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CINEMA DE PERRA GORDA

20 MILLION MILES TO EARTH (1957, Nathan Juran)

20 MILLION MILES TO EARTH (1957, Nathan Juran)

La segunda mitad de la década de los años cincuenta fue el periodo dorado de lo que podríamos denominar monster movies. Que duda cabe que buena parte de esa prodigalidad proviene de dos factores esenciales: por un lado la abundancia de producciones de ciencia-ficción en aquellos tiempos de “guerra fría” –y en la que una vertiente como esta no podía estar ausente-. Y otra es evidente que lo supuso la presencia de personalidades de extraordinaria habilidad en el manejo y la articulación de criaturas monstruosas ente la pantalla. El campeón de las mismas fue Ray Harryhausen y a él se deben una serie de títulos que tienen entre sus mayores virtudes su pericia en esta faceta.

20 MILLION MILES TO EARTH (Nathan Juran, 1957) es una de ellas y ciertamente no se pude decir que estemos ante un gran film, pero tampoco ante un producto desdeñable. Combinando esa presencia del ejército, viajes espaciales y una criatura que paulatinamente crece de tamaño se nos brinda una sencilla peliculita que al menos tiene la virtud de lograr un ritmo interesante y permitir que las escenas de lucimiento de la creación de Harryhausen –motivo por el que el film tiene su razón de ser-, se combinen en el conjunto de una narración al menos aceptable.

Estamos en aguas italianas y cerca de unas barcas de pescadores cae una enorme nave espacial. Pese a sus temores estos deciden socorrer a las posibles víctimas, logrando recuperar a dos hombres con vida antes de que la nave sea engullida por las aguas. Una vez que los heridos son atendidos en el hospital, un pequeño pescador encuentra un extraño recinto del que extrae su contenido: una masa gelatinosa que envuelve algo indefinido. Tal y como es su costumbre la vende al Dr. Leonardo (Frank Puglia), quien más adelante y ante la presencia de su asustada hija verá que de dicha masa surge una pequeña criatura con formas de reptil y torso humano.

De los dos heridos uno de ellos -médico- fallece, mientras que el otro –el coronel Calder (William Hopper)- se recupera pronto y junto a un destacamento del ejército USA –inevitable presencia- buscan el rastro del tubo y la criatura que se encontraba en ella. Logran dar con su rastro merced a la información del pequeño, encontrándose con ella en una granja y cuando ya ha adquirido ciertas proporciones. En realidad se trata de una criatura procedente de un viaje secreto de Venus de la nave estrellada y que se encontraba en estado embrionario.

En su pugna entre el ejército USA y la policía italiana –el primero desea conservar con vida la criatura y los segundos eliminarla para evitar posibles víctimas-, esta logra ser atrapada con intervención de aviones y redes eléctricas. Es trasladada al zoo de Roma donde se le estudia y de la que se escapa finalmente -al afllar el mecanismo eléctrico que la mantenía adormecida-, cuando realmente sus dimensiones son casi gigantescas. Provoca el pánico por la ciudad pero finalmente es reducido en el escenario del coliseo romano.

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Es evidente que la originalidad no es el mayor rasgo de interés de 20 MILLION MILES TO EARTH. Sin embargo no es menos cierto que dentro de su modestia adquiere una serie de cualidades. Entre ellas destacaría el tono sobrio con que se relata la historia con un interesante tono fotográfico bastante verista, el interesante aprovechamiento que se realiza de los escenarios marítimos italianos y finalmente de ciertos lugares emblemáticos de Roma –curiosamente jamás aparece la Basílica de San Pedro-, o la ya señalada presencia de un considerable ritmo cinematográfico que impide el aburrimiento y al mismo tiempo permite que los convencionalismos existentes –que no son pocos: la fuerza del ejército USA, el forzado romance entre Calder y la hija del Doctor-, no molesten demasiado. Ello permite igualmente la existencia de secuencias brillantes como la que se desarrolla en el granero –el primer ataque de la criatura-, o su escape del zoo por causa de un apagón eléctrico que impide mantenerlo controlado y provoca su estampida por las calles de Roma, hasta concluir en el coliseo romano donde es derribado en una secuencia claramente deudora de la célebre KING-KONG.

En resumen; un producto tan discreto como ameno, representativo de una época de la S.F. cinematográfica, la habilidad de Harryhausen y Nathan Juran y una pelicula con cierto encanto camp que se ve con cierta simpatía.

Calificación: 2

 

LOST IN TRANSLATION (2003, Sofía Coppola) Lost in Translation

LOST IN TRANSLATION (2003, Sofía Coppola) Lost in Translation

Recuerdo la primera película realizada por Sofía Coppola –LAS VÍRGENES SUICIDAS (The Virgen Suicides, 1999)-, una aparentemente profunda pero finalmente astuta y discreta variación de film teen, que en su momento gozó de bastante atención por parte de la crítica. Ya en aquella ocasión si algo caracterizaba la labor de la hija del entrañable Francis era ofrecer una mirada siempre mesurada, por más que los acontecimientos narrados fueran finalmente terribles.

En su segundo film ciertamente se consolida la mayor cualidad de esta prometedora directora. Realmente LOST IN TRANSLATION (2003) es un título en el que predomina la mirada y en el que los acontecimientos narrados ciertamente son mínimos, por más que para sus dos protagonistas adquieran una considerable importancia y de alguna manera les permitan transformarse y contemplar con nuevos impulsos sus vidas.

De forma muy sucinta, la película nos relata el viaje a Tokio de Bob Harris (un sensacional Bill Murray que con la matización y sutileza de su trabajo se erige en el principal bastión de la misma y que, a nivel personal, merecía el Oscar de interpretación mucho más que el “sufrido” Sean Penn de MYSTIC RIVER... es cuestión de gustos). Se trata de un veterano actor de cine que –como tantos otros- acude a Japón para protagonizar un spot televisivo bien remunerado. Allí se encuentra con la joven Charlotte (sensible y hermosa Scarlett Johansson), la esposa de un patoso e inestable fotógrafo, encarnado por Giovanni Ribisi con su habitual solvencia.

