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CINEMA DE PERRA GORDA

Encuesta: LAS MEJORES PELÍCULAS DE LA HISTORIA (002. ÁNGEL DAVID LLORENTE)

Encuesta: LAS MEJORES PELÍCULAS DE LA HISTORIA (002. ÁNGEL DAVID LLORENTE)

002. Votación de ÁNGEL DAVID LLORENTE (Cinéfilo. Burgos)

(En orden cronológico)

  1. 1926. EL MAQUINISTA DE LA GENERAL (The General) (Buster Keaton & Clyde Bruckman)
  2. 1927. EL SÉPTIMO CIELO (Seventh Heaven) (Frank Borzage)
  3. 1931. M, EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF (M) (Fritz Lang)
  4. 1939. SÓLO LOS ÁNGELES TIENEN ALAS (Only Angels Have Wings) (Howard Hawks)
  5. 1940. EL BAZAR DE LAS SORPRESAS (The Shop Around the Corner) (Ernst Lubitsch)
  6. 1940. LAS UVAS DE LA IRA (The Grapes of Wrath) (John Ford)
  7. 1948. CARTA DE UNA DESCONOCIDA (Letter from a Unknown Woman) (Max Ophuls)
  8. 1950. LOS OLVIDADOS (Los olvidados) (Luis Buñuel)
  9. 1950. STARS IN MY CROWN (Jacques Tourneur)
  10. 1952. UMBERTO D. (Umberto D.) (Vittorio De Sica)
  11. 1956. CENTAUROS DEL DESIERTO (The Searchers) (John Ford)
  12. 1957. LAS NOCHES DE CABIRIA (Le notti di Cabiria) (Federico Fellini)
  13. 1959. LOS CUATROCIENTOS GOLPES (Les Cuatre Cents Coups) (François Truffaut)
  14. 1960. EL APARTAMENTO (The Apartment) (Billy Wilder)
  15. 1960. PSICOSIS (Psycho) (Alfred Hitchcock)
  16. 1961. EL BUSCAVIDAS (The Hustler) (Robert Rossen)
  17. 1961. PLÁCIDO (Plácido) (Luis García Berlanga)
  18. 1962. LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO (The Loneliness of the Long Distance Runner) (Tony Richardson)
  19. 1967. DOS EN LA CARRETERA (Two for the Road) (Stanley Donen)
  20. 1971. LA ÚLTIMA PELÍCULA (The Last Picture Show) (Peter Bogdanovich)
  21. 1976. TAXI DRIVER (Taxi Driver) (Martin Scorsese)
  22. 1993. LO QUE QUEDA DEL DÍA (The Remains of the Day) (James Ivory)
  23. 1994. ¡VIVIR! (Huo Zhe) (Zhang Yimou)
  24. 2003. MASTER AND COMMANDER: AL OTRO LADO DEL MUNDO (Master and Commander: The Far Side of the World) (Peter Weir)
  25. 2014. BOYHOOD / MOMENTOS DE UNA VIDA (Boyhood) (Richard Linklater)

 Foto: Dos en la carretera (1967, Stanley Donen)

Encuesta: LAS MEJORES PELÍCULAS DE LA HISTORIA (001. ISRAEL GIL PÉREZ)

Encuesta: LAS MEJORES PELÍCULAS DE LA HISTORIA (001. ISRAEL GIL PÉREZ)

001. Votación de ISRAEL GIL PÉREZ (Aula de Cine. Universidad de Alicante)

(En orden cronológico)

  1. 1921. EL CHICO (The Kid) (Charles Chaplin)
  2. 1927. AMANECER (Sunrise: A Song of Two Humans) (Friedrich Wilhelm Murnau)
  3. 1939. LA DILIGENCIA (Stagecoach) (John Ford)
  4. 1942. SER O NO SER (To Be or Not to Be) (Ernst Lubitsch)
  5. 1948. RÍO ROJO (Red River) (Howard Hawks)
  6. 1948. LADRÓN DE BICICLETAS (Ladri di biciclette) (Vittorio De Sica)
  7. 1950. EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES (Sunset Boulevard) (Billy Wilder)
  8. 1952. EUROPA 51 (Europa ’51) (Roberto Rossellini)
  9. 1956. ESCRITO SOBRE EL VIENTO (Written on the Wind) (Douglas Sirk)
  10. 1957. LAS NOCHES DE CABIRIA (Le notti di Cabiria) (Federico Fellini)
  11. 1958. EL ROSTRO (Ansiktet) (Ingmar Bergman)
  12. 1958. SED DE MAL (Touch of Evil) (Orson Welles)
  13. 1960. LA EVASIÓN (Le trou) (Jacques Becker)
  14. 1962. EL ÁNGEL EXTERMINADOR (El ángel exterminador) (Luis Buñuel)
  15. 1963. LORD OF THE FLIES (Peter Brook)
  16. 1963. EL VERDUGO (El verdugo) (Luis García Berlanga)
  17. 1964. EL EXTRAÑO VIAJE (El extraño viaje) (Fernando Fernán-Gómez)
  18. 1971. WALKABOUT (Walkabout) (Nicolas Roeg)
  19. 1973. PAT GARRETT Y BILLY EL NIÑO (Pat Garrett and Billy The Kid) (Sam Peckimpah)
  20. 1974. EL PADRINO. PARTE II (The Godfather Part II) (Francis Ford Coppola)
  21. 1975. DERSU UZALA / EL CAZADOR (Dersu Uzala) (Akira Kurosawa)
  22. 1975. TIBURÓN (Jaws) (Steven Spielberg)
  23. 1978. EL ÚLTIMO VALS (The Last Waltz) (Martin Scorsese)
  24. 1979. MANHATTAN (Manhattan) (Woody Allen)
  25. 1990. PRIMER PLANO (CLOSE UP) (Nema-ye Nazdik) (Abbas Kiarostami)

