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CINEMA DE PERRA GORDA

IT ALWAYS RAINS ON SUNDAY (1947, Robert Hamer)`[Siempre llueve en Domingo]

IT ALWAYS RAINS ON SUNDAY (1947, Robert Hamer)`[Siempre llueve en Domingo]

Pocas películas inglesas de su tiempo, y estamos hablando de un ámbito tan extenso como definido por la densidad de sus planteamientos temáticos y cinematográficos, albergan una mirada revestida del pesimismo, e incluso el aura existencial, de IT ALWAYS RAINS ON SUNDAY (1947). Nos encontramos con una de las primeras realizaciones de Robert Hamer, la segunda en solitario, y en donde el realizador inglés logra trasladar a la pantalla una extraña simbiosis que podría resumirse en una actualización del universo dickensiano, las consecuencias que la cercanía de la II Guerra Mundial mantenía con las clases populares del East End londinense, e incardinando con ello una mirada global en la que el alcance existencial, lega por momentos a hacerse tangible en la pantalla. Lo logrará con la precisa, física e intensa puesta en escena dispuesta por un Hamer entregado por completo a un tratamiento argumental de base coral, que le permite extender su radio de acción en un marco espacio temporal de reducido ámbito –una jornada lluviosa de domingo- A partir de ahí, centrará su mirada en las relaciones, los comportamientos y, ante todo, en esa expresión colectiva de desencanto, que se manifestará desde una sumisión de raíz obrera, hasta su expresión dentro del ámbito delictivo. Todo ello, pasando por la expresión de comportamientos y actitudes de marcado acento primitivo, dominadas por la mezquindad y el egoísmo.

La película se enriquece por la prodigiosa implicación del operador de fotografía Douglas Slocombe, que logra con su contrastada iluminación en blanco y negro, erigirse como uno de sus principales valores, aliándose con las intenciones del realizador, para potenciar todos sus meandros visuales. Añadamos a ello la anuencia de un reparto perfecto, en el que se llega a olvidar que estamos ante intérpretes, como sería habitual en buena parte del cine de las islas. Lo cierto es que IT ALWAYS RAINS ON SUNDAY –una de las numerosas películas de los Ealing Studios que no se estrenó comercialmente en nuestro país, probablemente por sus implicaciones sexuales, en torno a la relación de la protagonista con el preso evadido-, aparece revestida de una severidad, que no por compartida con otros exponentes de la producción de un estudio más conocido por sus justamente célebres comedias, acentúa esa carga sombría que aparece en todos y cada uno de sus planos y disgresiones. Se trata de una producción que si bien no llega a apurar ese alcance existencial –probablemente dada su condición de obra destinada a estratos populares del momento-, no por ello deja de lado su condición de sombría plasmación de un universo que todavía rezuma una sociedad convulsa. Es cierto que títulos posteriores aventurarían dicho sendero –el propio realizador lo abordaría en la magnífica THE LONG MEMORY (1953)-, pero resulta evidente que en los instantes más intensos del film de Hamer, aparecen no pocos resabios que lo emparentan con el expresionismo alemán, o incluso con la cercanía y ecos muy evidentes de las corrientes neorrealistas en plena vigencia en aquel 1947, en el que Roberto Rossellini estrenaría el inmortal GERMANIA ANNO ZERO.

