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CINEMA DE PERRA GORDA

Recordando 'Flashback' (Onda Madrid); El cine de aventuras marinas

Recordando 'Flashback' (Onda Madrid); El cine de aventuras marinas

Mi querido amigo, y gran amante del cine, Víctor Arribas, viene recuperando en podcast, los espacios que elaboró, dirigió y presentó, bajo el título ’Flashback’ en Onda Madrid, entre finales de 2007 e inicios de 2009. Gracias a su generosidad, participé ern varios de dichos programas. vaya completando dicha recuperación.

En esta ocasión, el tema central del  espacio, dentro de una amplia visión del cine clásico de aventuras, era el del CINE DE AVENTURAS MARINAS. Fue el programa número 18 de la 1ª temporada, siendo emitido el 29 de marzo de 2008. Ya ha llovido un poco desde entonces. Espero que pese a mi torpeza expositiva, el resultado les guste.

https://www.ivoox.com/flashback-victor-arribas-01x18-29-03-2008-audios-mp3_rf_42429836_1.html

TIDE OF EMPIRE (1929, Allan Dwan) Gesta de hidalgos

TIDE OF EMPIRE (1929, Allan Dwan) Gesta de hidalgos

Escarbar dentro de la vasta obra de Allan Dwan, supone encontrarse con títulos que -no importa en que marco genérico se encuentren- ofrecen precisión narrativa, inventiva, singularidad y distanciamiento. Es algo que, punto por punto, se cumple en TIDE OF EMPIRE (Gesta de hidalgos, 1929), una producción de Metro Goldwyn Mayer aún silente que, sin embargo, presenta una sonorización en varios de sus elementos ambientales. Nos encontramos ante una singular propuesta de cine de Oeste que, como no podía ser de otra manera viniendo de quien viene, no deja de suponer una mirada singular, en el contraste que se establecería a mediados del siglo XIX, entre los sucesores españoles de los colonizadores de California, en el enfrentamiento que se vivirá con la repentina invasión que marcará la fiebre del oro. Todo ello, será el ámbito en el que Dwan describirá esta inicialmente un tanto apergaminada, pero muy pronto vibrante película, que en poco más de setenta minutos de metraje, nos brinda incluso un recuerdo muy frecuente en el cineasta; el aporte de elementos de comedia.

TIDE OF EMPIRE se inicia con unos escuetos planos, describiendo la evolución humana descrita en el estado de Carolinas, y centrándose en la significación que, en la mitad del siglo XIX, mantendrán las propiedades del ya veterano terrateniente José Guerrero (George Fawcett). Es este, un hombre caracterizado por su fortuna y propiedades, padre de dos hijos; Josephita (Renée Adorée) y Romualdo (William Collier Jr.). Dos seres, es estos, muy unidos, estableciéndose entre ellos una relación de leve raíz incestuosa -la secuencia en la que se describe la misma, resulta reveladora, como lo será el apasionado beso en la boca que, bastante más adelante, Romueldo brindará a su hermana, instantes antes de marcharse -tras perder la familia su rancho-, aunque tanto en la familia haya una franca camaradería, al tiempo que todos ellos sean considerablemente considerados son sus sirvientes -un elemento que, unido a lo apergaminado de la ambientación, sea lo más caduco de la función-. Aunque la elipsis marque su importancia, el paso del tiempo y la presencia de nuevos moradores, menguará el poderío económico de Guerrero.

Uno de ellos, será precisamente el joven, valeroso, ingénuo y atractivo Dermond D’Arcy (Tom Keene), llegado hasta tierras californianas, al objeto de alcanzar fortuna hallando oro. Para lograr su objetivo, se aliará con un avejentado y chispeante oficial de prisiones, que se encuentra reteniendo a unos pintorescos presos, en una población donde se ha quedado solo. D’Arcy le convencerá en que se sume con él portando a los presos ¡en una jaula!, que se trasladará en el camino con ruedas. Dicho trayecto será el que le permita conocer a la arrogante Josephita, quedando prendado de ella, aunque no reciba de la muchacha más que desprecios. La percepción de la velocidad del caballo del joven, hará que un ranchero resentido por una negativa de la muchacha, inscriba al animal en una carrera que se realiza anualmente, dentro de una celebración campestre. El caballo de Dermond ganará la pugna, resultando ganador de la propiedad del rancho, que había apostado su dueño, José Guerrero. El nuevo propietario, será recibido por su hasta entonces anciano dueño, y teniendo como compañía a Josephita. D’Arcy renunciará a la propiedad, pese a recibir otro de los brutales rechazos de la joven, y sin impedir que José Guerrero muera inesperadamente de tristeza.

Una nueva elipsis nos llevará a la rápida conquista de oro por parte del joven protagonista, estableciéndose en una población de aún incipiente estructura, aunque abigarrada convivencia humana, debido a la eclosión del oro. La llegada del progreso casi se palpa, en un ambiente dominado por un cierto sentido de la aventura, y en la que la presencia de nuevos elementos de comunicación, como la instauración de una nueva agencia de mensajería, quedará sometida a prueba a partir de la emboscada aplicada por un grupo de bandidos, entre los que se encontrará -sin pertenecer realmente a sus intenciones- Romualdo, el hermano de Josephita, huido en su momento, sin llegar a conocer la muerte de su padre.

Antes lo señalaba; los primeros minutos de TIDE OF EMIPRE, son sin duda los más endebles de su conjunto, más allá de la eficacia de sus planos iniciales. Esa querencia por lo convencional e incluso lo paternalista, pronto encontrará un valioso contrapunto, al entrar en escena la figura del héroe, por más que la misma quede revestida de una cierta aura de bobaliconería -esa perenne sonrisa de Tom Keene-. Las secuencias en las se encontrará con ese ya descreído carcelero, que le mostrará un cuarto, lleno de palas para excavar, que no encuentra en una población que ha quedado desierta por completo, no supondrá más que una más de esas insólitas fugas cómicas, que dotarán de personalidad el cine de Dwan. La película mostrará otros pasajes insertos en dicha corriente, como esos presos que aparecerán casi como ayudantes custodiados por ese pintoresco oficial de prisiones por las noches, mientras que de día no serán más que colaboradores de este y del propio D’Arcy. En la divertida pareja de propietarios del salón, que no desaprovecharán la ocasión de emborracharse, a escondidas uno de otro. O en la impagable descripción del rápido juicio, al que se someterá a los bandidos que han intentado asaltar la población.

