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MAIL ORDER BRIDE (1964, Burt Kennedy)

MAIL ORDER BRIDE (1964, Burt Kennedy)

Hoy casi totalmente olvidado, lo cierto es que la figura de Burt Kennedy tuvo una cierta prestancia en el tramo que oscila de la segunda mitad de la década de los cincuenta y el inicio del decenio siguiente. Fue sobre todo debido a su faceta como guionista, en donde su participación en varios de los títulos dirigidos por Budd Boetticher y protagonizados por Randolph Scott, le proporcionaron el prestigio y el bagaje suficiente, para probar sus armas como realizador. Una andadura quizá menos rotunda, que se extendió al medio televisivo, y que se prodigó ante todo por diversos de los contorneos del western, aunque por lo general brindado en torno al mismo una mirada humorística o distanciada, en ocasiones destinada al lucimiento de carismáticas estrellas del género, como Robert Mitchum. Hay una excepción en ello, con la apuesta de noir tardío que filmara con THE MONEY TRAP (La trampa del dinero, 1965), intento de revisitar el universo de la mítica GILDA (1946, Charles Vidor), al recuperar a su pareja protagonista, Glenn Ford y Rita Hayworth.

Dentro de dicho contexto, la casi desconocida MAIL ORDER BRIDE (1964) aparece casi como un borrador de dicho enunciado. Y un preludio a mi modo de ver, y contradiciendo las escasas opiniones, en general poco halagüeñas, que se encuentran de la película, bastante atractivo, que emparenta esta película con una serie de variaciones de comedia dentro del universo del cine del Oeste, que había practicado con –escasamente reconocido- acierto, el veterano George Marshall. Es algo que permite degustar y, en última instancia, disfrutar, de esta entrañable propuesta en la que se conjuga el recuerdo y el compromiso, sirviendo como base para una serena y divertida historia de amistad y redención y superación personal.

La película se iniciará mostrando el inesperado encuentro, junto a un río, del veterano Will Lane (Buddy Ebsen), con el joven Lee Cary (Keir Dullea). Sin que ellos lo sepan, el futuro inmediato los va a unir. Y lo hará de una manera poco deseada para ambos, ya que dicho primer encuentro logrará hacer valer tanto la disparidad de sus personalidades, como el enfrentamiento que propiciará la situación que los enfrente. Desde ese primer momento comprobaremos como Lane es un hombre curtido por la vida y, por ello, reflexivo. En su oposición, Cary aparece como un muchacho jactancioso e impulsivo, aspecto este que Kennedy sabrá utilizar a lo largo del relato, para lograr extraer la necesaria efectividad al mismo. Poco después descubriremos que el curtido vaquero ha acudido a la llamada de un viejo amigo fallecido, sin saber que era el padre de Lee, teniendo que ejercer por encargo del fallecido como depositario de su voluntad, al objeto de hacer entrega del rancho que deja como herencia, a su hijo. No será más que una argucia de guión, para establecer el contraste irónico entre dos seres opuestos, marcando a través de su obligada interacción la entraña de la película.

Desarrollada con un encomiable uso del formato panorámico, el alcance telúrico de sus secuencias en paisajes, la presencia en un segundo plano de un mundo del Oeste que se va sometiendo a una definitoria transformación –la presencia del tren como elemento de progreso-, la atractiva combinación de elementos suavemente humorísticos junto a otros de índole melodramática, o la singular química que se establece entre Ebsen y un jovencísimo Keir Dullea, que paseó su juventud y su singularidad por Hollywood en aquellos años, sin que se le supiera ofrecer un acomodo a sus características. Son elementos todos ellos que brindan la necesaria calidez a esta producción de la Metro –que en aquellos años apostando con relativa fuerza por la continuidad del western-, que en su modestia logra conciliar esa presencia de melodrama y vertiente humorística, logrando en ambas facetas secuencias y episodios francamente notables. Antes señalábamos la capacidad descriptiva y el sentido del humor que revestía el inicio del relato, a orillas del río. Pero junto a la misma observaremos la serenidad y capacidad evocativa que reviste la visita de Lane a la tumba de su viejo amigo en el cementerio. El aura irresistiblemente cómica que define la desopilante pelea que se desarrolla en el saloon, a partir del nuevo encuentro entre los dos protagonistas, el acierto en la inclusión de la madura cantante que encarnará la personalísima Marie Windsor –a quien se ofrece un entrañable guiño final, protagonizando esa segunda oportunidad vital para el personaje encarnado por Buddy Ebsen-, o la impagable secuencia de la boda de Cary con Annie (fresca Lois Nettleton), la muchacha que Lane ha reclutado, forzándola a casarse con este en un episodio que bien podría establecerse como el más regocijante de la función, en medio de una situación que bordea el surrealismo, y en el que este hablará en boca de un novio que no quiere atarse a una mujer, mientras el sacerdote –impagable Denver Pyle- no desea más que cumplir con el formalismo, para proseguir con sus ceremonias de bautizo desarrolladas en pleno río. Aspectos con aura de comedia, que contrastarán con otros en los que predomine la estela del drama –el robo por parte del propio Cary de sus vacas, o el incendio de la cabaña que se estaba construyendo, poniendo en peligro la vida del pequeño hijo de su ya esposa-, focalizarán la catarsis de una propuesta que precisamente al estar narrada en un tono menor, casi bucólico, sin recaer en facilidades visuales de carácter burlón o desmitificador, permanece hoy con notable vigencia.

Calificación: 3

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