En medio de la soledad que proporciona una gran urbe (de antemano uno de los elementos que mejor maneja Sofía Coppola en su film), Bob de forma sutil es testigo mudo y observador de una sociedad alienada, ordenada, en la que se encuentran todas las comodidades, pero parece carente de vida. Él se mantiene dentro de una crisis de identidad al llegar a una edad madura y partiendo de una aparente cómoda posición –es casado y con dos hijos-, pero parece ausente de un mundo que le es ajeno por completo. Con una clara influencia del cine de Jacques Tatí –en ocasiones los interiores de LOST IN TRANSLATON parecen epígonos orientales de PLAY TIME (1967)-, y pese al extraño tono de sus secuencias, resultan especialmente divertidos momentos como el manejo de Bob en esa bicicleta estática o la ducha no se acopla a su altura, que sin embargo son observados por una cámara siempre escéptica.

Tras realizar el spot –en una secuencia realmente hilarante-, se produce el encuentro con Charlotte con nuestro protagonista en la barra nocturna del restaurante del hotel en que ambos se hospedan. El encuentro entre una joven que quiere adentrarse en la madurez y un hombre maduro que desea adaptarse a este nuevo estado, es el que produce ese “breve encuentro” ligero e intenso a la vez, en el que ambos en ocasiones con simples miradas o detalles sutiles, logran establecer comunicación. Llega a ser una necesidad entre dos personas que quieren ser comprendidas.

Ciertamente esta segunda obra de Sofía Coppola destaca por su sentido de la observación. No hay que encontrar en ella espectaculares movimientos de cámara. Por el contrario la realizadora prefiere cuidar los encuadres –en muchos casos caracterizados por su simetría-, montar de forma mesurada la sucesión de los planos –en una magnífica labor de Sarah Flack- y buscar una fría belleza de interiores –tal y como previamente decidiera por ejemplo Andrew Niccol en su sensacional GATTACA (1998)-, mientras que en los exteriores se deja llevar por un apabullante al tiempo que fascinante sentido visual en la que ese amasijo de edificaciones ultramodernas iluminadas adquieren sobre todo en sus nocturnos un aire casi espectral. Tanto en un sentido como en otro, la fotografía de Lance Acord es sencillamente magnífica.

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Hay quien en su momento atacó LOST IN TRANSLATION por su pretendido racismo al caracterizar y definir los habitantes que rodean la leve andadura de los dos protagonistas. Discrepo abiertamente de la misma. Creo que la directora retrata un contexto vital profundamente caracterizado por la alienación pero jamás incidiendo en que ello sea únicamente propio de ese Tokio elegido. Para ello nada mejor que ver la forma en que se define tanto al marido de Charlotte; a la joven star con la que coinciden en el hotel –y que elige como pseudónimo el nombre masculino del escritor Evelyn Waugh-; o la propia esposa del actor protagonista, quien en sus conversaciones telefónicas en off ofrece una imagen terriblemente convencional. Al mismo tiempo, en la breve visita de Charlotte a un templo japonés se logra transmitir visualmente un profundo respeto a una cultura milenaria y aún vigente.

Si algo cabe reprochar a un film interesante y hasta hermoso en ocasiones como este, es la frialdad con la que finalmente se entreteje este encuentro entre dos personas casi necesitadas una de otra. Se me podrá objetar que es una decisión expresa del guión de la propia realizadora (por el que recibió un Oscar), pero uno echa de menos esa emotividad deliberadamente ausente durante el resto del metraje, y que quizá hubiera logrado sublimar con su presencia la conclusión de este -reitero-, entrañable film.

Calificación: 3

L'AUBERGE ESPAGNOLE (2002, Cédric Klapsich) Una casa de locos

L'AUBERGE ESPAGNOLE (2002, Cédric Klapsich) Una casa de locos

Quizá para los que ya estamos un tanto talluditos, somos más bien nómadas y recordamos lejanamente y sin excesivos entusiasmos lo que supuso nuestra etapa estudiantil, estemos alejados con las ya implantadas fórmulas de intercambios interculturales existentes. Traslados temporales que conllevan el conocimiento de otros lugares y la apertura de estudiantes que están en la misma situación y coinciden en un espacio de sus jóvenes vidas, marcando en no pocas ocasiones el devenir de estas.

No sería justo decir que L’AUBERGE ESPAGNOLE –coproducción franco-española titulada en España como UNA CASA DE LOCOS- se circunscribe a este elemento aunque se erija como rasgo central del mismo. Por el contrario, la película se brinda como una divertida, entrañable e incluso en ocasiones sorprendente digresión sobre el imperceptible paso de la juventud a un estado superior de madurez.

La historia de L’AUBERGE ESPAGNOLE nos relata el viaje hasta Barcelona de Xavier (estupendo Romain Duris), un joven apocado al que envían allí para estudiar economía dentro del proyecto Erasmus como paso previo para ingresar en una empresa. Un traslado que le hará encontrar serias dificultades para encontrar alojamiento así como la nostalgia por dejar fundamentalmente a su novia. Y hay que señalar llegados a este punto que la primera media hora del film de Cédric Klapisch –de quien confieso no haber visto hasta ahora ninguno de sus films, en una laguna que espero cubrir más adelante- es realmente magnífica. Lo es por la impecable inserción de la voz en off del muchacho que ofrece siempre el contrapunto irónico de cuantas situaciones vive. Entre ellas la divertidísima plasmación visual de una burocracia para gestionar ese ingreso que llega a inundar la pantalla, o la presencia de un recurso generalmente tan poco aprovechado como la pantalla dividida, que en este caso obtiene óptimos resultados –más adelante logrará la misma operatividad en la secuencia en la que los jóvenes ocupantes del piso intenten llegar al mismo desde distintos lugares para evitar una situación embarazosa-.

Al mismo tiempo, la marcha de Xavier está impecablemente mostrada en la secuencia de la despedida en el aeropuerto con su madre y a esa novia a la que deja en el fondo del encuadre, sus lágrimas en pleno vuelo –que contemplará quien luego será su ocasional amante-, y la llegada a una Barcelona que le hará manifestar en su narración en off que muy pronto se ha integrado en su vida.

Los siguientes pasos del joven se centran en la búsqueda de alojamiento y son igualmente hilarantes, conformando una secuencias llenas de timming cómico, hasta su llegada al que será su lugar de estancia, en el que se somete a un auténtico y surrealista interrogatorio por parte de los jóvenes que ya la ocupan hasta que finalmente lo admiten para ocupar uno de sus cuartos.