 Foto: Manhattan (1979, Woody Allen)


A partir de mañana, se irán publicando las encuestas que determinarán las mejores películas de la Historia del Cine en Cinema de Perra Gorda

A partir de mañana, se irán publicando las encuestas que determinarán las mejores películas de la Historia del Cine en Cinema de Perra Gorda

Como señalamos días pasados, la acogida a la encuesta que servirá para celebrar el XX aniversario del blog ‘Cinema de Perra Gorda’, ha sido realmente entusiasta. En apenas una semana ya hemos recibido cerca de sesenta encuestas, además de infinidad de confirmaciones de participación que irán llegando en los próximos días o semanas. La idea es, finalmente, oscilar en una presencia final de entre 250 a 300 personas, de todos los estratos demográficos, sociales y culturales, fundamentalmente de la cinefilia de nuestro país, pero sin desdeñar la participación de nombres de otros países, fundamentalmente de Iberoamérica.

En vista del gran número de selecciones recibidas, y aunque inicialmente se tenía previsto la fecha del 1 de marzo, finalmente será a partir de mañana, 15 del presente mes de febrero, cuando se empezarán a hacer públicas las encuestas recibidas, de manera individual, y a razón de 1 a 2 cada día. Será esta la manera de poder escudriñar las preferencias de los diferentes votantes -en algunos casos, firmas muy populares y prestigiosas- e incluso ir sumando la votación de preferencias de cara al resultado final, que se hará público el próximo 1 de septiembre.

Espero que esta idea, además de provocar la lógica curiosidad cinéfila, sirva incluso como apuesta para intentar conocer el sentir mayoritario de los aficionados de nuestro tiempo.

Y saben, a partir de mañana ¡Luces, cámaras, acción!

 

(Fotografía. El director Leo McCarey)

I, ROBOT (2004, Alex Proyas) Yo, robot

I, ROBOT (2004, Alex Proyas) Yo, robot

Desde su entronización como una de las estrellas cinematográficas más populares de los últimos tiempos, hay que reconocerle a Will Smith al menos una virtud; su querencia por el cine fantástico dentro de su recorrido por el universo mainstream. Sin entrar a valorar el mayor o menor grado de validez de las propuestas protagonizadas en dicha vertiente, títulos como I AM LEGEND (Soy leyenda, 2007. Francis Lawrence), AFTER EARTH (After Earth, 2013. M. Night Shyamalan) o SUICIDE SQUAD (Escuadrón suicida, 2016. David Ayer) se insertaban en dicha vertiente. Y es una corriente que tendría uno de sus inicios con I, ROBOT (Yo, robot, 2004. Alex Proyas), posiblemente la más atractiva de todas ellas, sin poder concluir que nos encontremos ante un título de especial relevancia. En cualquier caso, y como podría suceder en el caso del film de Lawrence, se parte de una base literaria de un prestigioso escritor del género, en aquel caso Richard Matheson. Y aquí la suma de una serie de relatos del prolífico Isaac Asimov.

