Blogia

CINEMA DE PERRA GORDA

AMBUSH (1950, Sam Wood) [Emboscada]

AMBUSH (1950, Sam Wood) [Emboscada]

Un vigoroso travelling, descrito en absoluto silencio ente la llanura de Arizona, y que nos muestra la devastadora acción de la tribu de Diablito, es el impresionante progenérico de AMBUSH (1950), quizá el mejor movimiento de cámara jamás rodado por Sam Wood en toda su carrera, en la que sería su última película –sospecho que su muerte ocurrió poco después de finalizar el rodaje a los sesenta y seis años de edad-, nos señalan que el veterano realizador se encontraba aún en plenitud de sus facultades. Y los minutos que siguen a este western, parecen apuntar a una inusitada dureza al describir las estrategias seguidas por el curtido vaquero Ward Kinsman (Robert Taylor), acompañado del veterano Frank Holly (John McIntire), quienes lograrán esquivar a los indios precisamente disponiendo como tapadera en unos barrancos sus caballos y robando los de dos de dichos indios que quedaban en la retaguardia. La agreste orografía descrita en los pasajes del estos primero minutos, nos predisponen a contemplar lo que bien podría ser un film inserto en la corriente que marcaran títulos tan ilustres como los prácticamente coetáneos YELLOW SKY (Cielo amarillo, 1948) o THE GUNFIGHTER (El pistolero, 1950. Henry King). Es decir, relatos destacados por la fuerza telúrica de su entorno, delimitados en un áspero blanco y negro, y en el que el peso de unos parajes caracterizados por lo escarpado y la dureza, dominan incluso la psicología de sus personajes. Indudablemente, de entrada resulta sorprendente encontrarnos ante un planteamiento así en una película firmada por Sam Wood –de nuevo para la Metro Goldwyn Mayer-, predisponiéndonos de antemano a contemplar un pequeño logro del género. Dicha circunstancia finalmente no se producirá, pero ello no impedirá asistir a un relato en el que destacan ante todo los episodios y fragmentos en los que la acción se centre en esos siniestros y áridos exteriores de Arizona, donde Diablito se ha escapado de su reserva, y mantiene secuestrada a la hija de un general, antes que el entramado psicológico desarrollado en el interior del fuerte al que acudirá nuestra pareja protagonista. En la misma, encontraremos una galería de personajes y situaciones que, a rasgos generales, incidirán más que en la dureza de la vida castrense, en un cierto grado de frustración por momentos casi existencial, entre los moradores de la misma. Entre ellos se encontrará uno de los oficiales que no dudará en agredir a su esposa –hastiada de ser la mujer de quien es, pero resignada por el ímpetu de su religión a cumplir el mandato del matrimonio hasta el fin de sus días, pese a que interiormente desea a otro oficial del mismo-, a lo que habrá que unir el implícito triángulo amoroso que se establecerá entre el recién llegado Kinsman con el áspero Capitán Ben Morrison (John Hodiak). Será un enfrentamiento latente que se agudizará cuando el primero de ellos acceda a ejercer de guía para rescatar a la hermana de Ann Duverall, la hija del general, por la que implícitamente se sentirán ambos atraídos, aunque ella se incline hacia Lorrison –sin que haya habido compromiso por medio-. Esa animadversión se acentuará cuando este último se haga con el mando al ser agredido el Mayor Breverly (Leon Ames). Ello no impedirá que Kinsman ejerza como guía tal y como tenía comprometido, pero en todo momento se hará patente en él un especial sentido de la intuición, que le valdrá para advertir a Ann que su preferencia por Lorrison será baldía y, sobre todo, sentir ese cosquilleo en la nuca en cada una de las ocasiones en las que el peligro aceche el envío del comando para capturar a Diablito y, con ello, rescatar a la secuestrada.

A partir de ese momento, la película abandonará ese tono oscuro y sombrío que había caracterizado las secuencias desarrolladas en el fortín, incidiendo quizá en la tristeza de los sentimientos de cuantos seres pueblan su interior, caracterizados por el hastío de una vida cerrada y dominada por la amenaza y la carencia de poder ejercer como tales seres libres. En su oposición, AMBUSH adquirirá a partir esos momentos la claridad de los diurnos secos y polvorientos de la agreste y montañosa Arizona –con la excepción del episodio en el que la avanzadilla tendrá controlado a un grupo de indios que Diablito ha dejado atrás-. Sin embargo, Wood ofrece lo mejor del relato en la descripción de la lucha de ambos comandos, en las estrategias seguidas por indios y americanos y, sobre todo, plasmando secuencias de una contundencia tal como aquella que nos permite comprobar las habilidades de los hombres del líder indio a la hora de esconderse de los soldados para tenderles una emboscada. Ello nos permitirá asistir a ese gigantesco plano general en el contemplaremos ese casi mágico escondite de los indios, sin dejar huellas evidentes, hasta permitir que los hombres que comanda Morrison caigan con enorme facilidad en la emboscada sin que la llegada del los refuerzos evite una auténtica masacre –aunque en ella se logre el objetivo de salvar a la hermana de Ann-. Todos los soldados caerán en la lucha, con la excepción de uno de los más veteranos, mostrando el director con una enorme dureza el dantesco paraje de cadáveres de indios y soldados, dispuestos sobre el suelo y sin vida.