A partir de ahí la película se centra en mostrar las situaciones que sobrellevan cada uno de ellos siempre bajo la mirada irónica de Xavier, quien por otra parte conlleva una aventura sexual con Sophie, la esposa de un neurólogo a quienes conoció en el aeropuerto y quienes le brindaron su ayuda en sus primeros pasos.

Es evidente que L’AUBERGE ESPAGNOLE se centra en ese proceso de madurez de una serie de jóvenes de nacionalidades dispares –en los que está incluida la presencia de las relaciones sexuales, sus costumbres de ocio, etc.-, que habla de una nueva forma de concebir la juventud, que muestra una serie de facetas por lo general poco tratadas en el cine –entre ellos no se omite la reflexión sobre las identidades y la singularidad catalana-, y que al mismo tiempo logra ser una comedia juvenil divertida, entrañable y en determinados momentos emotiva. Su director logra introducir con acierto una serie de recursos narrativos que en otras ocasiones quizá resultarían hasta irritantes, pero aquí funcionan casi a la perfección. Insertos, intercalación de imágenes, uso de la cámara al hombro y hasta en sus fragmentos finales una serie de efectos visuales que, sorprendentemente, logran confluir en una conclusión tan abierta como evidente: la madurez ha llegado para un Xavier que realmente huye de ese puesto de ejecutivo que le había reservado su futuro para dedicarse realmente a lo que deseaba desde bien pequeño: ser escritor.

La película es evidente que goza de una magnífica dirección de su joven reparto con especial mención para su protagonista -plasmando un momento magnífico en ese largo primer plano en movimiento de travelling de retroceso cuando se ha despedido definitivamente de los que han sido sus compañeros y finalmente se han convertido en sus amigos... y a los que quizá jamás vuelva a ver-. Ese instante de emotividad y nostalgia por algo que se le va de las manos y está reciente en su pensamiento recrea gracias a la sinceridad de la cámara de Klapish y el talento del joven Duris una intensidad realmente notable.

Esa elevación en el interés de la película en su parte final logra atenuar ciertos baches de ritmo existentes en su parte central, lo que no impide que la sensación de agobio existente en el piso tan habitado por jóvenes de diferentes países se transmita en una cámara cercana a los personajes y casi “embutida” en las paredes del mismo. Al mismo tiempo, es innegable que L’AUBERGE ESPAGNOLE logra captar una radiografía visual y urbana de Barcelona que no solo se centra en sus elementos turísticos más destacables –Sagrada Familia, Parque Güell o Tibidabo- sino que ofrece rincones de su casco antiguo e incluso marcos despersonalizados y descuidados de los que, sin embargo, se obtiene un óptimo tratamiento cinematográfico.

En su conjunto debo decir que UNA CASA DE LOCOS me ha parecido una grata sorpresa y la demostración evidente de que cuando se tiene talento y un interesante planteamientos de base, el género de la comedia juvenil puede ofrecer títulos francamente interesantes -como el que nos ocupa-, además de frescos y divertidos.

Calificación: 3

THE HOURS (2002, Stephen Daldry) Las horas

THE HOURS (2002, Stephen Daldry) Las horas

¿En cuantas ocasiones hemos escuchado aquello de... “esta es una película de qualité”? Aquello venía a señalar –generalmente con no poca condescendencia-, films escorados hacia el melodrama, ambientados en épocas precedentes, rodeados de una cuidada ambientación y reconstrucción histórica, un impecable equipo técnico y un solvente cast de intérpretes –en el que también había especialistas en la materia-. Por norma –que no se que fundamento tendría-, un film de qualité habría de ser aburrido y poco arriesgado y, en definitiva, merecedor de cierto desdén.

Esa disyuntiva entre las películas englobadas bajo esa denominación y las en teoría “atrevidas y arriesgadas”, ha llegado hasta nuestros días. Y lo cierto es que la creo carente de bastante fundamento. Como en cualquier otra vertiente cinematográfica, hay películas de qualité espléndidas y otras absolutamente olvidables, mientras que algunas están ambientadas en épocas pretéritas y otras son contemporáneas del momento de su realización. Como ejemplo de grandes films de qualité citaré dos creo que ya clásicas y muy cercanas, como son la magnífica LAS NORMAS DE LA CASA DE LA SIDRA (The Cider House Rules, 1999. Lasse Hallström) –ambientada en el pasado- o la aún superior MAGNOLIA (1999, Paul Thomas Anderson) –desarrollada en nuestros días-. De igual modo citaré un ejemplo de film de qualité no plenamente logrado pese a tener todos los elementos a su favor, como era CAMINO A LA PERDICIÓN (Road to Perdition, 2002. Sam Mendes). Si queremos profundizar en esta cuestión vendrían nombres actuales como Anthony Minghella, James Ivory o David Lean....

LAS HORAS (The Hours, 2002) entra de lleno en la misma tesitura. Parte de unos hechos reales e inicialmente adquiere una ambientación de época. Por lo demás goza de los mismos rasgos antes mencionados como reglas de la perfecta qualité cinematográfica: impecable ambientación, espléndido reparto, etc. En el mismo no se puede dejar de señalar la presencia de las dos actrices que en la actualidad se adscriben en su mayor medida a esta vertiente cinematográfica: Meryl Streep y Julianne Moore, permitiendo ingresar en tan exclusivo club a la hermosa Nicole Kidman.

El inicio de THE HOURS muestra el intento de suicidio Virginia Wolf (Nicole Kidman en una cuidadísima caracterización) ya en plenos los títulos de crédito y mientras narra en off fragmentos de su novela “Mrs. Hallaway”. De esos años veinte de pronto nos trasladamos a la década de los años con el matrimonio formado por Laura (Julianne Moore) y Dan Brown (John C. Reilly), mientras que instantes después nos remitiremos al año 2001 en New York con los personajes de la editora Clarissa Vaughan (Meryl Streep) y su amante Sally Lester (la siempre excelente Allison Janney). Sin lugar a dudas estos primeros instantes sorprenden al espectador dejándole a la expectativa de donde puede discurrir su artificio argumental. Pronto comprobaremos que el eje de las tres historias paralelas sus diferentes entornos temporales tienen su eje en las experiencias personales que se desprenden del libro de Virginia Wolf anteriormente mencionado.