Estamos en pleno bullicio urbano de la Norteamérica de 2035. Una sociedad especialmente avanzada vive su cotidianeidad conviviendo con unos robots que han sido creados para su ayuda, y que en su gestación han sido inoculados por tres leyes concretas que impiden que puedan excederse de aquello por lo que han sido creados; estar puestos al servicio de los humanos. En ese contexto vive el bohemio detective Del Spooner (Smith), alguien del desde el primer momento intuimos que en el pasado vivió una situación traumática, y que quizá por ello exterioriza una extraña reserva hacia estas avanzadas criaturas mecánicas, a las que no duda incluso en perseguir, cuando encuentra el más mínimo -e infundado- indicio en cualquiera de estas creaciones. Ese mundo tan en apariencia pacífico, que además se encuentra casi en la víspera de la introducción en el mercado de un nuevo modelo de robot, más avanzado, encontrará un motivo de trágica sospecha, al descubrirse la muerte, aparentemente por suicidio, del profesor Lanning (James Cromwell). Era el creador de la U. S. Robotic Corporation, la empresa que se dispone a esa nueva modalidad de robot, y que comanda Lawrence Robertson (Bruce Greenwood). Spooner será el encargado de ultimar un caso que aparece de rutina, máxime tratándose de alguien con quien mantuvo relación en el pasado. Pese a las evidencias, su intuición le llevará con rapidez a sospechar que no ha habido tal suicidio y, en su defecto, Lanning ha muerto asesinado por uno de dichos robots. La evidencia pronto se hará tangible cuando aparezca uno de ellos escondidos, mientras el joven detective se encontraba buscando pistas, mientras se encontraba junto a la encargada del recinto, la distante Susan Calvin (Bridget Moynahan). A partir de la rebelión y huida de este robot -que se autodenominará Sonny-, se iniciará una peligrosa deriva en donde se irá poniendo en tela de juicio el inminente lanzamiento de los nuevos robots y, sobre todo, para nuestro protagonista se establecerá una pendiente de crecientes riesgos. Riesgos no solo por parte de lo que parece una conspiración marcada por estos nuevos robots, sino por el desprestigio que recibirá por sus compañeros y superiores de policía. De manera sorpresiva, solo encontrará el apoyo de la hasta entonces esquiva Susan. Pero ni siquiera con su ayuda podrá evitar que sus investigaciones le lleven a una terrible certeza.

Si tuviera que definir I, ROBOT, no dudaría en hacerlo con la realidad de un relato desequilibrado, pero al mismo tiempo estimable, en el que destellos de una ciencia-ficción más o menos adulta, se da de las manos con las recetas más consabidas del mainstream cinematográfico, en este caso centradas en la exhibición de una serie de episodios centrados en la iconografía del cine de acción, y a mi modo de ver resueltos quizá con una cierta deliberada torpeza bizarra, pese a situarnos dentro de una producción de elevado presupuesto. De entre esas dos aguas, que se perciben con facilidad en el ondear de los diferentes episodios que se engarzan en su metraje, puede decirse que se dirimen los altibajos de una película que se degusta con facilidad y que, dentro de esa propia irregularidad, alterna episodios dominados por un cierto grado de hondura, con otros en donde la mecánica y la búsqueda clara por la ampulosidad y la cacharrería campa a sus anchas. Y en ese sentido, me sorprende lo pedestre que resultan las secuencias en donde la invasión de los robots cobra protagonismo. No solo el ataque al detective en pleno túnel. El otro asalto posterior sufrido, e incluso la extensión de estas mecánicas criaturas, prestas al domino de la población humana. Antes lo señalaba, me da la impresión de asumir de manera delibrada una especie de regusto Pulp que, sin embargo, no se encuentra demasiado bien expresado a nivel de producción y visualmente; por momentos se siente la sensación de asistir a un diseño recreado de manera directa desde la pantalla del ordenador.

Por fortuna, no todo se encuentra en la película con esa cierta insatisfacción. Sus primeros minutos resultan brillantes -además de permitir a su estrella hacer publicidad de zapatillas de deporte-, adentrándonos desde el entorno solitario del protagonista -incluso de ese oscuro hecho del pasado que aparece como un sueño-, hasta de manera inesperada abrirnos a la cotidianeidad exterior de una sociedad que convive con esos robots de manera armónica. A partir de ahí, reviste hasta cierta emotividad el encuentro del protagonista con el holograma del científico en apariencia suicidado, lo que proporciona una de las soluciones visuales más atractivas del conjunto.

Sin embargo, por encima de ese elemento teórico que se introduce, incorporando la posibilidad de un totalitarismo de raíz orwelliana, en esta ocasión dominado por la inteligencia artificial emanada por los robots, lo cierto es que dos son los principales elementos de interés de la película, y que quizá en una mayor apuesta en sus respectivas vertientes, su conjunto se hubiera elevado de su, con todo, apreciable, pero irregular resultado. El primero de ellos, constatar en un momento dado la arquitectura física del protagonista, en la que parte de su cuerpo obedece a una reconstrucción artificial -de ahí su cercanía al científico fallecido-. Y de otro, y de manera muy especial, al peso específico y la ambivalencia que alberga Sonny, ese robot defectuoso que se erige como el auténtico protagonista del relato, al que el guion y la puesta en escena proporciona considerable ambivalencia y gama de matices. Ello permitirá orillar su definición en función de actitudes más o menos positivas o negativas, e incluso extendiéndose a través del mismo, la práctica totalidad de los elementos que se insertan en su intriga -ese dibujo premonitorio de los robots bajo el puente en ruinas-. En torno a dicha singular criatura aparecen secuencias tan bien planteadas como la del interrogatorio cuando es detenido. Pero, sobre todo, será el epicentro del pasaje más valioso del conjunto. Me refiero, por supuesto, a la modulada secuencia en la que Susan procede a desconectar los dispositivos de este robot condenado a muerte. Un punto de inflexión que, no cabe duda, nos evoca la inolvidable secuencia similar de la disolución de Hal 9000 en la canónica 2001: A SPACE ODYSSEY (2001: Una odisea del espacio, 1968. Stanley Kubrick)