De alguna manera, pese a haber logrado el objetivo de salvar con vida a la secuestrada, AMBUSH culmina con una extraña sensación de fracaso colectivo. Lorrison morirá, como lo harán la practica totalidad del comando, la sumisa esposa del oficial que no ha cesado de tratarla sin el menor respeto, en el fondo asumirá su incapacidad para darse una nueva oportunidad a su vida y, en definitiva, nuestro protagonista habrá vivido una nueva aventura, sin que se atisbe el menor indicio de que pueda establecerse una relación sólida con Ann, máxime cuando el recuerdo de la muerte del tercer vértice del triángulo se encuentra bien presente. Es por todo ello, y cuando uno destaca los elementos más brillantes e incluso sorprendentes, viniendo de las manos de quien vienen –un director caracterizado por ofrecer productos caracterizados por su blandura de tono-, cierto es que cabe destacar su apuesta por ofrecer uno de los primeros westerns psicológicos que poco a poco se adueñarían del género, proporcionando una de los últimos periodos dorados del mismo. Sin embargo, en el mismo no deja de echarse de menos una mayor homogeneidad en el conjunto planteado. De haber sido así, desde luego nos hubiéramos encontrado ante un exponente plenamente valioso de las nuevas corrientes del cine del Oeste. Sin embargo, me queda una extraña interrogante que nunca podremos ratificar ¿Cómo se hubiera dirigido la andadura posterior de Sam Wood caso de no producirse esa prematuramente, a tenor de los mejores momentos que plantea esta apreciable y en ocasiones incluso apasionante producción? La respuesta, evidentemente, nunca la conoceremos.

Calificación: 2’5

STUDIO 54 (1998, Mark Christopher) 54

STUDIO 54 (1998, Mark Christopher) 54

No lo voy a ocultar; soy un auténtico fanático de la música disco. No me importa aquellos que la desprecien o la consideren música de segunda fila. Sin embargo, no quiere ello decir que cualquier título que centre buena parte de sus características provoque en mí en suficiente entusiasmo como para ensalzarlo por el simple hecho de que me regale el oído –nunca mejor dicho-. Es algo que me sucedió con la para muchos mítica SATURDAY NIGHT FEVER (Fiebre del sábado noche, 1977. John Badham) que, más allá de poseer una banda sonora antológica para todo amante de la música disco, y cierta credibilidad en su capacidad descriptiva de las minorías italianas en el New York de los setenta, en el fondo se erigía como relato moralista, previsible y narcisista, al entronizar la figura del hortera Tony Manero encarnado por John Travolta, quien sin embargo logró con dicho rol –coronado además con una marciana nominación al Oscar-, el inicio de una carrera que se ha prolongado –con baches-, hasta nuestros días.

Y señalo esto, porque al hablar de STUDIO 54 (54, 1998. Mark Christopher), uno se enfrenta en la tesitura de intentar defender de forma más o menos moderada un título que fue vapuleado en el momento de su estreno –recibió incluso dos nominaciones a los temibles premios Razzia-, aunque en la taquilla al menos cubrió su no demasiado elevado coste. Sin embargo, y pese a esa valoración negativa de la película, he de reconocer que STUDIO 54 me resulta un título que parte de la ventaja de no jugar con la baza del moralismo, sino simple y llanamente trazar una mirada, entre nostálgica y dura, de lo que supuso aquel fenómeno de masas auspiciado por el complejo, repelente y al mismo tiempo fascinante personaje de Steve Rubell, del que Mike Myers ofrece una inesperada creación, revelando en él las contradicciones de un hombre que sabía lo que se hacía. Que al mismo tiempo podía ser generoso y repugnante, y que logró levantar un imperio de lo lúdico, en un New York en la que hacía falta un auténtico templo en aquella convulsa sociedad urbana –dominada por un alto porcentaje de delincuencia- en la década de los setenta. En medio de dicho marco, se sitúa al personaje central e hilo conductor del fill, el joven Shane O’Shea (un Ryan Phillippe que encarna su personaje tal y como requería el guión). Un muchacho de belleza casi angelical que muy pronto captará la atención de Rubell, siempre tan exigente a la hora de ofrecer a esa distinguida clientela que se aglomera cada noche a la puerta de su discoteca, prometiendo en su interior placeres y situaciones casi ensoñadoras. A partir de dicho punto de partida, cierto es que el guión de STUDIO 54 no propone un especial grado de singularidad –más allá de la acogida que a Shane le brindan la pareja formada por Greg (Benkin Meyer) y Anita (Salma Hayek), ambos integrados en el personal de la enorme discoteca-. En realidad el entramado del film filmado por Christopher, que prácticamente abandonó la dirección para centrarse en las tareas de guionista, nos ofrece una mirada que combina lo complaciente con la dureza de una actividad nocturna en la que no faltarán el consumo de drogas, las actividades sexuales –incluso gays; se señala al respecto que los hermanios Weinstein cortaron las secuencias de este tipo que relacionaban al protagonista, y que en recientes pases han sido recuperadas-.

