narrativa.

 

Punto por punto, estas características se pueden ratificar en MIDNIGHT MARY (Rosa de medianoche, 1933), que Wellman rodó en un año de especial febrilidad creativa –seis películas llevan su firma-, y en medio de dos títulos magníficos –HEROES FOR SALE (Gloria y hambre, 1933), a mi juicio una de sus obras cumbre, y WILD BOYS OF THE ROAD (1933). Tres títulos que, pese a la diversidad de sus argumentos, comparten unas mismas preocupaciones, erigiéndose como impagables crónicas de unos tiempos convulsos en la sociedad en la que se integran, destacando en sus imágenes un asombroso arrojo en su plasmación fílmica. El hecho de que personalmente considere que MIDNIGHT... se encuentre ligeramente por debajo de los títulos que la rodean, no significa que no lo considere un brillante melodrama, representativo de esa doble inquietud que enriqueció no solo la propia obra de su artífice, sino en su conjunto la vitalidad manifestada por el mejor cine de Hollywood en este periodo.

 

La película se inicia de manera rotunda. La planificación que efectúa de manera deliberada Wellman, nos traslada a las deliberaciones de un juicio en donde un iracundo fiscal arremete con la convicción propia de una mentalidad cerrada y conservadora, contra la acusada en una vista de asesinato. Esta es Mary Martín (una espléndida Loretta Young), que nos es mostrada de manera distante, transmitiendo al espectador la sensación de encontrarnos con un ser sin escrúpulos, que asiste a la vista hojeando un ejemplar de la revista Cosmopolitan. Quizá esta manera de presentarnos a la protagonista sea un efecto un poco fácil para jugar con la impresión del espectador,  facilitandonos un posterior contraste al poder comprobar las circunstancias que han llevado a la muchacha a una condena prácticamente segura. El jurado se retira a deliberar mientras que la encausada es llevada a una sala de espera, donde es acompañada por un viejo oficial que se muestra amable con ella, aunque en el fondo espera que las deliberaciones finalicen lo antes posible, para poder asistir a la fiesta de cumpleaños de uno de sus hijos. El clima relajado de la estancia y la amabilidad del acompañante, llevan a Mary a contemplar los amplísimos archivos, encuadernados en tomos anuales. Dicha presencia facilitará al realizador la incorporación de una ingeniosa solución visual, con una panorámicas sobre diferentes años tomando el punto de vista de la protagonista, que nos trasladarán a momentos concretos de su vida pasada –la practica totalidad de la película se encuentra planteada en diferentes flash-backs-. De tal forma, acompañado por vertiginosas cortinillas –que se erigirán como auténtico rasgo de estilo en la película-, comprobaremos inicialmente como Mary de niña pertenecía a un contexto social de absoluta pobreza, mostrándonosla en un vertedero junto a una amiga, lugar en el que un policía le comunica la muerte de su madre. La imagen fundirá a la llegada de la niña a la puerta de su casa, flanqueada con un crespón negro. Pocos años después, ya más crecida, sufrirá por circunstancias del azar –y también los prejuicios sociales que emana su aspecto en la clase bienpensante- una condena por el robo de una cartera que ella realmente no ha cometido. Como se puede comprobar, ya desde su niñez y adolescencia, Mary estaba predestinada a sufrir el prejuicio y el sufrimiento ante unas estructuras sociales en teoría destinadas a salvaguardar los derechos del individuo, pero en realidad definidos como mecanismos que funcionan en la práctica como verdadera oposición a aquellos objetivos por los que fueron creados. La hipocresía, el prejuicio, la importancia de las diferencias de clase, la terrible incidencia de la “gran depresión” –esos ingeniosos planos subjetivos de Mary contemplando letreros luminosos, que su imaginación transforma en avisos de la inexistencia de trabajo-. Un detalle absolutamente disolvente de la débil frontera existente entre los buenos sentimientos y la hipocresía más absoluta, lo tenemos en esa generosa entrega de Mary de un billete de 50 dólares que le ha entregado Darcy por un trabajo –que ella desconoce es un robo-, y que la muchacha dona a la legión de salvación; en la imagen siguiente ella será rechazada para poder integrarse en sus filas.

 