A dicho regusto a comedia. A la presencia de lances románticos, centrados fundamentalmente en esa lucha de Josephita, contra el sentimiento que Dermond le transmite -y que se hará especialmente tangible en la parte final, cuando el muchacho la bese con delicadeza en la mano, antes de marcharse-, lo cierto es que el devenir de TIDE OF EMPIRE proporciona no pocos elementos de regocijo. No será el menor de ellos, precisamente, la dinamización que proporciona esas alteraciones de tono, e incluso la mixtura de géneros. Por ello, en su rápido discurrir podremos disfrutar de esa magnífica cabalgada que brindará la competición de los tres rápidos caballos, o la insólita carrera de ranas. Nos permitirá percibir esa insólita presencia de dos zooms de retroceso, que servirán para describir el entorno poblacional que ha definido ese núcleo de buscadores de oro. Brindará igualmente el desarrollo de un intenso tiroteo, narrando el asalto de esa pandilla de fascinerosos, deseosos de asaltar los enseres de la nueva empresa de mensajería, cuyas intenciones logrará detectar D’Arcy, coordinando las acciones de réplica. Y la película, dentro de ese creciente maremandum de acciones, provisto de una muy dinámica planificación, aún nos brindará un instante magnífico, revelador de la enorme inventiva visual de Allan Dwan. Herido de bala, el joven cowboy rescatará a Romualdo de la emboscada que se está viviendo en la población, llevándolo en brazos hasta la habitación donde se encuentra su hermana, para poder atenderlo. Una vez reducida la banda, alguien hará señalar el hecho de que uno de sus componentes ha sido recogido por Dermond. Para lograr recuperarlo, subirán varios buscadores, siguiendo el rastro de sangre que este ha dejado por el angosto pasillo, que son mostrados por la cámara en un travelling frontal en picado. Una audacia visual de enorme modernidad, en una película que culminará casi con un brindis a lo inverosímil, con la puesta en escena de una salvación de Romualdo en el último minuto, con los mejores regustos del serial, y permitiendo la definitiva consolidación, del amor entre sus dos jóvenes protagonistas.

Calificación: 3

THE SIGN OF THE RAM (1948, John Sturges) El signo de Aries

THE SIGN OF THE RAM (1948, John Sturges) El signo de Aries

Pese al discurrir del tiempo, quedan no pocos cabos sueltos, a la hora de ir recuperando los primeros exponentes en la filmografía del norteamericano John Sturges (1910 – 1992), de quien se recuerda su valiosa aportación al western, o también su incursión ya en la década de los sesenta, en diferentes superproducciones, tan exitosas, como vilipendiadas por la crítica. Y he de señalar que, pese a los altibajos de su andadura fílmica, incluso en esa etapa más bien comercial, se encuentran exponentes de interés, al tiempo que, en sus primeros años, aparecen pequeños títulos, dotados de un nada desdeñable atractivo que, en ocasiones, sobrellevan propuestas narrativas sorprendentes. Pienso en la inusual estructura narrativa de MYSTERY STREET (1950). En el ejercicio de suspense que proporciona JEOPARDY (Astucia de mujer, 1953), o en la propia singularidad que desprende THE CAPTURE (1950). Son varios los exponentes de esta primera etapa, que aún esperan el limbo de un necesario visionado. Por ello, poder acceder a THE SIGN OF THE RAM (El signo de Aries, 1948), no solo nos permite completar otra pieza del rompecabezas incompleto de su filmografía sino, que en sí misma considerada, aparece como una magnífica película, que revela nuevos vértices en la versatilidad de su realizador, al tiempo que brinda una mirada complementaria, con personalidad propia, dentro de ese corpus de producciones de suspense psicológico, delimitado en escenografías de ecos góticos y victorianos, que se adueñaron de las pantallas cinematográficas, durante la década de los 40.

La película, dominada por un bellísimo y evocador tema musical de entrada, hace especial hincapié, en destacar por parte de la Columbia, el retorno a la pantalla de Susan Peter siendo esta, a la postre, la que supondría su última presencia cinematográfica, ya que falleció prematuramente en 1952, a los 31 años de edad. Y su metraje se iniciará, entremezclando la llegada de una nueva secretaria, desplazada desde Londres -Sherida (Phyllis Taxter)-, a la mansión St. Aubyn, en plena costa de Cornualles. Ya en el trayecto en coche, en el que esta es trasladada por el joven Logan -uno de los hijos de la familia propietaria-, se advertirá la impronta que preside un marco tan impactante, capaz de transmitir lo mejor y lo peor a quienes hasta allí se internan. Muy pronto, llegarán hasta aquella tan suntuosa como vieja mansión, en donde por momentos parece vivirse en un mundo separado. Es algo, que desprenderá la impronta de quien, realmente, domina aquel microcosmos. Se trata de Leah St. Aubryn (Susan Peter), una mujer elegante, segunda esposa de Mallory (Alexander Knox), auténtico dueño de la hacienda, y padre de los tres hijos que, fruto de su anterior esposa, forjan su descendencia. Un año después de enviudar se casaría con Leah, mucho más joven que él, quien, durante un accidente de mar, adquirió la invalidez que le hace ir postrada en silla de ruedas, al salvar a sus hijos políticos.

