Blogia
CINEMA DE PERRA GORDA

Budd Boetticher

SEMINOLE (1953, Budd Boetticher) Traición en Fort King

Con una andadura iniciada en realidad en 1942, no sería hasta dos años después cuando Oscar ‘Budd` Boetticher iría consolidando su experiencia cinematográfica, fogueándose con destreza en modestos pero eficaces realizaciones de Serie B, esencialmente dentro del cine policiaco. De manera casi inapreciable, su mundo personal le llevaría, ya en 1951, a rodar su primera película dentro del mundo de la tauromaquia -una de sus pasiones- que considero -es una opinión muy personal- su obra cumbre; THE BUFFFIGHTER AND THE LADY -sobre todo contemplada tras su restauración final-. Ese mismo año, y dentro de su ya habitual estudio -Universal Pictures-, se inicia un nuevo periodo profesional para él, expresado en toda una serie de títulos aún anclados en la mencionada Serie B, pero contando en ellos con estrellas más o menos emergentes o en algún caso caracterizados ya en una andadura escorada a la madurez. También contarían dichas películas con una importante novedad en su cine; estar rodados en color. Nos encontramos ante producciones en su conjunto no especialmente relevantes, pero por lo general de más que estimables cualidades, revelando en ellas su inclinación por relatos inmersos dentro de géneros de acción -western, aventuras-, a los que, de una manera u otra, supo trasladar matices psicológicos en el devenir de sus personajes. Unamos a ello una ya experimentada economía narrativa, a la que solía acompañar con ocasionales y crecientes destellos de inventiva narrativa.

Todo ello, punto por punto, se manifiesta en SEMINOLE (Traición en Fort King, 1953), quinta de estas películas expresadas dentro de la fuerza cromática del Technicolor en la obra de Boetticher. SEMINOLE aparece como una muy curiosa, en algunos pasajes intensa y en otros, convencional, mixtura entre film de aventuras, melodrama y western, surgido desde la historia y el guion de Charles J. Peck Jr. Estructurada a partir de una vista que traslada el 90% de su metraje en flashback -una inusual decisión dramática, que retomaría varios años después John Ford en su excelente SERGEANT RUTLEDGE (El sargento negro, 1961)-, la propuesta nos retrotrae a los territorios de Florida, en 1835. Tras unos títulos de crédito tomando como fondo los pantanos de la zona -la verdadera entraña física del relato- asistiremos a los prolegómenos de un consejo de guerra en el que se encuentra encausado el joven teniente de caballería Lance Caldwell (Rock Hudson, luciendo progresivamente su carisma de estrella, en uno de sus primeros roles protagonistas). Los indicios que observamos son adversos en torno suyo, que ha decidido ofrecer un relato de las circunstancias por las que se le acusa, intentando con ello revertir dicha atmósfera. La acción se retrotrae al momento en que, tras lograr la graduación, fue destinado a Fort King. Allí pronto irá dejando entrever su actitud partidaria de consolidar una relación pacífica con las tribus indias, en contraste con la mostrada por su superior, el mayor Harlan Degan (un sorprendente Richard Carlson). Caldwell es un experto conocedor de la zona al ser oriundo de la misma, pero también habrá un elemento que le permita ser especialmente compasivo con la tribu de los Seminola; está liderada por su amigo de la infancia, Osceola (rotundo Anthony Quinn, en aquellos tiempos frecuentando roles de salvajes). Entre ellos, se encuentra la amiga de ambos -Revere Muldoon (Barbara Hale)- en el pasado enamorada del protagonista, pero que en sus cinco años de ausencia ha quedado ligada al indio.

Con un material que se puede insertar dentro de las primeras miradas que Hollywood albergó humanizando al pueblo indio, SEMINOLE propone un argumento que delata su relativo grado de simpleza y convencionalismo a la hora de retratar el singular triángulo amoroso que centra su relato. Del mismo modo, ese tramo final que revela la autenticidad del drama sufrido por el joven teniente, dominado por giros inesperados cuando se encuentra a punto de resultar fusilado por la condena recibida, no deja de suponer la enésima reedición del salvamento en el último minuto, comprensible en una película destinada al consumo rápido de los espectadores de la época, en sesiones de programa doble. Sin embargo, el atractivo del film de Boetticher inserta tres ejes de atención, que aún hoy día se mantienen plenamente vigentes. El primero de ellos lo brinda ese gusto por el detalle, revelador de relaciones que surgen de manera elíptica -ese plano hacia las botas del protagonista, que servirán a Revere para identificar su retorno; el recurso a la fecha de piel roja que guarda, para introducirán el relato la incómoda presencia de Osceola-. Pronto, la vertiente psicológica se manifestará en la especial atención marcada hacia el mayor Degan. Un auténtico enajenado mental, proclive al enfrentamiento, y en donde se deja entrever una insatisfacción personal por unos anhelos militares jamás alcanzados, a la hora de establecer ese permanente enfrentamiento con los indios, que tendrá su máxima expresión en la ofensiva establecida, al objeto de intentar someter militarmente -incluso exterminando a su cúpula- a los seminolas. Ese proceso interior, en donde la aspereza y agresividad de su personalidad obedecerá a oscuras razones psicológicas, se encuentra perfectamente expresado a lo largo del metraje.

