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CHARLIE’S WILSON WAR (2007, Mike Nichols) La guerra de Charlie Wilson

CHARLIE’S WILSON WAR (2007, Mike Nichols) La guerra de Charlie Wilson

Prototipo de realizador admirado hasta el delirio en su país, y por lo general apenas apreciado dentro de la crítica europea, sin duda la obra de Mike Nichols ofrece demasiados altibajos y aspectos cuestionables. Sobrellevando algunos incomprensibles bluffs –sobre todo la mediocrísima THE GRADUATE (El graduado, 1967)-, lo cierto es que Nichols ha desarrollado una carrera en la que, de forma paradójica, quizá sus mejores títulos se ofrezcan en los últimos quince años de su obra. No se me entienda mal. No creo que su filmografía ofrezca ningún logro absoluto –aunque sí algunos títulos apreciables e incluso interesantes-. Lo que intento señalar es que es a partir de entrada la década de los noventa, cuando su nunca dilatada producción ofrece productos más o menos solventes, una vez su plasmación visual dejó de lado una serie de efectismos y servilismos de época, centrándose en su clara condición de artesano al servicio de grandes estrellas, y procurando incorporar en sus películas más recientes de forma más adecuada, ese aspecto discursivo que tan en primer término aparecía en sus títulos iniciales. Fruto de esa relativa adecuación a un estatus más perdurable, encontramos referencias como PRIMARY COLORS (1998) –quizá el título más valioso de su filmografía- o la atractiva –más no memorable- CLOSER (2004). Junto a ello, no conviene olvidar que poco antes se encuentra la mediocre THE BIRDCAGE (Una jaula de grillos, 1996), para entender a fin de cuentas la absoluta falta de personalidad de un realizador que siempre tuvo la suerte de cara, aunque en realidad su “prestigio” se sostuviera sobre unos mimbres en extremo débiles.

En realidad, CHARLIE’S WILSON WAR (La guerra de Charlie Wilson, 2007) ofrece el mayor caudal de virtudes a las sugerencias emanadas en su base argumental, tomando como base una historia real que fue trasladada como libro por parte de George Crile, siendo adaptada como guión por parte del hoy muy prestigioso Aaron Sorkin. No cabe duda que en el marco de una Norteamérica aún traumatizada por los acontecimientos que propiciaron el 11S, la invasión de Irak, o el declive del nefasto periodo Bush, resultaba atractivo introducir una historia que se remonta a un par de décadas atrás, pero cuyos recovecos podían ser trasladados a la perfección como perfecta metáfora para la sociedad de nuestros días. Unamos a ello la consecución de un reparto atractivo –en la que el propio Tom Hanks ejerce las tareas de coproductor-, y con ello intuiremos buena parte del presunto interés de esta interesante aportación y digresión, de la que se puede extraer una metáfora en su lectura como advenimiento de un nuevo modo de hacer política. La esencia que transmite -sin mucha hondura, todo hay que decirlo-, al menos brinda un producto marcado por una superficialidad sublimada a partir de la competencia con la que se ejecutan los materiales esgrimidos, ejerciendo como una especie de premonición del final de la era Bush, y el advenimiento en su momento deseado del relevo por parte de los demócratas –en aquellos tiempos aún iniciándose la posibilidad de que Barack Obama se erigiera como líder para dicho partido-.