Así pues, tomará como eje central la sencilla calle –que es mostrada en numerosas ocasiones apoyando la pretendida cotidianeidad de su mirada inicial-, en donde se encuentra la vivienda de la familia que centrará la acción central del relato. Es la de la familia Sandigate, situando la acción en la matriarca, Rose (extraordinaria Googie Withers). Casada con George (Edward Chapman), que ya vivió un anterior matrimonio que le legó dos hijas ya adultas y un niño, y que cuenta con bastantes años por encima, ha brindado a Rose estabilidad y cariño, aunque en el interior de una mujer aún deseable anide la insatisfacción. Será algo que reverdecerá cuando conozca la noticia de la fuga de Tommy Swann (John McCallum), condenado en prisión por un atraco, y que acudirá a refugiarse de la huida en el trastero de la vivienda familiar, siendo descubierto por Rose. Desde ese momento intentará ayudarle, venciendo con ello las dificultades que alberga ocultarlo ante su propia familia, y la creciente inquietud que aparece en el entorno, al conocerse la huida de alguien ligado a dicho entorno. Sin embargo, con ser considerables dichas dificultades, más supondrá para Rose recordar el pasado amoroso que le ligó a Tommy, que tuvo incluso un momento de especial incidencia cuando este le entregó un anillo de compromiso que aún conserva. Es decir, para ella se planteará de nuevo el debate entre la pasión y la rutina. Sin embargo, pese a plantearse la posibilidad de proporcionar un giro a su vida, Rose percibirá que en Tommy no queda nada de aquel hombre romántico que fue –ni recuerda que le regaló aquel anillo que para ella significó tanto-, por lo que se resignará a prolongar su vida con ese hombre ya veterano, que al menos la ha respetado.

Con ser importante este epicentro dramático, articulándose las diversas subtramas de la película a través de los diversos componentes de la familia Sandigate, creo que la amargura que desprenden todos y cada uno de los planos de IT ALWAYS RAINS ON SUNDAY, aparece por un lado en la negrura que desprenden los exteriores fotografiados, pero también en los interiores de las viviendas completamente degradados, en esos exteriores urbanos embrutecidos –mercados, aglomeraciones-. En la sensación de rutina que desprenden sus imágenes –los ritos en las tabernas-. Pero, sobre todo, el film de Robert Hamer despliega una de las galerías humanas más desoladoras de toda la historia del cine británico. Nos encontramos sin ningún personaje que proporcione el menor asidero al espectador, quizá con la intención de potenciar al de Rose, que al menos aparecerá en todo momento, y hasta su decisión final de intentar suicidarse, como el más coherente de todos. Su marido quedará descrito como un ser sin personalidad. Sus dos hijastras se caracterizan por sus devaneos. Incluso el muchacho adoptará aíres picarescos. Pero es que junto a ellos aparecerá Morry, el dueño de una tienda de música, que le será infiel a su mujer, ligándose a una de las dos jóvenes hijastras de Rose. Aparecerá también el hermano de este hombre licencioso –Lou-, caracterizado por sus prácticas mafiosas, y tres miserables que han realizado un asalto a un furgón de patines, que finalmente malvenderán a un siniestro estraperlista que esconde su condición bajo una fachada de religiosidad. Incluso contemplaremos a un periodista bastante impertinente, que tendrá un papel de especial importancia en el giro final del relato, obteniendo la información de la posible procedencia del fugado mediante el chivatazo realizado por una camarera del pub en donde trabajó Rose en el pasado, intentando quizá con ello vengarse de ella. Asistimos en conjunto el devenir de una fauna en la que apenas tenemos el más mínimo asidero emocional, y en la que las pesquisas, grises y funcionales, del sargento Fothergill (Jack Warner), aparecen dominadas casi como un oasis de cordura, en medio de un océano dominado por los más bajos instintos de la condición humana.

El film de Hamer se acrecentará con un admirable episodio final, en el se describirá el intento de fuga de la población de Swann, siendo acorralado en un viejo andén dominado por la noche –estremecedor el instante en el que deseará ser atropellado por un tren, antes que ser capturado por la policía-, y la capitulación final al conformismo de Rose, superada por los acontecimientos y resignándose al cariño de un hombre mucho mayor que ella, mientras que el espejismo de una vida diferente y más emocionante, se ha revelado infructuoso. Conclusión nada conformista y si bastante amarga, para uno de los retratos más nihilistas que el cine de las islas brindó en aquellos años tan intensos para su expresión fílmica.

Calificación: 3’5

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