THE OKLAHOMA KID (1939, Lloyd Bacon) [El chico de Oklahoma]

Aunque no se había iniciado el periodo de plenitud del mismo -quedaba poco para ello-, es cierto que 1939 fue un año de relativa importancia para la evolución del western. Lo fue, sobre todo, debido al éxito de STAGECOACH (La diligencia, 1939) de John Ford, que contribuiría sobre todo a intentar dar la importancia, a un género hasta entonces embrionario, aunque es cierto que en años precedentes -incluso en el periodo silente-, nos brindara referentes como THE IRON HORSE (El caballo de hierro, 1924. John Ford) o THE BIG TRAIL (La gran jornada, 1931. Raoul Walsh), o incluso algunos títulos atractivos firmados por cineastas como King Vidor. Sin embargo, lo habitual en dicha década, era la proliferación de westerns seriales de escasa duración y siempre escorados a una primitiva serie B, en donde incluso se fueron fogueando cineastas como un joven Henry Hathaway, empezando a consolidarse estrellas que tiempo después destacarían en la impronta del género, como John Wayne, Gary Cooper o Randolph Scott.
Dentro de este contexto, la Warner decide hacer una doble y muy dispar apuesta dentro de esta incipiente corriente, utilizando para ello a sus estrellas más relevantes. Recordemos que ese año se rueda en el estudio DODGE CITY (Dodge, ciudad sin ley, 1939. Michael Curtiz), dentro de una gran producción, utilizando el Technicolor, e incorporando a la entonces estelar pareja formada por Errol Flynn y Olivia de Havilland. Dentro de este contexto, y en un ámbito más escorado a la serie B, en el estudio se gesta THE OKLAHOMA KID, firmada por Lloyd Bacon, otro de los realizadores de la casa, y contando con las dos figuras -James Cagney y Humphrey Bogart- que ya se habían consolidado dentro de los numerosos y percutantes títulos que consolidarían esa corriente de cine de gangsters, que muy pronto fructificaría en una de las vetas más valiosas del noir. Y es curioso señalar que, siendo totalmente opuestos en sus meandros de producción, siendo sendas variaciones dentro del cine del Oeste, e incluso centrando sus argumentos en la creación de dos célebres ciudades inmersas en el universo del género -Dodge y Tulsa en el film de Bacon-, lo cierto es que el primero de ellos propone una variante de los míticos films de aventuras protagonizados por la célebre pareja antes señalado. Por su parte, THE OKLAHOMA KID no deja de emparejarse a esos títulos de corriente policíaca y criminal con cierto trasfondo social, que protagonizaban en aquellos años tanto Cagney como Bogart, este último entonces encarnando por lo general roles de villano.
Sea como fuere, nos encontramos de entrada ante un relato que combina en sus hechuras iniciales la crónica de la gestación de una nueva ciudad, dentro del proceso de colonización del Oeste, tras despojar mediante pago de sus tierras a los indios -el argumento se refiere a Tulsa, pero la realidad histórica revela los orígenes de Oklahoma-. En ello se toparán las aviesas intenciones de Whip McCord (Humphrey Bogart), empeñado en alcanzar la propiedad del saloon de la nueva población, para lo cual no dudará en someter a chantaje al veterano cabeza de los expedicionarios -John Kincaid (Hugh Sothern)-. En su primer tercio, la película alterna dos subtramas. Una primera, centrada en describir ese proceso de colonización de una multitudinaria caravana que, en ciertos momentos, llega a mostrar un alcance semi documental. Y de otra, la presentación y correrías del joven Jim Kincaid (James Cagney), conocido en el entorno como The Oklahoma Kid, caracterizado por su personalidad rebelde y huidiza pero que, en realidad, es hijo del cabeza de los pobladores. En realidad, se trata de dos vertientes que, inicialmente, no confluyen con especial acierto, en una película que adquiere, eso sí, un aspecto visual dominado por la oscura iluminación en b/n de James Wong Howe, que la entronca de manera decidida con esas crónicas criminales de alcance social tan definitorias de la producción Warner. Es más, una de las cualidades del relato lo ofrece el muy ágil montaje de Owen Marks, marca de la casa, capaz de insuflar vida propia a un argumento dominado en no pocos momentos por las convenciones.
Y es que en THE OKLAHOMA KID los villanos se caracterizan por su aspecto torvo. Los característicos veteranos siempre se articularán como representantes de la Ley el orden. También se sucederán diversas secuencias dominadas por la presencia de exteriores montañosos, tanto en la presencia de cabalgadas -por lo general, bastante convincentes- como en simples desplazamientos a caballo de su protagonista, bastante similares a las de los westerns seriales rodados en aquella década. Lo cierto es que esas convenciones que apreciamos en ese tercio inicial, pronto van convergiendo en un argumento no desprovisto de interés. Sobre todo, cuando cono descubramos la relación familiar de Jim con su carismático padre, e incluso las reticencias establecidas con su hermano Ned (Harvey Stephens), que se agudizarán según se vaya acercando a la joven Jane (Rosemary Lane), novia de este e hija del juez Hardwick (Donald Crisp), A este inesperado triángulo sentimental, se unirá la ofensiva del viejo John, a la hora de buscar su elección y lograr con ello revertir la espiral de violencia y vicio alentada por McCord y sus esbirros. Todo ello dejará entrever un ámbito violento e incluso de venganza, lo que posibilitará un clímax bastante logrado, que tendrá uno de sus puntos álgidos en la plasmación visual de la ejecución, alentado por una turba, del anciano colonizador, culpado por un crimen que no cometió, y que es mostrado en la pantalla con toda su crudeza, estoy seguro que imitando el impacto provocado tres años antes por la magnífica FURY (1936, Furia) de Fritz Lang.
Todo ello posibilitará la calculada venganza de su hijo contra aquellos que alentaron su muerte, todos esbirros de McCord, ya echado al monte en su deseo de adueñarse de la población a todos los niveles. Será en esos minutos finales, cuando el film de Bacon alcance su más alto grado de densidad, mutando esa querencia al estereotipo con la que se inició por una tensión interna que, de manera una vez más convencional, pero no exenta de emotividad, decida ese triángulo amoroso con la muerte de Ned. Ante su cuerpo ya sin vida, su díscolo hermano lamentará no haber encontrado una mayor cercanía con él. Lástima que THE OKLAHOMA KID culmine con una poco convincente secuencia de matrimonio entre este y Jane. No importa, ya sabemos que estos relatos de Warner proponían acción, reflexiones y convenciones a partes iguales, dando como fruto propuestas rápidas y apreciables como esta.
Calificación: 2’5