Calificación: 2’5

BATTLE OF ROGUE RIVER (1954, William Castle)

BATTLE OF ROGUE RIVER (1954, William Castle)

William Castle es conocido entre los amantes del cine de terror, por las propuestas casi dominadas en el terreno de la prestidigitación cinematográfica, dentro del ámbito de la serie B, que articuló con éxito comercial desde la segunda mitad de la década de los cincuenta, hasta entrados los sesenta. No obstante, lo cierto es que ya atesoraba bajo sus espaldas una dilatada singladura dentro de los márgenes del cine de género de bajo presupuesto y complemento de programas dobles para la Columbia. Puede decirse que Castle se iniciaría con propuestas policíacas y seriales -en líneas generales bastante eficaces dentro de sus limitaciones-, hasta que iniciados los cincuenta, prolonga su andadura en los contornos de los complementos de programa doble. Pero lo hará de manos del destajista Sam Katzman, un productor empeñado una sucesión de títulos sin orden ni conciertos buscando una rentabilidad industrial y pasando por alto su creatividad y nivel artístico. Productos de consumo y comercialidad rápida a partir de su bajo coste, en los que nuestro director reiterará títulos siempre en Technicolor, bajo muy ajustadas duraciones, e inmersos por lo general en géneros como el western o el cine de aventuras. Es algo consensuado el escaso nivel de este conjunto de títulos, pero partiendo de haber contemplado pocos de ellos, puedo atestiguar el horror que supone FORT TI (Fort Ti, 1953) -infame propuesta de cine del Oeste que apostaba por el efímero sistema 3-D- o la absoluta mediocridad de DRUMS OF TAHITI (Tambores de Tahití) también del mismo año. Sin embargo, y sin salirnos de un contexto de discreción, no sería justo omitir la relativa eficacia de MASTERSON OF KANSAS (1955), a lo que cabría añadir la previa BATTLE OF ROGUE RIVER (1954), que contaba igualmente con el protagonismo del rocoso Robert Montgomery y bastante similar equipo técnico.

Con una duración de unos setenta minutos, destacada de un acertado cromatismo, obra de Henry Freulich, la película se sitúa en el accidentado periodo previo a la creación del estado de Oregón, a mediados del siglo XIX. Un territorio enfangado en las luchas entre los componentes del ejército y las tribus indias, dominadas por el gran jefe Mike (Michael Granger-. La película se iniciará precisamente, con una voz en off que nos introduce en dicho contexto, mientras contemplamos las imágenes de una lucha entre ambos contendientes, claramente sacadas del archivo del estudio y rodadas para películas previas. Los combatientes regresan al fuerte con notable sentimiento de pesadumbre -algo que se describe en la pantalla con eficacia-, conociendo el actual mando la noticia de que casi de inmediato va a ser relevado por el joven y prestigiado mayor Frank Archer (Montgomery). Lo contemplaremos de inmediato en el camino hacia las instalaciones, mientras con astucia logra repeler un previsible ataque indio con el uso de uno de los cañones que traslada con sus oficiales.

La llegada de Archer aportará al recinto una dosis de arrogancia e intransigencia, contrastando con el rasgo de humanidad que se establece entre aquellos que comparten la vida en el fortín, y mientras se celebra una fiesta en la que se reclutan voluntarios para el explorador y conocedor de la zona Stacey Wyatt (Richard Denning). El contraste con las escrupulosas maneras militares del recién llegado, de inmediato provocarán desazón entre los moradores. Sin embargo, y pese al rechazo que le produce en apariencia, la joven e influyente Brett McClain (Martha Hyer), hija de uno de los veteranos oficiales del recinto, de manera inconsciente se sentirá atraída hacia el recién llegado. Alguien que inicialmente avala un ataque indiscriminado contra los indios, pero que, tras recibir una orden de superiores, optará por un intento de comunicación con estos para evitar innecesarias bajas y buscar un cierto grado de cohabitación. Pese a las dificultades, logrará ponerse en contacto con el jefe indio y se pactará un aplazamiento de un mes, para intentar que las tribus entreguen a los representantes del ejército sus armas en paz. Para ello se delimitará la frontera del río Rogue, en una de cuyas orillas se apostarán los indios y en la otra los militares. La inesperada traición de Wyatt, vendido ante el interés de ciertos empresarios, empeñados en que la formación de Oregón no se haga realidad, provocará de forma falaz un enfrentamiento que dinamitará el acuerdo suscrito e iniciará una espiral de violencia que podría encaminarse hacia una cruenta batalla.

