WHIRPOOL (1959, Lewis Allen) La fugitiva del Rhin

De entrada, WHIRLPOOL (La fugitiva del Rhin, 1959), supone la penúltima realización cinematográfica del británico Lewis Allen -tan solo rodaría a continuación la desconocida DECISIÓN A MIDNIGHT (1963)-, antes de adentrarse en una prolongada y poco relevante andadura televisiva. A sus espaldas se encuentra cerca de una veintena de títulos, rodados esencialmente en Hollywood, pero que también extendida ocasionalmente en su Inglaterra natal. En ella se dan cita obras de diferentes géneros, pero es evidente que Allen encontró su oportuno caldo de cultivo a la hora de incursionar en relatos dominados por argumentos sombríos, ligados al thriller o incluso el cine fantastique -THE UNINVITED (Los intrusos, 1945), THE UNSEEN (Misterio en la noche, 1945), SO EVIL MY LOVE (1948)-, ya que cuando se apartó de los mismos, el interés de su cine perdería bastante de su interés. Algo de este contraste se encuentra en esta película que, más que una obra de director, puede decirse se plantea como una propuesta de productora.
Y es que nos encontramos con una de esas numerosas -y, en líneas generales, atractivas- producciones británicas de la Rank, que de alguna manera prolongaban esa corriente de relatos rodados en pintorescos parajes de otros países, que quizá tuvieron como referente inicial aquellos exponentes norteamericanos rodados en exóticas tierras orientales, y que en el cine de las islas podría tener ejemplos tan representativos como SUMMERTIME (Locuras de verano, 1955. David Lean). Pero lo que en el film de Lean se plantea como una comedia romántica desarrollada en tierras venecianas, en el film de Allen se plantea como un relato dotado de cierto suspense, que alberga en su entraña una especie de huis clos dramático de una serie de personajes, reunidos de manera involuntaria, y sometidos a unas circunstancias que les harán reflexionar sobre su pasado y, a partir de ello, plantearse unas posibilidades de futuro. En cierto modo, serían similares parámetros los que presidirían el previo largometraje de Allen, ANOTHER TIME, ANOTHER PLACE (Brumas de inquietud, 1958).
Tras unos títulos de crédito destinados a realzar por la belleza los exteriores naturales que rodean el Rhin, pronto advertiremos dos de los elementos que justifican la propia existencia de la película a nivel de producción. Uno será el propio cromatismo que brinda la luminosa iluminación en color que brinda Geoffrey Unsworth en Eastmancolor. De otro lado, el vibrante fondo sonoro de Ron Grainer. Tras dicha carta de presentación -precediendo a una historia que parte de la novela y el propio guion de Lawrence P. Backman, en ocasiones también productor- los primeros minutos de WHIRPOOL recuperan esa cualidad de Allen para discurrir por senderos sombríos, combinando su capacidad en el uso dramático de atmósferas y la pintura de caracteres. Todo ello sucederá a la hora de presentarnos a la protagonista. Se trata de Lora (Juliette Greco), la camarera de una taberna que esconde algo turbio en su pasado. Pronto comprobaremos que este queda representado en el oscuro Herman (William Sylvester), que se encuentra en búsqueda policial -significativamente, Allen inserta una sombra en forma de cruz poco antes de aparecer este, y el intermitente zigzag de la iluminación nocturna de un establecimiento sobre la habitación donde se encuentran ambos, preludia la naturaleza enfermiza e incluso criminal de dicho encuentro-. Acudirá de nuevo a esta, con la que ha mantenido en el pasado una relación personal, provocando un crimen en el encuentro que Lora le ha concertado en la taberna. Pese al recelo de la protagonista, ambos huirán, y pese a las reticencias de Herman, este aceptará que lo hagan por separado, para con ello evitar el seguimiento policial. Ella optará por embarcarse en una barcaza que va a remontar el Rhin, mientras que Herman huirá por tierra, aunque en su trayecto se encontrará de nuevo con el crimen, mientras se acentúan en él los celos sobre esa mujer que, en el fondo, no sabe aún escapar de su peligrosa tutela.
