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CINEMA DE PERRA GORDA

Aparece el DIRIGIDO POR... Nº 348 (Septiembre de 2005)

Aparece el DIRIGIDO POR... Nº 348 (Septiembre de 2005)

Tras el lapsus veraniego retorna con fuerza la revista “Dirigido Por…” en su ejemplar nº 348, correspondiente a septiembre de 2005. Una vez más ofrece un número extraordinario, con una portada evocadora de EL TERCER HOMBRE (The Third Man, 1949. Carol Redd), anunciando la segunda entrega del dossier 50 OBRAS MAESTRAS DEL CINE EUROPEO. Es decir, cuando el próximo número aparezcan la segunda parte de este dossier, serán ya cien los títulos comentados en una algo confusa agrupación. Son 22 los recopilados y comentados en este ejemplar con el siempre adecuado acompañamiento gráfico, entre los que resaltan para mi gustos algunos excelentes como SENSO (1954. Luchino Visconti), LOLA MONTÉS (1955, Max Ophuls) o EL PROCESO (Le Procès, 1962. Orson Welles). Junto a estos destacaría que finalmente se haya optado por incluir entre esta galería al magnífico SABADO NOCHE, DOMINGO MAÑANA (Saturday Night and Sunday Morning, 1960. Karen Reisz), por el que ya clamaba cuando hace unos meses comenzaron aparecer las primeras entregas de este dossier. Al mismo tiempo reconozco no haber podido contemplar hasta el momento algunas de las obras elegidas y en las que tengo realmente mucho interés. Es el caso de CRÓNICA FAMILIAR (Cronaca familiare, 1962. Valerio Zurlini) o EL EJÉRCITO DE LAS SOMBRAS (L’Armèe des ombres, 1969. Jean-Pierre Melville).

Más allá del seguimiento y la inclusión de comentarios a la actualidad cinematográfica, una vez más destacan los contenidos versados sobre el lanzamiento en DVD de importantes títulos del pasado cinematográfico. Entre estos destaca la aparición de la magistral EL GATOPARDO (Il Gatopardo, 1963. Luchino Visconti), que propicia un amplio y personal repaso a cargo de Carlos Losilla, ocupando la sección “El film reencontrado”. También la reciente edición de dos títulos dirigidos por Ingmar Bergman en los años 50 –NOCHE DE CIRCO (Gycklaman afton, 1953) y SUEÑOS (Kvinnodröm, 1955)- sirve para que el mismo Losilla introduzca su presencia, en un reportaje titulado “El joven Bergman”.

Siguiendo esta estela Quim Casas dedica en su sucinta aproximación “Goddard en cuatro tiempos”, la edición en este formato de cuatro de sus películas, enclavadas en diferentes épocas de su carrera. Son BANDA APARTE (Bande à part, 1964), WEEK-END (1967), TODO VA BIEN (Tout va bien / Crepa padrone, tutto va bene, 1972) y YO TE SALUDO, MARÍA (Je vous salue, Marie, 1984) –de la que por cierto recuerdo la enorme controversia que provocó en el momento de su estreno por parte de sectores integristas españoles-.

Una vez más, la sección “Última sesión” aborda el pase reciente de títulos cercanos y lejanos en el tiempo. De entre los más antiguos cabe señalar por lo que tiene de apuesta al tratar en terrenos poco explorados LA GRAN ESPERANZA (La grande speranza, 1953, Dulio Coletti); LA REINA DE SABA (La regina di Saba, 1952. Pietro Francisci) o THE SPANISH MAN (1945, Frank Borzage).

La publicación se cierra, tras la sección dedicada a las bandas sonoras y el apartado “En busca del cine perdido”, que en esta ocasión está dedicado a muy poco conocido film español de José Antonio Nieves Conde, titulado ANGUSTIA (1947). Ramón Freixas se encarga de destacar las cualidades que a su juicio encierra este film de suspense, al parecer lleno de influencias expresionistas. Sería cuestión de echarle un vistazo.

IN THE CUT (2003, Jane Campion) En carne viva

IN THE CUT (2003, Jane Campion) En carne viva

Todos las décadas cinematográficas han tenido títulos que por unas causas u otras se han erigido como referentes en la obra de un realizador, por más que en su momento y pese a la catarata de galardones recibidos determinados sectores ya apelaran a la falsedad de dicho “boom” y el paso del tiempo quizá lo confirmara. En los noventa uno de dichos ejemplos lo supuso EL PIANO (The Piano, 1993) y la proyección que ofreció para la neozelandesa Jane Campion, su realizadora. Como quiera que nunca me atrajo mínimamente visionar esta película no puedo decantarme hacia una u otra tendencia crítica aunque creo que el paso del tiempo ha hecho adquirir fuerza los que cuestionaron la apuesta por la Campion.

Y he aquí que el paso del tiempo me ha permitido acercarme ante su hasta ahora última película, que no ha hecho más que ratificar –incluso de forma desmedida- mis peores sospechas al respecto. Y es que considero que IN THE CUT (2003) –EN CARNE VIVA en España-, en uno de los “thrillers” más petulantes, gratuitos, estériles y aburridos que he tenido la desdicha de soportar en mucho tiempo ¿Cómo se puede plantear una historia de misterio en la que los crímenes importen tan poco en los personajes protagonistas, máxime cuando estos se ejecutan muy cerca donde estos viven? ¿Es admisible que en una película de este género se introduzca tramposamente un personaje sospechoso –en este caso el que encarna Kevin Bacon-, para posteriormente abandonarlo a su suerte sin saber que le acontece finalmente? ¿Es necesario tanto subrayar un elemento de sospecha –el tatuaje del inspector de policía- para saber por lógica que luego inducirá al equívoco en la resolución de los asesinatos?