CHARLIE’S WILSON… se inicia en un acto –organizado por las fuerzas de información ocultas de la administración norteamericana-, en el que por vez primera se otorga su mayor galardón a una personalidad civil, siendo el premiado el congresista de Texas Charlie Wilson (Tom Hanks). En medio de los aplausos y la emotividad presente en el acto, la acción se retrotrae en flash-back hasta los inicios de la década de los ochenta, que nuestro protagonista vivirá con tanta astucia como sentido del hedonismo. Wilson es un maestro consumado a la hora de conocer los resortes del congreso norteamericano, sin que ello vaya en menoscabo a su sempiterna capacidad para ejercer como impecable bon vivant. Sin embargo, en un momento dado, será convencido por parte de una gran amiga suya –Joanne Harring (Julia Roberts)-, una acaudalada dama ligada al integrismo cristiano y la extrema derecha, encargándole una misión diplomática que tendría su eje con la entrevista al presidente de Pakistán, Zia Ul Hag (Om Puri), pidiéndole una nueva política de colaboración con los Estados Unidos, y con ello contrarrestando la escalada soviética sobre Afganistán. Para Wilson el contacto con el líder pakistaní será incluso un duro golpe a su autoestima, pero al menos será el paso intermedio para poder comprobar el horror vivido por la población civil afgana, reunida en interminables campos de refugiados, en los que los niños son atacados a través de crueles artefactos que ellos toman como juguetes, dejándolos muertos o amputados en sus extremidades. Será un punto de inflexión –subrayado por la cámara de Nichols, mediante ese paseo general de enormes proporciones que casi se diluye en la inmensidad al mostrar esa gigantesca aldea poblada de tiendas de campaña-, que permitirá que ya nunca nada sea igual en nuestro protagonista. Para lograr esos objetivos de introducir armamento competente, sin que su llegada comprometa la posición estadounidense, este aumentará de forma astronómica su dotación en fondos de defensa –para lo cual tendrá que convencer incluso a congresistas tan conservadores como Dopc Long (Ned Beatty)-, con el grave inconveniente que esta aportación ha de quedar totalmente oculta como procedente de la administración USA. Una situación de verdadera complejidad en la que Wilson contará con la ayuda inapreciable de un hombre de la CIA, curtido en mil refriegas, y en aquellos momentos casi desahuciado de su profesión. Se trata de Gust Avrakotos (Philiph Seymour Hoffman). Junto a él, con la capacidad de persuasión de Joanna, e incluso con la acción estratégica ofrecida por un contacto –Zvi (memorable Ken Stott)-, lo que iba a suponer una auténtica utopía, en pocos años aparecerá como una realidad tangible: lograr el primer triunfo de un país extranjero –Afganistán- contra la poderosa Unión Soviética.

No cabe duda que la historia real narrada, deviene un producto provisto del suficiente interés en sí mismo. Pero no es menos cierto que al primer tercio del metraje le cuesta arrancar, quizá debido al hecho de que la presentación de sus principales personajes se expresa con una cierta morosidad, hasta que aparezca en escena una espléndida Julia Roberts –en uno de sus mejores trabajos para la gran pantalla-, insuflando a la película  esa necesaria energía que, justo es reconocerlo, emergerá durante el resto de su presencia en la pantalla –serán impagables las palabras con las que presentará al presidente pakistaní en una reunión de acaudalados ciudadanos norteamericanos, prestos a realizar sustanciosos donativos-. Sin embargo, no será hasta ese momento clave, en el que el ya veterano congresista –un hombre especializado en pedir favores, ya que su vida se ha centrado en concederlos en los momentos más oportunos-, contemple el pavoroso campo de refugiados afgano, cuando la película adquiera una mayor conciencia narrativa. Sin embargo, justo es reconocer que el proceso de lucha de Wilson por lograr nuevas fuentes de financiación, se manifiesta en la pantalla de manera bastante simple, con un tanto chusco recorrido cronológico, que nos permitirá seguir en pocos minutos el proceso de varios años, culminado en la derrota de las fuerzas soviéticas frente a los muyahidines afganos. No obstante, sí que se inserta un apunte crítico de notable vigencia, como lo ofrece la negativa posterior del congreso norteamericano a la hora de financiar con apenas un millón de dólares una escuela que sirviera para ofrecer lo más necesario –la educación-, a una juventud traumatizada por tantos años de lucha casi fratricida. De alguna manera, Charlie Wilson comentaría, ya derrotado ante esta última petición -ínfima si se compara con los cientos y cientos de millones dispuestos durante los años precedentes-, el hecho de que jamás sabemos irnos con la cara bien alta.

Para aquellos que busquen en CHARLIE’S WILSON WAR un producto de especial significación a la hora de analizar un periodo convulso de la vida norteamericana, al tiempo que una de sus páginas secretas de política exterior, estoy convencido que en el film de Nichols no encontrarán esa hondura que –por momentos- la película pide casi a gritos. Por el contrario, si un espectador profano pretende intuir, bajo la imagen por momentos festiva, en otros confesional, y en otros planteada quizá de forma superficial, esa otra visión de la política norteamericana que podría surgir a partir de la labor activa de uno de sus congresistas, su resultado es cuanto menos estimable. Interpretada de forma magnífica por el conjunto de su reparto, asistida por una ambientación por completo creíble, acogida a una duración bastante ajustada –en esta ocasión eché de menos un metraje de superior duración-, lo cierto es que el espectador se queda con ganas de más en esta curiosa propuesta, aunque no deje de valorar la relativa honestidad con la que queda revestido esta, con todo, apreciable exponente de cine político, realista en la historia contada, aunque revestido con los tintes de una fábula de nuestros días.

Calificación: 2’5

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