Las frustraciónes, deseos, sentimientos íntimos y todo tipo de conquistas efectivas y sociales siguen vigentes en estas tres mujeres a lo largo de su tapiz narrativo, que es plasmado con habilidad por el guión de David Hare según la novela de Michel Cunningham, plasmada con una puesta en escena transparente de Stephen Daldry –el director de BILLY ELLIOT (2000)-, bastante deudora de un montaje ágil, fluido y hasta seductor en ocasiones –responsable: Peter Boyle-, aunque por otra parte exista la misma dependencia –en este caso negativa- con una banda sonora a mi juicio excesivamente evidente, obra de Philiph Glass

A partir de estos elementos de interés más o menos previsibles y contando con un tono de innegable dignidad, creo sinceramente que THE HOURS no se plantea más que como una aguda operación de prestigio encaminada al logro de diversos Oscars. La clásica película aclamada por la crítica en el momento de su estreno, “atrevida” en algunos de sus planteamientos –el lesbianismo-, muy pendiente de la labor de sus principales estrellas, pero que en realidad a los pocos años caen en el olvido del producto comercial bien ejecutado pero finalmente vacuo.

Curiosamente lo que menos me interesa de la película de Daldry es precisamente todo lo referente a su historia inicial. Aquella que sirve como eje para las dos sucesivas –que muy pronto veremos en una argucia de guión se encuentran relacionadas por uno de sus personajes-. El tormento interior de Virginia Wolf me deja frío y sus contradicciones entre la locura que aduce su entorno y la plena liberación que ella desea, realmente hasta se me antoja un poco ridículo con la metáfora de ese pájaro que da lugar a una “bonita” estampa bucólica.

Por su parte la parte ambientada en la década de los 50 –curiosamente con un look bastante similar al de la excelente LEJOS DEL CIELO (Far from Heaven, 2002. Todd Hayness) –otro ejemplo perfecto de logradísima qualité cinematográfica, también protagonizada por Julianne Moore-, nos muestra un matrimonio acomodado, una esposa insatisfecha, una amiga que se enfrenta ante una situación terrible y el intento de la esposa de suicidarse casi siempre con la mirada activa de su pequeño hijo.

Al mismo tiempo, la situación más contemporánea muestra como Clarissa (Streep) es una editora que tiene como mejor amigo a un galardonado escritor enfermo de sida -Richard Brown (Ed Harris)- al que va a ofrecer una fiesta con motivo de un galardón que le ha sido concedido, revelándose una terrible evolución de los hechos.

Con sinceridad, THE HOURS me deja como si contemplara una imitación de cualquier obra de arte creada con elementos de segunda fila. Pese a la habilidad en la intercalación de las situaciones que se reiteran en las mujeres de las tres épocas, en muy pocos instantes tenemos el sentido de lo auténtico y que sus personajes nos revelen una especial sinceridad. Y en ese sentido sí me gustaría destacar dos secuencias que –afortunadamente- se sitúan en las antípodas de estas personal reproche y que dan la medida de lo que pudo haber llegado este film de haber mantenido dicho camino. Me estoy refiriendo por supuesto a la esplendida secuencia en la que Kitty (brillantísima Tony Collette) confiesa a su amiga Laura –estamos en episodio centrado en los años 50- el hecho de tener un tumor y va más allá ante la insatisfacción de su matrimonio, que culmina en un apasionado beso entre ambas. Unos minutos perfectamente planificados, con las suficiente temperatura emocional y el perfecto trabajo de interpretación que logran transmitir al espectador sus emociones, dudas y frustraciones –la imposible maternidad de Kitty--

Del mismo modo, en mi opinión la otra gran secuencia se produce con la llegada del personaje interpretado maravillosamente por Jeff Daniels. Se trata de Louis Waters, un antiguo amante de Richard que en su conversación con Clarissa logra no solo revelar el ahogo que le produjo su relación con el ahora enfermo escritor, sino que logra abrir los ojos y entumecer a la apasionada editora.


Lamentablemente no todo está a la misma altura. Sorprende que un actor tan extraordinario como Ed Harris componga su personaje –indudablemente con mesura- con tanto acartonamiento y sorprende también que haya que recurrir también a Nicole Kidman para interpretar a Virginia Wolf. No dudo que su trabajo es impecable pero por norma soy contrario a este tipo de trabajos tan destinados a prestigiar la imagen de intérpretes que parecen no sentirse seguros si encarnan personajes de su edad –ahí tienen el ejemplo reciente de Charlize Theron-. Sinceramente, del grupo de las 3 protagonistas creo que Julianne Moore reitera en buena medida sus tics más conocidos, mientras que en su oposición la Streep logra ofrecer una estampa de madurez realmente convincente.

No quiero hacer ver con este comentario que LAS HORAS sea un título desdeñable, pero si estoy totalmente convencido que al paso de unos pocos años nadie se acordará de ella. Mientras en su momento la película de qualité que se produzca en aquella situación concreta será la que reciba de nuevo la catarata de elogiosos comentarios y premios en abundancia... también en esto del cine, la historia se repite.

Calificación: 2’5

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CITY GIRL (1929, Friedrich Wilhelm Murnau) El pan nuestro de cada día

CITY GIRL (1929, Friedrich Wilhelm Murnau) El pan nuestro de cada día

Penúltimo título de la filmografía de Friedrich Wilhelm Murnau, CITY GIRL o OUR DAILY BREAD en su versión sonorizada –en España se tituló EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA- supuso su ruptura con la Fox precisamente por las azarosas circunstancias que concurrieron en la oposición Del Gran realizador alemán a dicha sonorización –y que se relatan en la amplia referencia que sobre este film recoge el excepcional doble volumen de Luciano Berriatúa “Los proverbios chinos de F. W. Murnau”. CITY GIRL sucedió a THE FOUR DEVILS (1928), uno de sus títulos lamentablemente perdidos y tras él tan solo rodaría la maravillosa TABU (Taboo, 1931. Corealizada con Robert J. Flaherty).

Pese a que CITY GIRL carece de las ambiciones –en el mejor sentido de la palabra- que fructificaran en la magistral AMANECER (Sunrise: A Son of Two Humans, 1927) -bajo mi punto de vista su obra cumbre y una de las cimas del cine mudo-, es un film excelente, propio del dominio del lenguaje cinematográfico que Murnau dominaba como pocos, y al mismo tiempo admirable en el contraste de dos entornos tan contrapuestos como el urbano y el rural, incidiendo en los elementos más alienantes –el de las grandes ciudades- y regresivos –el del campo-, para afirmar una vez más la apuesta por el amor.