Sin embargo, hay en STUDIO 54 un logro, todo lo humilde que se quiera, de acertar transmitir al espectador ese estado de ánimo que se plasmaba en un lugar de encuentro al que acudían todo tipo de personalidades –desde Truman Capote hasta la Princesa Grace de Mónaco-, encandilados por la labor constante que ese demiurgo, negociante, estafador, pero al mismo tiempo fascinante, personaje de Rubell, supo ofrecer durante bastantes años a numerosos espectadores de un nivel adquisitivo alto. Cada noche su lujoso recinto parecía una representación, como la de aquella anciana octogenaria –con la que Shane se encontraría un día en la farmacia- que fallecerá en plena actuación –inicialmente triunfal- de Anita, provocando una extraña situación en la que se revelará la escasa sensibilidad que Rubell esgrimía a la hora de llevar a cabo su negocio. Deudor de un constante consumo de drogas y otros excesos, articulador de una doble contabilidad, el dueño de la discoteca finalmente será capturado por las fuerzas de la Ley, siendo condenado a año y medio de cárcel. Un espacio de tiempo quizá no demasiado amplio para una persona normal, pero si demasiado dilatado para un ser ya de por sí excesivo, que a su libertad se encontrará como la discoteca ya no es propiedad suya, pero al que se le permitirá una última noche de gloria, reuniéndose allí todos sus amigos e incluso algunos que dejaron de serlo. Y resultará bellísima la manera con la que desaparecerá de escena, para alguien que en todo momento procuró sorprender al espectador, a través de espectáculos en los que el kitsch predominaba, entre oropeles, brillos y situaciones que parecían de otro mundo.

STUDIO 54 alberga una subtrama que quizá no alcance las posibilidades con las que se plantea, como es el intento de relación entre Shane –al que finalmente veremos luciendo otro look que inducirá a demostrar que la experiencia en la discoteca le ha permitido madurar, tal y como rezará esa voz en off que acompañará el conjunto del relato- y Julie Black (Neve Campbell). Una muchacha a la que el protagonista ha venerado desde que la contemplara en revistas juveniles como una revelación como actriz, pero que en realidad no es más que la intérprete de un culebrón. Pese a estas limitaciones. Pese quizá a no haber aplicado un más alto grado de sordidez al conjunto –aunque sería interesante contemplar las secuencias que fueron amputadas en su momento y posteriormente han sido recuperadas-, he de reconocer que en no pocos momentos me dejo llevar por la moderada magia que esgrime STUDIO 54 –lo reconozco en ello contribuye su banda sonora, de la que se vendieron millones de copias-, e incluso en sus instantes finales me transmite una cierta sensación de melancolía. La presencia en los títulos de crédito finales de fotos de personalidades que en la realidad visitaron aquella mítica discoteca, servirán para trasladarnos una idea de la significación que aquel sueño del contradictorio Steve Rubell ofreció a miles de ciudadanos de su tiempo… sobre todo aquellos que se lo pudieron permitir.

Calificación: 2’5

SEDOTTA E ABBANDONATA (1964, Pietro Germi) Seducida y abandonada

SEDOTTA E ABBANDONATA (1964, Pietro Germi) Seducida y abandonada

Dentro de la no excesivamente dilatada filmografía del italiano Pietro Germi, se puede establecer una división muy clara desde la docena que firmó hasta la llegada de DIVORZIO ALL’ITALIANA (Divorcio a la italiana, 1961), y los realizados a partir del éxito de dicha comedia. Hasta entonces, Germi propuso una serie de títulos de temática social, que sin duda se encuentran entre lo mejor de su obra, destacando por la capacidad descriptiva de no solo el contexto de la sociedad italiana de la posguerra –especialmente en su ámbito rural-, sino que dichas cualidades se extendían al ámbito físico en que se desarrollaban sus ficciones. No se si cabría situar a Germi entre lo más destacado de una extraordinaria generación de cineastas surgidos en el cine italiano una vez conclusa la II Guerra Mundial, pero sí que parcialmente su obra se tiñó de esa capacidad para extraer, en sus mejores momentos, una autenticidad admirable. Por momentos, en lo mejor de su cine tenías la sensación de penetrar en la auténtica entraña de aquella Italia aún no integrada en el progreso –cierto es que otros de sus compañeros de generación lo lograron con mayor grado de contundencia y homogeneidad-, lo cual casi de manera abrupta, se interrumpió cuando el italiano se inclinó abiertamente por el género de la comedia. No me cabe la menor duda que el –incomprensible- éxito, logrado con el título antes señalado –con un Oscar y un premio Especial en el Festival de Cannes incluido-, hizo ver al director que se encontraba ante una veta que le reportaría un éxito asegurado. Fruto de aquella decisión surgió SEDOTTA E ABBANDONATA (Seducida y abandonada, 1964), en la que de alguna manera proseguiría con los postulados iniciados con la anteriormente citada DIVORZIO… pero en la que el mismo tiempo se realizaba un recapitulación de lo que había sido el mundo temático e incluso visual del cineasta años atrás. Todo ello se nos plantea en una pequeña localidad siciliana, totalmente enrocada en un pasado en el que parece que cualquier contacto con el progreso aparece como anatema, y donde tanto el puritanismo, el machismo y, ante todo, la importancia del honor, se sitúe como eje inalterable de comportamiento.

Y esa lucha por preservar el honor, es la que vivirá con todas sus fuerzas Vincenzo Ascalone (descomunal Saro Urzi, premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes). Cabeza de familia con su esposa y cuatro hijos –tres de ellos mujeres-, quien de la noche a la mañana sufrirá en sus carnes el oprobio de ver como la menor de sus hijas ha sido seducida por Peppino Califano (Aldo Puglisi), quien en primer instancia se encontraba prometido con otra de ellas –mucho más pánfila y desprovista del atractivo que sí posee Agnese (Stefania Sandrelli)-. En el momento en el que el padre descubra la situación encerrará a Agnese, e intentará buscar una serie de soluciones, a cual más estrambótica, para salvar el honor de su familia. Una de ellas –esta realmente divertida-, será intentar emparentar a su hija despechada con un pobre barón arruinado, mellado, que tiene su mansión en ruinas y sin mobiliario, y que se encuentra a punto de suicidarse ahorcándose. Todo ello se desarrollará en el seno de una población polvorienta, que parece caerse a pedazos, en la que todos y cada uno de sus personajes aparecen como caricaturas en su configuración física. En ese sentido hay que reconocer que Germi acierta al configurar toda una auténtica fauna humana, en la que pese a rozar en todo momento el alcance de la caricatura, aparecen creíbles, ayudados por la fisicidad que le imprime la magnífica fotografía en blanco y negro de Alace Parolin, y el sentido del ritmo que adquiere el relato en todo momento.