A partir de dicho marco de partida, THE SIGN OF THE RAM aparece, en última instancia, en un muy valioso antecedente de esos títulos que, bastantes años después, encarnarían viejas estrellas como Bette Davis o Joan Crawford, interpretando a severas y torturadas matriarcas, destinadas a torturar psicológicamente a sus descendientes. Pero lo que, en estos últimos casos, aparecerá como fácil concesión al grand guignol, destinado al lucimiento de sus míticas y decadentes estrellas, en el film de Sturges aparece delimitado en un relato dotado de elegancia, perfidia y una capacidad de penetración psicológica, que se dará de la mano con una elegante y precisa puesta en escena, que no solo utiliza con pertinencia la magnífica escenografía de la mansión protagonista, y una imaginativa iluminación de Burnett Guffey, en la que se dirimen los claroscuros de un argumento en apariencia inocuo, pero que muy pronto deja entrever la casi enfermiza influencia que Leah, ejerce sobre todo su entorno.

Así pues, no veremos en THE SIGN OF THE RAM grandes alardes, aunque los hay. Ya que el drama que encierran esas casi opresivas pareces, se muestra en todo momento en letra pequeña. En las sutiles inflexiones que irá marcando Leah, cada vez que algo no resulta como ella cree que debe quedar establecido. Cuando comprueba que Logan, el mayor de sus hijastros, se va a casar, con una amiga de toda la vida, o cuando otra de sus hijastras, decida casarse con el joven Dr. Simon Crowdy. En realidad, le queda el dominio, casi rayano en la sumisión, que mantiene con la aún adolescente Christine, que la seguirá en todo momento, y llegará a intentar atentar contra la vida de Sherida, cuando Leah indirectamente insinúe, que esta se ha convertido en una rival en el amor hacia su esposo.

De manera creciente, aunque siempre sin alzar el tono, el film de Sturges va desprendiendo esa venenosa dependencia de todos, hacia una mujer sensible y, en el fondo, amargada, que sabe reconocer, en un momento determinado, y a través de esos poemas que escribe bajo seudónimo, que incluso el amor va unido en ocasiones al egoísmo. La efectividad de esta historia del experto Charles Bennett, adaptando la novela de Margaret Ferguson, reside en la capacidad de trasladar cinematográficamente, el caudal de sugerencias emanadas, en una casa y un entorno, en el que el espectador llega a palpar, en algunos momentos, la insania que desprende, el poderoso influjo de su protagonista. Todo ello, mediante una puesta en escena precisa y arrojada en sus mejores momentos, dominada por una movilidad con la cámara, casi como si orquestara una ceremonia de la malignidad, interpretado y descrito por la partitura de un ser tan sensible y consciente, como pérfido en sus intenciones, para ella por otra parte, dominadas por la lógica.

En una obra tan desconocida, deudora de su tiempo y, al mismo tiempo, tan personalísima, se podrían entresacar, no pocos instantes dominados por la brillantez. Ese inesperado cambio de plano, mientras que Sherida y Logan charlan en el coche que les acerca a la mansión, encuadrando la fiereza y el misterio del mar y la costa. La sutileza con la que la recién llegada, descubre la invalidez de Leah. Ese instante magistral, en el que Leah intuye la inesperada fascinación de su esposo por la recién llegada secretaria, al descubrir que le ha regalado otra flor de su crianza, como ha hecho antes a ella. Las secuencias descritas en esa vieja mina abandonada, en la última de las cuales a punto estará de surgir la tragedia, y en las que esa aparente fuga del epicentro de la tensión -en ella nunca podrá introducirse Leah-, no impedirá que esas tensiones establecidas en el conjunto del relato, tengan su oportuna prolongación. Sin embargo, si algo resulta inolvidable, es la conclusión de la película, no por predecible menos vibrante en su leve aureola fantastique, describiendo la casi inevitable inmolación de Leah, una vez descubierta la perfidia de su juego insano, arrojándose hasta el acantilado, envuelta y casi engullida, por la intensidad de la niebla. Unos momentos de una casi abrasadora intensidad cinematográfica, culminando una obra de enormes cualidades, que mereces salir con urgencia, del olvido a que ha sido sometida durante décadas.

Calificación: 3’5

THE LOST CITY OF Z (2016, James Gray) Z, la ciudad perdida

THE LOST CITY OF Z (2016, James Gray) Z, la ciudad perdida

Como sucediera con MASTER AND COMMANDER (Master and Commander; Al otro lado del mundo, 2003. Peter Weir), THE NEW WORLD (El nuevo mundo, 2005. Terrence Malick) o la infravalorada THE WAY BECK (Camino a la libertad, 2010. Peter Weir), con THE LOST CITY OF Z (Z, la ciudad perdida, 2016. James Gray) se tiene en muchos de sus momentos, la sensación de no asistir a una película, sino a una experiencia.

Sucede que en nos pocas ocasiones, los amantes del cine de siempre, hemos criticado la peligrosa deriva de la producción de los últimos tiempos, hacia el abuso de las nuevas tecnologías y adelantos digitales, en los usos y costumbres industriales de la realización. Sin embargo, poco a poco, uno se da cuenta, que como cuando llegó el sonoro al arte cinematográfico, o cuando se incorporó el color, o la presencia de múltiples formatos de pantalla y técnicas de rodaje, sirvió para enriquecer por el prisma de la técnica, lo hasta entonces logrado ante la pantalla… Es decir que, de cada adelanto o novedoso elemento, solo hay que encontrar la facultad para enriquecer lo que hasta entonces se había ofrecido, para entender que ese nuevo aporte, ese nuevo rasgo, puede -no siempre se alcanzaría- perfeccionar lo hasta entonces expresado. Y algo de ello se puede señalar en los títulos antes señalados que, en mis preferencias personales, centran quizá la cumbre del cine de aventuras en este siglo XXI.