No cabe llamarse a engaños, BATTLE OF ROGUE RIVER no deja de ser un exponente más de esa ingente producción de género auspiciada por Katzman. Sin embargo, dentro de su simpleza, lo cierto es que su resultado resulta moderadamente agradable. Aparece en su disposición narrativa, y pese al previsible guion de Douglas Heyes, una relajada puesta en escena que se somete al trazado de sus personajes y a un rápido discurrir de estos, con los suficientes elementos para poder emerger, siquiera sea mínimamente, del estereotipo. Esa relativa implicación de Castle permite hacer creíble la deriva del joven militar protagonista, incluso logrando del eternamente estólido Montgomery hacer creíble tanto su acercamiento a una cierta conciliación con los indios -a los que en una conversación inicial entre Wyatt y en antiguo mando, se otorgaba justificados en sus reivindicaciones- como en el paralelo acercamiento hacia la joven Brett. Todo ello quedará inmerso en un contexto delimitado por el enfrentamiento, en el que la película asumirá un inesperado giro al conocer la criminal traición del citado Wyatt, engañando a oficiales en torno a un ataque indio y enviándolos a una emboscada, que este asumirá en el off narrativo sosteniendo en un ambiguo primer plano sobre su rostro.

A partir de ese momento, la película se articulará fundamentalmente en exteriores, ganando en fisicidad y destacando en ella los travellings laterales en medio del bosque que describirán el ataque que sufrirán tanto Archer como Brett, a la fuerza que adquirirán las reiteradas ofensivas indias al destacamento encabeza por el joven mandatario, capaz de intuir la táctica expresada por sus oponentes, y ante las cuales Castle ofrecerá una dinámica planificación, de nuevo incorporando travellings laterales y atractivas angulaciones de cámara, con detalles visuales como esa inesperada panorámica que nos trasladará al soldado caído en combate, mientras la cantimplora de la que bebía alcohol instantes antes se encuentra tirada en el suelo, con el líquido desparramándose.

Es cierto que la conclusión de la película aparece apresurada, fruto de entrada de su escasa duración y, posiblemente, de la incapacidad de prolongar en dicho metraje los tímidos esbozos de entramado psicológico. En cualquier caso, si más no, BATTLE OF ROGUE RIVER ofrece una ligera ración de cine de género, que en aquellos años se expresaba de decenas y decenas de exponentes, en muchas ocasiones con superiores cualidades, pero en otras, igualmente, con resultado más olvidable que en esta ocasión, incluso partiendo del propio William Castle.

Calificación: 2

Una gran encuesta cinematográfica conmemorará el XX aniversario de Cinema de Perra Gorda

Una gran encuesta cinematográfica conmemorará el XX aniversario de Cinema de Perra Gorda

El próximo 6 de septiembre, este blog cumplirá nada menos que dos décadas de andadura. Lo que en su momento articulé casi como una simple terapia, encaminada a preservar los recuerdos y las impresiones que me provocaban aquellas películas que iba contemplando -una estrategia en contra del olvido selectivo de la mente-, pronto se convirtió casi en una obsesión.

Una casi inevitable obligación personal que me ha acompañado durante estos veinte años, y que ha permitido legar a la Red los comentarios de cerca de tres mil películas. Un seguimiento este que se ha dirigido de manera especial -aunque sin exclusiones- a los diferentes recovecos del denominado Cine Clásico y, en último término, a la búsqueda de títulos y nombres del pasado cinematográfico, a los que, por diversas circunstancias, la historiografía ha dejado relegados o directamente encuadrados en el olvido.

Por todo ello, y para intentar celebrar este largo espacio de tiempo, que engloba más de un tercio de mi vida, he pensado que una buena manera de hacerlo sería convocar una amplia encuesta colectiva -estimo la participación de unas doscientas personas- entre críticos, aficionados, periodistas e incluso amigos destacados en la pasión por el cine, para ofrecer en su conjunto una selección de las mejores películas de la Historia del Cine.

Un juego reiterado en numerosas ocasiones, pero que, en esta ocasión, y siempre desde la libertad de cada uno de los participantes, se plantea atendiendo entre las preferencias particulares de cada uno de sus participantes, antes que plantear una selección sesuda que se basara en cánones más o menos establecidos.

De tal forma, cada colaborador invitado a esta iniciativa, irá aportando su relación de 25 películas preferidas de todos los tiempos, siempre dentro de un orden cronológico de más antigua a más reciente. Aunque tenía previsto ir publicando las selecciones entregadas a partir del 1 de marzo, el hecho de disponer ya de varias de ellas, me permiten adelantar la edición individual de dichas apuestas a partir del 15 de este mes de febrero. Las mismas se insertarán de manera individual y siguiendo el orden riguroso en que han sido recibidas.

El 20 de agosto se cierra el plazo de recepción de las selecciones previstas y, finalmente, el 1 de septiembre, se publicará el resultado final de la encuesta, junto a diversos comentarios complementarios de la misma, relativos al mismo tiempo al veinte cumpleaños de ‘Cinema de Perra Gorda’.