Es curioso constar, en este sentido, la lucidez que demuestran personajes como el Jefe de Policia, que viajará a descansar hasta el campo acompañado por su joven ayudante Bisigato, huyendo del secuestro que se va a ejecutar y del que ha tenido noticias por medio… del sepulturero de la localidad. Como si se tratara de una versión bufa del gran teatro del mundo calderoniano, en realidad los habitantes de esta población siciliana vivirán en la mentira, en el constante chiste, en una hipocresía que permitirá que un día aparezcan dos vecinos como amigos inseparables, y al día siguiente enemigos irreconciliables. Cierto es, que en este sentido, la impagable labor de Urzi otorga a la película una fuerza y comicidad irresistible, contribuyendo a que el espectador deje de lado los episodios de trazo grueso que se suceden en la función con más frecuencia de la deseada y que, bajo mi punto de vista, impiden que ese alcance de sátira alcance un grado de hondura y efectividad que, por momentos, están a punto de florecer. Secuencias como la del sueño, la del juicio o algunas otras, no solo destacan por su fealdad, sino que lamentablemente se unen en ocasiones al abuso de primeros planos exagerados y ostentosos, que sin lograr mermar las cualidades y el alcance mordaz del relato, no es menos cierto que no le han sentado nada bien con el paso de los años.

Dejando de lado ese poderoso inconveniente, no cabe duda que en SEDOTTA… se encuentran numerosos motivos de regocijo. Como el arranque de inesperada dignidad del arruinado barón, que se arrancará los dientes postizos que le ha pagado Ascaloni, las divertidas secuencias que se desarrollan en el despacho del juez, la ya señalada huída –dejación- de los representantes de la Ley, cuando en el desarrollo de la procesión se va a producir el secuestro –en una secuencia por otro lado dominada por su chabacanería-. Dentro de ese cuadro coral, es indudable que uno se deja llevar por la capacidad descriptiva que Germi ofrece de una fauna humana revestida de rostros arrugados, gastados, casi anclados en el tiempo, dominados por la rapiña, en donde todos los defectos, las miserias y las características de esa zona meridional de la gran Sicilia –que el policía en un revelador instante del film intentará tapar simbólicamente con la mano del plano del país-. Todo ello conformará un entramado que se ha visto lastrado con el paso del tiempo, pero del que quedan no pocas ráfagas del mejor Germi. Aquel que en títulos precedentes supiera trasladar a la pantalla sus inquietudes sobre la Italia rural de la posguerra y que, de repente, y por un inesperado giro a la comedia. Una opción que le adentró en el parnaso de un éxito, quizá lucrativo en su momento, quizá también aún valorado por aficionados que no se han molestado en revisarlas, pero que personalmente fue el inicio de una relativa decadencia de un cineasta que, en sus mejores momentos, estuvo en la antesala de los grandes, quedándose a partir de entonces como un tan eficaz como vulgar practicante de comedia de cortos vuelos. Facetas ambas, en las que SEDOTTA E ABBANDONATA, se encuentra quizá como un título puente.

Calificación: 2’5

THE RITE (2011, Michael Hafström) El rito

THE RITE (2011, Michael Hafström) El rito

THE RITE (El rito, 2011. Michael Hafström) es la clásica película presta para ser devorada… no por las llamas del infierno, pero si por público y crítica. El hecho de entrar en un subgénero en el que se encuentra un título a mi juicio tan sobrevalorado como THE EXORCIST (El exorcista, 1973. William Friedkin) adentrarnos en terrenos tan peligrosos dentro de una temática cada vez más controvertida –y escasamente creíble-, o la misma configuración estructural de la película, en la que se entremezcle la presencia de un actor veterano y consagrado, con otro joven, que haga lo que haga se llevará los palos de unos y de otros. En definitiva, que las perspectivas no eran de antemano nada halagüeñas, aunque personalmente tuviera la esperanza del relativo buen sabor de boca que me dejaron dos de los títulos de su realizador –uno de ellos también inmerso en el cine de terror -1408 (2007), protagonizado por John Cusack-. Y al final dichas referencias, son las que han podido conmigo a la hora de saborear y hasta cierto punto disfrutar de esta producción que no esconde su carácter meramente comercial -¿Cuántas películas de hoy día no lo hacen?-, pero no por ello dejan de proporcionar los suficiente elementos de interés para, sin convertirse en un producto de especial relieve, se erijan como un resultado más que digno, dotado incluso de fragmentos brillantes, así como algunas características generales que, a fin de cuentas, son las que permiten que el relato se siga con el suficiente interés.