Podría seguir mencionando la larga lista de incongruencias, lugares comunes y gratuidades que plantea esta película, en la que fundamentalmente se buscó una relativa revitalización de la veterana y bastante blanda Meg Ryan de cara a audiencias más adultas. Quizá para ello se trasladó a la pantalla esta historia de Susanna Moore, que estoy convencido que en sus demasiados ostentosas evidencias –ese intento de retrato psicológico de la protagonista, caracterizado por su insatisfacción sexual y carácter reservado- podría haber servido para elaborar un producto más bien interesante. La película describe la extraña relación que se establece entre esta y un extraño y vulgar detective de policía –Malloy (Mark Ruffalo)-, con el que quizá se siente atraído por la vulgaridad de su personalidad -Franny (Ryan) es una profesora que quiere elaborar un diccionario de palabras de la calle y para ello consulta a gentes de diversas etnias-. A partir de ese encuentro se desarrolla una turbia relación sexual –se llegan a expresar insertos de genitales masculinos y lenguaje y secuencias de alto contenido erótico-, en la que tiene un contenido determinante la permanente sospecha que la protagonista tiene de la participación del policía en estos crímenes.

A partir de estos elementos –ciertamente poco originales pero siempre eficaces sobre el papel- es cuando la ineptitud y el esteticismo vulgar bajo apariencia “culta” de Jane Campion se despliega de la forma ramplona, con una inexistente puesta en escena. En su oposición solo contemplamos un desfile de planos mal encuadrados, montados bajo unas fórmulas arbitrarias –con un solo prisma fotográfico y la única intención de que “quede epatante”-. Su aspecto visual nos traslada ante uno de tantos vídeos emitidos por la MTV y enmarca una historia en la que no se puede fotografiar peor la ciudad de Nueva York –el cercano recuerdo de la mano experta de Spike Lee o John Cassavetes ante esta faceta en películas contempladas recientemente es demoledor cara a reseñar este aspecto-. Todo confluye en definitiva en el hecho de lograr una película que finalmente desbarra en su aparente osadía sexual –hay centenares de títulos eróticos filmados para televisión por cable que son más explícitos en este sentido-, pero que muy pronto deviene en aburrimiento y desinterés absoluto ante lo que estamos contemplando. Y para que el tópico se complete, nada mejor que la presencia de Jennifer Jason Leigh interpretando a la hermana de la protagonista, y una vez más volviendo a su estereotipo de mujer libidinosa de buen corazón.

Sinceramente, un título absolutamente olvidable, irritante, que cosechó un justo varapalo en el momento de su estreno, y del que solo se puede rescatar el intento de Meg Ryan por demostrar sus posibilidades dramáticas y comprobar una vez más que Mark Ruffalo tiene más limitaciones como actor de las que parece, y se desenvuelve mucho mejor en el cine independiente.

Calificación: 0

THE SPIKES GANG (1974, Richard Fleischer) Tres forajidos y un pistolero

THE SPIKES GANG (1974, Richard Fleischer) Tres forajidos y un pistolero

Pocas veces se ha comentado la incidencia que determinados realizadores ya veteranos de Hollywood propiciaron hacia un género como el western, que prácticamente se encontraba ya enterrado. Nos encontramos ya, por supuesto, en plena década de los setenta, y más allá de la nefasta influencia de Sergio Leone o los desiguales fulgores del –a mi juicio- sobrevalorado Sam Peckimpah, se insertaban una serie de muestras del género que se entremezclaban entre un perdido clasicismo y los atavismos visuales de un periodo realmente incierto para el género –y el cine en general-. Y es en este grupo donde podemos destacar –personalmente así lo hago- algunas aportaciones de ese “casi maestro” llamado Henry Hathaway, pero no conviene olvidar otras muestras de realizadores como Don Siegel, Robert Aldrich –alguna de ellas realmente brillante- o incluso Robert Mulligan. En su conjunto parece que determinados de estos nombres que jalonaron una época brillante del cine norteamericano quisieran despedirse de un periodo definitivamente perdido evocando uno de los géneros más característicos de la cinematografía norteamericana.

Pues bien, he de reconocer que aún siguiendo la trayectoria de este estupendo hombre de cine que es Richard Fleischer la verdad es que no tenía ni idea que en ella hubiera filmado uno de estos extraños westerns, quizá una de las piezas más ascéticas, sorprendentes, irregulares y atractivas de este pequeño, espontáneo y poco estudiado ciclo. Me estoy refiriendo a THE SPIKES GANG (1974), una película rodada en Almería y titulada en España de forma bastante estúpida TRES FORAJIDOS Y UN PISTOLERO, y que es fácil que en el momento de su estreno pasara desapercibida para todos los públicos. Situémonos en un periodo en el que directores como Fleischer, con toda la presencia de un periodo irregular, eran oscurecidos por nombres sin duda más simples pero astutamente situados en el engranaje de un Hollywood progresivamente dominado por ejecutivos más que por auténticos hombres de cine.

En medio de ese entorno, surge una película inequívocamente pobre. Más bien parece el equivalente en los setenta de cualquiera de las esquivas series B que décadas atrás había dirigido un hombre como Edgar G. Ulmer. Aunque producida por Walter Mirisch, lo cierto es que las extremas condiciones de producción saltan a la vista –las secuencias están casi despobladas de extras, los decorados son muy convencionales, hasta los propios títulos de crédito inciden en ello-. Sin embargo, como queriendo arrastrar contracorriente este enorme lastre, la labor de planificación de Fleischer es segura a la hora de ir al grano en el desarrollo del argumento, la progresión de la narración o la propia ubicación de actores y los propios detalles que desea destacar y que definen la conducta de sus personajes –es sintomático el retrato del padre de Hill al mostrarnos en el inicio el aprecio que tiene a los geranios que pueblan su pequeño rancho-. En definitiva, es apropia sensación de fantasmagoría o la abstracción de la que hace gala la película es la que finalmente inclina la balanza por la estima de sus cualidades, más allá de hacerlo en función de sus debilidades –cierta adscripción al zoom aunque relativamente razonada o la pobreza de la figuración-.