Todo ello tendrá su expresión física en un memorable episodio, inserto en el corazón de la película. Hablamos de la penosa ejecución del plan de ataque y exterminio auspiciado por Degan, en el que incluso se contaba con el escepticismo de su lugarteniente, el sargento Magruder (Lee Martin, componiendo un personaje más matizado que sus posteriores y populares villanos). Todo ello comportará una árida expedición a través de los oscuros y peligrosos pantanos -la iluminación en color de Russell Metty subrayará de manera opresiva estos pasajes-. Siempre se ha dicho que Boetticher era el cineasta de los espacios abiertos, y en esta ocasión lo podemos definir de manera más precisa como el de los ámbitos claustrofóbicos. Y es que pocas veces se ha contemplado en la pantalla un traslado revestido de tanta dureza -con particular énfasis en el terrible momento de la caída del cañón y, con él, de numerosos soldados, a unas arenas movedizas-, que tendrá su inesperada catarsis en la trampa tendida por los seminolas, en unos instantes caracterizados de una violencia casi insoportable y, en todo caso, bastante desusada en el cine de aquel tiempo.

Es una pena que SEMINOLE no prolongue en su tramo final esa sensación de pathos -que justo es reconocer, tendrá un nuevo y potente elemento dramático en la humillación y encarcelamiento que el cobarde mayor brindará al pacífico líder de la tribu-. En todo caso, no es menos cierto que la potencia de ese largo fragmento central resulta plenamente intenso a nivel dramático, proporcionando el suficiente octanaje a una propuesta modesta, pero capaz de almacenar en su seno una pequeña gema cinematográfica.

Calificación. 2’5

BLACK MIDNIGHT (1949, Budd Boetticher)

BLACK MIDNIGHT (1949, Budd Boetticher)

Cuando Budd -aún firmante como Oscar- Boetticher firma BLACK MIDNIGHT en 1949, ya atesora a sus espaldas ocho modestos largometrajes de clara militancia en la serie B, y se encontraba muy cerca de dar un salto cualitativo, abandonando esa juvenil firma como Oscar, y al mismo tiempo adentrándose en obras más ambiciosa con la extraordinaria y aún poco conocida BULLFIGHTER AND THE LADY (1951), que no dudo en considerar su obra maestra, al tiempo que la mejor película relacionada con la temática taurina -faceta en la que Boetticher fue un auténtico fervoroso-. En esta ocasión, el realizador asume una de las producciones auspiciadas por la entonces estrella juvenil Roddy McDowell en el entorno de la Monogram, de muy ajustada duración. Para ello, se tomará como base la historia de Clint Johnson, transformada en relato cinematográfico por parte del propio Johnson y Erna Lazarus. Todo ello, configurando un sencillo pero vitalista relato inscrito en la frontera del western con el Americana, en el que se prolongaba una propuesta ligada al coming of age, relativamente frecuente en el cine norteamericano de su tiempo, por lo general relacionando personajes adolescentes a su amistad con animales, y que pusieron en práctica realizadores como Clarence Brown, Henry Hathaway, Richard Fleischer, William A. Wellman o Louis King, entre otros. Una parcela que permitirá el fluir de esta historia sencilla, casi irrelevante en su configuración, pero al mismo tiempo revestida de sinceridad y verdad, en la que el aún incipiente cineasta dará muestras de inventiva en su puesta en escena, el tratamiento de los personajes y, lo que es más importante, el magnífico uso de exteriores naturales.

En realidad, BLACK MIDNIGHT cuenta la llegada a la madurez del joven Scott Jordan (McDowall). Se trata de un joven aprendiz de ranchero que trabaja duramente junto a su entrañable tío Bill (Damian O’Flynn). Este en el fondo no hace más que añorar la ausencia de su hijo primogénito -Daniel Jordan (Rand Brooks)- viviendo tío y sobrino una dura pero agradable convivencia en pleno campo. La misma se verá alterada positivamente con el retorno a aquel contexto de Martha Baxter (Jay Baker) y su hija Cindy (Lyn Thomas) con la que de inmediato se verá atraído nuestro protagonista. A partir de esa tan liviana base argumental, el acierto de la película reside de manera muy especial en la ligereza de su puesta en escena -por fortuna muy alejada del estatismo inherente a las producciones de aquel modesto estudio-. En su oposición, la cámara de Boetticher -muy bien ayudado por la transparente fotografía en blanco y negro de William Sickner- deambula de manera ágil y convincente, convirtiéndose en el elemento dinamizador de un relato que, precisamente por esa tarea activa de la cámara, consigue que una historia tan insustancial adquiera un cierto grado de vitalismo. En ese sentido tendrá una gran importancia la fuerza que adquieren los parajes exteriores de Lone Pine en California. De manera muy especial en aquellas secuencias rodadas en exteriores dominados por la presencia de enormes rocas redondeadas por el largo impacto del tiempo, las cuales servirán al aún incipiente cineasta para adquirir ese dominio casi mineral de los mismos, que se convertiría en una de sus más memorables señas de identidad, en el muy posterior ciclo Ranown protagonizado por Budd Boetticher.

Unido a todo ello, la película registrará en su discurrir divertidos momentos de comedia, centrados de manera especial en las torpezas sufridas por Scott. Accidentes hilarantes como la caída de este empujado involuntariamente por Cindy a un pequeño estanque que tienen junto a su casa o, sobre todo, la sucesión de tropiezos -debido a los zapatos que utiliza- que culminará con el derramamiento de un barreño de bebida que recibirá en la fiesta nocturna, revestida esta de un inequívoco y entrañable aire fordiano. Será precisamente en este bucólico episodio donde aparezca una de las mejores sugerencias visuales de la película, al plasmar el retorno de Daniel mientras Scott se encuentra deambulando por el suelo, e introduciendo en el plano las estridentes botas de cowboy pertrechadas con espuelas, que romperán la relativa placidez que hasta entonces evidenciaban sus imágenes.