Michael Kovak (un Colin O’Donoghue mucho más entonado y creíble de lo que se le ha reconocido, llevando en realidad sobre sus hombros el peso de la película) es un joven embalsamador, dentro de la funeraria que regenta su padre Istvan (Rutger Hauer). La madre del protagonista falleció cuando este está pequeño, y desde el primer momento la cámara de Hafström sabrá introducir en el relato un aroma malsano, en los distintos marcos en donde se desarrolle la película. Lo hará ya en esos primeros instantes, dentro del rito con el que Michael se encuentra embelleciendo un cadáver, aunque muy pronto revele a su padre el hastío –probablemente el que le reporta el recuerdo de haber contemplado el cadáver de su madre cuando era pequeño, a instancias de su padre, deseoso de que se familiarice con la naturalidad de la muerte-, y la casi necesidad de abandonar su casi aislado hogar norteamericano, para lo cual no le quedará otra opción que ingresar como seminarista. Dejando de lado la ligereza que supone la única opción de elegir entre una u otra vertiente, y partiendo de la base de que la historia se basa en buena medida en hechos reales, la acción se trasladará a cuatro años después, donde Kovak ya ha logrado ser diácono, cumpliendo notablemente con sus estudios… salvo los que se basan en una raíz teológica. En resumen, pese a sus esfuerzos, se trata de un escéptico incapaz de que llegue a su interior la fe necesaria para llegar a ser sacerdote, planteándose la posibilidad –que llegará a plasmar a su superior mediante un contundente email-, de renunciar a los estudios.

De nuevo Hafström acertará al describir la atmósfera de una Roma en la que se combina el peso de su pasado y la arrolador ritmo de su vida cotidiana. Será el marco adecuado para que el joven religioso que se resiste a serlo, se plantee su fracaso en una elección vital que eligiera cuatro años atrás, aunque la vivencia de un accidente mortal haga ver a uno de sus superiores -el Padre Matthew (Toby Jones)- una fe oculta bajo su capa de aparente escepticismo. Será este uno de los aspectos más interesantes tratados en la película, la dificultad de poder creer en un mundo moderno, máxime cuando el relato se introduzca en el mundo de los exorcismos, en base a una serie de rituales que a ojos de nuestros días aparecen totalmente anacrónicos. Se producirán cuando Kovak se ponga en contacto con el Padre Lucas Trevant (Anthony Hopkins, curiosamente alabado en líneas generales, pero bajo mi punto de vista en algunos momentos proclive al exceso histriónico). De nuevo el realizador acertará al describir el marco en el que el veterano exorcista sobrelleva una vida que podríamos decir normal, rodeado de decrepitud, y atormentada a la hora de atender constantemente casos que parece que en la vida normal del joven Novak pudieran parecer hasta entonces fruto de la mente más calenturienta.

A partir de ese momento, lo que propone THE RITE es una batalla entre la creencia en el diablo y la resistencia basada en el escepticismo y la racionalidad –propuesta en todo momento por el seminarista-. Lo acertado de dicho contexto, es que la perspectiva no se pierde en todos cuantos episodios se van sucediendo, por más que algunos de ellos estén provistos de un especial dramatismo y espectacularidad, y que Kovak justifique inicialmente a alteraciones de la mente. Sin embargo, uno de los aciertos del film –que además tiene la cualidad de apostar en mucha mayor media por el logro de una atmósfera inquietante que en los golpes de efecto-, reside en la manera con la que se van engarzando pequeños detalles que, poco a poco, y aún a pesar suyo, irán convenciendo a Michael, de que hay algo que supera todas sus crecientes reservas, e incluso lo que sus ojos se prestan interpretar de manera muy diferente al del veterano Padre Lucas. Esa pulsera que poco a poco revelará su simbología malsana, la conversación con su padre… que instantes después confirmará ya ha fallecido, los recuerdos de la contemplación de su madre muerta, esos batracios que se van extendiendo como siniestras señalas que inicialmente ha identificado como truco introducido por el veterano sacerdote, esos clavos de grandes dimensiones que van expulsando los presuntos poseídos. Todo ello conformará un contexto ante el que incluso el racionalismo de un muchacho decepcionado por el camino que hasta entonces ha seguido en la vida, irán poco a poco prendiendo en él una evidencia, no por menos irracional, cada vez más cercana e incluso amenazante en su entorno, hasta el punto de que en un momento dado los roles del Padre Lucas y el suyo propio tengan que revertirse en una situación límite.

Destacando ante todo esa capacidad del director sueco para la creación de atmósferas, un espléndido uso de la pantalla ancha, la relativa huída de efectismos, pongamos en el debe la escasa enjundia que supondrá para la película la presencia de la periodista deseosa de elaborar un reportaje que refleje con suficiente fondo la realidad de las prácticas exorcistas, y que con probabilidad se introduce en la función al objeto de establecer ese rol femenino que bien pudiera establecerse como el necesario contrapunto para que Kovak pudiera abandonar el celibato e insertarse en una vida guiada por unos derroteros más cotidianos –esa carta que recibe el joven al final es reveladora de todo ello-. Con todos sus aspectos positivos y negativos, lo cierto es que THE RITE logró en su concatenación de elementos –provinentes de un guión bastante solvente-, y las capacidades de Hafström –que espero mantenga en obras sucesivas-, parecerme un título revestido de la suficiente dignidad, dentro de un subgénero en el que, como ha sucedido en tantas ocasiones, es tan fácil deslizarse por los riesgos de un tobogán de efectismos y aspectos que rocen el integrismo religioso.