Espero que todos aquellos seguidores de este sitio dedicado al cine, disfruten de esta nueva iniciativa, y de alguna manera se sientan partícipe de una celebración tan especial. De antemano, mi gratitud a todos cuantos ya en estos momentos han acogido con entusiasmo la propuesta, en un divertido juego cinéfilo, que espero sea disfrutado con el mismo entusiasmo, por los seguidores habituales de este blog.

 

PD: Mi agradecimiento a Mariano García, Rafa Marí y Angel D. Llorente por la ayuda y el entusiasmo recibido al comentarles esta iniciativa.

SILVER CITY (1951, Byron Haskin) [Silver City]

SILVER CITY (1951, Byron Haskin) [Silver City]

Eterno y dinámico paseante de los géneros, en un periodo -sobre todo la década de los cincuenta- donde el florecimiento de todos ellos era vibrante munición para los públicos de la época, Byron Haskin fue quizá más conocido por sus aportaciones a la ciencia-ficción. Sin embargo, su filmografía está adornada con propuestas ligadas al noir, a la aventura, y también al western, como demuestra esta poco conocida SILVER CITY (1951), inclinada a una vertiente temática cercana al universo de los mineros, pero en su plasmación visual, en el fondo, cercana al universo del noir.

La película se inicia con la tensa situación vivida por el ingeniero de minas Larkin Moffatt (Edmond O’Brien, en su primera colaboración con Haskin). Este se encuentra con su compañero de firma y amigo Charles Storrs (el antiguo galán silente Richard Arlen), tras una breve conversación en la que se intuye la latente fascinación del primero por Josephine (Kasey Rogers) -en esta secuencia de apertura solo se la citará en un diálogo entre ambos-. Casi de inmediato, estos serán asaltados por dos forajidos que robarán la nómina que se custodiaba en la caja de caudales y dejarán inconsciente a Storrs. De todos modos, este podrá escuchar un diálogo entre los facinerosos que implicaban en el golpe a Moffatt. Este último irá tras los forjados en una vibrante persecución -uno de los episodios más espectaculares de la película-, y logrará recuperar casi in extremis el importe del botín.

Sin embargo, los datos que conoce su hasta entonces amigo permitirán que Charles le cierre cualquier salida laboral, algo que Larkin irá percibiendo de manera creciente mientras intenta buscar trabajo de manera infructuosa. Un año después, conseguirá establecerse con discreción en Silver City, un entorno caracterizado por la febrilidad minera. Allí ha logrado detectar las posibilidades de extracción de plata que ofrece una mina cuya concesión alberga por escasos días el veterano Dutch Surrency (el siempre maravilloso Edgar Buchanan), y que se encuentra con el respaldo de su hermosa hija Candace (Yvonne De Carlo). Padre e hija invitan al protagonista a que se haga cargo de su gestión, al objeto de extraer de ella el mayor rendimiento antes de devolverla a su dueño, el avieso R. R. Jarboe (el no menos excelente Barry Fitzgerald). Pese a la reiterada negativa del ingeniero para asumir dicha responsabilidad, la sucesión de hechos le forzará a aceptar el cometido. Todo ello, cuando de manera inesperada llegue a la localidad Charles -que pretende comprar la mina de Jarboe- acompañado por Josephine, a la que ha convertido en su esposa. Este será el punto de partida de un argumento que por un lado marcará la lucha del dueño de la mina -y su temible y joven ayudante, Bill (Michael Moore)- contra Dutch y su hija y, más adelante, contra el propio protagonista. Pero también se encontrará presente la lucha soterrada de las dos mujeres que le rodean y, de manera muy especial, la creciente relación establecida entre Moffatt y Candace.