La deseada llegada de este por parte de su padre provocará un rápido revuelo, ya que Cindy quedará prendada de Daniel, al tiempo que poco a poco iremos descubriendo los turbios trapicheos que sobrelleva con ese negocio de caballos que comparte con su poco recomendable socio. Pero para nuestro protagonista supondrá la oportunidad de adquirir a muy bajo precio un semental que Daniel quería liquidar, sobre todo al suponer una pista muy clara para descubrirse su negocio, que poco a poco va intuyendo el relajado y familiar sheriff del entorno. Ese caballo al que llamará Black Midnight y al que dominará, contra todo pronóstico, y no sin contratiempos -un nuevo instante de comedia cuando caiga en un estanque que se encuentra tras un seto que desea dejar atrás en el galope-. Puede decirse que su obsesión por el equino supondrá la perfecta metáfora de una rápida madurez, en medio de un contexto en el que la presencia de Daniel se hará cada vez más irrespirable. Todo ello propiciará la presencia de secuencias dominadas por la violencia, como la brutal pelea entre los dos familiares. El intento de asesinato de caballo por parte del socio de Daniel, que finalmente costará a este su propia vida, en unos instantes dominados por una gran tensión. La huida del muchacho para refugiarse en las montañas para proteger a ese caballo que tanto ha hecho por su personalidad, llegando a enfrentarse con su propio tío, hasta que en una secuencia catárquica retorne el afecto entre ambos. O al afloramiento de un instinto asesino en Daniel, que por fortuna decaerá en los últimos momentos. Todo ello conformará un relato liviano e incluso discreto, pero que sabe emerger de las limitaciones de su punto de partida -se trata de una película que apenas supera los 65 minutos de duración-, de sus limitaciones de producción, y aportar un conjunto tan liviano como revestido de humanidad. Tan alejado del western como cercano al Americana. Tan evanescente en sus imágenes como lleno de viveza y detalles por parte de un cineasta, que muy pocos años después se iba a incorporar con fuerza en la generación intermedia del cine norteamericano.

Calificación: 2

CITY BENEATH THE SEA (1953, Budd Boetticher)

CITY BENEATH THE SEA (1953, Budd Boetticher)

Rodada en pleno periodo inmerso en la Universal, entre los apreciables westerns HORIZONS WEST (Horizontes del Oeste, 1952) y SEMINOLE (Traición en Fort King, 1953), el paso del tiempo, ha venido considerando a CITY BENEATH THE SEA (1953), el hecho de ser uno de los títulos menos conocidos de la filmografía de Budd Boetticher, al tiempo que una de sus contadas aportaciones al cine de aventuras. Dada dichas circunstancias, era de esperar cierta expectativa, a la hora de tomar contacto con un producto atractivo. Sin embargo, y pese a encontrarnos con una película que se degusta con la misma facilidad que se olvida, lo cierto es que poco hay en una propuesta, que ni siquiera logra elevarse, dentro de la producción del género dentro de dicho estudio, al tiempo que aparece como uno de los exponentes menos estimulantes, de cuentos he contemplado de la filmografía del cineasta.

Brad Carlton (Robert Ryan) y Tony Bartlett (Anthony Quinn), dos especialistas, viajan hasta la localidad de Kingston, en Jamaica, atendiendo el encargo de Dwight Trevor (Karel Stepaneck), representante de una compañía, que desea rescatar un botín de un millón de dólares en oro, que se hundió con el buque que lo portaba, no habiendo ser podido encontrar la nave hasta entonces. Ofrece a la pareja 25.000 dólares si encuentran el rastro del naufragio, pudiendo muy pronto ambos iniciar sus tareas. Antes de las mismas, nuestros protagonistas encontrarán sendas mujeres que dejarán abiertos caminos de futuro. Tony se acercará a la elegante Valita (Suzan Ball), mientras que el más racional Brad se acercará a Terry (Mala Powers), propietaria de un pequeño barco, con quien la corta expedición intentará encontrar dicho tesoro. La búsqueda será infructuosa, sin que los dos aventureros sepan que, en realidad, Trevor ha estado en componenda con el poco recomendable capitán Meade (George Meadows), conocedor del lugar donde se encuentra el buque hundido. Para ello, y cuando estos se encuentran a punto de abandonar la ciudad, serán contratados de nuevo, aunque acudan por separado y por razones contrapuestas, a la captura del codiciado botín. Será una acción que despertará la hostilidad de la secta vudú de la isla, reaccionando con ira, ante la violentación de las ruinas de Port Royal, que se encuentran bajo tierra desde finales del siglo XVII.

En realidad, lo malo de CITY BENEATH THE SEA, no aparece en el rosario de convenciones que surca su levísima base argumental, y en la que no dejamos de contemplar, que la película, se articula dentro de ese conjunto de producciones auspiciadas por la Universal en los primeros cincuenta, caracterizadas por su intento Technicolor, procedentes de diversas variantes del cine de aventuras. Lo verdaderamente decepcionante del film de Boetticher, es comprobar en sus mejores momentos -que los tiene-, las posibilidades que se han ido dejando por el camino, impidiendo convertir una discreta muestra de género, en un producto de mayores ambiciones. Así pues, las primeras secuencias de la búsqueda submarina, no dejan de aparecer rutinarias. Como lo serán los pasajes del encuentro de los protagonistas con sus partenaires femeninas.