Exponentes que, por supuesto, definen plano por plano, la pequeña maravilla que es el film de James Gray, que en apariencia rompe con su línea habitual pero que, en última instancia, no hace más que ratificar su eterna mirada en torno a las oscilaciones del universo familiar, trasladándolo a la historia del joven militar Percy Fawcett (un extraordinario Charlie Humman, quizá en la mejor interpretación de su carrera), en la Inglaterra de inicios del siglo XX. Fawcett es un hombre valeroso, casado y con un hijo, que tiene que sobrellevar a sus espaldas, el deshonor de albergar el recuerdo a sus espaldas de la figura de un padre alcohólico, dentro de un contexto que aún asume la etiqueta del imperio. En su interior, alberga el deseo de solapar ese menosprecio evidente de sus superiores -descrito en esa invitación a cenar que finalmente no se le formula, en la fiesta tras la captura del zorro que valerosamente ha logrado concluir, en una brillante secuencia, que parece una depuración estética, de la ofrecida por Tony Richardson, en la inolvidable TOM JONES (Idem, 1963)-.

Muy pronto, será invitado a asumir una aventura de exploración, en los límites de Brasil y Bolivia, al objeto de delimitar las fronteras entre ambos países, que están a punto de colisionar en una guerra, y en la que Gran Bretaña alberga intereses comerciales con la obtención de caucho. Consciente de que un resultado positivo de la exploración, sería decisivo en la rehabilitación de su apellido, asumirá la peligrosa aventura, ayudado para ello por el valeroso Henry Costin (esforzado Robert Pattinson). Todo ello, no será más el inicio de una triple exploración a tierras sudamericanas, entre los cuales se insertará su lucha en la I Guerra Mundial, y dirimiéndose en su interregno, un conflicto familiar, que tendrá como protagonista a su primogénito -Jack (Tom Holland)- quien, paradójicamente, será el que, una vez adolescente, motive a su padre en su último viaje, contando para ello con la aprobación de la esposa del segundo -Nina (magnífica Sienna Miller)-.

Todos estos elementos suponen, en esencia, la entraña de esta aventura de casi dos horas y media de duración -que se devoran en un santiamén-, embelleciendo la historia real de su protagonista, y tomando para ello el libro de David Grann, reescrito en forma de guion por el propio Gray. Y, con ello, propone esa ya señalada experiencia. Esa lucha que alberga en el interior de su protagonista, para encontrar esa dignificación de su propia existencia, a través de un sueño dorado, que se establecerá en su camino. Así pues, entre esa rebeldía en torno a su desprecio social, lo que quizá facilite la mirada compasiva en torno a los indígenas, pasando por ese conflicto familiar, que tendrá su punta de lanza en el desprecio de su hijo mayor, se centra esta bellísima película. Una obra que se toma su tiempo, y que huye de las convenciones y de los elementos más o menos gratificadores, entre aquellos que deseaban una producción con una formulación narrativa convencional. Esa inclinación por las elipsis, que provocaron no poco desconcierto en el momento de su estreno, revelan las autenticas intenciones de Gray, centradas en recurrir a los elementos y situaciones esenciales, para comprender la auténtica entraña psicológica de sus personajes y, sobre todo, la de su protagonista. Se ha hablado, y no sin razón, de ecos del cine de Herzog -FITZCARRALDO (Idem, 1982)- o incluso de Francis Ford Coppola de APOCALYPSE NOW (Idem, 1979). Me atrevería a citar también, el Richard Brooks de LORD JIM (Idem, 1965). Y es que un nada soterrado eco conradiano, fluye -nunca mejor dicho- por una andadura que, por otro lado, deviene un placer para los sentidos, aunque en realidad se nos escamoteen las convenciones, en las que Gray hubiera podido incurrir con absoluta legitimidad.

Ese deseo por llamar la atención en lo que se encuentra en un segundo término del encuadre. Ese cuidado por las motivaciones de sus personajes. Esa narrativa serena, incluso en sus momentos más complejos, son elementos que hacen que THE LOST CITY OF Z, resulte una experiencia casi hipnótica y, en sus momentos más intensos, incluso conmovedora. Con una cierta querencia por el fantastique, en algunos de sus instantes más intensos -pienso en ese encuentro con una adivinadora, en pleno frente de guerra, que logrará modificar al protagonista el perfil de aquello que contempla, sustituyéndolo por el deseo del descubrimiento de sus sueños, al tiempo que otorgándolo la legitimidad existencial, de que está escrito en el destino que podrá vivir para ver con sus ojos el descubrimiento de esa ciudad perdida. Ello supondría un estímulo, en una Humanidad rota en los últimos compases, por las consecuencias y el horror de la contienda mundial.

Lo cierto es que James Gray abre sus horizontes como cineasta en esta extraordinaria película. Tal vez la mejor de su muy estimulante andadura. La que saba articular diversas vertientes, abriéndose a mil y una miradas. Desde la denuncia de las desigualdades y prejuicios del mundo civilizado -en el tiempo en que se encuadra la ficción, y el propio de nuestros días-, hasta una mirada avanzada en torno a los roles de una familia, que ha discurrido con extrañeza el paso el tiempo, y en el que la mujer, en un momento dado, adquirirá un rol activo, anticipando esas corrientes feministas, que Nina asume, sin que en ello haya en ella un elemento reivindicativo de carácter colectivo.

THE LOST CITY OF Z es una obra arriesgada, a contracorriente, que apuesta por una formulación clásica en la mejor de las percepciones posibles, pero al mismo tiempo, adquiere una extraña estructura, en la que rompe una determinada linealidad, en beneficio del seguimiento de las motivaciones de su protagonista. Ayudada por una excelsa fotografía en color de Darius Khondji, que explota a todos los niveles la pantalla ancha elegida por Gray. Con la temperatura que le transmite la banda sonora de Christopher Spelman, la serenidad narrativa que le imprime su artífice, poco a poco nos encontramos ante una película en la que, de manera casi ineludible. Te dejas seducir por esa lucha casi sin cuartel de Fawcett, por alcanzar ese sueño, que se ha convertido casi en el centro y paradigma de su existencia. Y ello nos proporcionará secuencias de fuerza imborrable. Como aquella en la que, de manera inesperada, se encuentran con una función de ópera en plena selva. O esa extraña relación con el indígena que les guía, que desparecerá extrañamente de la narración. Momentos, como ese intento del protagonista, de trabar amistad y dejar atrás las hostilidades mortales, con una tribu de caníbales. Instantes como la capacidad organizativa de los indígenas, al comprobar como logran articular sus cultivos, en una selva tan salvaje.