En medio de un contexto absolutamente adverso para nuestra protagonista, dados unos orígenes y antecedentes que se han adherido a ella sin haberlo buscado jamás, su tabla de salvación llegará de la mano de Leo Darcy (Ricardo Cortez), un hombre de dudosa catadura pero innegable encanto. Será la relación que se establecerá entre ambos, el elemento de destino que introducirá a Mary a un contexto de delincuencia, en el cual realmente siempre mostrará una notable distancia, aunque se deje seducir por un entorno de comodidad y lujo hasta cierto punto comprensible tras un pasado revestido de absoluta necesidad. Un buen día, cuando nuestra protagonista asiste a un lujoso salón de juegos –sin saber que los hombres de Darcy van a realizar allí un atraco-, conocerá en medio del accidentado robo –en el que un policía resultará herido de bala- al joven Tom Mannering Jr. (Franchot Tone). Se trata de un joven amable y de buena familia, hijo de un juez, que se mostrará desde el primer momento atraído por la muchacha. Poco a poco se establecerá entre ellos una sincera relación, logrando que Mary abandone el contexto en el que hasta entonces ha desarrollado su vida, e incluso facilitándole un trabajo como mecanógrafa. Ni siquiera la casual contemplación del asedio que la muchacha sufre por parte de un viejo empleado –en una secuencia ciertamente impensable en el cine USA muy pocos años después-, impedirá que esta relación se vaya estrechando. Pero la sombra de Leo Darcy no podrá disiparse, y antes que ella el casual encuentro de Mary con el policía que fue atacado. Será mientras cena con Mannering, ante el cual fingirá rechazar su propuesta de matrimonio antes de entregarse y evitar con ello perjudicar a su amado –magnífico el detalle de insertar la canción que ha servido como leiv-motiv de dicha relación-. Condenada y cumpliendo prisión, de manera casual comprobará con resignación que Mannering se ha casado con una joven de clase alta; una vez más el destino no va a favorecer la violentación de los prejuicios sociales.

 

Mary cumplirá su condena y saldrá a la calle, siendo recogida de nuevo por Darcy, que de alguna manera se ha mostrado agradecido por la lealtad que ha manifestado al no haber delatado su entorno. Decidido a recuperar su relación, de nuevo el destino los cruzará junto a Mannering. Tras una violenta pelea, Darcy comprobará que Mary aún sigue manteniendo sus sentimientos hacia este, por lo que estalla en ira y decide matarlo. Alarmada, Mary avisa a este para que se proteja, pero no podrá evitar que en un error de cálculo, sea asesinado por error Sammy Travers (Andy Devine), fiel amigo de Tom. No contento con ello, Darcy mantiene su intención de matar a este, lo que finalmente provocará el asesinato de este por parte de Mary –en una secuencia revestida de un gran impacto-. La situación vuelve a la actualidad, despejando todos los recuerdos de Mary que hemos contemplado, que nos han servido para modificar la visión que de ella manteníamos en los primeros instantes de la película. La muchacha es condenada, aunque en el último momento aparecerá Mannering, quien se ofrece como defensor, exigiendo una nueva vista, y revelando las razones por las que esta mató a Darcy; salvar su propia vida.

 

En teoría la película asumirá un happy end; titulares de prensa nos revelan con rapidez el resultado de la vista y la decisión de Mannering de separarse se su esposa. Sin embargo, el plano final, en apariencia revestido de felicidad, denota una mirada disolvente que pone en duda el optimismo de sus perspectivas de futuro: los dos personajes son encuadrados sosteniendo sobre ellos planos amenazadores de las rejas de una cárcel, en una clara metáfora sobre la marca que el destino ha ubicado ya en una relación que antes o después, se encuentra concenada al fracaso.

 

No cabe duda que MIDNIGHT MARY se erige como un exponente notable de ese ciclo de cine de denuncia que, insertado dentro del contexto de crónicas sociales, policiacas o de gangsters, mostraron una visión disolvente y desesperanzada de la vida norteamericana en su magnitud urbana. Desigualdades, injusticias, prejuicios y una visión dura y desencantada sobre la condición humana, puesta en la tesitura de un contexto social áspero, que en realidad sirve como detonante para hacer expresar el lado más cruel del individuo. ¿Qué impide, a mi modo de ver, que el film de Wellman se erija como un auténtico logro? Personalmente, considero que la película pierde un cierto grado del abrumador alcance de su primer tercio, en el momento en que aparece en escena el personaje de Mannering. Sin resultar excesivamente chirriante, creo de todos modos que limitan la dureza del metraje previo, entrando en un terreno de cierta blandura. Unamos a ello el escaso atractivo que plantea el dibujo –y la interpretación- de Ricardo Cortez, que desconcierta al espectador al pensar que inexistente rasgo de su personalidad puede provocar el más mínimo grado de atracción por parte de la protagonista –algo solo disculpable en los momentos iniciales, motivados por un grado de agradecimiento-. En cualquier caso, y dado el hecho de su general desconocimiento, es indudable que nos encontramos con una película digna de un reconocimiento hasta ahora vedado y que, en varios de sus aspectos, me recordó de manera poderosa la muy posterior THE NAKED KISS (Una noche en el hampa, 1964), que sigo considerando la obra más valiosa, atrevida y descarnada, jamás rodada por Samuel Fuller.

 

Calificación: 3

1 comentario

Feaito -

Vi está gran "Pre-Code" hace varios años y concuerdo con tu apreciación. Una pequeña joya de esos años, con una Loretta Young espectacular. Junto con "Zoo in Budapest" y "A Man's Castle", todas de 1933, mis películas favoritas de Loretta, muy superior a cualquier película posterior de su carrera.