Sin embargo, la película luce en todo momento la intensidad de su gama cromática -fotografía de Charles P. Boyle y, de manera muy especial, el técnico de color William Fritsche-. Y entre la sucesión de agradables lugares comunes, aparecen no pocos instantes provistos de cierto interés, que dan la medida de a lo que pudo haber llegado esta modesta producción. Me refiero a la sensación de placidez, que dejan entrever esas secuencias de reposo, descansando sobre el pequeño barco de Terry, con ella junto a Brad, dejando entrever la consolidación de una rápida relación y sus planes de futuro. O la impactante secuencia en la que Tony descubre bajo el mar, las ruinas de la vieja ciudad y, entre ellas, el buque allí depositado -en mi opinión, el mejor pasaje del relato-. También, la inquietud que revela la ceremonia de los vudú, a la que se acercan Brad y Terry, siendo sorprendidos por unos componentes de dicha secta encapuchados, que los rodean desde la espesura del follaje., O, como lo podía ser de otra manera, el lento episodio en el que Tony se dispondrá bajo el mar, a rescatar el esperado botín, viviendo un temporal, que hará temblar el subsuelo, y hacer realidad esa leyenda que señalaba que cuando las ruinas de la ciudad fueran profanadas, la campana del viejo campanario empezaría a sonar casi como de ultratumba, provocando que este quede atrapado dentro del viejo buque, y teniendo su eterno compañero que ayudarlo casi en el último momento, como poco tiempo antes hiciera este por él.

Y es que, en última instancia, este discreto film de Boetticher, aparece casi como un precedente de esas célebres buddy movies, que tan populares se harían a partir de la década de los 80, a partir de una pareja que no es aprovechada en sus posibilidades, pese a la cómoda labor de Ryan y Quinn, y que finalizará de manera tan atropellada como pretendidamente humorística, cerrando una película que se deja ver, pero que poco mantiene su presencia, en la memoria y la retina.

Calificación: 2

A 11 días, del XV aniversario de Cinema de Perra Gorda (XIL) DIRECTED BY... Budd Boetticher

A 11 días, del XV aniversario de Cinema de Perra Gorda (XIL) DIRECTED BY... Budd Boetticher

Budd Boetticher, a la derecha de la imagen, junto a John Wayner y Randolph Scott, en el descanso de uno de sus rodajes.

 

BUDD BOETTICHER... en CINEMA DE PERRA GORDA

http://thecinema.blogia.com/temas/budd-boetticher.php

(9 títulos comentados)

ESCAPE IN THE FOG (1945, Budd Boetticher)

ESCAPE IN THE FOG (1945, Budd Boetticher)

Si tuviera que definir en pocas palabras ESCAPE IN THE FOG (1945), no dudaría en definirla como una versión de complemento de programa doble, que albergaba unas nociones del mundo numinoso de Val Lewton, combinándolo con la corriente psicoanalítica, que dominaba por completo el cine policiaco y de misterio norteamericano de entrada la década de los cuarenta. Quinta de las realizaciones en solitario de Budd Boetticher -aun firmando con su auténtico nombre de Oscar-, supone un exponente más -quizá no de los más valiosos-, del periodo de aprendizaje del cineasta en el seno de la Columbia. Películas que apenas superaban la hora de duración, que han tardado muchos años para poder ser visionadas por los aficionados, y que en sus entrañas revelan la inquietud de un profesional que ya se caracterizaba por su capacidad creadora de atmósferas. Pequeñas obras que, pese a desarrollarse en diferentes estudios, pero en similares condiciones de producción, forjaron la profesionalidad de futuros referentes del cine USA, como Richard Fleischer, Don Siegel, Anthony Mann, Joseph Losey… Es curioso señalarlo, como gracias a las divisiones B de los grandes estudios, de manera quizá involuntaria, se fraguó un admirable relevo, sembrando y consolidando uno de los últimos y más grandes periodos del cine norteamericano.

ESCAPE IN THE FOG se inicia con una enorme fuerza, en este caso intentando trasladar -con efectividad- ese mundo directamente heredado del citado Lewton, describiendo en un puente de San Francisco entre una espesa niebla, el discurrir solitario de una joven -Eileen Carr (convincente y frágil Nina Foch)-. Una linterna rompe la oscuridad y provoca su sobresalto. Se trata de un policía sorprendido por la actitud de la muchacha, a la que abandona en su normalidad. Sin embargo, esta casi de inmediato se romperá definitivamente, al detenerse un vehículo y descender varios hombres, que proporcionan una paliza a uno de los ocupantes, quien se resiste, encontrándose a punto de ser apuñalado. Los gritos de Eileen interrumpirán el asesinato… pero servirán para comprobar que todo lo vivido es una pura pesadilla. Se encuentra en un hospital de reposo, donde ha llamado la atención del personal, conociendo casi de inmediato a Barry Malcolm (William Bright), otro de los internados.

Casi de inmediato ambos simpatizarán, llegándose a establecer una mutua atracción. Sin embargo, la joven no sabe que Barry es un espía que se encuentra escondido, reuniéndose con el misterioso y elegante Paul Devon (Otto Kruger), quien le encomendará una peligrosa misión, enviándolo hasta Hong-Kong, para trasladar una documentación que serviría para minimizar los esfuerzos de la ofensiva aliada. Lo que estos desconocerán, es que la reunión ha sido captada por un siniestro grupo de espías, que se encaminarán a sabotear el plan, con el deseo de hacerse cargo con la ansiada documentación. Ello acentuará la intuición de Eileen, que de entrada no tiene noticia de la misión encomendada, pero sí del peligro que corre Barry. Es por ello que acudirá a ese puente que había soñado en su terrible pesadilla, convencida que se hará realidad el contenido de la misma.