Pocas películas como esta tienen una arranque tan rotundo. En plano general un tren recorre velozmente de izquierda a derecha el encuadre. Le sucede otro en plano medio ya en el interior de un vagón que nos presenta a Lem Tustine (una vez más, maravilloso Charles Farell). El despiste a la hora de no encontrar su billete cuando el revisor lo reclama, además de aportar un elemento de comedia describe su carácter ingenuo. Algo que confirmará el plano posterior de una joven de vida alegre –su caracterización es inequívoca- observando las acciones de Lem –advierte al instante que se trata del clásico joven protegido por su familia-. Este acude a la ciudad a vender la cosecha de trigo de sus padres. Murnau inserta unos planos describiendo a sus progenitores. El padre (impecablemente hosco David Torrence), la madre (sensible Edith Yorke) y la pequeña hija, a la que el padre regaña por recocer un pequeño ramo de espigas de trigo evidenciando su carácter autoritario.

Una vez en Nueva York, Lem acude a comer a un restaurante. Será allí en donde Murnau inserte dos de sus escasísimos travellings mostrando las masas abigarradas ante la barra. Muy pronto la apostura de Lem llama la atención de las camareras, atendiéndole finalmente Kate (magnífica Mary Duncan). La joven va observando los rasgos de nobleza del joven, que está escribiendo unas postales a sus padres. Una accidental caída de la bebida permite a la camarera conocer la procedencia del muchacho –lee la dirección en una postal ahora mojada-, y se inicia un cordial trato entre ellos que el granjero sella torpemente entregando una propina a la decepcionada camarera. Sin embargo, instantes después este le dice que volverá a verla. Ya en la calle Lem lee en un diario la llegada de la depresión, elemento que destaca Murnau en un arriesgado travelling de retroceso que lo relaciona con el conjunto de viandantes que abarrotan la calle. La analogía está clara: ha llegado un elemento desasosegador que afectará a todos.



La película retorna a Kate, que vive en un triste apartamento flanqueado por los reflejos de letreros luminosos. La camarera añora la naturaleza –su visión de un anuncio lo asevera-. Al mismo tiempo cuida con mimo una pequeña planta y conserva un pajarito enjaulado, que es mecánico y solo funciona dándole cuerda, en otra metáfora de esa ausencia de lo auténtico en la masificación urbana.

Las fluctuaciones de la bolsa –breves planos de las sesiones-, concluye en que el granjero obtenga menor beneficio del consignado por su padre. Decepcionado y preocupado acude de nuevo a comer al restaurante en el que sirve Katy. Allí se sincera con ella y en pocos instantes intuyen que entre ellos hay algo más. Muy poco después el granjero defiende a la camarera del acoso de un cliente... y todo confluye en una declaración de matrimonio. El queda conmocionado por el paso adelante que ha decidido dar y ella sigue sirviendo llorando. La cita a la una de la tarde en la estación y la espera. Los minutos pasan y el tren va a salir. Ella al mismo tiempo duda en dar el paso adelante. Lem está a punto de abandonar la gran urbe pero un elemento del destino –un boleto que adquiere y le indica que no deje escapar la mujer de su vida-, le permite esperar y finalmente ambos se encuentran y funden en un abrazo.

De regreso en el tren, un hermoso plano medio nos los muestra dormidos –se supone que ambos se han casado ya- y con los billetes de los dos en el sombrero del joven –otra metáfora de Murnau: su carácter ha madurado con este encuentro-. La nueva pareja llega a la granja cruzando los prados de trigo. Son recibidos por la madre, emocionada. Su pequeña hija le entrega un ramo de espigas y Katy le obsequia con el pajarito mecánico que los cuatro contemplan en un entrañable momento familiar que se enturbia definitivamente con la llegada del padre, tirando el ramo de espigas. En una situación tan tensa, el realizador inserta el contrapunto de un apunte de comedia al mostrar a la niña huyendo no sin antes coger rápidamente el pájaro mecánico.

La acritud del padre se extiende hacia su hijo, al que reprocha el bajo precio logrado por la cosecha y teniendo posteriormente una disputa con su nueva nuera, de la que solo tiene una opinión negativa. En esta situación llega el periodo de la cosecha. Acuden a la granja un grupo de contratados. Uno de ellos –Mac-, acosa a la joven mientras que Lem se encuentra ausente y totalmente abatido. La noticia de la llegada de una tormenta obliga al dueño de la granja a que la recolección de la cosecha se culmine en plena noche, para lo cual duplica el sueldo a los operarios. Mac mientras tanto sigue su acoso a Katy, a la que conmina a que huya junto a él, mientras esta le venda su mano herida. El anciano dueño descubre a ambos pero ello no evita que la muchacha reproche en off a su suegro su actitud hostil, no sin antes decidir abandonar a su esposo para no crearle más problemas y huir de un ámbito que no es el suyo.



Lem finalmente recobra sus impulsos al luchar y pelear con Mac tripulando ambos en una carreta y en una densa y oscura secuencia dominada por la luz de un quinqué. En ella el joven protagonista logra vencer a su contrincante pero el padre dispara pensando que lo hace con un obrero que huye. El tiro destruye el quinqué; se hace la oscuridad. Sin embargo su hijo queda indemne y su progenitor se arrepiente de su intransigencia aceptando los sentimientos del noble joven. En medio del viento el granjero recupera a su esposa -que ya había iniciado su huída- y ambos entran en la granja con el abrazo arrepentido del anciano, que conduce el carro que ellos tripulan en un momento de especial emotividad.