THE SPIKES GANG está basada en un relato de Giles Tipette, cobrando forma como guión de la mano de Irving Ravetch y Harriet Frank, Jr. y se erige como una película de descubrimiento y madurez. Pero la singularidad de esta película estriba al ofrecer una de las miradas más demoledoras y desencantadas que he visto jamás sobre la falsa mitología del Oeste americano. Tres muchachos encuentran en el campo el cuerpo herido de Harry Spikes (Lee Marvin). Lo auxilian de sus heridas y albergan en un granero, ayudándolo a escapar de las fuerzas de la ley que lo persiguen, ya que se trata de un atracador de bancos. Un cierto sentimiento de salida de la rutina y solidaridad en la amistad lleva a los tres jóvenes a huir de sus hogares en búsqueda de una nueva vida. Lo que se prometía como una apasionante aventura muy pronto evidencia la frustración del hambre y el fracaso de una andadura que les llevará a un atraco finalmente fallido –el dinero volará literalmente cuando ya habían asaltado el banco- el asesinato accidental de un senador y llegarán a visitar la cárcel. Es allí donde la aparición casual y providencial de Spikes los sacará de la celda –simplemente sobornará al carcelero- y les devolverá las atenciones que estos le habían brindado, dándoles comida y un poco de dinero. Los jóvenes seguirán su andadura con trabajos penosos hasta que en un nuevo y casual encuentro con el veterano asaltante este reconsiderará el tenerlos como ayudantes de cara a un atraco que tiene planificado. Spikes entrenará a los chavales y los vestirá conforme a las reglas del oeste, aunque en el camino se encontrarán con un veterano forajido que morirá a manos de Will Young (Gary Grimes), el más despierto de trío. El asalto no podrá culminar de forma más trágica y no será más que el detonante para iniciar una escalada de situaciones que culminarán de forma fatídica para todos ellos.

Ciertamente hay que escarbar mucho en el género para encontrar una película que sea tan pesimista en el desarrollo de su argumento. Esa ya señalada austeridad de que hace gala la misma –que no me cabe duda fue el condicionamiento que la hizo confundirse con tantos westerns en coproducciónes de nulo interés-, permite que Fleischer en todo momento otorgue a la película un notable ritmo interno y de alguna manera contraponga esa visión tan sombría de un universo ya mortecino con un tratamiento aparentemente tan liviano y en ocasiones divertido. La visión que finalmente adquirirá Will de la verdadera naturaleza de Spikes –a quien los tres amigos han llegado a mitificar y quien realmente se revela lo que nunca ha escondido ser; un bandido sin escrúpulos-, se verá subrayada por los lacónicos y punzantes diálogos del veterano asaltante, hasta llegar a un final insólito y de notable fuerza dramática que sin duda –y como en el resto de la película-, hubiera logrado un resultado aún más rotundo de haber mediado unas circunstancias de producción más holgadas.

De todos modos y pese a esa relativa sensación de frustración, lo cierto es que THE SPIKES GANG merece ser recordada y vista –es una película de la que nadie habla, no se proyecta por televisión- como un intento interesante, en el que incluso Fleischer demuestra su intuición al lograr de Lee Marvin un trabajo diferente a su registro habitual, y en el que incluso la dirección de los jóvenes actores es bastante adecuada –el posterior escarizado y mediocre realizador Ron Howard y el melifluo Gary Grimes –VERANO DEL 42 (Summer of 42, 1970. Robert Mulligan), que llega a estar brillante en los momentos finales- y en su conjunto demuestra un esmero de Fleischer por aprovechar un material con posibilidades. Pese a todos sus reparos, un western muy superior a una consagrada mediocridad como DOS HOMBRES Y UN DESTINO (Butch Cassidy and the Sundance Kid, 1969. George Roy Hill) o adulto en el tratamiento de la juventud en el género, que dio títulos tan siniestros años después como ARMA JOVEN (Young Guns, 1988. Christopher Cain). Sin duda, una de las rarezas de la filmografía de Fleischer.

Calificación: 2’5

HOLD BACK THE DAWN (1941, Mitchell Leisen) Si no amaneciera

HOLD BACK THE DAWN (1941, Mitchell Leisen) Si no amaneciera

Contemplar HOLD BACK THE DAWN (1941, Mitchell Leisen) –SI NO AMANECIERA en España- al día siguiente de REMEMBER THE NIGHT (1940) del mismo realizador, puede suponer –además del intrínseco placer de disfrutar de dos excelentes melodramas escorados hacia terrenos de comedia- bastante revelador para detectar los elementos de estilo que se reflejaban en las películas del hasta hace bien poco escasamente subvalorado Mitchell Leisen, y que lo revelan como una de las miradas más elegantes y precisas dentro del melodrama de Hollywood. Si en aquella ocasión se apreciaaba la mano de Preston Sturges como artífice de su guión, en esta es evidente que el cinismo de Billy Wilder y Charles Brackett tiene un notable acto de presencia, especialmente en su primera parte. Una vez más, la elegancia de Leisen era puesta en entredicho por la vitriólica mirada de Wilder en sus memorias, aunque cabría reflexionar cuantas veces el admirado director vienés había logrado implicar tanta delicadeza en algunas de sus películas.

HOLD BACK THE DAWN se inicia de un modo singular, como posteriormente pondría de manifiesto Wilder en su –a mi juicio sobrevalorada- SUNSET BOULEVARD (El crepúsculo de los dioses, 1950). Un inicio en el que conoceremos al demacrado protagonista -Georges Iscovescu (Charles Boyer)- introduciéndose en los estudios de la Paramount para solicitar a un celebrado director –que interpreta el propio Leisen en su única prestación tras la cámara, rodando su anterior título; I WANTED WINGS (Vuelo de águilas, 1941)-. Iscovescu le plantea a este un adelanto de 500 dólares a cambio de contarle un guión ciertamente rocambolesco que podría dar como fruto una buena película. Pese a sus rémoras el director acepta escuchar al atormentado personaje y la voz en off de Iscovescu nos contará en flash-back su trayectoria vital como gigoló hasta acabar en un pequeño pueblo lindante con la frontera de Estados Unidos con la intención –frustrada a tenor de los requisitos que este no cumple- de ser considerado ciudadano norteamericano. Su cínica visión de la vida –que muchos han atribuido a situaciones personales vividas previamente por el propio Wilder-, tendrá su continuidad cuando este se reencuentra con Anita Dixon (Paulette Goddard), una atrevida bailarina con la que previsiblemente tuvo un mal tropiezo. Esta le comenta las posibilidades que adquirir esa tan deseada nacionalidad si se casa con alguna oriunda de USA, lo cual hace renacer en el antiguo casanova sus dotes de conquistador. Prueba su fortuna con algunas damas en la celebración del 4 de julio en la localidad –en esa fecha se encuentra invadida por norteamericanos-, pero finalmente fija sus ojos en una tímida maestra de la localidad de Azusa –Emmy Brown (Olivia de Havilland)- con la que ha tenido previamente un poco afortunado encontronazo. Pese a dicho contratiempo las artes de nuestro protagonista surten efecto y en pocas horas ambos se casan, marchando la maestra a su ciudad a la espera de que en las pocas semanas prescritas ambos se vuelvan a reunir de nuevo.