Vayamos al grano. Lo que limita -y no poco- el alcance de ESCAPE IN THE FOG, y la sitúa dos peldaños por detrás de otras producciones firmadas por Boetticher para Columbia en este periodo, que he tenido ocasión de contemplar, reside en la indigencia del guion firmado por el muy prolífico Aubrey Wisberg, que no sabe ni potenciar esa vertiente fantastique que se deja entrever en sus primeros instantes y, por otro lado, aparece llena de agujeros, a la hora de trasladar esa trama de espionaje. Son tantos, de tan grueso calado, y transmiten tal inconsistencia al conjunto, que la verdad es que se percibe que Boetticher era consciente que nada valioso podía sacarse de una historia inconsistente. Es por ello, que el ya avezado realizador, prefiere recrearse en búsquedas visuales que intenten disimular la indigencia de su base argumental, poniendo en primer plano esa capacidad para generar tensión y atmósfera a partir de la imagen. Ayudado para ello de los contrastes lumínicos que le brinda la labor en blanco y negro de George Meeham, nuestro realizador no desaprovecha la ocasión para planificar situaciones que crean amenaza, buscando angulaciones de cámara y perspectivas que favorezcan esa búsqueda de espesura. Planos en los que la pareja protagonista se ve dominada por la presencia de seres amenazadoras, una acción que se desarrolla casi en su totalidad en la noche, nieblas, miradas torvas. Situaciones que emparentan esta película con el serial -la casi mortal encerrona que vivirá la pareja protagonista, teniendo que discurrir Barry por medio de angostos pasillos situados en el subsuelo de San Francisco; la ingeniosa idea que llevará a cabo, para lograr ser salvados de una muerte por inhalación de gas-. Y todo ello, culminará, con una percutante persecución en las alturas, en la nocturnidad neblinosa de la ciudad, donde una ingeniosa solución argumental y narrativa, culminará con la muerte de los dos contraespías perseguidos tanto por la policía, como por el propio Barry, que con un gesto final no solo logrará salvar su vida sino, que el mismo servirá para liquidar a sus rivales. Atención, por último, a la fugaz aparición de una jovencísima Shelley Winters, encarnando a una aguerrida taxista nocturna.

Calificación: 2

THE MISSING JUROR (1943, Budd Boetticher)

THE MISSING JUROR (1943, Budd Boetticher)

THE MISSING JUROR (1943) es la segunda de las películas que firmó Budd Boetticher –entonces con el nombre original de Oscar Boetticher Jr.-, dentro del periodo de aprendizaje que desarrolló en la Columbia, con policíacos escorados claramente a la serie B. un ámbito en el que probaron fortuna nombres tan característicos como Joseph H. Lewis, Richard Fleischer, Don Siegel, Edward Dmytryk o Anthony Mann, entre otros. Fue, una vez más, el oportuno caldo de cultivo para que jóvenes cineastas se foguearan en presupuestos y ámbitos de rodaje limitados, que con posterioridad posibilitaron el desarrollo y la complejidad de sus respectivas filmografías. Y hay que decir que en el título que nos ocupa, más allá de las debilidades detectables en su guión, se percibe el nervio de un cineasta que sabe luchar a través de la imagen, aplicando un notable ritmo y, por que no decirlo, un sentido del humor bastante distanciado, a lo que podría aparecer como variación de la historia que daría pie años antes MYSTERY OF THE WAX MUSEUM (Los crímenes del museo, 1933. Michael Curtiz). Es decir, la tragedia de un hombre hundido por la sociedad, y que al desvariar su mente se convierte en un ser peligroso.

En esta ocasión, la premisa se centrará en la figura de Harry J. Wharton (el característico George Macready), un hombre que acusado por un crimen que no ha cometido, siendo por ello condenado a muerte. Pese a los apelaciones, su condena a la horca aparecerá casi inamovible, hasta que la investigación realizada por el dinámico periodista que es Joe Keats (Jim Bannon) –el único que ha creído en la declarada inocencia de Wharton-, logre que in extremis se encuentre el definitivo indicio de su inocencia, evitando la consumación de su ejecución, pero sin que dicha conmutación, evite el absoluto desequilibrio de este, que será internado en una clínica psiquiátrica, suicidándose en la misma, al incendiar su habitación y ahorcarse. De manera sorprendente, poco a poco irán desapareciendo, asesinados o muertos en misteriosas circunstancias, componentes del jurado que condenaron a Wharton.

THE MISSING JUROR se inicia de manera percutante, mostrando la muerte de una persona en la noche, situando su vehículo para el seguro atropellamiento. Será el preámbulo para presentar al protagonista, el periodista Keats, en medio de una divertida secuencia en la que logrará embaucar a su ex editor, al tiempo que presentar a los espectadores la realidad de esa desaparición de los jurados señalados. Así pues, el film de Boetticher se interna en los relatos ambientados en la órbita del periodismo, ofreciendo esa mirada cáustica en torno a su engranaje, expresando sobre todo a partir del personaje del siempre hambriento empresario periodístico, empeñado en la rentabilidad de las historias relativas a este caso, que le han llevado con facilidad a recuperar para la redacción a un avezado profesional con el que había tenido serias diferencias. Sin embargo, si algo destaca en el muy ajustado metraje de menos de setenta minutos, es el ritmo que acredita el relato y, sobre todo, la inventiva que despliega Bortticher, en una planificación a la que aplica un considerable dinamismo de la cámara, utilizando con especial acierto las posibilidades del montaje –notable el uso expresivo del primer plano-, e insertándose en la narración, secuencias que denotan un especial cuidado para resaltar la tensión y las posibilidades expresivas, que el joven realizador despliega con singular acierto. Me refiero con ello, más allá del ya comentado inicio, de las fuerza expresionista que adquieren los instantes en los que contemplamos a Wharton en la celda –será la primera ocasión que percibiremos su obsesión con la cifra doce-, el intento de asesinato que sufrirá Jim en unos baños turcos, el supuesto suicido de este en una celda, la manera con la que este elimina a uno de los componentes del jurado, trasladándolo mediante engaños a una mansión, en la que se dispondrá una siniestra escenografía que servirá como preludio para su posterior ejecución. O, como era de esperar, el climax que vivirá Alice (Janis Carter), otra de las componentes del jurado, inicialmente escéptica a las advertencias del periodista sobre el riesgo que corre, pero que vivirá con creciente tensión la cercanía de la amenaza. Y es precisamente en torno al intento de ejecución de esta, donde Boetticher ofrecerá alguno de sus instantes más memorables, con esos intensos primeros planos sobre el rostro de un alucinado Macready, antes de la clásica salvación en el último minuto, que devuelva a la conclusión del film, ese tono humorístico con el que prácticamente se había iniciado, en una taberna de ambiente familiar.