Es evidente que a la hora de comentar los títulos de grandes directores como es el caso de Murnau, en muchas ocasiones el ejercicio crítico es ocioso y la descripción de sus obras intenta reflejar tímidamente el sentimiento que se desprende de sus imágenes. Se podrían detallar mil y un elementos; la utilización de la iluminación, las sombras, el movimiento de los actores, la utilización de un inserto para definir un carácter... o el destino que se decide con una tarjeta en una cabina de acertijos. CITY GIRL es un ejemplo de ello y al mismo tiempo de una preocupación social que se comenzaba a concretar en la cinematografía de aquel periodo. Se puede decir que tanto en sus contenidos como en sus formas la película de Murnau puede erigirse como uno de sus precedentes más lúcidos al tiempo que menos difundidos de esa tendencia. La película se caracteriza por la presencia de bastantes intertítulos pero no es menos cierto que buena parte de ellos son absolutamente innecesarios, puesto que la sabia narrativa de Murnau nos lleva hacia aquello que quiere expresar con la imagen en su lucha constante por lo visual. Una muestra admirable la tenemos en la conversación de los protagonistas en el restaurante –su segundo encuentro-. Apenas hacen falta más que la cuidadosa pero sencilla planificación y la dirección de los actores. La inserción de la defensa de Lem hacia el cliente que se propasa con Katy sirve como referente para proponerla en matrimonio. Los instantes que se suceden se sitúan a mi juicio entre lo más memorable, íntimo y conmovedor legado por Murnau en toda su trayectoria; mientras el granjero se mantiene inmóvil y transfigurado tras la barra –quizá hasta atormentado, fruto de su educación familiar-, la camarera sigue sirviendo con extraña musicalidad pero sin poder dejar de llorar. Parece que ambos hayan logrado casualmente encontrar aquello que tanto han deseado y no sepan como expresarlo. Esa manifestación de una extraña felicidad, de estar flotando en una nube, que es uno de los rasgos de estilo del maestro alemán.

Pese a su sobriedad sobre sus obras precedentes CITY GIRL se caracteriza por un ritmo trepidante en sus fragmentos urbanos, mientras que en el más amplio metraje rural adquiere un ritmo más relajado, que se interrumpe con las secuencias de la lucha final entre Lem y Mac, -acentuada por el peso dramático de la tormenta- hasta recuperar en sus instantes finales esa ascesis de felicidad que la pareja protagonista siempre había deseado. Nadie puede dudar que F. W. Murnau fue uno de los grandes maestros del cine. Era uno de aquellos directores que poseía “la llave de los sentimientos” en sus películas, plenas de referencias artísticas de toda índole y de inventiva tanto en la técnica, la utilización dramática de la iluminación o la progresión de sus argumentos. Bajo mi punto de vista, el único elemento de debilidad de la película se produce en un cierto bache de ritmo existente tras la llegada de la pareja a la granja y hasta la llegada del elemento dramático de esa tormenta que está por llegar.

Es por ello que en una trayectoria de la que poco a poco van editándose con especial cuidado diversas de sus películas –fundamentalmente las de su periodo alemán, más prolija en títulos-, me gustaría que estas líneas sirvieran como llamada de atención para hacer lo propio con EL PAN DE NUESTRO DE CADA DÍA –prefiero con mucho su original y rotundo CITY GIRL-, que en nuestro país apenas ni es considerada salvo en entornos muy vinculados con el estudio de su obra. A ella tan solo con posterioridad Murnau legaría TABU. En ella exploraría nuevos terrenos estéticos y de forma trágica e inesperada con su muerte, le hacía entrar en la leyenda.

Calificación: 4

WHERE THE SIDEWALKS ENDS (1950, Otto Preminger) Al borde del peligro

WHERE THE SIDEWALKS ENDS (1950, Otto Preminger) Al borde del peligro

Después de haber visto –y por lo general disfrutado de 20 de las 37 películas que componen la filmografía de su artífice (incluyendo los que rodó en Alemania y en USA antes de la mítica LAURA (1944), de los que renegó abiertamente)-, no dudo un instante a la hora de situar la figura de Otto Preminger como uno de mis realizadores preferidos en la historia del cine. El hecho de que aún no haya podido visionar algunos de sus títulos más significativos, en cierto modo me anima a un intento de búsqueda para poder completar una filmografía. Una tarea de seguimiento que estoy seguro me deparará algún que otro nuevo placer cinematográfico.

Y esa es la sensación que me quedó cuando el tradicional The End clausuraba WHERE THE SIDEWALKS ENDS –titulada en España AL BORDE DEL PELIGRO-. Una película de 1950 encuadrada en esa especial fórmula de cine negro que siempre caracterizó al gran realizador austriaco, quizá de las menos conocidas pero que contaba con buenas aunque lejanas referencias. Pues bien, esta producción del propio Preminger –que logró con ese cometido el control de buena parte de su filmografía- y guión de Ben Hetch ha de ser reivindicada de forma urgente, puesto que entre los títulos que firmados por el realizador que he logrado contemplar me permite situarlo sin duda entre los cinco mejores –junto a la mencionada LAURA, ANATOMÍA DE UN ASESINATO (Anatomy of a Muerder, 1959, quizá el mejor film de juicios jamás realizado), PRIMERA VICTORIA (In Harm’s Way, 1965, uno de los más grandes títulos del género bélico) y muy especialmente TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON (Advise and Consent, 1961, a mi juicio su obra cumbre y quizá la mejor producción que sobre la política se ha rodado jamás-, todos ellos auténticos pilares de su filmografía-.

Pero mientras que todos los ejemplos citados –quizá con la excepción de PRIMERA VICTORIA, que solo en los últimos años está siendo valorada en sus merecimientos- ostentan justamente la consideración de clásicos, AL BORDE EL PELIGRO es un título apenas conocido y bueno será que estas líneas sirvan al menos para suscitar el interés entre aquellos posibles seguidores de la trayectoria del cineasta vienés. En su propuesta –inicialmente enclavada en las coordenadas del cine negro-, ya partimos de un inicio singular: los dos títulos de crédito iniciales están dibujados en el asfalto, siendo pisados por los protagonistas cuando se disponen a entrar en un coche policial –dentro de la cual prosiguen dichos títulos con una imágenes de carácter casi documental y sin fondo sonoro alguno-. Ya desde aquellos años Preminger prestaba una especial atención a estos créditos, que más tarde tuvieron una especial significación con la colaboración del rotulista Saul Bass.

Muy pronto –y sin recurrir jamás a la voz en off-, descubrimos el carácter arisco y propenso a sobrepasar las limitaciones de la ley que ofrece el Sargento Max Dixon (Dana Andrews), caracterizado por maltratar a delincuentes y no atender los derechos que estos reclaman en el momento de ser detenidos. En cierto modo –y con todas las distancias que haya que salvar-, nos encontramos con un curioso precedente de Quinlam, el veterano policía encarnado por Orson Welles en la magistral SED DE MAL (Touch of Evil, 1958).

