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THE WAR LORD (1965, Franklin J. Schaffner) El señor de la guerra

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Cuando los vaivenes ya irremediables de su irregular trayectoria lo condenaron al prisma de asalariado más o menos competente, es evidente que THE WAR LORD (El señor de la guerra, 1965) sigue siendo uno de los mejores títulos de la filmografía del norteamericano Franklin J. Schaffner (1920-1889). Yo lo situaría junto a su segundo film –THE BEST MAN (1964)- y la tardía y emotiva ISLAND IN THE STREAM (La isla del adiós, 1977), formando una trilogía que represente personalmente quizá el nivel más alto alcanzado por este representante de la denominada “generación de la televisión”, que al tiempo que fue determinado como competente profesional, muy pronto fue despojado de cualquier atisbo de prestigio entre la crítica. Quizá a causa de ello, en su momento pasara desapercibida esta estupenda película de aventuras de ambientación histórica, que se puede resaltar sin temor a equivocarnos entre las propuestas más valiosas que esta vertiente ofreció en la década de los sesenta.

 

THE WAR LORD se desarrolla en época medieval, narrando la andadura del guerrero normando Chrysagon (Charlton Heston), al que su señor -tras veinte años combatiendo para su servicio- le ha otorgado unas tierras bajo su mando. El veterano guerrero se muestra orgulloso ante ellas, aunque quizá esa aparente satisfacción no sea más que la respuesta al hastío que rodea una existencia destinada a la guerra –“estoy harto de derramar sangre”, llegará a comentar en el tramo final de la película-. Nuestro protagonista acudirá a sus nuevas propiedades, presididas por una torre ubicada junto al mar, y en un entorno donde los vasallos comparten el respeto por sus señores con una serie de experiencias paganas dominadas por la sensualidad, que muy pronto serán contempladas por el entorno que rodea a Chrysagon. Entre ellos destaca su ambiguo y cruel hermano Draco (Guy Stockwell) y su fiel servidor Bors (Richard Boone). Ya en el preciso momento en que estos alcanzan sus dominios, habrán de rechazar el ataque de los friseos –otra tribu guerrera-, y posicionarse del torreón, en donde descubren el cadáver del anterior señor junto al de una joven que compartía con él una noche de sexo.

 

Esa misma combinación de placer sexual y una visión hedonista de la existencia, -oponiéndola por una visión oscurantista de la misma-, es la que muy pronto se planteará ante la mirada del curtido protagonista a la llegada a su nuevo destacamento, representando ese nuevo lado amable en la joven y bella Bronwyn (Rosemary Forsyth), a la que contemplará por vez primera bañándose en un lago. Desde ese momento –y en ello destaca la magnífica interpretación de Charlton Heston, quizá en el mejor trabajo de su carrera-, Chrysagon encuentra la posibilidad de huir de un entorno de muerte y destrucción al que ha estado confinado durante toda su agitada andadura vital. Cuando sabe que Bronwyn se va a casar con su hermano adoptivo, no duda en utilizar el privilegio que como señor tiene para hacer suya a la novia en su primera noche. Así lo hará, pero no cumplirá la condición de devolverla la mañana siguiente a su padre. Ella siente lo mismo por el veterano guerrero, provocando tal confluencia de sentimientos que por un lado los lugareños –espoleados por el novio de la muchacha- lleguen a los frisios y de forma conjunta intenten luchar contra el nuevo dueño de estas tierras. En cierto modo ello se planteaba como un capricho del destino que se había augurado en bastantes momentos, ya que los que allí llegaron en primer lugar advirtieron que se adentraban en un entorno en cierta medida fantasmagórico, que se podría definir cinematográficamente de forma muy libre como una hipotética mezcla entre los plasmados en títulos en apariencia tan dispares como THE MASQUE OF THE RED DEATH (La máscara de la muerte roja, 1964. Roger Corman) –especialmente en las numerosas secuencias de interiores-, y el ámbito mágico rural mostrado en la posterior FINIAN’S RAINBOW (El valle del arco iris, 1968. Francis Ford Coppola), aunque en el título que nos ocupa tal afinidad comporte un lado siniestro y bizarro.