Quizá son demasiados los mimbres, los propuestos en el relato de Frank Gruber y Luke Short, para una producción Paramount que se asemeja poderosamente en su look visual, con tantas y tantas producciones Universal de aquellos años. Y para una historia que se sigue con relativa placidez, si el espectador opta por dejar de lado cualquier pretensión de densidad en el trazado de personajes para optar por el puro y simple disfrute de una película confeccionada con pericia para ser degustada con relativa placidez, y ser olvidada a la semana siguiente. El relato acierta al iniciarse con una secuencia percutante que, al tiempo que introduje la pasión del protagonista por Josephine, marca un cierto mcguffin en torno al robo producido, que permitirá en el rescate del botín por parte de Larkin, una larga persecución, inicialmente con cabalgadas y prolongado en los peligrosos vagones de un ferrocarril, que se encuentra entre lo más atractivo del conjunto. Sus secuencias posteriores mantienen ese interés, en una muy bien montada sucesión de peripecias por parte del protagonista, que revelan hasta que punto los escritos enviados por Storrs le impiden encontrar trabajo en parte alguna. Será todo el ello el preludio del epicentro del relato, desarrollado en una ciudad y, sobre todo, un ambiente febril relacionado con la mina. Es decir, vinculado a un progreso en el antiguo Oeste. A partir de estas premisas se dirime un relato revestido de recovecos ligados a un tono sombrío, en el que se intenta -y pocas veces se logra- conferir a sus principales personajes de un determinado grado de densidad. Esa oposición de caracteres se dirimirá en última instancia como la apuesta más decidida de una propuesta que quizá, en su entraña, colisiona en su apariencia exterior de puro relato de evasión, con el intento fallido de tratamiento de personajes que, a mi modo de ver, en contadas ocasiones -quizá solo en la interacción entre Moffatt y Candace- adquiere un cierto grado de intensidad. Esa dualidad entre relato interior y aventura exterior, es la que, en última instancia, proporciona los límites de esta, con todo, apreciable película, que también se diluye dentro de un conjunto de producción bastante similar en distintos estudios de la época. Esos dispares enfrentamientos de personajes, dejan entrever los agujeros en las relaciones entre algunos de ellos. Fruto de esas insuficiencias son ejemplo, por un lado, la escasa profundidad que adquiere el rol de la esposa y antigua amante del protagonista, que en última instancia es utilizada a la hora de mostrarse en una variada presencia de modelitos. O la débil incidencia del veterano minero, por más que la presencia de Edgar Buchanan siempre otorgue a su rol de un plus a su poco matizado personaje. Sin embargo, en dicha índole, no cabe más que lamentar el desaprovechamiento que se establece entre el codicioso Jarboe y su fiel hombre de confianza. Hablamos del joven y extraño Bill. Alguien con el que sotto voce’ç se adivina una extraña dependencia incluso homosexual, y cuya caracterización, con botas altas, predominio de indumentaria de cuero y actitud casi gélida, delimita un personaje de considerable atractivo que la película desaprovecha al limitarlo al esquematismo. Fruto de ello, devendrá un clímax final de la película en el que, contra lo que sería previsible, se desarrolla con verdadera -y deliberada- ausencia de dramatismo, alentada por la planificación en planos generales auspiciada por el propio Haskin.

Y es que así resulta SILVER CITY. Un relato tan agradable como desequilibrado. En que se alternan momentos dramáticos con otros escorados a la comedia. Peripecias en ocasiones desprovistas de lógica. Y en donde, del mismo modo, se insertan set piéces notables. Entre ellas, al margen de la que hemos citado, ubicada en sus primeros minutos de metraje, destacan dos secuencias, contrapuestas entre sí, realmente magníficas. La primera de ellas será la contundente y colectiva pelea en el saloon, resuelta de manera inesperada en tono de comedia, a partir de la intención de Moffatt de recuperar para la mina a todos los trabajadores que se encuentran allí bebiendo, invitados por quienes desean boicotear dichas tareas. Sin embargo, el pasaje más sorprendente del relato se erige en su parte final -aunque no ejerza como conclusión del mismo-. Se trata de la persecución del protagonista a quien ha querido matarle, haciéndolo por la acumulación de troncos que se ubica sobre el río, hasta llegar a la fabrica de madera que se dispone a cortar estos en listones, con moderna maquinaria. Una insólita presencia del progreso dentro de una situación de tensión y peligro. Que pena que la película no concluya en este inesperado escenario. Sin duda, su resultado hubiera sido más recordado.

Calificación: 2’5

BURN (2019, Mike Gan)

BURN (2019, Mike Gan)

En ocasiones, escarbando en la producción del cine independiente, se encuentra uno con pequeños pero estimables propuestas que de alguna manera aparecen como tardías herederas de los postulados de la serie B. Producciones de bajo presupuesto, que se benefician de las facilidades técnicas que proporciona hoy la producción cinematográfica y, en el caso que nos ocupa, la voluntad de plasmar un relato sencillo, con una clara unidad de acción, en el que prima por encima de todo el deseo de proporcionar una relativamente cuidada introspección psicológica de su galería de personajes. En buena medida es lo que propone BURN (2019), primero y hasta ahora único largometraje del californiano Mike Gan, con una cierta experiencia previa en el ámbito del corto y el videoclip. Esta circunstancia, es la que quizá proporcione al relato esa concisión, en lo que además se dirime en un drama psicológico establecido durante muy pocas horas de duración en una noche cualquiera.

La película se desarrollará en todo momento en una estación de servicio aislada y llamada Paradise Pumps. Allí va a iniciar su turno la introvertida, amable, poco agraciada físicamente y necesitada de afecto Melinda (excelente Tilda Cobham-Hervey). También se encuentra su compañera, la tan atractiva como arrogante Sheila (Siki Whaterhouse), y en el recinto recibirán la ocasional visita del amable y apuesto agente de policía Lui (Harry Shum Jr.), del cual Melinda se encuentra secretamente fascinada, y al cual de manera oculta no deja de realizar fotografías cuando acude por allí. En ese contexto alienante y frío, la protagonista buscará en todo momento alcanzar el efecto con los clientes que visitan el recinto, aunque de manera invariable la clientela masculina -conductores y viajeros- que por allí discurren, instintivamente la dejarán de lado, prefiriendo acercarse a su más voluptuosa compañera, quien nunca desaprovechará la ocasión para humillarla.

