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QUEEN KELLY (1932, Erich von Stroheim) La reina Kelly

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Muchas veces me he planteado intentar comprender como un realizador de obra limitada y de forma tan traumática como la del vienés Erich von Stroheim (1885-1957), en el que casi toda su filmografía se vio abocada a rodajes y situaciones de producción tan conflictivas, ha podido mantener el reconocimiento como uno de los cineastas más expresivos del cine silente. El hecho de que casi todos sus títulos hayan conocido amputaciones de considerable calado es el que, a la larga, nos permite considerarle uno de los grandes. Es decir, bastaba un plano de cualquiera de sus películas, por más que se ausentara el siguiente, para reconocer el asombroso sentido de la densidad y la expresividad de su obra. En la línea de Griffith o Browning, Stroheim supo incardinar su estilo indagando en los rasgos más primitivos y animales del ser humano. Pero también acertó al ejercer en ocasiones como un convencido romántico. Esa capacidad para la síntesis que emergía de unas producciones abigarradas. Esa condición de falso aristócrata que asumió a su llegada a Hollywood, y la capacidad para indagar como pocos cineastas de su tiempo en las simas más profundas del comportamiento del hombre, se dan cita en QUEEN KELLY (La reina Kelly, 1932), al mismo tiempo el título que sepultó sus cada vez más limitadas posibilidades, dentro de un marco creativo en el que el director nunca se sintió cómodo, y al cual el público e incluso la crítica valoraron con no poco recelo, quizá por trasladar en sus fotogramas, con una intensidad en ocasiones difícil de asimilar, la psicología que –pese a su distancia aparente- se encontraba en el subconsciente oculto de unos espectadores no acostumbrados a dichas audacias.

Son enunciados que se dan cita en esta producción de la primitiva United Artists, auspiciada por su principal estrella –Gloria Swanson-. De antemano, conviene reconocer que pese a suponer una producción de la actriz, no se aprecia en la película un especial protagonismo en su encarnación de la joven novicia Kitty Kelly. El film se inicia con la descripción del modo de vida de la monarca del reino de Kronberg –Regina V (Seena Owen)-, mostrando de manera inolvidable -como solo su director podía plasmar-, su proceder disoluto. Apenas unos planos de detalle permitirán describírnosla, atendida por una cohorte de sirvientes, definiendo su comportamiento grotesco en la lujosa alcoba en la que se atrinchera, mientras en su mesita se aúnan cruces, puros o un ejemplar de El Decamerón. Era la manera que Stroheim tenía de trabajar el plano. La inspiración para lograr que cada uno de ellos fuera una pequeña gema en sí mismo, como si de manera inconsciente supiera que su arte era carne dispuesta para ser mutilada. Muy pronto advertiremos, de forma paralela, el comportamiento frívolo del príncipe Wolfram (Walter Byron), a quien la reina desea convertir en su consorte, aun sabiendo que este no siente nada por ella. El episodio inicial servirá para expresar –como era consustancial al cine de su autor-, el lujo decadente de una sociedad en donde nada importa lo auténtico, basándose tanto en la hipocresía como el deseo más reprimido. La película nos mostrará al príncipe enfundado en su lujoso uniforme y acompañado por su regimiento que, en un paseo insustancial ordenado por la reina para que se mantenga alejado de su incesante tarea como mujeriego, modificará el ulterior devenir de su vida. Será su encuentro con Kelly, que se producirá además a través de una de las secuencias más eróticas y audaces jamás contempladas en el cine silente; la caída de los pololos de la monja en ese singular ‘pase de revista’ proporcionado de forma indirecta por las novicias.