Ese carácter expeditivo que más adelante se nos explicará procede de sus orígenes en la figura del delincuente que representó su padre, tendrá una prueba de fuego definitiva cuando el sargento mata accidentalmente a un personaje de dudosa catadura e intenta disolver cualquier pista que pueda reconocerle como culpable. Es a partir de ese momento cuando realmente WHERE THE SIDEWALKS ENDS cobra su definitiva complejidad, abandonando de alguna manera su intención inicial de cine negro y transformarse en un fascinante recorrido interior por la psicología y personalidad de Dixon, en la búsqueda de una imposible dignidad a todas sus actuaciones precedentes que han tenido su detonante en esta muerte accidentada.

Gracias a la extraordinaria composición de Dana Andrews –que en todo momento logra transmitir la vulnerabilidad y el tormento que asiste a su soledad interior- se logran totalmente los objetivos de Preminger –siempre atento en su filmografía a temas candentes y polémicos-, que hablan a las claras de la frontera de la ley –en un momento determinado un superior llega a inducir al nuevo Teniente (encarnado por Karl Malden) que utilice los procedimientos prácticos de Dixon-, este sufre toda una evolución interior que tiene su punto de inflexión con el encuentro con Morgan Taylor (Gene Tierney), a cuyo padre acusan del crimen que este cometió. Es en ese momento cuando el brusco sargento intentará por todos los medios salvar al inocente, hasta llegar a la conclusión de que su única redención está basada por una parte en la captura de la banda de delincuentes que ha sido la base de esta situación, a costa incluso del precio de su vida.

Evidentemente, la propuesta de AL BORDE DEL PELIGRO siempre rodea la ambigüedad. En ella se entrecruza la soledad urbana –hay un plano admirable en el que desde la ventana se contempla la ciudad de noche fundiendo hasta el amanecer, girando levemente la cámara y mostrando al sargento sin haber dormido y totalmente destrozado-. Del mismo modo, la planificación aplicada por el director es opresiva –a lo que contribuye no poco la fotografía en blanco y negro del gran Joseph La Shelle-, con planos largos que recogen las actuaciones principales sin posibilidad alguna de escape. Y en la misma coexisten además personajes secundarios –todos ellos femeninos-, que adquieren un extraño interés en la película. El primero de ellos es la anciana que siempre está sentada en una mecedora dentro del portal de la finca en donde Dixon ha cometido el asesinato accidental. En el momento en que esta es interrogada sus palabras denotan la imagen de una mujer que ya nada tiene que hacer en la vida más que esperar el discurrir el paso del tiempo –comenta que se duerme en la propia mecedora-, quizá en espera de reunirse con su esposo cuando muera. Por otra parte no sería justo omitir la veterana camarera en el fondo consejera del policía, que ve que en la relación de este con Morgan hay una posibilidad de redención para un ser que, como ella mismo señala en un momento determinado “No tiene a nadie en el mundo”.

Además de la precisa, aguda y realmente cinematográfica descripción de tipos y villanos –a destacar la presencia poderosa de un joven Neville Brand-, las secuencias finales se decantan por la relación amorosa entre Dixon y Morgan y la falsa acusación del padre de esta del crimen que –secreta y accidentalmente-, ha cometido el agente protagonista. Y llegada la hora de decidir el duro policía opta por la vía de la dignidad, planificando una operación que permitirá la captura de la banda de delincuentes buscada desde el primer momento, con el coste de su propia vida y escribiendo en una carta –en unos alucinantes primeros planos de Andrews- la confesión de su crimen accidental al superior en la jefatura. Afortunadamente, la operación resulta un éxito y su figura queda rehabilitada ante sus compañeros. Sin embargo nuevamente en el rostro de Dixon solo queda una salida, confesar la verdad de lo sucedido. Así lo hace indicando a su superior que lea el contenido de este escrito –había indicado que se hiciera solo en el caso de su muerte-, lo que marca su detención aunque un rayo de esperanza quedará para este hombre. Quizá haya adoptado el mejor de los caminos posibles, pues aunque su reclusión sea una realidad, esa nueva relación que le ha llegado con Morgan le esperará el tiempo que sea y quizá termine con su soledad y el recuerdo de un pasado familiar turbulento.



Como se puede comprobar, la densidad argumental y psicológica de sus personajes es extrema y atrevida. Si a ello destacamos la emotividad de los momentos finales de la confesión –que se produce por la lectura de la carta por parte del mando policial y su amada-, una narrativa de primer orden atenta a potenciar el carácter opresivo y el movimiento de los actores, nos permitirá calibrar que nos encontramos con una película poco recordada pero que lleva el marchamo de algo muy cercano para enjuiciarla y que tiene la denominación de obra maestra.

Comentario realizado en septiembre de 2002 y remodelado para la ocasión

Calificación: 4

ANZIO (1968, Edward Dmytryk) La batalla de Anzio

ANZIO (1968, Edward Dmytryk) La batalla de Anzio

Creo que bastantes aficionados coincidirán conmigo en que quizá sea el género bélico uno de los que menos títulos de gloria ha proporcionado al cine. No por ello sería injusto no admitir que la perspectiva del paso del tiempo ha revalorizado ciertas muestras del mismo en su momento relegadas y que en su conjunción ofrecen un corpus nada desdeñable.

Al mismo tiempo hemos de reconocer que una vez entrada la década de los 60 se sucedieron buen número de producciones bélicas que prácticamente se basaban en las mil y una batallas que tuvieron lugar en la II Guerra Mundial. Algunas de ellas son interesantes pero por lo general se caracterizaron por su rutina y marcarse deudoras de estereotipos, repartos estelares, espectacularidad y sopor, bastante sopor. He aquí sin embargo que en pleno 1968, con unas fórmulas ya realmente desgastadas, ante la trayectoria profesional de Edward Dmytryk que prácticamente estaba dando sus últimos pasos –tras la brillante ALVAREZ KELLY (1966)-, y cuando todo hacía prever una impersonal coproducción de Dino de Laurentis, creo que ANZIO –titulada inútilmente LA BATALLA DE ANZIO en España- supone no solo una prolongación del interés que Dmytryck proporcionó a sus films en este género –y hay elementos que la unen a las previas EL MOTÍN DEL CAINE (The Caine Mutiny, 1954) y, sobre todo, la estupenda EL BAILE DE LOS MALDITOS (The Young Lions, 1958)-, sino quizá una de las mejores películas bélicas de la segunda mitad de los sesenta.