Calificación: 2’5

OPERATION SECRET (1952, Lewis Seiler) Guantes grises

OPERATION SECRET (1952, Lewis Seiler) Guantes grises

Dentro de una filmografía que se extiende a cerca de noventa títulos, buena parte de ellos cortometrajes, e inserta incluso del propio periodo silente, lo cierto es que la figura del norteamericano Lewis Seiler representa a la perfección uno más de esos artesanos medios, eficaces, pero en pocas ocasiones realmente inspirados, que poblaron la andadura del cine clásico de su país. Su producción abarca los géneros más populares, de entre los que cabría destacar el western y el cine bélico, vertientes ambas cuyas muestras han llegado hasta nosotros con mayor precisión. Precisamente del segundo de ellos procede el título que comentamos OPERATION SECRET (Guantes grises, 1952), una serie B de la Warner Bros que, justo es reconocerlo, con facilidad podemos ubicar entre lo más atractivo legado por su artífice. Y estas cualidades podemos establecerlas ya desde su propio material de base, proporcionado por el guión de Harold Medford y James R. Webb. La relativa originalidad del mismo estriba en plantear el punto de partida de su argumento una vez ha concluido la II Guerra Mundial, y se han depurado parcialmente las responsabilidades emanadas en la misma. Para ello, se citará en Parias a una serie de personajes que durante la contienda mantuvieron entre si relaciones a diferentes niveles. De todos ellos la cámara de Séller establecerá su lugar de partida, mostrando las vistas aéreas de las mismas, entre las que destacará una arrasada ciudad alemana. Dichos personajes se centrarán en un antiguo oficial de la Gestapo -Herr Bauer (el siempre excelente Jay Novello-), un elegante hombre que proviene de Estados Unidos –Marcel Brevoort (un inicialmente sorprendente Steve Cochran)-, y un oficial que ha perdido un ojo –el Mayor Latrec (Kart Malden)-. La reunión de todos ellos se debe a intentar buscar el responsable del asesinato en plena contienda de uno de los responsables de un comando soviético que operaba en la Francia ocupada desde 1940. La autoría del crimen en principio recae sobre Peter Forrester (Cornel Wilde), del qe se desconoce su paradero desde entonces, y será la unión del testimonio de todos los presentes, a los que se unirá de manera sorpresiva otra de las componentes del comando soviético –Maria Corbet (Phyllis Thaxter)-. El atractivo que emana de OPERATION SECRET, se centra ante todo en la atractiva combinación que se ofrece de su estructura en forma de flash-back, que nos serán relatados por los citados, y la valiosa incardinación de todos estos episodios, en los que ninguno de ellos realmente miente, sino que son planteados partiendo de la personalidad de cada uno de sus relatantes y protagonistas. Para ello, la película elige inteligentemente un cast en el que la tipología de sus intérpretes –y la traducción española del film será reveladora al respecto-, contribuye a forjar un recorrido que por momentos nos acerca a ciertas producciones de alcance hitchockiano –FOREIGN CORRESPONDENT (Enviado especial, 1940), SABOTEUR (Sabotaje, 1942)-, sin dejar de desmarcarse en cierto modo de un cierto tono anticomunista que se esgrime de manera sutil en el relato. Sin embargo, esta circunstancia no acude en menoscabo de un relato que no solo funciona con verdadera pertinencia a la hora de mostrar la lucha de una oposición forjada por elementos de diferentes países, en contra del invasor nazi –es magnífica la manera con la que Brevoort describe la fecha en la que conoció a sus compañeros en 1940; la que marcó la ocupación nazi en Francia-, describiendo con presteza como ciudadanos y combatientes de diferentes países e ideologías contrapuestas, unirán sus objetivos contra un invasor común. Y será indudablemente atractiva la inclusión de secuencias y pequeños momentos de carácter documental, que se integran a la perfección, tanto dentro del tono fotográfico ofrecido porTed D. McCord, como por la magnífica dirección artística de interiores, en las que el aroma a ruina, la presencia de lugares secretos, sótanos, en la que hay personajes que aparentan personalidades que no son en realidad –Forrester y Maria llegarán a simular ser un sacerdote y una monja para poder burlar la persecución de los nazis-.

Quizá como nunca en el resto de su obra, Lewis Seiler logró además en OPERATION SECRET, plasmar un auténtico apólogo moral, bastante antes de que el ampuloso Stanley Kramer de JUDGMENT AT NUREMBERG (Vendedores o vencidos, 1961), apostando tímidamente por ese intento de reconciliación que se estableció en la sociedad civil europea, incluso con aquellos que colaboraron de manera activa con el III Reich –el ejemplo pertinente lo ofrecerá el personaje encarnado por Novello-. Esa capacidad para mostrar diferentes perfiles psicológicos, caracterizados por su credibilidad, es una de las mayores virtudes de un relato que funciona a varios niveles, y que en su tercio final logra alcanzar un notable grado de complejidad, puesto que en sus protagonistas se revelará la verdadera personalidad que alberga su interior, dentro de un contexto de sinceridad forjado por esa reunión de resistentes, que en un momento determinado revelarán su compromiso por los valores democráticos. Será un elemento en el que se mostrará a las claras la verdadera intención de aquellos que lo han propugnado pero en realidad no creen en ellos.

El film de Lewis Seiler, logra confluir en su trazado diversas líneas vectoras. La que describe la operación auspiciada por el ejército británico a la hora de bombardear unas instalaciones de material bélico, la traición marcada por uno de los componentes del grupo, el romance interrumpido que se fraguará entre el desaparecido Forrester y Marie… y la propia y misteriosa desaparición de este, a quien se da como desaparecido, y al que inicialmente se acusará del asesinato del camarada soviético que en 1940 decidiera la rendición ante los acosadores oficiales nazis. Trepidante en todo momento, creíble en su ambientación, máxime cuando se trata de un film rodado cuando la contienda mundial había dejado de ser un tema de especial interés, y especialmente brillante a la hora de exponer las consecuencias de la misma cuando han transcurrido varios años desde su conclusión –reitero la enorme fuerza que adquiere ese plano aéreo que revela una ciudad alemana arrasada por completo-, OPERATION SECRET es una de esas pequeñas películas en la que a su propia humildad, va unida una serie de valores y cualidades –sobre todo marcadas en el trazado de sus personajes- quizá ausentes en títulos más prestigiosos.