Nada será igual a partir de ahora para esos dos jóvenes opuestos en caracteres y condicionantes. Una vez más, Stroheim se manifiesta como ese audaz e incluso agresivo moralista, introduciendo el elemento de inflexión que permitirá definir en paralelo lo mejor y lo peor de esa fauna humana que ha descrito con tanto acierto. En medio de una atmósfera recargada caracterizada por la hipocresía, el deseo más lascivo y el dominio –de la monarca con respecto al príncipe-, Wolfram no podrá mantenerse al margen de la imagen de inocencia y fragilidad mostrado por esa joven religiosa. de la que incluso desconoce su nombre. Una referencia que crecerá cuando conozca que las intenciones de la reina son las de hacerlo su esposo al día siguiente, adelantando la fecha prevista para los esponsales. La noticia provocará en este, el deseo casi irrefrenable de volver a contemplar a la novicia, y para ello no dudará incluso en escaparse de sus aposentos y, una vez en el convento, incendiarlo –en la ficción aparecerá un delirante sistema anti incendio en las dependencias-. Por su parte, Kelly tampoco podrá olvidar el encuentro con el elegante y al mismo tiempo arrogante príncipe, del que sus compañeras llegan a guardar estampas en sus libros religiosos. Pese al castigo que le inflinge su superiora, no dejará de implorar ante la Virgen –en un plano bellísimo encuadrando su rostro tras las velas-, volver a encontrarse con él. Una vez más, la capacidad del realizador para utilizar la escenografía, incluso la densidad en la iluminación del interior del convento, se verá violentada en el secuestro de Kelly por parte del príncipe, quien la llevará hasta sus aposentos, donde la deslumbrará con los lujos que le proporciona una gran cena. Será el instante a partir del cual el realizador desplegará una de las páginas más hermosas de su cine, describiendo con extrema delicadeza la sincera relación que se establecerá entre los dos jóvenes. Es común hablar –con justicia- del Stroheim cronista de las bajezas del ser humano, pero un episodio como esta bastaría para calificarle como uno de los grandes románticos de la pantalla, en medio de ese jardín en el oscuro de la luna, donde los dos amantes que se acaban de conocer, modificarán la visión de aquello que hasta entonces ha configurado su existencia. Con la fuerza que solo un cineasta de su arrojo podía plasmar a través de la imagen, la reina contemplará estupefacta la situación y expulsará a la ‘intrusa’ a latigazos, en un episodio que aún sigue noqueando al espectador por la fuerza de su trazado –esos travellings que acentúan la indefensión de la novicia-, contrastando además con la relajación y el intenso romanticismo que ha presidido el encuentro previo entre los dos enamorados. Será el momento en que la religiosa decida –de manera infructuosa- poner fin a su vida arrojándose al río que recorre el palacio real.

A partir de ese instante, Stroheim se inserta de nuevo en las alcantarillas de lo más siniestro de nuestra personalidad, y también lo que de su metraje podemos contemplar, resaltará la ausencia de secuencias y episodios que son cubiertos en la reconstrucción realizada en 1985 por medio de fotos fijas. En ellas se constatará sobre todo la importante mutilación del episodio que se desarrolla tras el viaje a África de Kelly, convirtiéndola en una prostituta, dueña de un burdel. Sin embargo, sí nos permitirá asistir al fragmento en el que la protagonista será casi obligada por su anciana y moribunda tía a casarse con un individuo depravado e impedido –Jan (Tully Marshall)-. Una auténtica cima de lo bizarro que, de nuevo, emparenta a nuestro cineasta con los citados Griffith y Browning. Un episodio dotado de la fuerza y lubricidad del que comentamos, permite que el posterior desarrollo argumental –del que no se conservan más que algunas imágenes y la sinopsis argumental-, no impidan percibir un conjunto magnífico. Esa fue la mayor virtud de Erich Von Stroheim, uno de los grandes creadores del cine norteamericano en la década de los años veinte. Capaz de atreverse como pocos a perfilar los recovecos más siniestros del ser, y hacerlo además en marcos decadentes, suntuosos e incluso siniestros. Un sesgo de genialidad presente en un cineasta que supo atomizar sus intenciones en cada plano, en cada brizna de sombra de su cine. He aquí donde se da cita la paradoja de su sempiterna condición como eterno maldito, unida a la eterna vigencia de su obra. Un cine que, en QUEEN KELLY, demostró permanecer lleno de fulgor en la frontera del mudo al sonoro, y que ocho décadas después de su realización, paladea su modernidad en cada plano. Incluso sorteando esas lagunas que no impiden que el diamante en bruto que es su conjunto, pierda el fulgor de su brillo.

Calificación: 4

15/09/2019 17:32 thecinema #. Erich von Strohein

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