 

El otro gran elemento temático de THE WAR LORD es el acierto en la plasmación de los mecanismos y la propia debilidad del poder. Un poder feudal que, pese a todo, tolera una serie de costumbres paganas que, en el fondo, detesta, y un vasallaje que solo se atreve a luchar contra sus señores, precisamente cuando no se respetan estas costumbres –y no, como sería lo lógico, ante las habituales injusticias que vivían a diario-. Junto a ambas vertientes está presente la ambición secreta de Draco, y la clara sensación que se tiene sobre unos representantes del poder que, finalmente,  no son más que peones al servicio de los más poderosos. De ahí esas lúcidas palabras finales de Bors a su fiel señor; “después de que puedan contigo pondrán a otro”. Pero aún reconociendo esa sensación irremediable de derrota, Chrysagon es un luchador que ha vivido con unos ideales en su vida y, tras la nueva luz y el paréntesis de sentimiento que le ha proporcionado Bronwyn, en realidad comprende en su interior que su paso por este mundo y lo que para él ha representado la existencia, es ya algo que forma parte del pasado de forma irremediable.

 

El film de Schaffner es una magnífica muestra de aventura histórica caracterizada por el riguroso equilibrio entre la vertiente exterior y sus matices psicológicos, que entremezcla sensualidad y putrefacción, amor sincero con oscurantismo y represión, lealtad con traición. Y lo hace además en un entorno físico sutilmente envuelto de aromas mágicos, en donde en muchos momentos no sabemos si realmente la atracción del guerrero por Bronwyn en realidad ha desatado la ira de los dioses paganos. La película destaca por la espléndida y física labor de su reparto –a las excelencias de Heston hay que sumar la presencia de un cómplice Richard Boone-, por la articulación dramática y casi telúrica que ofrece el en ocasiones recargado cromatismo fotográfico propuesto por el gran Russell Metty, o el espléndido uso de la pantalla ancha, en una narración de corte clásico que no incurre en las debilidades narrativas que sí hicieron acto de presencia en la posterior y más conocida PLANET OF THE APES (El planeta de los simios, 1968). Dentro de su planificación destaca en sus secuencias de interiores –que tienen como marco la torre propiedad del guerrero protagonista-, una abundancia de motivos religiosos que Chrysagon irá paulatinamente dejando de lado, imbuido progresivamente de ese elemento pagano que previamente ha ido rechazando, pero del cual emana la mujer que ama. Todos estos detalles no oscurecen en modo alguno el brillo de las secuencias en donde la aventura física cobra protagonismo, centradas sobre todo en el asedio que sufren por parte de los frisios unidos a los lugareños, que conforman un bloque narrativo ejemplar. Pero incluso en esas imágenes, el espectador adquiere conciencia de que, aunque nuestro protagonista logre vencer, su mundo y su propia andadura vital es prácticamente un halo espectral.

 

En una película bañada de tantos elementos de interés, hay sin embargo algunos que impiden que su conjunto alcance esa categoría de obra maestra que en algún momento llega a apuntar. Con ello me refiero a algún abrupto corte de secuencia, a la poca convicción que a mi juicio tiene la secuencia de la ceremonia pagana, o el fondo musical impuesto a las secuencias del asedio y ataque al torreón. Pocas reservas son, sin embargo, para una película espléndida, dolorosa en algunos momentos y que, reitero, estimo contiene la mejor interpretación cinematográfica de Charlton Heston.

 

Calificación: 3’5

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gravatar.comAutor: Alberto

Espléndido trabajo crítico para una no menos espléndida película. Estaba deseando encontrar algo en internet que hablara de este film tan cautivador que a mí me produjo tanto asombro cuando lo descubrí. Para mí, una obra maestra del cine...una película de la que se podria hacer un debate entre cinéfilos. Magnífico estudio...

Fecha: 14/11/2011 12:59.


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