Sin embargo, es en sus últimos tres cuartos de hora, cuando a mi modo de ver THE LOST CITY OF Z, abandona los ropajes del artificio narrativo, para convertirse en todo un vehículo de felicidad cinematográfica. Será a partir de ese instante conmovedor, en el que el ya adolescente Jack, deje de lado su abierta hostilidad hacia su padre, abrazándolo emocionado al verle herido y con los ojos vendados tras su lucha en la contienda mundial, comprobando como esas instituciones inglesas, se han limitado a reconocer su valía ascendiéndole al sencillo cargo de coronel. A partir de ese momento, la cámara de Gray acariciará esa transmutación de la personalidad de padre e hijo -ese maravilloso plano general en medio de la campiña, que los encuadra a ambos, mientras el adolescente prueba su puntería en la caza, revelando una cualidad que siempre sobrellevó su padre-. Y ello nos llevará a ese último intento, ya en plenos años 20, y cuando Percy se encuentra encaminado a la madurez, y sin que su fiel Costin se decida a acompañarle -se ha convertido en un centrado padre de familia-. Serán todos ellos, algunos de los pasajes más memorables que he podido ver en el cine de los últimos años, sintiendo como espectador una extraña mezcla de intimidad, felicidad compartida, y búsqueda de la realización personal. No hará falta seguir una narración convencional. Tan solo instantes sueltos, como esa calurosa bienvenida a padre e hijo -que relatan en prensa sus hazañas-, mientras discurren por tren. O esa sinceridad que nos transmiten la fotografías que ambos se realizan con las tribus primitivas, que parecen desprender ecos del cine de Flaherty.

De cualquier manera, nada resultará más bello y conmovedor que esos minutos finales, en los que padre e hijo serán capturados por una tribu, siendo dispuestos de manera ceremoniosa para una casi inevitable ejecución. Las imágenes del film de Gray adquieren una inusitada calidez. Una sinceridad absoluta entre esos dos seres que tuvieron una convivencia difícil, pero que, en esta aventura, han aprendido a comprenderse y aceptarse plenamente. Una extraña espiritualidad se imbrica en los sensuales fotogramas, mientras ambos podrán tener ante sus ojos su objeto de deseo -esa ciudad que contemplarán iluminada de noche por antorchas, casi de manera embriagadora-, sin descubrir el espectador si nuestros protagonistas han sobrevivido, quedando quizá engullidos en ese mundo tan diferente al suyo, pero en el que quizá hayan encontrado su definitivo acomodo.

Realidad y ficción se entrecruzarán de manera enigmática, cuando en los pasajes finales de la película, una Nina que no se regina a reconocer que sus seres más queridos han desparecido para siempre, entregue a una de las autoridades esa brújula, que supuestamente Fawcett entregó a un brasileño, y que contradirá las diferentes e infructuosas misiones enviadas para su rescate. THE LOST CITY OF Z culmina, pues, con una sensación agridulce. Ha sido tan intensa la convivencia con la que hemos concluido el metraje, que aparece una cierta insatisfacción a la hora de no conocer la deriva de padre e hijo. Es el último giro. La audacia postrera, de una obra extraordinaria. Un placer para los sentidos. Una ceremonia íntima de realización personal y, como no podría ser de otra manera, la ratificación de la valía como cineasta de James Gray.

Calificación: 4

En la calle, el número 503 de la revista Dirigido por... (Octubre 2019)

En la calle, el número 503 de la revista Dirigido por... (Octubre 2019)

Con su habitual periodicidad, y con una impactante portada, se encuentra ya en los kioskos de toda España, el nº 403 de la revista DIRIGIDO POR..., correspondiente al presente mes de octubre de 2019.

Y hay que señalar que en este número, destaca de manera muy poderosa, la crónica de tres de los más importantes festivales cinematográfico del mundo; Venecia, San Sebastián, y el emergente de Toronto. En cualquier caso, y junto a las secciones habituales, destaca entre sus contenidos la segunda y última parte, del ’dossier’ dedicado a la figura de Elia Kazan.

En este número, mi aporte se centra, dentro de la sección ’Flashback’, la evocación de la magnifica FUEGO FATUO (1965, Louis Malle), primorosamente editada en BluRay por Divisa. También, ya dentro de la sección ’Home Cinema’, el comentario sobre DER VERLOENE / EL HOMBRE PERDIDO (1951), la única e interesantísima película, dirigida por el actor Peter Lorre.

ESCAPE (1948, Joseph L. Mankiewicz)

ESCAPE (1948, Joseph L. Mankiewicz)

ESCAPE (1948) ha sido y sigue siendo, el film ignorado por excelencia en la filmografía de Joseph L. Mankiewicz. Durante décadas todos aquellos que hemos transitado la andadura del director de THE HONEY POT (Mujeres en Venecia, 1967), intentamos acceder a una producción que suponía, además, la segunda de las cuatro obras que dirigió con el protagonismo de Rex Harrison, quizá el intérprete que mejor conectó con la mirada cínica e incluso llena de misantropía que extendió en el conjunto de su obra. Se trata además del título que rodó en el seno de la 20th Century Fox tras su memorable THE GHOST AND MRS. MUIR (El fantasma y la Sra. Muir, 1947). Motivos sobrados para acercarnos a este film invisible durante largos años, del que muy pocos –ni siquiera sus propios artífices- se detenían demasiado a la hora de comentar sus características. Parecía que nos encontrábamos ante una película de la que nadie quería hablar. Casi un corpúsculo molesto en la obra de un realizador considerado intocable. Y no toda la obra de Mankiewicz alcanza esa alta estima que le atribuyen sus admiradores –entre los que me encuentro-. Son varios los títulos que ratificarían esa por otra parte lógica irregularidad, extensible a otros sobrestimados exponentes. Tras contemplar ESCAPE, es fácil comprender ese oscurantismo que ha recaído sobre la misma a lo largo del tiempo, hasta convertirla en una película casi invisible. Quizá lo sea ese claro aspecto de serie B, que podría resultar ‘indigno’ en la obra de un cineasta ya consolidado dentro de la nómina del estudio de Zanuck. Nos encontramos ante la que fue la primera película estadounidense rodada en territorio británico, y, en cierta medida, es ese un valor suplementario que con el paso del tiempo fue imitado –con mayor o menor fortuna- por muchas otras producciones posteriores.