La facilidad con la que este ha logrado su objetivo le motiva a hacer planes con Anita para volver ambos al negocio del espectáculo en USA –ella ya es residente norteamericana-. Sin embargo y cuando se inician las sospechas de Hammond, el oficial de inmigración que controla las estrategias de la fauna humana existente en la pequeña ciudad, a la hora de intentar lograr sus objetivos de traspasar la frontera regresa de forma inesperada Emma, marchando los recientes esposos de viaje por distintas zonas de México. El viaje viene a suponer para ambos –especialmente para Iscovescu- una especie de revelación, puesto que ambos quedan hechizados por el amor que comparten y que por vez primera el esposo manifiesta a la sensible maestra. Una vez retornan al Hotel Esperanza en el que se hospedaba el marido, Emma tiene la revelación de la realidad de su boda por parte de la resentida Anita, mientras que a continuación Hammond la interroga sobre la aparente falsedad de su boda, respondiendo esta de forma sorprendente al defender a su esposo aunque ya conoce el objetivo real por el que decidió casarse con ella. Emma huye hacia su ciudad pero en el camino sufre un accidente y es hospitalizada en Los Angeles. Georges tendrá noticia del mismo y huirá desesperado en busca de su esposa traspasando inesperadamente la frontera y llegando hasta el recinto sanitario burlando el acoso de la policía. Allí a partir de su insistencia comprueba que puede recuperarse y devolverle la esperanza por la vida.

La historia retorna a su relato al director de cine, donde Iscovescu es detenido por Hammond y devuelto a la frontera mexicana. Ha pasado un cierto tiempo y en dicho pueblo se festeja el nombramiento de un estadounidense de honor –era uno de los deseosos de traspasar la frontera y en realidad procedía de una familia noble-. En aquel entorno comprobaremos que Anita ha logrado vincularse con un adinerado empresario, mientras Hammond se encuentra con un alicaído George. El oficial de inmigración le confiesa que no informó de su incidente violando la frontera y una persona la espera en el otro lado con una determinada documentación. Emocionado, se enfrentará al río de gente y allí, al otro lado, encontrará a Emma. La creencia en el amor siempre tendrá su correspondencia.

El relato pormenorizado del argumento de la película –basado en una historia de Ketti Frings- ciertamente puede adivinar algunos de sus atractivos pero al mismo tiempo oculta la creciente sensibilidad con la que Leisen modula el progresivo crescendo melodramático que sucede al inicial fragmento en el que predomina la comedia cínica con la que se ha redondeado el guión de Wilder y Brackett. Si en REMEMBER THE NIGHT la aportación era claramente de Preston Sturges, pienso que una de las ventajas de esta película sobre la anterior reside en que esa tendencia de comedia está mejor integrada en el conjunto de la narración, sea por la presencia de ese relato en off o por que sus elementos cínicos se complementan mejor con la incorporación de la historia romántica que los apuntes screewall existentes en el título antes señalado.

En cualquier caso nuevamente Leisen aplica su puesta en escena en base a la situación de los actores dentro del encuadre, a la ambigüedad de estos aplicando la presencia de espejos en determinadas secuencias y, fundamentalmente, a esa progresiva ascesis en la llegada del amor que en REMEMBER THE NIGHT tenía un trasfondo navideño y hogareño y en este caso adquiere una tonalidad más irreal –cercana casi al fantástico- con la llegada de los dos esposos a un rincón mexicano en el que se celebra una procesión y posterior bendición de parejas de enamorados. La simplicidad, composición artística –aquí Leisen puso en practica su experta composición y dominio de la escenografía- tiene su punto más álgido en la secuencia que se desarrolla en el interior de la pequeña iglesia, densamente ambientada con la presencia de composiciones dominadas por la luz de las velas, y que culmina con la cordial bendición por parte del sacerdote que imparte a todos los asistentes. Sin duda se trata de uno de los grandes momentos del cine de Leisen, y no resulta difícil buscar en su eco la referencia del Leo McCarey de la primera versión de TU Y YO (Love Affair, 1939), en la que casualmente era también su protagonista Charles Boyer. A pesar de sus diferentes concepciones a la hora de plantear el pudor de las relaciones amorosas, es muy difícil dejar de ver en esta secuencia una especie de seguimiento a la magnífica secuencia de aquella película en la que sus dos amantes visitaban a la anciana abuela de ella, a partir de donde se vislumbra la relación entre los dos protagonistas.

A partir de ese momento y cuando realmente el amor se ha anidado en ambos se precipitarán los acontecimientos. Es en esas difíciles secuencias en las que Leisen apostará por la metáfora del atavismo del mismo –pese a que Emma quedará hundida al conocer la motivación real de su boda- y huirá. A pesar de su deseo de olvidar lo acontecido el pañuelo que portaba sobre los hombros y que desea tirar a la cuneta –se lo ha regalado en el viaje previo Iscovescu- se le ubicará por la fuerza del viento en el rostro y propiciará su accidente de tráfico. A partir de ahí todo será una carrera por parte de George cara a redimirse por su comportamiento sin que atisbe la posibilidad de que ella le perdone. Quizá la conclusión de SI NO AMANECIERA pueda parecer un tanto fácil, pero no es menos cierto que en su conjunto encierra no pocas ironías, que de igual modo se despliegan a lo largo de toda la película. Desde las argucias de Iscovescu para lograr retener a Emmy –oculta una pieza del coche que están reparando- o la macabra circunstancia de lograr inicial una habitación en el Hotel Esperanza –una nada solapada ironía sobre la verdadera condición de sus moradores- tras el suicidio de un inquilino alemán, hay considerables motivos para el regocijo fundamentalmente centrados en las reflexiones en off marcadas en el personaje del protagonista.

