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TYCOON (1947, Richard Wallace) Hombres de presa

TYCOON (1947, Richard Wallace) Hombres de presa

¿En cuantas ocasiones el cine norteamericano ha desarrollado sus argumentos dentro del modo de vida de peligrosos oficios, a partir de los cuales pergreñaba historias que combinaban la acción individual con el progreso colectivo, insertando en ellos incluso subtramas románticas? –Se me ocurre el ejemplo posterior de THUNDER BAY (Bahía negra, 1953. Anthony Mann)-. TYCOON (Hombres de presa, 1947. Richard Wallace) es uno de dichos exponentes, inserto dentro del contexto de producción de la R.K.O., y que de alguna manera combinaba esa tendencia al cine de aventuras entremezclado con cierto sustrato romántico –es un referente que también se podría encontrar, en otra vertiente, en la posterior THE BIG STEAL (1949, Don Siegel), dentro del marco del mismo estudio-. En esta ocasión, la película se articula por medio de la andadura de su personaje central –Johnny Munroe (John Wayne)-, ingeniero norteamericano responsable de una firma que sobrelleva junto a su fiel amigo, el veterano Pop Matthews (James Gleason). Ambos son los máximos responsables de la obra de un ferrocarril que se está realizando en México, para la cual están creando un túnel, al tener que renunciar a su decisión inicial de construir un puente, por las reticencias que ofrece a dicho proyecto el acaudalado Frederick Alexander (impagable Cedrick Hardwicke). Este es el promotor de la obra, un hombre de modales refinados, vasta cultura y también una anticuada visión de las convenciones sociales, que no desea sobrepasarse en los presupuestos barajados inicialmente en el proyecto. Pero a dichas reticencias se unirá la inesperada relación amorosa que se establecerá entre Munroe y la hija de Alexander –Maura (Laraine Day)-. El nuevo planteamiento endurecerá las iras del magnate, quien no dudará en boicotear de manera sutil los trabajos desarrollados por el equipo del joven ingeniero, impidiendo en la medida de sus posibilidades que su hija mantenga cualquier tipo de relación con este. Pero su empeño no será compartido por Maura, quien se reencontrará con Johnny en una cita que ambos habían concertado, perdiéndose ambos en el bosque, en una situación que provocará la boda forzada entre ambos, aunque la ceremonia lleve implícita la desaprobación y separación de la nueva esposa con su padre. La joven vivirá con su esposo, sintiendo en carne propia su inadaptación ante un modo de vida que se aleja por completo de la comodidad que antes había asumido con normalidad, sintiendo además la progresiva separación de Monroe, centrado casi por completo en sus objetivos laborales. Las condiciones de trabajo de los mismos se irán endureciendo hasta niveles trágicos, estableciéndose una situación extrema que repercutirá en la psicología de Johnny, quien cada vez se irá quedando más solo en su empeño, aunque logre de Alexander que este le autorice la construcción de un puente, que aparecerá como la muestra máxima del empecinamiento del ingeniero en culminar el encargo, aunque ello suponga el enorme desgaste de quedarse prácticamente sin aliados y amigos.

Al contemplar TYCOON –cuyas dos horas de duración se hacen muy llevaderas-, se tiene en buena medida la sensación de que su discurrir va inclinándose por diversos meandros –en principio la acción parece adentrarse en los modos de trabajo del equipo que comanda Munroe, poco después su argumento se inserta dentro del terreno del melodrama, esta relación entremezcla tintes románticos con otros dramáticos, y a mitad de metraje la acción se adentra de manera definitiva en el marco laboral de nuestro protagonista, aunque en su contexto se disparen los diferentes elementos vectores, introduciendo ese empecinamiento del protagonista, quien en el tramo final se erigirá como una especie de capitán Achab, transmutando en la culminación de su obra casi la expresión de su personalidad más íntima, aunque todo ello ponga en peligro aquellos lazos que hicieron de sí mismo un ser querido y respetado.