En ese contexto la llegada de Billy (estupendo Josh Hutcherson) resultará un extraño revulsivo. Se trata de un joven atractivo ataviado de cowboy, quien de manera insospechada esgrimirá un revolver para asaltar la caja de caudales del recinto y, en última instancia, conformarse con el dinero de la recaudación, ya que ha huido de un grupo de motociclistas que lo persiguen para que les entregue un dinero que les debe. Fascinada por el muchacho, Melinda se ofrecerá a facilitarle el contenido de la caja fuerte, pidiéndole marcharse con él, cosa a la que el muchacho se negará, lo que para la protagonista supondrá una enorme decepción. Superado por la creciente tensión vivida, Billy se llevará a Sheila a un cuarto interior, con intención de abusar de ella -que lo ha estado provocando con sus insultos-. Será el momento en que Melinda acuda en su socorro agrediendo al muchacho, y provocando que este mate a su compañera de manera accidental. No será todo ello, más que el inicio de una insospechada pesadilla.

Promocionada de manera muy limitada, a partir de la presencia en el reparto del joven Hutcherson, conocido en el público juvenil por su participación en la saga iniciada con THE HUNGER GAMES (Los juegos del hambre, 2012. Gary Ross) -aunque en el relato no ejerza como protagonista-, casi desde el primer momento percibimos en la película la patina descriptiva que supondrá uno de sus más evidentes cualidades. Esa capacidad para mostrar un contexto tan cotidiano como sórdido -por momentos, parece que estamos ante momentos extraídos del FARGO (Fargo, 1996) de Joel Coen, acentuando sin subrayados una mirada en torno a la alienación casi rural, expresada en ese entorno donde se desarrollará toda la acción. Y hay un elemento de especial interés, como es la presencia de elementos que ejercen como anticipo de posteriores situaciones. Hagamos excepción en ello de ese innecesario y fugaz flashback que anticipa uno de los instantes más tensos de la película. Por el contrario, esa advertencia previa de la protagonista a un cliente que se echa gasolina fumando, la presencia de esas pastillas estimuladoras de la erección masculina, o la presencia del extintor, más adelante serán determinantes en el posterior discurrir de su dramática incidencia. Todo ello conformará unos minutos iniciales en los que destacará la pincelada descriptiva y la voluntad por ofrecer un ajustado perfil psicológico de sus personajes, con especial mención a la vulnerabilidad, la falta de afecto, lo introvertida y los elementos inquietantes que se desenvuelven en torno a Melinda. Pero será algo que se extenderá en el trazado de la vulgaridad de su compañera, o en las debilidades que expresará el joven agente del que Melinda se siente secretamente enamorada -detalle genial; esas fotos furtivas que irá coleccionando de él en su móvil-. Todo ello, en realidad el conjunto de la película, se desarrollará en esa fría estación de servicio dominada por una escenografía en la que los tonos tutti frutti de sus elementos, incidirán en un cierto grado de abstracción dentro de su configuración.

El ámbito marcado encontrará un punto de colisión con la entrada en escena de Billy, de quien de inmediato quedará la protagonista fascinada, dado el salvaje y al mismo tiempo infantil atractivo que desprende, y la posibilidad que verá en él -de manera infundada- de poder emerger de la grisura de su existencia. Y será en esa oposición de caracteres donde a mi modo de ver se encuentra lo mejor, lo realmente valioso de la película. Me refiero, por supuesto, a ese inesperado giro que brindará la acción, cuando en una situación límite Melinda reduzca a Billy y lo ate a una silla, iniciando un casi apasionante episodio en el que lo morboso, lo transgresor y la tensión psicológica se describa entre dominadora y sometido -quien intentará engañarla con fingidos gestos-, hasta concluir con un insospechado clímax de tensión erótica.

A partir de esos instantes, revestidos de una enorme garra, hay que reconocer que BURN nunca mantendrá ese nivel. Se detecta un cierto bache que pronto se superará, en el que se suceden nuevos elementos de colisión psicológica entre Melinda, la inesperada aparición del novio de Sheila, en su busca, los motoristas que van a la captura de Billy y, finalmente, el creciente acorralamiento de Liu hacia la muchacha, al observar como esta esconde algo oculto. En todos estos encuentros la oposición de caracteres y, sobre todo, el progresivo acorralamiento de la cada vez más atribulada protagonista, incapaz de prolongar su escalada de mentiras y falsas verdades, concluirá de manera tan espectacular como abierta, dejando la impresión última de circunscribirte a un interesante aunque limitado artefacto minimalista de entramado psicológico, destacable sobre todo en la fuerza de determinados tramos, y que induce a pensar que en Mike Gan se encuentra la incipiente impronta de un realizador dotado de cierta personalidad.

Calificación: 2’5