El posterior discurrir de WHIRLPOOL se centra, en primer lugar, en conferir un vehículo dramático a esa actriz tan extraña, mezcla de insuficiencias y fascinación, que fue Juliette Greco. Y desarrollar todo ello en un marco más o menos pintoresco, que permitiera al espectador de la época introducirse en los contornos costeros del Rhin. Y, como elemento más atractivo, insertar en ese viaje físico, la evolución de una reducida galería de seres más o menos insatisfechos de sus derivas existenciales. Será algo que tendrá una especial significación en Lora, una mujer adusta y en apariencia insensible, de la que apenas podemos comprender como quedara ligada en el pasado con el despreciable Herman. Sin embargo, poco a poco remos descubriendo la huella que le dejó un trauma vivido en la aún cercana guerra mundial, marcándole una indeleble huella de insensibilidad. Pero esa deriva de insatisfacción tendrá su prolongación, en la tripulación a la que se ha incorporado la protagonista, para trasladarse en ese pequeño buque por el Rhin. Una tripulación que comanda el aún joven Rolph (O. W. Fisher), alguien reputado en sus tareas profesionales, pero que no deja de expresar la insatisfacción personal que le brinda este trabajo para él rutinario, anhelando dejarlo y, en su oposición, lanzarse a una arriesgada apuesta navegando por los más peligrosos mares del planeta, buscando ese riesgo y búsqueda de aventura que su deriva existencial le impide. Y, junto a él, se encontrará el veterano Georg (estupendo Marius Goring), otro experimentado hombre de mar, caracterizado ya por su veteranía y, quizá por ello, asumiendo con relativa placidez aquello a lo que la vida le ha destinado, sin más ambición que navegar con oficio y bonhomía por las aguas de una andadura vital ya más o menos delimitada. Lo hará junto a su joven hija Dina (Muriel Paulow), que apenas puede ocultar la atracción que siente por Rolph, exteriorizando el rechazo que le produce Lora, al intuir con claridad la relación que se está estableciendo entre esta y el hombre al que ama y no le corresponde.
Todo ello tendrá su contrapunto en la película, en esa subtrama policíaca que intenta capturar a Herman, para lo cual dos agentes que conocen a Rolph e intuyen que Lora es la muchacha que ha sido pareja de este, piden que esta sea utilizada como cebo, al objeto de atraer al criminal. Ello nos permitirá secuencias quizá dominadas por la rutina, pero también algunos instantes inquietantes en el off narrativo -el momento en que intuimos que Herman va a matar a un viajero que lo ha trasladado en coche como autostop-, o incluso planteando una escena a dos niveles -el reencuentro de Lora y Herman delante de un exhibidor de postales-, mientras esta es vigilada por dos agentes, que no vislumbran a su perseguido.
En cualquier caso, no es a niveles de acción donde esta discreta película adquiere la más mínima significación -los instantes que revelan el clímax del enfrentamiento de Rolph y Herman carecen de tensión. Por el contrario, lo más atractivo de esta modesta película, reside en la progresiva evolución marcada por esa pareja de jóvenes encaminada a amarse casi a pesar suyo. Y todo ello, a pesar de contar con un actor tan detestable como el alemán Fischer, aunque en ocasiones surja la inesperada incorporación de algún personaje secundario, que logra insuflar de cierta entidad a algunos de sus pasajes. Lo proporcionará la anciana Mrs. Steen (magnífica Lilly Kann), persona con la experiencia de su larga vida a cuestas, capaz de vislumbrar desde su serenidad los enfrentamientos de los personajes que le rodean, en la ajustada secuencia de la visita exterior, casi heredando, a menor escala, a aquella anciana Jamou (Cathleen Nesbitt) de ls inolvidable AN AFFAIR TO REMEMBER (Tú y yo, 1957. Leo McCarey)
Por fortuna, y pese a esa conclusión tan descafeinada, WHIRLPOOL culmina con una llamada a la esperanza, descrita por Allen por una elegante panorámica que acompaña a Lora, antes de cumplir su deuda con la justicia, quedando Rolph a la espera de un reencuentro.
Calificación: 2