Contando en su guión con la mano experta de Borden Chase, el notable artesano que fue Richard Wallace, logra insuflar de vitalidad un producto que auque no pueda escapar a la contemplación de determinados clichés, bien es cierto logra combinar con acierto y amenidad esa entremezcla de géneros y subgéneros, proporcionando un grato divertimento, siempre centrado en la andadura vital de ese Johnny Munroe, que ejercerá como eje vector de la narración. Dentro de ese conjunto de convenciones, articuladas con habilidad en todo momento, el film de Wallace mostrará el contraste e incluso la oposición entre dos maneras de entender la vida –la manifestada por los nuevos esposos-, el conflicto de clases –la oposición e incluso el antagonismo que se establecerá entre nuestro protagonista y el implacable aunque siempre correcto Alexander-, introduciendo entre ambos personajes de matiz secundario pero indudable influencia, como supondrá la comprensiva preceptora de Maura –Ellen (Judith Anderson)-, quien intentará ejercer como puente para suavizar desde una mirada comprensiva, la diversidad de planteamiento establecida entre el inflexible mandatario y su joven hija, a la que sobreprotege pese a contar con veinte años de edad. Como antes señalaba, TYCOON logra sortear el contexto en que está inmersa, combinando con frescura dichos enfrentamientos generacionales y de clase, con el moderado acierto a la hora de plasmar el romance entre los dos jóvenes enamorados –manifestado de forma deliciosa en ese atardecer que contemplarán ante las ruinas del templo al que acudirán cuando se han perdido en pleno bosque-, la manera con la que describe la precipitada boda de ambos –una simple elipsis y un cambio de plano nos los mostrará desde el momento en que son rescatados por la gente que acompaña a Alexander, a otro en el que con la desaprobación de este, veremos en segundo término como ambos se casan de manera discreta en la capilla de la mansión del resignado y resentido progenitor. Poco después, el film mostrará con acierto el progresivo desapego de una esposa que no se acostumbrará a la rudeza de la vida a la que su esposo la ha llevado, mientras en su entorno se van desarrollando muestras cada vez más trágicas de la inutilidad de las maneras con las que su padre desea acometer la obra. Será precisamente en uno de los desprendimientos, donde se propicie uno de los instantes más intensos de la película, cuando Curly -uno de los empleados que es descubierto aplastado dentro del desplome-, asumirá su propia muerte pese a las bromas que le prodigan –casi sin credibilidad, sus compañeros, encabezados por Johnny-. En ese momento, cuando es sedado a punto de morir e intuyendo su desaparición, les rogará que dejen allí sus restos al manifestar de forma existencial su miedo a los cementerios. La secuencia culminará con la definitiva voladura de ese túnel maldito.

Todos estos elementos de presión, en especial aquellos que provendrán de la familia Alexander –en la que incluirá a su esposa, que lo ha abandonado, en realidad para tratar de convencer a su padre para que desista del boicot al que somete a Johnny-, transformarán al ingeniero en un ser cada vez más sensible y desbocado, dedicado tan solo en culminar el puente proyectado en el tiempo adjudicado, desoyendo la ampliación de plazos que le ofrece su suegro, y provocando la desazón de unos trabajadores hasta entonces fieles, que poco a poco irán abandonándole al ratificar en él su deshumanización. Será un fragmento más o menos convencional, más o menos efectivo, que sin embargo tendrá su conclusión en la catarsis que proporcionará el episodio de la llegada de la riada, que pondrá por un lado de manifiesto la supuesta valía del puente proyectado. El episodio marcará una conclusión aventurera, y al mismo tiempo servirá para que nuestro protagonista perciba que, en el fondo, aquellas personas que le han acompañado hasta entonces, aunque en un momento dado lo abandonaran –incluida su esposa-, se siguen identificando con él. Será un fragmento que tendrá una secuencia casi electrizante con la llegada de esa tremenda riada que pone en peligro la construcción, y en la que Johnny arriesgará su vida al tripular un tren para ubicarlo sobre el mismo y servir de contrapeso. Unos instantes tensos y llenos de brío, tras los cuales el esfuerzo y la tenacidad de nuestro hombre quedará demostrada, abriéndose tras ello no una reconciliación con Alexander, pero al menos un reconocimiento por parte de este de su valía, mientras el veterano empresario decidirá dar una nueva oportunidad a su vida con esa fiel Ellen, que durante tanto tiempo ha servido de contrapeso a su férreo carácter. Convención y aventura, entretenimiento y eficiencia. Elementos que Richard Wallace ofrece con pertinencia y, en ocasiones, intensidad, en una propuesta que no pasará a los anales del cine de acción, pero sí se puede degustar con agrado en su desgastado technicolor casi seis décadas después de ser filmada.

Calificación: 2’5

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