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CINEMA DE PERRA GORDA
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BUCKING BROADWAY (1917, John Ford)

BUCKING BROADWAY (1917, John Ford)

Como en el contexto de todos aquellos pioneros que proporcionaron al cine norteamericano una dilatada producción en la segunda década del siglo XX, de todos es conocido que en la andadura cinematográfica de John Ford diversos de sus films se encuentran perdidos. Es bastante probable que en ellos se alternarían numerosos títulos sin pretensiones, pero también es evidente que una contemplación de todos ellos permitiría albergar una visión de conjunto de los orígenes del mundo personal y expresivo que muy pronto fraguó en uno de los más valiosos y representativos cineastas con que contó el cine USA –y, por ende, el mundial-. En esta faceta de recuperación, el paso de los años ha permitido la aparición y restauración de algunos de esos títulos iniciales, intentando ampliar paulatinamente las piezas del complejo rompecabezas que, probablemente, jamás sea completado, y que permitiría finalmente valorar la evolución de la trayectoria inicial del viejo maestro irlandés. Uno de los títulos que han podido emerger a partir de la recuperación de una vieja copia que se encontraba en una colección particular, finalmente permitió la contemplación del que está contabilizado como el décimo de los firmados por John Ford en su entonces incipiente trayectoria. Se trata de BUCKING BROADWAY, realizada en 1917, un año en el que Ford firmó una decena de películas, y de la que se conserva igualmente el previo STRAIGHT SHOOTING –un par de años después llegó a filmar hasta quince obras-, todas ellas caracterizadas lógicamente por rodajes rápidos y total carencia de pretensiones, y buena parte de los cuales eran westerns protagonizados por Harry Carey.

 

Sin embargo, y aún reconocimiento de partida esos condicionamientos que definirían esas producciones destinadas al consumo rápido de un público y dentro del contexto de un arte cinematográfico aún por definir en su completo desarrollo, es indudable que nos encontramos con una película provista del suficiente interés por sí misma, al tiempo que desvelar bastantes de los elementos que forjaron el estilo visual y temático de Ford. Es algo que podemos detectar desde los primeros instantes, en la descripción plácida y amable que se ofrece del personaje protagonista, ese ranchero llamado Cheyenne Harry al que un entonces joven Harry Carey presta una considerable presencia. Ford logra ofrecer un retrato que podría considerarse un auténtico precedente de los roles que décadas después encarnaría como un auténtico icono el inmortal John Wayne. Definido en su rudeza y al mismo tiempo escondiendo una innata sensibilidad, Cheyenne nos irá revelando los aspectos de su cotidianeidad así como la ilusión que le producirá su acercamiento con la hija del ranchero –Helen (Molly Malone)-. Poco a poco emergerá la realidad de la demostración de su auténtica personalidad; regalará a la joven un pequeño corazón que ha tallado para ella y la llevará a la pequeña cabaña que ha ido construyendo. Serán detalles y momentos que el joven Ford muestra con una considerable madurez expresiva, sabiendo dotar a cada uno de ellos el matiz o la inflexión necesaria para alcanzar en su conjunto un retrato romántico y rural realmente interesante que aún hoy, a nueve décadas de su realización, sorprende por su vigencia. Es un aspecto al que hay que añadir uno de los rasgos que más me ha interesado de esta película, como es la intuición que Ford demuestra a la hora de filmar los exteriores westernianos que inserta en diversos de los momentos de la primera mitad de la función. Una manera de mostrar grandes planos generales y cabalgadas, que indudablemente pueden considerarse como precursoras de la posterior madurez del género, apostando por la influencia y la fisicidad que posteriormente se haría rasgo casi obligado en el cine del Oeste, y que en esta ocasión se manifiesta con tanta sencillez como pertinencia.

 

Poco a poco, BUCKING BROADWAY va adentrándose en la vertiente melodramática al producirse la ligazón de Helen con Thornton (Vester Pegg), un hombre de ciudad ya algo maduro, que logrará convencer a la muchacha para trasladarse con él a vivir su vida en común en New York. Esta finalmente acabará sucumbiendo a los deseos de este –cierto es reconocerlo, de manera bastante incomprensible-, provocando su repentina huida una honda decepción tanto en Cheyenne como en su propio padre. Incapaz de soportar la ausencia de su amada, el ya curtido cowboy se despedirá de su jefe hasta entonces, decidiendo marcharse bien lejos de allí. Sin embargo, la repentina recepción de una carta de Helen en la que le devolvía ese corazón de madera que con tanto cariño le tallara, provocará en él un revulsivo para trasladarse en tren hasta la ciudad neoyorkina, con la intención de recuperar –se encuentre donde se encuentre- a su amada.

 

Es a mi modo de ver en el tercio desarrollado en la ciudad, donde el film de Ford se resiente de una dependencia con el ambiente urbano y la descripción de la vida acomodada de principios de siglo XX, abandonando esa placidez y serenidad que había manifestado la narración hasta entonces. Notables desajustes o incongruencias de guión –los modos casuales que permiten a Cheyenne encontrar a Helen; la ridícula manera con la que finalmente se revela el lado desagradable de la personalidad de Thornton: es propenso a la bebida-, son elementos que finalmente provocan un desequilibrio en un relato hasta entonces eficacísimo, distorsionando aunque nunca anulando su resultado. Afortunadamente, la presencia de instantes como aquel en el que la timadora del hotel se da cuenta de la nobleza de Cheyenne y decide devolverle el monedero que le ha robado, o el que permite a este reconocerse finalmente con su amada -entregándole de nuevo el corazoncito que Helen le había devuelto, aportan esa necesaria sensibilidad que la película deja en segundo término, en un tramo final dominado por cierto alcance de comedia chusca, que indudablemente en ocasiones posteriores Ford convertiría en base de algunos de los momentos más lúdicos de su cine. En este sentido, no me gustaría omitir que en BUCKING… nos encontramos con una clara asimilación del modelo narrativo propuesto por Griffith, que en la película permite alternar las andanzas de la pareja una vez esta se ha separado, al tiempo que ofrece unos instantes de llegada a New York de los compañeros rancheros de Cheyenne, en unas cabalgadas que en tantas y tantas ocasiones posteriores se materializarían en el seno de cine norteamericano.

 

En definitiva, BUCKING BROADWAY es un título que revela la intuición cinematográfica de un Ford que ya entonces sabía valorar las propiedades intrínsecas del cine y que, pese a sus desequilibrios, revela un interés que excede con mucho el puramente arqueológico.

 

Calificación: 2’5

1 comentario

Jordan Flipsyde -

Have no doubts because of trouble nor be thou discomfited