En cualquier caso, no cabe duda que si realmente la película logra un estado de excelencia es por la experta mano de Leisen a la hora de llevar a su personalísima visión del melodrama la historia que le ofrecen Wilder y Brackett, apostando nuevamente por esa intersección de géneros que en este caso incluye pinceladas “fantastiques” como la ya mencionada de la pequeña iglesia. Si a ello unimos la excelente prestación del conjunto de actores que pueblan el film –en el que destacan con luz propia el dúo protagonista-, lograremos dar con las razones por las que SI NO AMANECIERA adquiere esa merecida condición de clásico del género y al mismo tiempo una de las más grandes obras de la trayectoria de Mitchell Leisen.

Calificación: 4

REMEMBER THE NIGHT (1940, Mitchell Leisen) Recuerdo de una noche

REMEMBER THE NIGHT (1940, Mitchell Leisen) Recuerdo de una noche

Sobre REMEMBER THE NIGHT (1940, Mitchell Leisen) –RECUERDO DE UNA NOCHE en España- siempre ha pesado la fuerte presencia proporcionada por el guión de Preston Sturges, quien al parecer nunca se ocultó en atacar al realizador del mismo –algo habitual por otra parte entre los guionistas posteriormente metidos en tareas de dirección, como Frank Tashlin o Joseph L. Mankiewicz- en el periodo del Hollywood clásico. En todo caso, sena debidas sus virtudes a guionista o director, queda como una de las películas más brillantes filmadas por Leisen en su periodo dorado de la Paramount.

De modo ágil y estilizado, REMEMBER THE NIGHT se inicia ante el espectador con el robo de un brazalete de manos de una experta ladrona –Lee Leander (Barbara Stanwyck)-, combinando Leisen el uso de grúas y montaje hasta que inesperadamente el recorrido de la descuidera la lleva hasta la justicia. El tono de comedia prosigue con la actuación de su abogado defensor en la vista pertinente, que en su más desaforado histrionismo y apelando a una rocambolesca hipnotización de la acusada para argumentar su improbable defensa. Pese a la nula consistencia de su planteamiento la labor del defensor cala abiertamente en el jurado, aspecto que es detectado por el fiscal designado –John Sargent (Fred MacMurray)- por lo que pide un aplazamiento apelando a la presencia de un conocido hipnotizador. El juez acepta la petición y suspende la vista, dejando con fianza de cinco mil dólares a la acusada. Nos encontramos en vísperas de navidad –en la vista se ha hecho mención de ello- y con la mala conciencia de dejar a la acusada pasar la misma en la cárcel, Sargent logra que le presten el dinero de la fianza y lograr que esta la viva fuera de la celda.

Lo que inicialmente podría entenderse como una obra de caridad de influencia navideña, en realidad irá recubriéndose de sentimiento hasta convertirse en un amor compartido por el hasta entonces imbatible fiscal y la progresivamente sensible ladrona. Y para que ese sentimiento vaya consolidándose la película irá discurriendo en su primera mitad por los senderos de la comedia –en ocasiones de tono claramente “screewall”-, y desarrolladas todas ellas durante el viaje de ambos a Indiana. Para ello no faltarán esas secuencias que culminarán con el apresurado frenazo del coche en una granja, el descubrimiento de estos por parte del granjero dueño de las tierras, el traslado de la pareja ante el juez de paz de la pequeña localidad, o los vaivenes que proporciona la huída de los dos protagonistas tras haber provocado ella un inesperado incendio. Ciertamente estas secuencias deben bastante el origen del guión de Sturges y sus intérpretes secundarios podrías emerger de cualquier galería de sus posteriores films. Eso si, nunca olvidemos que son posteriores para entender cuando debieron su presencia de las realizaciones de Sturges a la fuerza de sus guiones –lo cual podría plantear las mayores bondades de este como guionista que como realizador, un tema que dejo abierto a la discusión-.

En cualquier caso y sin abandonar definitivamente los ropajes de la comedia, REMEMBER THE NIGHT adquiere unos tintes mucho más sombríos con la visita que tanto Lee como John giran a la casa de la madre de esta. Una secuencia que se desarrolla con notable dramatismo y que de alguna manera explica por que una mujer sensible como nuestra protagonista finalmente se indujo a la delincuencia –la madre es una mujer fría y adusta de entorno puritano que nunca demostró cariño hacia su hija, como nuevamente se manifiesta en la escena-. La pareja abandona la vieja casa con Lee llorando mientras al fondo del encuadre se va oscureciendo la ventana al apagar la madre la iluminación de la casa.

Consciente de esta decepción, Sargent lleva a Leander a su casa familiar, donde muy pronto la joven queda inundada por las muestras de amabilidad que le brindan la madre y tía del fiscal. Evidentemente allí ella comenzará a sentir aquello que en su infancia había añorado –el cariño de una familia-, en un entorno navideño en el que no falta ni la evocadora presencia de la nieve ni los cánticos afectuosos. Poco a poco y con una cadencia casi musical la simpatía entre los protagonistas se irá convirtiendo en verdadero amor, expresado en la fiesta de fin de año donde casi sin pretenderlo ambos bailan y se besan ante la mirada certera de la tía de él. La recepción de improvisados regalos navideños fortalecerán esa sensación de totalidad por parte de Lee, y su aprensión de un mundo lleno de cariño que ella nunca había vivido en carne propia. Consciente de la fuerza de sus sentimientos el fiscal comenta a su madre –la siempre excelente Beulah Bondi- los antecedentes de la invitada que les ha traído, lo que ella detectará y permitirá que la joven se confiese a John en unas secuencias cargadas de emotividad, y en la que la presencia de los actores en el encuadre y la ubicación y reflejos de espejos nos dicen mucho del sentimiento de ambos. Evidentemente, son fragmentos todos estos en los que nos encontramos en el indiscutible dominio de Leisen dentro del terreno de la comedia romántica, y que a mi juicio logran elevar REMEMBER THE NIGHT a las más altas cotas de sensibilidad cinematográfica. Los jóvenes abandonarán la vieja casa familiar de John y regresan a Nueva York cruzando por Canadá, visitando las cataratas del Niágara y planteándose las posibilidades de que ella se quede en dicho país y eluda la acción de la justicia. Ella por su parte se encuentra un tanto trastornada por el hecho de no querer perjudicar con su amor la trayectoria del prestigioso fiscal.