En esta ocasión, muy pronto la iluminación sombría en blanco y negro, del posteriormente prestigioso Freedie Young, acompaña una amplia panorámica de la cámara hacia la izquierda, trasladándonos a la prisión en la que se encuentra encerrado Matt Denant (Rex Harrison, como siempre, impecable). La cita en torno a la imposibilidad del arrepentimiento que inicia el relato, proveniente de la obra teatral de John Walsworthy, adentra al primer plano del rostro de Denant, quien muy pronto nos introduce a uno de los clásicos flashbacks inherentes al mundo del cineasta, trasladándose al pasado más o menos reciente de este, en calidad de heroico piloto durante la II Guerra Mundial, y la situación vivida en defensa de una mujer cuando es acosada por un agente, al que matará de manera accidental. En apenas unos minutos viviremos con gran sentido de la síntesis, la carencia de sensibilidad que rodeará el caso, asumido casi como una pesadilla por el hasta entonces piloto, quien será condenado a tres años de trabajos forzados en la prisión de Dartmoor –emocionante el instante en el que la mujer a la que defendió, llorará desconsolada al comprobar dicha condena leyéndola en la prensa-. La película tornará al momento presente, sin perder en ningún momento ese aire sombrío, hasta plantearse en medio de la niebla casi nocturna en la que siguen desarrollando sus tareas los presos, la decisión de escapar de un recinto ubicado en medio de unos páramos que nunca han permitido la huída de nadie.

Sin embargo, este logrará llevar a cabo su fuga, iniciando una especie de parábola que le hará vivir en carne propia las actitudes de toda una galería humana, descrita con bastante escepticismo por la cámara de Mankiewicz, y surgida de la pluma del sagaz Philip Dunne. Seres que van desde la mezquindad del compañero de taller de Matt –encarnado por un joven Cyril Cusack-, la rudeza del agente de policía sobre cuya muerte recaerá el epicentro del relato, la crueldad y frialdad que se observa en los tribunales de justicia, la chismosa responsable de una taberna, que no duda en escuchar la conversación que Denant mantiene por teléfono, el terrateniente que llegará a montar una batida a la hora de ofrecer la busca y captura del presunto delincuente, o incluso el vendedor de vehículos, cuya presunta honorabilidad llegará a ponerse a prueba de juicio por nuestro protagonista en el traslado que ambos acometerán. Es más, incluso en unos seres caracterizados por sus miserias más o menos declaradas, el inspector encargado de su captura –Harris (William Hartnell)-, aparecerá con un grado de cordura ausente en el entorno humano que irá descubriendo. En última instancia, el único apoyo que reciba será el de la joven Dora Winton (Peggy Cummings), quien pronto empatizará con el prófugo, no solo creyendo sus palabras, sino iniciando con él una extraña relación, que le llevará a romper con su prometido –al que nunca veremos-. Mantendrá incluso el apoyo de su hermana Grace (Jill Esmond), una mujer más curtida, admiradora en secreto del arrojo de su hermana, que quizá en su juventud ella no pudo albergar.

Escape resalta en el magnífico uso de los páramos exteriores que son captados con un magnífico sentido de lo sombrío –algo que aventuraría de manera rotunda Jacques Tourneur en CIRCLE OF DANGER (1951)-. Su ajustada duración permite que esta adquiera un considerable ritmo, y si bien uno echa de menos una mayor presencia del pathos, no es menos cierto que ese encuentro casi final del fugitivo a la capilla de la localidad, por más de reflejar no pocos tópicos en las manifestaciones del sacerdote, suponen el necesario contrapunto de serenidad y esperanza, para un hombre al que prácticamente no le queda ninguna salida válida, más que la que le puede proporcionar la joven Dora, capaz de esperar esos tres años para encontrar en él ese amor que desde el primer momento ha vislumbrado. Objeto de algunos cortes en el momento de su edición, ESCAPE es la prueba evidente de un relato que habla en voz baja, pero en su modestia no solo no merecía el ninguneo al que ha sido sometido durante tantos años, sino que debería situarse en un lugar encomiable dentro de una filmografía en la que no desentona en absoluto.

Calificación: 3

CITY BENEATH THE SEA (1953, Budd Boetticher)

CITY BENEATH THE SEA (1953, Budd Boetticher)

Rodada en pleno periodo inmerso en la Universal, entre los apreciables westerns HORIZONS WEST (Horizontes del Oeste, 1952) y SEMINOLE (Traición en Fort King, 1953), el paso del tiempo, ha venido considerando a CITY BENEATH THE SEA (1953), el hecho de ser uno de los títulos menos conocidos de la filmografía de Budd Boetticher, al tiempo que una de sus contadas aportaciones al cine de aventuras. Dada dichas circunstancias, era de esperar cierta expectativa, a la hora de tomar contacto con un producto atractivo. Sin embargo, y pese a encontrarnos con una película que se degusta con la misma facilidad que se olvida, lo cierto es que poco hay en una propuesta, que ni siquiera logra elevarse, dentro de la producción del género dentro de dicho estudio, al tiempo que aparece como uno de los exponentes menos estimulantes, de cuentos he contemplado de la filmografía del cineasta.