Evidentemente, en una producción de estas características, casi serial, aparecen no pocos agujeros. Uno de ellos es la casi inmediata rapidez con la que prende fuerza la relación entre Jim y Alicante, cuando instantes antes se habían demostrado abierta hostilidad, o la escasa credibilidad que albergan los instantes en que el periodista se encuentra encerrado en la celda de una comisaría. Son las casi inevitables carencias, en una película que de todos modos mantiene buena parte de su vigencia, y que desde su humildad, y con la ayuda de la iluminación en blanco y negro, obra de L. William O´Connell, deviene una muestra más del buen tono que adquirían las producciones de bajo presupuesto enmarcada en el cine de crímenes. Ni que decir tiene, que desde sus primeros encuentros fílmicos, se podía vislumbrar una singular aura visual, para el autor de la emblemática THE RISE AND FALL OF LEGS DIAMOND (La ley del hampa, 1960).

Calificación. 2’5

BULLFIGHTER AND THE LADY (1951, Budd Boetticher)

BULLFIGHTER AND THE LADY (1951, Budd Boetticher)

Tras una andadura previa fogueándose realizando títulos escorados en la serie B, que el propio director deseaba olvidar, firmados bajo su nombre auténtico de Oscar Boetticher, y del que en los últimos tiempos solo se ha conocido BEHIND LOCKED DOORS (1948), Budd Boetticher inicia la parte más atractiva de su filmografía con BULLFIGHTER AND THE LADY (1951). Un título producido por John Wayne al amparo de la Republic, que sufrió en el momento de su estreno una tremenda amputación de su metraje, dejando en poco más de ochenta minutos una duración original de unos ciento veinticuatro. Por fortuna, hace años que mediante el control del propio Boetticher, se logró reconstruir su configuración original –en España jamás se estrenó comercialmente-. Y hay que partir, de entrada, que más allá de suponer su primer gran título y adelantar no pocos de sus estilemas narrativos, nos encontramos quizá con la que sea la película definitiva sobre el mundo del toro. Entiéndaseme bien. No es que la historia de Boetticher y Ray Nazario, trasladada como guión por el experto James Edward Grant, pretenda erigirse como una mirada en torno a los rituales y manifestaciones externas de la tauromaquia. Por el contrario, la película intenta –y estimo que lo logra- penetrar en la entraña de ese mundo ancestral, lleno de miedos y pasiones. No es por ello de extrañar, que para unas generaciones más jóvenes, para las cuales el mundo del toro no deja de suponer una tortura animal –que conste que nunca me ha interesado especialmente- o un ritual de resabios franquistas, carezca del menor interés intentar acercarse a una cultura que fascinó a personalidades tan dispares como Hemingway, Picasso, Welles.. o el propio James Dean –quien fue amigo de Boetticher, precisamente por estos temas-. Esas mismas generaciones que miran por encima del hombro el western –las películas de vaqueritos-, sin considerar que en sus imágenes se encuentra la esencia del cine.

Hecho este preámbulo, ya desde el bello tema inicial de Victor Young –quien compone una banda sonora centrada en sutiles temas de guitarra-, tomando como fondo en los títulos de crédito un impactante grupo escultórico de evocación a la tauromaquia, nos introduce de manera muy rápida en la fascinación de una corrida de toros en la plaza más grande del mundo; la de México. Por medio de una planificación que acentúa las enormes dimensiones del recinto, completamente lleno de público, una voz en off presenta a una serie de auténticos matadores, entre los que introducirá a Manolo Estrada (Gilbert Roland). Este realiza una faena magnífica, demostrando su magisterio y carisma entre los matadores, provocando muy pronto el entusiasmo del empresario de espectáculos norteamericano Johnny Regan (Robert Stack). Ya en los primeros minutos, Boetticher acierta al mostrar la causa y el efecto, describiendo en cortos pasajes la personalidad –amable y altanera al mismo tiempo- de Regan, al que acompañarán dos amigos americanos –Lisbeth (Virginia Grey) y Barney (John Hubbard)- de los que apenas conoceremos nada. No hace ninguna falta.