La vista se celebra finalmente y el abogado defensor nuevamente incide en sus ridículas tesis sobre el hipnotismo. Por su parte John efectúa un interrogatorio lleno de dureza hacia Lee, que esta inicialmente entiende como un ataque a su persona y le provoca sus lágrimas. Sin embargo, en un momento determinado –extraordinario primer plano sobre el rostro de Barbara Stanwyck- esta comprende que lo hace para lograr con ello la simpatía del jurado y decide declararse culpable. La vista se suspende a falta de la sentencia del juez y ambos amantes se encuentran cuando Lee va a ingresar en el calabozo. Allí pese a las reticencias de Lee deciden consolidar su amor -John lleva sobre sus espaldas las sombras de las rejas- y él esperar a que ella cumpla su condena para que ambos puedan casarse. La secuencia es breve, sencilla e impactante y logra con su acusado romanticismo proporcionar una conclusión rotunda a esta magnífica película. No se si REMEMBER THE NIGHT es más obra de Leisen o de Preston Sturges o de la confluencia de ambos –quizá la opción menos arriesgada-. En cualquier caso hay una mirada romántica y una delicadeza que muy pocos realizadores de su línea podían formular –el ejemplo más rotundo sería el gran Leo McCarey- y el propio Leisen lo había aplicado previamente en su filmografía y lo haría igualmente con posterioridad. Si a ello unimos la elegancia del “look” de la Paramount en su mejor momento, las pinceladas y personajes secundarios proporcionados por el guión de Sturges y la magnífica prestación de todos sus intérpretes dieron como resultado un film de progresivo pudor en la plasmación de los sentimientos amorosos de los protagonistas. Quizá me quede fundamentalmente con ese rasgo antes que con las secuencias de comedia –en sí mismas bastante logradas-. En cualquier caso esa mezcolanza de géneros fue algo habitual en la labor como realizador de Mitchell Leisen –que dio frutos tan excelentes como EN LAS RAYAS EN LA MANO (Golden Earrings, 1947)- y que en este caso posibilita un producto francamente emotivo.

Calificación: 3’5

THE MAN WHO WASN’T THERE (2001, Joel Coen) El hombre que nunca estuvo allí

THE MAN WHO WASN’T THERE (2001, Joel Coen) El hombre que nunca estuvo allí

No se puede decir que las últimas demostraciones en la trayectoria de los hermanos Coen hayan forjados títulos caracterizados por su brillantez. Mas allá de la eficacia comercial en algunos casos y la relativa funcionalidad de otros –CRUELDAD INTOLERABLE (Intolerable Cruelty, 2003)- pienso que tanto Joel como su hermano Ethan han sido conscientes de que su arsenal de artificios y evidencias cinematográficas habían tocado fondo. Quizá por ello decidieron en su momento retomar con una historia de similares planteamientos que la exitosa e interesante FARGO (1996) y aglutinar todos los rasgos, obviedades y situaciones que les habían granjeado –y siguen en algunos casos- la complicidad de crítica y público.

En cualquier caso, lo que se plantea en THE MAN WHO WASN’T THERE (2001) –en España EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ- sinceramente creo que hubiera tenido un mayor éxito de hubiera girado en un tono de comedia desaforada –un género en el que los Coen han probado las mieles-. Sin embargo y pese a algunos detalles irónicos de corto alcance, la película se plantea con la severidad de una tragedia griega. Bajo mi punto de vista se trata de un gran error de partida.

Ed Crane (Billy Bob Thornton) es el clásico hombre gris. Oficial de barbería en una pequeña localidad de la Norteamérica de los años cuarenta, desarrolla su existencia con su inseparable cigarrillo, acompañado de una esposa que abiertamente lo desprecia –Doris (Frances McDormand)- y le es infiel con Dave Brewster (James Gandolfini), próspero propietario de unos almacenes de la ciudad. Ed recibe un día en la barbería la visita de Ceighton Tolliver (Jon Polito) un extravagante inversor homosexual que le plantea con su verborrea la posibilidad de implantar allí un negocio de lavandería en seco. Intrigado por la propuesta Ed ve la posibilidad de lograr una prosperidad y para ello chantajea anónimamente a Dave pidiéndole los diez mil dólares que Tolliver le ha comentado necesitaría para ser socio capitalista. Pese a sus reticencias, Dave aceptará pagar el chantaje, lo cual no será más que el inicio de una serie de muertes y culpabilidades en las que nuestro protagonista se verá envuelto casi por azar, y de las que finalmente solo pagará por aquella en la que paradójicamente nada tuvo que ver, la del propio Tolliver. Unido a este fatum Crane verá una posibilidad de alegría emocional con la extraña relación mantenida con Birdy Abundas (Scarlett Johansson), que finalizará de forma accidentada y rompiendo ese carácter idílico que para él tenía la muchacha.

Es innegable –creo que además los Coen inciden especialmente en ello- que THE MAN WHO WASN’T THERE es una película que se plantea como una revisitación del universo de títulos justamente celebrados como la admirable PERVERSIDAD (Scarlet Street, 1945. Fritz Lang), LA MUJER DEL CUADRO (The Woman in the Window, 1944) o la algo sobrevalorada PERDICIÓN (Double Indemnity, 1944. Billy Wilder). Un mundo poblado por pequeños microcosmos provincianos, fatalistas, enfermizos, dotados de una doble y castrante moral, de carácter misógino y en el que la mujer ejerce como auténtica ave rapaz. Es el universo de uno de los marcos más apreciados y valorados de aquella irrepetible corriente que se dio en llamar el cine negro americano. Pero si en aquella ocasión todo procedía de la herencia e influencias de unas corrientes cinematográficas, a las que se unían unas tendencias literarias y condicionamientos sociales totalmente imbricados y casi lógicos en su plasmación cinematográfica –el malestar que existía en la sociedad USA de aquellos años se llega casi a palpar en buena parte de aquellos títulos-, en la película que nos ocupa no es más que una fantasmagoría. Se trata de la vampirización y estatización de aquellos modos que han jalonado algunas de las páginas mas gloriosas del cine clásico, y que en esta ocasión están completamente despojadas de razón alguna y de interés cinematográfico, ya que lo que contemplamos es un estetizante embellecimiento de lo que en su momento fue una corriente valiosa a todos los niveles.