Brad Carlton (Robert Ryan) y Tony Bartlett (Anthony Quinn), dos especialistas, viajan hasta la localidad de Kingston, en Jamaica, atendiendo el encargo de Dwight Trevor (Karel Stepaneck), representante de una compañía, que desea rescatar un botín de un millón de dólares en oro, que se hundió con el buque que lo portaba, no habiendo ser podido encontrar la nave hasta entonces. Ofrece a la pareja 25.000 dólares si encuentran el rastro del naufragio, pudiendo muy pronto ambos iniciar sus tareas. Antes de las mismas, nuestros protagonistas encontrarán sendas mujeres que dejarán abiertos caminos de futuro. Tony se acercará a la elegante Valita (Suzan Ball), mientras que el más racional Brad se acercará a Terry (Mala Powers), propietaria de un pequeño barco, con quien la corta expedición intentará encontrar dicho tesoro. La búsqueda será infructuosa, sin que los dos aventureros sepan que, en realidad, Trevor ha estado en componenda con el poco recomendable capitán Meade (George Meadows), conocedor del lugar donde se encuentra el buque hundido. Para ello, y cuando estos se encuentran a punto de abandonar la ciudad, serán contratados de nuevo, aunque acudan por separado y por razones contrapuestas, a la captura del codiciado botín. Será una acción que despertará la hostilidad de la secta vudú de la isla, reaccionando con ira, ante la violentación de las ruinas de Port Royal, que se encuentran bajo tierra desde finales del siglo XVII.

En realidad, lo malo de CITY BENEATH THE SEA, no aparece en el rosario de convenciones que surca su levísima base argumental, y en la que no dejamos de contemplar, que la película, se articula dentro de ese conjunto de producciones auspiciadas por la Universal en los primeros cincuenta, caracterizadas por su intento Technicolor, procedentes de diversas variantes del cine de aventuras. Lo verdaderamente decepcionante del film de Boetticher, es comprobar en sus mejores momentos -que los tiene-, las posibilidades que se han ido dejando por el camino, impidiendo convertir una discreta muestra de género, en un producto de mayores ambiciones. Así pues, las primeras secuencias de la búsqueda submarina, no dejan de aparecer rutinarias. Como lo serán los pasajes del encuentro de los protagonistas con sus partenaires femeninas.

Sin embargo, la película luce en todo momento la intensidad de su gama cromática -fotografía de Charles P. Boyle y, de manera muy especial, el técnico de color William Fritsche-. Y entre la sucesión de agradables lugares comunes, aparecen no pocos instantes provistos de cierto interés, que dan la medida de a lo que pudo haber llegado esta modesta producción. Me refiero a la sensación de placidez, que dejan entrever esas secuencias de reposo, descansando sobre el pequeño barco de Terry, con ella junto a Brad, dejando entrever la consolidación de una rápida relación y sus planes de futuro. O la impactante secuencia en la que Tony descubre bajo el mar, las ruinas de la vieja ciudad y, entre ellas, el buque allí depositado -en mi opinión, el mejor pasaje del relato-. También, la inquietud que revela la ceremonia de los vudú, a la que se acercan Brad y Terry, siendo sorprendidos por unos componentes de dicha secta encapuchados, que los rodean desde la espesura del follaje., O, como lo podía ser de otra manera, el lento episodio en el que Tony se dispondrá bajo el mar, a rescatar el esperado botín, viviendo un temporal, que hará temblar el subsuelo, y hacer realidad esa leyenda que señalaba que cuando las ruinas de la ciudad fueran profanadas, la campana del viejo campanario empezaría a sonar casi como de ultratumba, provocando que este quede atrapado dentro del viejo buque, y teniendo su eterno compañero que ayudarlo casi en el último momento, como poco tiempo antes hiciera este por él.

Y es que, en última instancia, este discreto film de Boetticher, aparece casi como un precedente de esas célebres buddy movies, que tan populares se harían a partir de la década de los 80, a partir de una pareja que no es aprovechada en sus posibilidades, pese a la cómoda labor de Ryan y Quinn, y que finalizará de manera tan atropellada como pretendidamente humorística, cerrando una película que se deja ver, pero que poco mantiene su presencia, en la memoria y la retina.

Calificación: 2

UPSTAGE (1926, Monta Bell) Entre bastidores

UPSTAGE (1926, Monta Bell) Entre bastidores

El paso de los años, con lo que ello supone de recuperación de la historiografía fílmica, está sucediendo con bastante lentitud, a la hora de ir revisando el conjunto de la filmografía de Monta Bell -20 largometrajes-, a quien se cita en cualquier antología del periodo silente, pero de quien apenas se puede acceder a sus películas. UPSTAGE (Entre bastidores, 1926) es el tercero de los títulos suyos que he tenido ocasión de contemplar y ya, de entrada, me parece una pequeña maravilla. Un prodigio de delicadeza cinematográfica, que logra superar a base de sensibilidad cinematográfica, los estereotipos de partida, con las que partía esta historia creada por Walter DeLeon, y transformada en guion por Lorna Moon. En realidad, nos encontramos con una plasmación del universo del vaudeville. De los altibajos que plantea la vivencia en el mundo en el espectáculo, en los que el arribismo y la vanidad, lamentablemente acompañará cualquier trayectoria en dicho ámbito. En realidad, el devenir argumental de UPSTAGE, no deja de recorrer todos los estereotipos que el tiempo ha dejado, en torno a las visiones cinematográficas del universo teatral. La llegada de una joven que busca el triunfo profesional, y que casualmente se ve abocada al mundo del espectáculo, logrando inesperadamente la fama y, junto a ella, no asumiendo la suficiente lucidez, para saber de donde procede la misma. En torno al personaje principal -Dolly Haven (Norma Shearer)-, se sucederán una serie de personajes más o menos secundarios, destacando entre ellos el joven y emprendedor bailarín Tommy (Oscar Shaw), que será quien de manera inadvertida, vislumbrará sus posibles cualidades, y entre quienes se extenderá una estrecha relación, interrumpida cuando las ínfulas de Dolly fuercen la separación artística de la pareja.

