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CINEMA DE PERRA GORDA

CRISTO SI È FERMATO A EBOLI (1979, Francesco Rosi) Cristo se paró en Éboli

¿Quién se acuerda hoy de Francesco Rosi (1922-2015)? Al italiano, una de las figuras más prestigiadas del cine de los años sesenta, le sucedió finalmente lo que a tantos otros referentes entronizados en aquella década e incluso la siguiente, como pudo ser el caso de un Joseph Losey o un Rainer Werner Fassbinder. Fueron sujetos de moda, sobre todo por una crítica de marcada filiación marxista. Y lo fueron esencialmente por su veta discursiva, antes que por la mayor o menor cualidad estrictamente fílmica. Por ello, y coincidiendo con la generalizada incursión de estos cineastas en unos modos visuales más o menos propios de los setenta, muy pronto periclitados, es cuando sobrevino en estos y otros ejemplos una decrepitud en ese reconocimiento quizá desmesurado recibido antaño, quizá mutado en una mirada excesivamente crítica hogaño, previo paso a un paulatino olvido, que en algún caso -los citados Losey y Fassbinder- fue parejo a su prematuro fallecimiento.

Así pues, en el caso de Rosi se da cita un bagaje inicial como reputado escritor cinematográfico y unos inicios tan atractivos como curiosamente poco evocados -LA SFIDA (El desafío, 1958), I MAGLIARI (1959)-. Muy pronto llegaría el fulgurante éxito de SALVATORE GIULIANO (Salvatore Giuliano, 1962), iniciando un corto periodo de esplendor, evolucionando de ese neorrealismo tardío a la apuesta por un cine político y de denuncia, en el que lo discursivo quizá tuvo más preponderancia que su vertiente estrictamente narrativa. Sea como fuere, el paso de los años nos ha permitido redescubrir las cualidades de loe mejor de su obra. Esa inclinación por un cine físico dominado por atmósferas convulsas, tanto en entornos rurales como urbanos. Una querencia por la inmediatez, por un tono de reportaje, y una clara apuesta por la denuncia social, serán rasgos de un cine sin duda desigual, quizá en su momento un tanto sobrevalorado -Rosi atesora decenas y decenas de galardones-, pero no es menos cierto que una mirada desapasionada sobre lo mejor de estas películas, permite que el recuerdo sobre la aportación de este director italiano, con todos sus claroscuros, merezca al menos emerger del olvido.

Puede decirse que CRISTO SI È FERMATO A EBOLI (Cristo se paró en Éboli, 1979) supuso su último éxito -no he visto la posterior TRE FRATELLI (Tres hermanos, 1981) de la que no me faltan buenas referencias-, en la que se resume buena parte de las mejores cualidades previas de nuestro realizador, en esta ocasión trasladándose a un agreste ámbito rural en el año 1935. Todo su argumento se basa en una obra autobiográfica del escritor antifascista Carlo Levi (un admirable Gian Maria Volonté, en uno de los mejores papeles de su carrera). Este, acusado de conspirar contra el fascismo, es confinado en la localidad montañosa de Gagliano, en la región de Lucania -hoy Basilicata-. Se trata de una región ubicada en el Sur de Italia, caracterizada por su abandono, miseria, retraso e incluso carencia de horizontes en sus habitantes. Tras unos primeros pasos en los que paseará pacientemente por sus calles, el recién llegado intentando imbuirse del entorno donde van a transcurrir los próximos años de su vida. Al mismo tiempo, contemplará hasta donde le dejan las autoridades extenderse en sus paseos por el exterior. Pronto descubrirá la realidad de sus habitantes, sus costumbres, sus atrasos, la dureza del trabajo, la miseria que les atenaza. Serán largos pasajes, dominados por extensos y contemplativos planos que parecen prendarse de lo agreste del pasaje y los difíciles rasgos de la población, al tiempo que describir con acertadas pinceladas una oportuna e incluso pintoresca pintura de caracteres. Es la que nos permite acercarnos episódicamente a ese tan ridículo como entrañable propietario encarnado por Alain Cuny, tan cercano a posiciones misticistas, A ese detestado cobrador de impuestos entre los casi arruinados vecinos, que ahoga sus penas con un clarinete de dos piezas que esconde. O esa anciana que sobrelleva una dolorosa enfermedad con una moneda en la cabeza.