Es innegable que el título que nos ocupa destaca –y engaña- a muchos por su brillante fotografía en blanco y negro creada por Roger Deakins, caracterizada por sus claroscuros, juegos de sombras, contrastes y utilización de los grises. Pero al mismo tiempo cabe señalar que su aparente brillantez es huera y artificiosa y en modo alguno cabe señalar que proceda de su necesidad –caso contrario a la utilización del look del melodrama de los 50 que sí logró trasladar el magnífico Todd Haynes de LEJOS DEL CIELO (Far from Heaven, 2003)-. Creo que este tono fotográfico pretende el efecto de adhesión del espectador cinéfilo, y a lo que contribuye notablemente el en ocasiones insoportable manierismo formal de la película, en el que abundan los lentos travellings, secuencias rodadas al ralenti, o instantes realizados únicamente de cara a la galería. Este rasgo resulta progresivamente tan cargante que tiene su prolongación en la propia labor de los actores, especialmente en la de un Billy Bob Thornton ausente de sentimientos y con una voz en off –original- tan angulosa que llegó a enervarme. No voy a dudar de la considerable dotación del actor –demostrada en bastantes películas- pero su labor en este film logró alterar mis nervios, casi tanto como la de la insufrible Scarlett Johansson –ese “prodigio” europeo adoptado por Hollywood-. Si a ello unimos la blandura y complacencia de la banda sonora del en otras ocasiones más efectivo Carter Burwell, casi podemos calificar EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ como uno de los títulos más artificiosos estrenados en el año 2001 en las carteleras norteamericanas. En realidad se trata de la enésima pompa de jabón ofrecida en los últimos tiempos por este tandem generalmente caracterizados por su “constante reinvención del cine”. Sin embargo y a raíz de su más que cálida acogida, cierto es que estas amaneradas historietas –propias de un spot publicitario- siguen contando con los suficientes incondicionales que vieron embobados la trampa cinéfila que los Coen les ofreció, entre aparentes juegos de sombras y melodías de Beethoven.

Calificación: 1’5

GHOSTS ON THE LOOSE (1943, William Beaudine) La casa encantada

GHOSTS ON THE LOOSE (1943, William Beaudine) La casa encantada

La devoción que –contra toda corriente posible- seguimos compartiendo un buen grupo de cinéfilos hacia el cine clásico norteamericano, en ocasiones nos lleva a sufrir verdaderos “tropezones” como el que da título a estas líneas. Una película absolutamente inútil y olvidable en todos sus extremos, perfecto exponente de esa denominada Serie Z que tantas películas pobres –a todos los niveles- produjo como complemento de programas doble en cines de reestreno en la Norteamérica de décadas precedentes.

GHOSTS ON THE LOOSE (1943, William Beaudine) –equívocamente titulada LA CASA ENCANTADA en su estreno español- es un exponente más de la larga relación de comedias de misterio que tuvieron su aparición en el cine USA ya en las postrimerías del cine mudo –la excelente EL LEGADO TENEBROSO (The Cat and the Cannary, 1928. Paul Leni)- y que tuvo su prolongación en los años treinta –EL CASERÓN DE LAS SOMBRAS (The Old Dark House, 1932. James Whale) e incluso en la propia década de los cuarenta con títulos célebres como ARSÉNICO POR COMPASIÓN (Arsenic and Old Lace, 1944. Frank Capra) y con inferior incidencia de calidad en las populares comedias protagonizadas por Abbott y Costello. En cualquier caso GHOSTS ON THE LOOSE es una prueba más de la mediocridad con la que, por lo general, se emprendían los rodajes –es una película de la Monogram- de esta especie de torpe vodevil que ni siquiera alcanza el “timming” exigible para convertirse en un título mínimamente entretenido.

La película de Beaudine se inicia contando los preparativos de la boda entre Jack Gibson (Rick Vallin, uno de los peores actores del mundo) y Betty (una jovencísima y nada agraciada Ava Gardner) a los que ayudan un grupo de amigos de estos –los al parecer populares “East Side Kids” con un repertorio de gracias bastante lamentable. La pareja ha comprado a precio de saldo una vivienda que –luego se sabrá- está ubicada junto a otra que utilizan un grupo de nazis para elaborar propaganda subversiva –comandados por un Bela Lugosi en horas bajas y énfasis en su labor para mejor causa-. La situación será finalmente resuelta con la llegada de dos agentes de policía y una serie de peripecias, aunque ello no impida que todos queden contaminados por un peculiar sarampión caracterizado por sus marcas en forma de cruz gamada. Es esta una de las escasísimas ideas cómicas que funcionan en la película –las otras dos son la situación de un traje que casi asfixia a uno de los amigos de la pareja y posteriormente este mismo personaje tiene la ocurrencia cuando están limpiando la casa comprada por la pareja, de esconder el polvo que barre en el interior de una telaraña que está dispuesta en el suelo.

Sin duda un magro balance que sirve para constatar la evidente mediocridad –casi indigencia- expresiva que siempre acarreó William Beaudine a lo largo de su andadura como director –recuerdo alguna otra película suya de similar torpeza-. La historia adolece de ritmo alguno y ni siquiera la fácil efectividad que proporciona la utilización de una estructura vodevilesca logra eliminar la plúmbea sensación de soportar un producto casi interminable, pese a que su duración real se extienda en poco más de una hora. Planos fijos, torpes –en algún caso el decorado se llega a mover-, sin valor dramático ni cómico, se suceden de forma aburrida ante un espectador totalmente desganado ante lo que muestran sus imágenes. Es tal la apatía que despierta que cuando de vez en cuando la cámara de Beaudine marca algún ligero movimiento parece que la película vaya a adquirir un cierto pálpito de vida. Todo quedará finalmente en vano y en un resultado cuanto menos olvidable del que no se salva ni una irreconocible Ava Gardner que pocos años después se convertiría en una de las bellezas cinematográficas más deseadas para varias generaciones de aficionados. Para ello, estoy convencido que habría que eliminar todo fragmento de cualquier copia de esta nefasta GHOSTS ON THE LOOSE, que es una de las torturas más considerables que he tenido la ocasión de sufrir en varios meses a la redonda.