Lo que importa, lo que realmente convierte BULLFIGHTER… en un film admirable, es esa mirada serena, mesurada, honda y, por momentos, fascinante, que se realiza en torno a los recovecos de la tauromaquia. A una extraña religión en la que se transmite un auténtico modo de vida. Por momentos, parece que Boetticher realizó aquí el primer western de su filmografía. Hay en los recovecos de este relato, inserta una especie de código ético, en torno a los comportamientos de cuantos forman parte de este mundo, del servilismo, incluso el –falso- papel pasivo de sus mujeres, en los ritos y costumbres que conlleva su práctica, incluso en el respeto hacia ese animal al que van a sacrificar. En definitiva, al sabor a muerte que se esconde tras cada capotazo y pase, en ese enfrentamiento directo que se establece entre el hombre y el animal de lidia. Todo ello es expuesto con una extraña serenidad, envuelta en aires mortuorios. Poco a poco la extraña pasión que vive en su interior ese atractivo y mundano joven empresario, le hará introducirse en un mundo que le fascina exteriormente, pero que poco a poco se convertirá en una autentica transformación existencial. Es el que le hará abandonar esa cierta altanería que hasta entonces le ha caracterizado. El que le hará insinuarse con la joven Anita de la Vega (Joy Page), aunque entre ambos se encuentre la figura del joven matador Antonio Gómez, ligado hasta entonces a ella, pero que sabrá entender ese nuevo soplo amoroso marcado hacia el americano, aunque una falta de entendimiento de este –una vez más, su explosiva personalidad-, lleve a casi la ruptura en dicha relación.

BULLFIGHTER AND THE LADY es un bello canto en torno a la autenticidad del mundo de la tauromaquia. Un recorrido en el que no omite sus aspectos más sombríos –esa visita realizada a la vivienda de un experto en la materia, que haría las delicias de Hanry James, y que parece ofrecerse como un templo en torno a los recuerdos de matadores fallecidos-. Que evoca los elementos que obedecen a la ética de sus oficiantes, el respeto a los maestros más consagrados, la mirada en torno a esa amistad entendida hasta el último momento –la tragedia que costará la vida a Manolo, para defender a Regan de una torpeza en sus momentos de actuación-. En la que se cuestiona la fanfarronería de aquellos que se atreven a evaluar el valor –el provocador encarnado por Rodolfo Acosta, culpable de general una peligrosa situación a Manolo, y al que su mujer no hubiera dudado en asesinar caso de haber terminado en tragedia-. El film de Boetticher no carece de defectos formales –en algunos de sus planos de percibe cierta ausencia de raccords-, pero se adentra con credibilidad en su modo de filmar las corridas y los lances de cada torero –dichos pasajes están revestidos de una notable sensación de veracidad y, sobre todo, de auténtica alma. Sentimiento en las capeas, en la descripción de los entrenamientos, en la emoción que se dibuja en el rostro de un entregado Robert Stack –quien percibimos rodó algunas de dichas secuencias toreando ante becerros realmente-.

Hay en el conjunto de este largo pero en todo momento apasionante metraje, una sensación sombría y de irreductible fatalismo. Boetticher sabe apostar por el uso de la profundidad de campo, por la fuerza expresiva de los recintos taurinos, de sus esculturas. Por las miradas y gestos entre los actores. Por sus emociones calladas y sus resignaciones. Por tener la sensación de que se nos brinda ser parte activa de un  auténtico modo de vida. De una ética que sabe al polvo de un ruedo. Y en medio de esa autentica ceremonia, podemos asistir a instantes tan estremecedores como el que se desarrolla en el interior de la capilla, con el intento de John de volver a atraer hacia sí a Anita –el detalle del pañuelo que finalmente se le cae-, en el encuentro entre el norteamericano y la viuda de Manolo –Chelo (Katy Jurado)-, quien pese a su dolor le entrega el capote de su marido para que le proteja, en ese toro que ha de lidiar casi como inmolación, o en esa mirada al cielo que Regan dirige, cuando aparece junto a sus compañeros en la Plaza de Toros de México. Un cúmulo de detalles en la historia de una obsesión –la de su joven protagonista, quien culminará su andadura transformado, como si hubiera vivido una experiencia metafísica-. Todo ello una película realizada con el corazón, que curiosamente veneraba el maestro John Ford, y con la que Boetticher mostró por vez primera –y al parecer con más acierto que nunca- su pasión por la tauromaquia. Probablemente, nos encontremos ante una de las cimas del cine norteamericano de su tiempo.

Calificación: 4

EAST OF SUMATRA (1953, Budd Boetticher)

EAST OF SUMATRA (1953, Budd Boetticher)

Sorprende encontrarse en una trayectoria ya caracterizada en un cierto peso por Budd Boetticher, con un títulos de las características de EAST OF SUMATRA (1953) –jamás estrenada en las pantallas de nuestro país-. Y sorprende no solo por el hecho de resultar una discreta aportación dentro del conjunto de títulos que la Universal ofreció en aquella década al cine de aventuras, como complemento ideal de programas dobles. Lo es en la medida de suponer un relativo retroceso en una filmografía que –de manera aún tímida- ya había forjado elementos que poco tiempo después consolidarían esos modos expresivos y temáticos que, a fin de cuentas, le permitirían el alcance de sus mejores títulos. Con ello no quiero decir que ante la mirada puesta en 1953, el realizador no hubiera aportado ya títulos de interés –entre los que se encuentra el anterior a este; WINGS OF THE HAWK (1953), igualmente escorado en el género de aventuras-, pero lo cierto es que, sin ser un producto por completo despreciable, EAST OF... no aporta nada nuevo a su filmografía, erigiéndose como una de sus obras menos perdurables aunque, justo es reconocerlo, su asumida carencia de pretensiones lo convierta en un título moderadamente atractivo.

 

La película narra el traslado del aguerrido Duke Mullane (Jeff Chandler, exhibiendo una vez su arquetípica imagen de duro en la pantalla), un experto en la extracción minera que es destinado por su superior para trasladarse a una remota e inexplorada isla de Malasia, al objeto de explorar las inmensas posibilidades que se detectan en sus montañas para extraer una gran cantidad de estaño. Pese a sus reticencias iniciales –se muestra hastiado de proseguir en un trabajo duro y arriesgado-, la aceptación de sus duras condiciones –un 5% de lo extraído en dichas prospecciones- motivarán que acepte el ofrecimiento. Sin embargo, ya en ese momento se planteará en él la poco halagadora condición de tener que aceptar como superior al arrogante Daniel Catlin (John Sutton), un tipo atildado centrado en las tareas burocráticas, y ajeno por completo a la compleja psicología de este duro trabajo. Pero unido a esta circunstancia, otra mayor se sumará como inconveniente interior de cara a este nuevo destino de trabajo. La prometida de Catlin será Lory Hale (Marilyn Maxwell), que en el pasado fue pretendiente de Duke.