Calificación: 3

WANDERLUST (2012, David Wain) Sácame del paraíso

WANDERLUST (2012, David Wain) Sácame del paraíso

Al margen de la admiración que desde hace más de una década siento por la figura de Paul Rudd –al que he seguido en su carrera, comprobando su extraordinaria dotación para el drama e incluso para la escena-, y pese a que en Estados Unidos ya se le vaya reconociendo como uno de los comediantes más valiosos con que cuenta el país –algo que todavía apenas ha llegado hasta España-, lo cierto es que quedan años para que con la perspectiva que proporciona el paso del tiempo se valore no solo su aportación como figura del género, sino también la capacidad que con el paso del tiempo ha albergado a la hora de aglutinar en su seno toda una corriente de intérpretes que hoy por hoy capitalizan la producción en la comedia USA –que, justo es señalarlo, no siempre cuenta en mí un excesivo entusiasmo-. Sin embargo, la personalidad amable de Rudd ha conseguido por ejemplo aunar en su entorno una serie de intérpretes y realizadores con los que ha repetido y trabajado en numerosas ocasiones, revelando de un lado un lado humano en lo profesional no demasiado extendido y, sobre todo, el hecho de haber unido corrientes del género que años atrás aparecían por completo desgajadas. WANDERLUST (Sácame del paraíso, 2012. David Wain), es una de las muestras de esta tendencia, ya que cuando Rudd se erige en el año 2000 como uno de los intérpretes de la en algunos círculos mítica WET HOT AMERICAN SUMMER (David Wain), la hegemonía de Judd Apatow en absoluto se predecía dentro de la comedia norteamericana. No olvidemos que Rudd conecta con el mundo de Apatow cuando lucha por conseguir su rol de Brian Fantana en ANCHORMAN: THE LEGEND OF RON BURGUNDY (El reportero, 2004. Adam McKay) –que reconozco tiene decenas de seguidores pero a mi me resultó francamente mediocre, y de la que ya se plantea una continuidad, en esta ocasión enmarcada en la década de los ochenta-. Pero lo que nos interesa en este caso, es contemplar como WANDERLUST acude con el marchamo de buena parte de los componentes de aquel iconoclasta grupo denominado The State que comanda David Wain y en el que se incorporó Rudd –que ha participado desde entonces en todas las películas dirigidas por Wain, en la que participan como productores tanto el realizador, Rudd y el propio Apatow. Es decir, que ambos universos aparecen unidos en una comedia que, pese a suponer una nueva unión en la pantalla de la pareja formada por nuestro actor y Jennifer Aniston –trece años después de aquella memorable y tan diferente THE OBJECT OF MY AFFECTION (Mucho más que amigos, 1998. Nicholas Hytner)- y algunos años menos desde que Rudd se incorporó como dilatada estrella invitada en la serie Friends.

Recibida tibiamente en USA, tanto por público como por crítica, y con un recorrido fugaz en nuestro país, no deja de producirme cierta sorpresa esa recepción negativa de la película, sin que con ello quiera señalar que nos encontremos ante ningún título especialmente distinguido. Me sorprende, eso si, que todos aquellos que destacaron –quizá en exceso- la simpática ROLE MODELS (Mal ejemplo, 2008)- de la que Wain retoma no pocos elementos en esta su obra posterior, se rasgaran las vestiduras a la hora de contemplar esta película, y me atrevo a señalar una razón que implícitamente contribuyó a ello, el giro que la película ofrece a los pocos minutos de su comienzo, abandonando su condición de relato urbano, y pillando con el pié cambiado al espectador, que en muy pocos minutos se inserta en un marco y un contexto poco habitual para no solo la comedia actual, sino incluso el cine norteamericano de nuestros días. Pero vayamos por partes. WANDERLUST se inicia mostrándonos los deseos del matrimonio formado por George (Rudd) y Linda Gergenblatt (Aniston) por adquirir un pequeño estudio en pleno centro de New York. Ayudados por la astucia demostrada por la avispada responsable de la inmobiliaria, estos aceptarán la hipoteca de un pequeño recinto que intentarán arreglar –en estos primeros minutos, la película se caracterizará por su ritmo ligero-, mientras George prosigue con su remunerado trabajo, y su esposa no ceja en intentos por realizarse profesionalmente en frustrados intentos, que en esta ocasión le llevarán a rodar un documental sobre los pingüinos sometidos a extrañas enfermedades. Pero como sucederá a tantas parejas de nuestros días, de la noche a la mañana la empresa en la que trabaja el joven esposo será intervenida por la policía, perdiendo este su empleo, mientras que el intento de su esposa se verá abocado al fracaso más absoluto y humillante ante la productora que lo ha proyectado. De repente, para ellos se hunde ese mundo urbano que tan bien es mostrado por la cámara de Wain, y en el que George llega a punto de ser arrollado en plena calzada hablando por su móvil. Llegada la hora de deshacerse del estudio que ya han arreglado, la responsable que con tanta amabilidad se lo había endosado, no dejará de esgrimir que ahora nadie lo adquirirá, quedándose ambos prácticamente en la calle y teniendo que recurrir al hermano del marido –Rick (Ken Marino)-, un estúpido y petulante personaje enriquecido alquilando aseos portátiles a empresas de construcción, y del que muy pronto se cansará George de compartir incluso su vivienda. Será este el inicio de una inesperada aventura para nuestro matrimonio, al introducirse de forma inesperada en una comuna hippie.