Calificación: 0

GLORIA (1980, John Cassavetes) Gloria

GLORIA (1980, John Cassavetes) Gloria

Cuando ya he tenido ocasión de visionar prácticamente la mitad de su filmografía como realizador –estando entre ellos buena parte de sus obras más célebres-, la verdad es que me uno a quienes califican a John Cassavetes como uno de los realizadores más personales e inclasificables que emergieron en el cine norteamericano con la llegada de la década de los sesenta. Su estilo nervioso, su narrativa llena de fuerza y a contracorriente de cualquier estilo imperante, sin duda ha servido como eje de referencia de posteriores directores surgidos en décadas posteriores. En cualquier caso esa propia singularidad e intermitencia de Cassavetes –por lo menos a tenor de la parte de su obra que he podido contemplar- si bien le ha proporcionado un notable nivel, no es menos cierto que ha propiciado irregularidades en sus obras –generalmente demasiado extensas en duración y caracterizadas por su vaivenes dramáticos-. En cualquier caso esa espontaneidad y singularidad es la que finalmente permite que su figura emerja como un referente especialmente recordado por numerosos amantes del cine.

GLORIA (1980) es una de las últimas películas de Cassavetes, rodada en un periodo en el que su figura parecía parte del pasado y aún no había logrado la rehabilitación de su obra prácticamente tras su muerte en 1989. Quizá por ello en el momento de su estreno sufrió una relativa incomprensión al ser considerada por los admiradores del realizador como un “film comercial” y por los seguidores del “thriller” como una rareza digna de no demasiada consideración. En cualquier caso el paso del tiempo ha proporcionado a la película una especial consideración, que creo están centrados en dos factores que logran dotarla de personalidad, interés y fuerza. Estos no son otros que el extraordinario protagonismo que tiene esa mirada que el director ofrece a la parte menos glamourosa de la ciudad de Nueva York y, por supuesto, la personalidad que el personaje de Gloria (Gena Rowlands) impregna todos los fotogramas del film. Gloria es la antigua amante de un mafioso que ha conseguido con el paso del tiempo hacerse con algunos ahorros y una relativa estabilidad en su vida de cara a asumir con dignidad su cercana vejez. Ella es vecina de Jack Dawn (Buck Henry), un contable de la mafia que ha “cantado” ante el FBI. Por ello unos matones se disponen a eliminarlo junto a su familia, y este, ante la cercanía de este final, decide entregar a su hijo más pequeño –Phil (John Adames)- a Gloria, entregándole el libro de contabilidad que detecta las mencionadas irregularidades y que puede, en un determinado momento, salvar de la muerte al niño.

La previsible relación entre Gloria y Phil, el pequeño puertorriqueño, no puede ir peor. Pese a que ella muy pronto se da cuenta de la implicación que en su propia vida puede suponer proteger al niño este se comporta demostrando su baja extracción cultural. En cualquier caso, el discurrir de la película discurrirá en esa lucha de la veterana Gloria en su afán de protección de un pequeño que poco a poco sucumbirá ante el cariño que esta le prodiga, y que en un momento dado le llevará a revelarse ante el entorno de mafiosos en que incluso ella en el pasado estuvo relacionada –es magnífica la secuencia en la que se reencuentra con el veterano y aparentemente apacible antiguo gangster que en el pasado fue su protector-.

Esa es realmente la sencilla base argumental sobre la que se sostiene esta generalmente brillante GLORIA. Una película que se inicia con unas magníficas vistas aéreas y planos generales de la ciudad de Nueva York, que a fin y a la postre se convertirán en el personaje más importante de la cinta. Mas allá de sus intrínsecas cualidades el film de Cassavetes ofrece un retrato casi implacable de los bajos fondos de la mitificada ciudad. Muchedumbres, rincones en donde las minorías se reúnen, torres pobladas por mugrientos apartamentos, lugares en donde la presencia de gangsters y matones casi es moneda corriente –ofreciendo en su conjunto una sensación de lugar opresivo del que es casi imposible huir-. En ese ambiente el que se ejecute una matanza –como la que casi abre la película-, el que la protagonista abata con sus disparos a los cuatro matones que ocupan un coche o el que se produzcan persecuciones y situaciones extremas varias, parece no alterar la normalidad y la rutina de unos habitantes que parecen convivir con normalidad con todo tipo de delitos. Sin duda cineastas como Scorsese o el más cercano Spike Lee tuvieron en Cassavetes su referente más valioso a la hora de tomar como base esa otra mirada a los rincones más oscuros de la ciudad de la gran manzana.

Como antes señalaba, el otro gran aliciente de la película es el propio personaje protagonista, del que la gran Gena Rowlands ofrece una labor llena de hondura, dureza –esa mirada felina que lanza casi a cada momento- y humanidad. Es evidente que su esposo creó el mismo pensando en las posibilidades dramáticas de la Rowlands, pero no es menos cierto que de la mano de la veterana actriz logramos introducirnos con la complejidad de su personalidad, sus debilidades y el peso de un pasado que le ha ido granjeando un fuerte carácter, y que tiene en la posibilidad de salvar de una muerte segura al pequeño Philun auténtico reto personal. Y en esa odisea urbana, en la que la abstracción de presencia de gangsters, mafiosos y asesinos por todos los rincones es moneda corriente, en la que la cámara de Cassavetes mira con absoluta naturalidad los asesinatos que se van cometiendo –la mayor parte de la mano de Gloria- es donde la poesía urbana de Cassavetes emerge con notable fuerza a lo largo de una película que, pese a todo, tiene ciertas limitaciones que es justo señalar.

La primera de ellas es la propia elección del pequeño John Adames para encarnar a Phil, el niño portorriqueño que se salva de una muerte segura. Pocas veces se ha visto un pequeño que actúe peor –de hecho se llevó un premio “Razzia” aquel año y nunca volvió al mundo del cine-. Al mismo tiempo, hay instantes en la película en los que parece que ciertas incidencias estén puestas ahí para prolongar los momentos de tensión de la misma. Finalmente, cierto es que la secuencia final poco tiene de creíble y satisfactorio al espectador. Quizá una formulación más abstracta o ambigua le hubiera conferido una proyección más adecuada. Pese a todos estos reparos, algo por otra parte bastante habituales en el cine de Cassavetes, GLORIA no solo se sigue sosteniendo sino que eleva su fuerza con el paso del tiempo. Me gustaría destacar finalmente la enorme compenetración que se establece en el estilo del realizador y su labor con Bill Conti para ofrecer una tan adecuada partitura, también libre e intensa en ocasiones, que sabe tener su presencia y acentuar los instantes más dramáticos.

Calificación: 3'5