Y es que ANZIO sorprende ya desde sus títulos de crédito con el fondo una canción propia de una comedia sixtie, mientras el personaje que encarna Robert Mitchum accede por las estancias de un antiguo palacete (atención al detalle del cuadro de batalla que se muestra) mientras un grupo de soldados aliados jalean a Wally Richardson (Mark Damon, el Philip Wintrop de THE FALL OF THE HOUSE OF USHER) que intenta ganar una apuesta balanceándose a una lámpara mientras sus compañeros no dejan de lanzarle objetos formando una masa deplorable. Esa es la impresión que con su sola mirada demuestra Dick Ennis, corresponsal de guerra de Internacional Press. La espléndida encarnación que Robert Mitchum realiza de este personaje fundamental a lo largo de la película, es uno de los grandes aliados de Dmytryk. Su mirada y actitud escéptica ante el hecho de la guerra le lleva a estar presente en numerosas batallas sin descanso, para poder responder a la eterna pregunta “¿Por qué se matan unos a otros?”.

Un dilema casi de índole existencial que planea por el conjunto de una película merecedora de una revalorización, que de antemano goza de un planteamiento muy interesante. No aborda la espectacularidad de la conquista de Roma por parte del ejército aliado, sino más bien narra el fracaso de un desembarco equivocado en su dirección, su consecuencia en una emboscada recibida y la lucha de un grupo de siete personas por sobrevivir. En ese carácter intimista ya había incidido previamente el veterano director en obras como las antes citadas, retomando de nuevo este discurso con lo que realmente es necesario en un buen film: la sabiduría de su puesta en escena. En ese aspecto concreto hay que señalar que pese a encontrarnos en un periodo muy peligroso para la narrativa cinematográfica, Dmytryk ofrece una espléndida utilización dramática del formato panorámico; aplica una impecable progresión dramática; las relaciones que se establecen entre el grupo de supervivientes es siempre muy interesante –por más que se destile algún pequeño tópico como el repentino encuentro del soldado Movie con una despampanante joven italiana-.

La eficaz e inspirada puesta en escena de ANZIO se complementa con un impecable montaje y una espléndida fotografía de Giuseppe Rotunno. Sin embargo, en todo momento la película desprende un aire fatalista en consonancia con el punto de vista ofrecido por Ennis, el personaje en el que el director destina el punto de vista de su tesis. Pese a su negativa a portar armas el experto y respetado corresponsal está al tanto de cualquier acontecimiento y contribuye a ayudar al comando que finalmente será atacado, siendo él uno de sus escasos supervivientes.

Es a partir de esa emboscada cuando la película alcanza sus más altas cotas de nivel. Se revela la tremenda equivocación del general Lesley (Arthur Kennedy), temeroso de haber lanzado un ataque a Roma –que se encontraba casi ausente de presencia nazi- y que por su previsión para evitar perder vidas humanas finalmente logrará no solo el efecto contrario sino su propia deshonra como militar. De ese modo y tal y como señala Ennis, ese desembarco de Anzio que se proclamaba como el paseo de un tigre se convierte en una ballena encallada.



Cuando el grupo de supervivientes huye del poderoso aparato bélico nazi tienen que soportar un campo de minas, más adelante descubren un campo de fuerzas alemanas –espectral su visión nocturna-. En ella una avanzadilla personal del corresponsal cada vez más implicado le lleva a perderse en un laberinto de alambradas, del que ya al amanecer logra ser guiado por un perro de pelo llamativamente blanco -¿alegoría pacifista?-. Pertenece a un soldado alemán y ello da pie a que cuando el animal de forma casual está a punto de hacer descubrir a su dueño donde se esconde Ennis, se presente Richardson para rescatarlo y matando al nazi antes de ser reducido por otros soldados que se presentan. Será cuando este es registrado el momento en que una foto de su hija cae al arroyuelo que discurre a sus pies. Richardson intenta desesperadamente recuperarla en una pelea hasta que es fusilado. La imagen se detiene en el discurrir de la imagen de la niña por las aguas terrosas y entre las botas del nazi previamente asesinado –una analogía digna de las mejores producciones antibélicas y llena de lirismo-.

Los restantes supervivientes llegarán a una casona en la que aún viven la dueña y sus dos hijas, siendo recibidos con temor inicial y pronta cordialidad, hasta que llega un destacamento nazi con el que luchan los aliados huyendo finalmente de allí, sufriendo poco después otra emboscada en la que finalmente casi todos ellos son acribillados. Será este el momento crucial en el que Dick Ennis tendrá que hacer frente a aquello que jamás ha querido; empuñar un arma y matar en defensa propia y memoria de sus amigos muertos a un nazi. Lo hace y tira con asco el arma. Sin embargo, ya ha encontrado las respuesta a su pregunta.

Apenas tres de los soldados sobreviven e informarán a sus superiores de la situación. En una desesperanzada y breve conversación –pese a la confianza existente entre el general y el corresponsal-, el ya destituido Lesley –magnífica la labor del gran Arthur Kennedy cuando da lectura a su documento con las manos levemente temblorosas- le avanza de forma lúcida y dolorosa –no va a poder saborear la gloria del triunfo- como discurrirá finalmente la conquista final de los aliados, preguntando a Ennis si encontró la respuesta a su pregunta. Este le responderá lacónicamente y con el escepticismo de siempre: “los hombres se matan unos a otros por que les gusta... se le toma gusto a matar... la guerra no resuelve nada...”. Puede que a muchos estas conclusiones les resulten banales e inconcretas pero el desarrollo de la película, la articulación de sus resortes, el empeño puesto por Dmytryk orquestando los elementos de la puesta en escena –habría que añadir una brillante dirección de actores-, a mi juicio deberían hacer valer el notable interés de una propuesta a la que quizá le sobra el epílogo final (breves planos de batallas y la conquista de Roma, incluyendo el reencuentro entre Movie y su “conquista” amorosa local). Sin embargo, el director aún nos reserva una mirada distanciada ante la llegada del aclaamado general Carlson (Robert Ryan) apostado en un Jeep, mirando hacia la parte superior de un arco de triunfo en el que se detalla en piedra una de tantas batallas que se han sucedido a lo largo en el tiempo... simplemente para que unos se maten a otros por que les gusta y aunque no solucionen nada.

Calificación: 3