 

Con todas estas incómodas circunstancias el grupo de Mullane viajará hasta la isla, encontrando allí en un primer momento una sincera hospitalidad, oficializada en la figura del rey de los habitantes de la zona elegida. Este es Kiang (un Anthony Quinn que ya daba muestras de su carisma, sobresaliendo de los esquemáticos perfiles que le dotaba su personaje). Duke y Kiang firmarán un pacto de ayuda mutua, que permitirá utilizar mano de obra nativa para realizar las tareas de preparación y explotación de la mina, mientras que por parte de los expedicionarios se ofrezcan productos a los trabajadores en compensación. Pero de forma inesperada e inoportuna, Catlin pondrá objeciones al cumplimiento de estas justas concesiones, llegándose a trasladar a la mina junto a su prometida Lory –uno de los elementos de guión más artificiosos y menos creíbles de la película-, y llegando incluso a cuestionar los métodos de Duke, que encontrarán una dificultad suplementaria en la atracción que sobre él ejercerá la bella nativa Minyora (Suzan Ball) –prometida del rey-, a partir de lo cual se irá enfriando cada vez más la relación entre ambos. Un incidente –el incendio de un granero provocado por uno de los criados de Kiang, al mismo tiempo alcahuete de este-, será el detonante que provocará la total distanciación de los operarios y dirigentes de la mina con los nativos. Es por ello que los hombres del rey destrozarán las instalaciones de estos, dejándolos sin posibilidad de lograr comida y sustento. Será una situación cada vez más tensa, hasta que finalmente el grupo dirigido por Kiang –y ayudado por Monyora- llegue mermado en sus gentes hasta el templo de la tribu. En la tensa espera en dicho recinto con todos los expedicionarios rodeados por los nativos, Lory declarará el reverdecer de su amor hacia Duke, delante incluso de su prometido, viendo el primero que la única solución para que todos sus compañeros puedan sobrevivir estriba en enfrentarse en una lucha a muerte junto al rey que ha visto en él –injustamente- a un hombre en quien no puede confiar, y que en apariencia le ha robado a la mujer que ama. El combate será duro y se revelará inclemente, aunque del sacrificio de uno de ellos emergerá la supresión de la trágica situación, al tiempo que los principales personajes encontrarán la luz en el discurrir de sus trayectorias.

 

Para aquellos que quieran descubrir en EAST OF SUMATRA detalles y elementos para reivindicar la supuesta “autoría” del film dentro de la filmografía de Boetticher, la búsqueda no podrá ser más infructuosa. Poco hay de la sequedad y el aliento trágico que caracterizaron sus mejores obras –quizá algo de ello se intuyan en los instantes en que los hombres de Mullane se encuentren rodeados en el templo-, y solo conviene contemplar, y hasta cierto punto digerir con cierta condescendencia esta modesta película, integrándola dentro de esa avalancha de propuesta de este género brindadas por la Universal en estos florecientes años cincuenta. Propuestas que abordaron muchas otras variantes, y que en este caso incorporan elementos más o menos exóticos, la presencia del atractivo Technicolor y ciertos rasgos melodramáticos, a un conjunto que tiene la virtud de resultar bastante ameno aunque, justo es reconocerlo, sus personajes jamás superen la barrera del estereotipo. Algo que quizá solo logre trascender la fuerte personalidad emanada por la masculinidad de Jeff Chandler –por más que no nos encontremos ante un rol provisto de especiales caracteres-, e incluso el cierto magnetismo del ya mencionado Quinn –también ausente de un personaje de mayor hondura psicológica-, pero que excede con mucho el estereotipo encarnado por el siempre antipático John Sutton, o la presencia de una Marilyn Maxwell en todo momento ataviado con un peinado rubio recién salido de peluquería.

 

Pero así era el cine de Hollywood destinado al consumo de los programas dobles de la época; un rosario de convenciones que iban aparejados por raciones de entretenimiento asegurado, punteado en algunos momentos por el gusto por el detalle que manifiestan esos insertos sobre el mechero que Duke regalará al rey en prueba de amistad, y que indirectamente se convertirán en detonante del cruel enfrentamiento entre ambos. O, del mismo modo, la presencia de algunos vibrantes travellings laterales descritos en esa jungla diseñada en pleno estudio, en la que acabarán con una cerbatana con la vida del joven Cupid (Earl Holliman). Sin embargo, uno echa de menos una mayor consistencia argumental en la película, algo que por ejemplo un Allan Dwan logró poner en práctica en alguna de sus películas tratadas en similares ámbitos –como es el caso de PEARL OF SUTH PACIFIC (1955)-. Pero es que, por muchos que admiremos a cineastas del periodo dorado del cine norteamericanos, no debemos nunca olvidar que, en muchas más ocasiones de lo deseable, pusieron su oficio al servicio de producciones y argumentos en los que, sea por lo que fuere, no pudieron aplicar unas reconocidas virtudes que en otras ocasiones por el contrario les permitieron ofrecer lo mejor de sí mismo. No es este el caso, lo que no impide reconocer que nos encontramos con una película tan discreta como agradable de ver y, poco tiempo después, ser olvidada sin rencores.

 

Calificación: 2