El film de Bell está poblado de agentes, estrellas que necesitan un estímulo, figurantes, atracciones de vaudeville… Nada novedoso a ojos de nuestros días. Pero lo que hace grande esta película -de poco más de sesenta minutos de duración-, reside tanto en el admirable dominio de los resortes cinematográficos de que hace gala su realizador, como en la sensibilidad que despliega en el tratamiento de sus personajes. Todo ello,  a través de una admirable dirección de actores, y una constante inventiva visual y gusto por el detalle, permitiendo que nos encontremos ante un conjunto, en el que la verdad cinematográfica sea su santo y seña -en mi caso particular, se hace más evidente, al contemplar una copia no en demasiado buen estado, que carece del más mínimo acompañamiento musical-.

UPSTAGE se inicia desde el exterior de la estación newyorkina de Pensylvania -las secuencias de exteriores de la película, adquieren todas ellas una asombrosa vivacidad y transmiten ese bullicio urbano de los ‘felices años 20’, con enorme pertinencia, ante el uso de atrevidos travellings que discurrirán entre los viandantes. En su interior, una nerviosa Dolly hojea en un puesto de prensa, una revista de espectáculos, quedando fascinada con el mundo frívolo que sus páginas proponen. Cuando esta ha comprado un periódico para encontrar trabajo, se marcha, viendo la primera muestra de la querencia por el detalle de Monta Bell; una monja que estaba junto a la protagonista, no podrá reprimir pegar un vistazo a la misma publicación. Será una prueba más de la fascinación que el mundo del espectáculo, generaba en aquella bulliciosa sociedad, incluso en personas en apariencia tan alejadas de aquellos ámbitos mundanos. Tras encontrar un muy modesto apartamento -la casera esconde un enorme agujero que ha detectado en la sábana-, la protagonista acudirá al anuncio que busca una secretaria, en el despacho del representante artístico Sam Davis (Tenen Holtz). Será el inesperado acercamiento a un mundo fascinante, lleno de bullicio, que ya percibiremos en esos breves instantes de encuentro, donde de manera inesperada, serán intuidas las posibilidades de Dolly, por parte de Tommy, ese joven bailarín lleno de talento y carisma.

A partir de ese momento, con tanto dinamismo como sensibilidad, UPSTAGE deviene un relato entrañable, creíble e incluso emotivo, en el que los sentimientos se solaparán, una vez la ambición de Dolly se ponga en primer plano, a la hora de ascender en una carrera en el mundo del espectáculo, sin atender a la lucidez de su fiel compañero, conocedor de sus posibilidades, y también de sus limitaciones como artista. La película atesora una sorprendente movilidad tras la cámara, no solo en las ya señaladas secuencias de exteriores, sino también en esos atrevidos y deslumbrantes zooms de acercamiento, que servirán para acentuar el dramatismo de aquellas situaciones límite que se producirán en la parte final del relato. O en la dramática manera con la que describe la caída de la pequeña -hija de los lanzadores de cuchillo-, tomando como base el siniestro e imperturbable semblante de una marioneta, que es la que ha ejercido como elemento de fascinación de la niña. Todo ello en un deslumbrante episodio, en el que no se sabe que admirar más, si la audacia en la planificación, con esos ominosos picados que preludian el trágico accidente, o el dramatismo que en sus padres producirá el conocimiento del mismo en plena actuación, culminando con el ofrecimiento de Dolly, para culminar dicho número, sin que el público note la ausencia de la receptora del lanzamiento. Una vez más, ficción y realidad se darán de la mano. El espectáculo no se podrá detener. Es más, antes de culminar el número, Molly se desmayará, siendo auxiliada por Johnny, y pudiendo finalmente ambos exteriorizar el amor que siempre han sentido, tras el escenario, teniendo como fondo las coristas, en cuyo grupo esta iba a participar.

Ayudado por unos subtítulos que no tienen desperdicio -obra de Joe Farnham, autor de los inolvidables textos de THE CROWD (… Y el mundo marcha, 1928. King Vidor)-, y por encima de esas audacias visuales, que aún siguen sorprendiendo más de nueve décadas después de su realización, si algo me resulta inolvidable en esta extraordinaria película, es su apuesta por la delicadeza. Algo que se manifiesta, sobre todo, en la extraordinaria química planteada entre una admirable Norma Shearer, y el no menos magnífico y apenas frecuentado para el cine Oscar Shaw. Todo ello se expresa en la delicadeza de sus miradas, de sus gestos. En ese detalle reiterado por parte de la joven, de atusar la corbata del muchacho. Por ello, cuando se interponga entre ambos la bailarina que este ha contratado cuando Molly ha abandonado el tándem, en un inesperado encuentro, esta última volverá a reiterar ese gesto cariñoso. Sin embargo, el brazo largo de la rival, se interpondrá en el fotograma, estirando de nuevo la corbata.

Y es que, en buena medida, con UPSTAGE, asistimos a un curioso precedente de la relativamente cercana, y también magnífica, SHOW PEOPLE (Espejismos, 1928. King Vidor), simplemente variando el foco del mundo del espectáculo escénico en el título que comentamos, como el del entorno cinematográfico plasmado en el de Vidor. Y de entre el cúmulo de grandes momentos y sugerencias que plantea esta tan espléndida como casi desconocida película, no dudaría en destacar un pasaje, revestido de ternura y erotismo al mismo tiempo. Momentos antes del debut de la pareja, Molly comprueba el desastre de maquillaje que cubre su cara. Tommy acudirá a ayudarle, acertando al embellecer su rostro con un fino maquillaje. Con sus dedos, estando ambos en primer plano, irá completando el carmín de los labios de la muchacha, mientras ella no dejará de reiterar ese atusamiento de su corbata, que ha caracterizado la relación de ambos desde el primer momento.

Calificación: 4