Dicho contexto dramático irá ligado en todo momento a dos poderosos aliados de Rosi, como son por un lado, la lívida fotografía de Paqualino De Santis, que proporciona a sus imágenes un aura entre fantasmagórica y mortecina. Y también, el fondo sonoro de Piero Piccioni, que aporta fundamentalmente la melancolía de su tema principal, dispuesto en los instantes más emotivos del relato. Es cierto que nos encontramos en un contexto temporal, donde el cine italiano apostó por una serie de relatos de ambientación rural -esta película es coetánea de L’ALBERO DEGLI ZOCCOLI (El árbol de los zuecos, 1978. Ermano Olmi)-, en ocasiones ligados a una mirada política con ecos del pasado de la sociedad italiana. La película, supone un extracto de una hora menos de duración, de una miniserie televisiva de la RAI, aspecto este en el que se percibe, curiosamente, la presencia de determinados agujeros en la narración, como puede ser el caso del abrupto abandono del personaje de la criada Giulia, encarnada por Irene Papas con su fuerza habitual -en dicha producción se insertaba un epílogo, donde Levi relataba a algunos amigos la experiencia vivida-. Es curioso, pero dichas rupturas narrativas, en este caso benefician a un conjunto caracterizado más por su fuerza descriptiva -el episodio en que Levi acude a atender de manera infructuosa a un enfermo de peritonitis- que por un recorrido argumental que, a grandes rasgos, se inclina por la progresiva toma de conciencia del amable desterrado -que comparte condición con otros convecinos, entre ellos dos comunistas a los que apenas se permite acercarse entre ellos-. Todo ello tendrá su punto de inflexión en la visita de Luisa (estupenda Lea Massari), la hermana del protagonista, en un episodio que destaca por su sinceridad emocional.

Y es que dentro del conjunto de CRISTO SI È FERMATO A EBOLI, se puede disfrutar episodios especialmente brillantes. Como esa secuencia en la que Levi visita las miserables dependencias del repudiado sacerdote de la población -Don Traiella (François Simon), cuidando de una madre sorda y rodeado de molestas gallinas-. O la inesperada reacción del clérigo en plena misa del gallo, ante toda la población, repudiando la deriva bélica del fascismo. Será precisamente su alcalde, plenamente integrado con el fascismo, el que protagonizará con el escritor desterrado una larga conversación -un elemento hasta cierto punto recurrente en este tipo de cine- y, como contraste, una situación tragicómica, como es la negativa del protagonista a actuar como médico ante la enfermedad de su hija, si no permite que actúe como tal ante el resto de la población. Será un hasta cierto punto divertido duelo dialectico, en el que finalmente la esposa del regidor -en realidad la que manda en la localidad- será la que tomará la autorización última al respecto.

En el debe de CRISTO SI È FERMATO A EBOLI cabe oponer cierta recurrencia a elementos costumbristas -el desoye de una cabra, la costumbre de la castración del cerdo…-. Sin embargo, el conjunto adquiere distanciación, una mirada precisa, una certeza ambiental notable, una determinada autenticidad en sus criaturas y, en sus últimos minutos, una notable emotividad. Me refiero, por un lado, a ese larguísimo, casi interminable, plano secuencia, que se extiende y parece despertar a los acomodados campesinos, con esa música marcial y la arenga de Mussolini, anunciando la conquista de territorios africanos, y que supondrá un indulto para la mayor parte de los confinaos en la población. Será el preludio para la secuencia de cierre, donde unos habitantes agradecidos despedirán a ese hombre bueno que supo ayudarles. A ese médico impelido a ejercer casi a pesar suyo, y que les infundió un soplo de vida a una existencia adormecida. La cámara cálida de Rosi, la emoción que se vislumbra en el rostro de Volonté, y la fuerza del tema de Piccioni, compone una pequeña muestra de humanidad, sembrada por una estancia indeseada en un lugar agreste e inhóspito, en el que finalmente se encontró una extraña luz de convivencia.

Calificación: 3’5

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