Hasta ese momento, Wain ha logrado describir bajo una apariencia superficial una sociedad que desgraciadamente nos resulta muy familiar, en la que el consumismo irá de la mano de las frágiles costuras que lo sostienen. Bajo una apariencia festiva, utilizando en ocasiones un montaje revelador –el que nos muestra los diferentes estados de ánimo de la pareja, cuando ambos realizan el largo viaje en su coche-, será la llegada a la comuna –a partir de la inoportuna presencia de uno de sus componentes completamente desnudos-, lo que proporcionará a WANDERLUST un carácter cercano a una actualización del mundo de Lewis Carroll. Nuestra pareja se introducirá en un contexto en principio incómodo, pero al que poco a poco se acostumbrarán –sobre todo ella-, en el que el amor libre, la ausencia de puertas en las habitaciones, la insólita intromisión de animales dentro de las habitaciones… Todo un universo inicialmente caótico, en el que paradójicamente la esposa se integrará mucho más que un George, que solo tendrá como objetivo la posibilidad de lograr un nuevo trabajo y salir de ese ámbito cuanto antes.

Como antes señalaba, todos aquellos que hayan mirado con cierta displicencia WANDERLUST –que no deja de ser una propuesta amable y que en modo alguno pretende erigirse en un producto de especial relieve-, me sorprende su actitud, en la medida que valoraron positivamente la previa ROLE MODELS. Y es curioso señalar señalar esta circunstancia, ya que existen muchas semejanzas entre ambos títulos, comenzando por la psicología del rol que en ambos films encarna Rudd –un hombre amargado en el contexto de la sociedad en que vive, que se verá abocado a la vivencia de un mundo extraño-, aunque variando en este caso tener un compañero masculino por una pareja femenina. Sin ser un gran observador, se percibe ese pequeño mundo forjado por Wain, en un relato dispuesto a modo de pinceladas, algunas de ellas eficaces y divertidas –mención especial a la secuencia en la que Rudd desgrana ante el espejo toda una serie de exabruptos a la hora de prepararse para hacer el amor con una de las componentes de la comuna-, otras de menos calado –personalmente el rol que encarna Justin Theroux, curiosamente convertido en el esposo de la Aniston en la vida real- y, en definitiva, concluye de manera tan inofensiva y simpática como el anterior referente de Wain, proponiendo una mirada alternativa a un mundo consumista y alienante, del cual los componentes de esta estrafalaria comuna, finalmente lograrán revertir e integrarse, sin por ello renunciar a sus principios.

Simpática, sin grandes pretensiones, pero al mismo tiempo con más fondo del que pudiera parecer a primera vista, WANDERLUST no puede ser calificada como un producto de los que pasan a la historia, pero si algo más que una comedia coyuntural, reveladora de un estado de las cosas en una sociedad tan convulsa como la norteamericana de nuestros días. Y sirviendo además para la consolidación de David Wain –que ya ha finalizado de nuevo otra comedia con Rudd de protagonista-, dentro del ámbito general de un género en el que no puede ser catalogado un primer espada –tampoco lo es Judd Apatov-, pero sí un competente ejecutor.

Calificación: 2’5

THE WIND CANNOT READ (1958, Ralph Thomas) El viento no sabe leer

THE WIND CANNOT READ (1958, Ralph Thomas) El viento no sabe leer

Cuando en 1958 el británico Ralph Thomas asume la realización de THE WIND CANNOT READ (El viento no sabe leer), el cine norteamericano ya llevaba algunos años explotando con éxito la fórmula de los melodramas interraciales, que darían como fruto algunos títulos del interés de LOVE IS A MANY-SPLENDORED THING (La colina del adiós, 1955. Henry King) –una de las precursoras de dicho subgénero-, SAYONARA (1957, Joshua Logan) o el más tardío THE WORLD OF SUZIE WONG (El mundo de Suzie Wong, 1960. Richard Quine). Es curioso señalar como estos y otros exponentes, en su momento gozaron de una gran popularidad, aunque poco a poco fueron olvidados e incluso despechados por la crítica, aspecto este que ha sido sometido a reconsideración con el paso del tiempo. En aquel entonces, Thomas se caracterizaba en su carrera como un en ocasiones competente, en otras rutinario –sobre todo para la comedia- artesano, alternando producciones más o menos serias y ambiciosas –el título previo al que nos ocupa es una adaptación de la novela de Dickens A TALE OF TWO CITIES (Historia de dos ciudades, 1958)-, con esa adscripción a la comedia de notable aceptación popular –la serie iniciada con la previa DOCTOR IN THE HOUSE (Un médico en la familia, 1954)-, que hoy día queda paradójicamente entre lo más olvidable de una filmografía extendida en unos cuarenta títulos, diseminados treinta años de andadura como tal realizador.

THE WIND CANNOT READ se inicia en la Birmania de 1942, donde soldados británicos custodian a ciudadanos hindúes en plena II Guerra Mundial, protegiéndoles de los ataques japoneses, lo que no impedirá un contundente bombardeo que costará numerosas víctimas. De la misma, dos de sus supervivientes serán el teniente Michael Quinn (Dirk Bogarde), quien resultará especialmente malherido y será protegido por su amigo el oficial Peter Munroe (John Fraser). Ambos recorrerán un camino penoso entre altísimas temperaturas y parajes desérticos, siempre bajo la carencia de agua y la sombra acechante de los buitres. Será un breve fragmento de enorme efectividad, que quizá predispondrá al espectador a vivir una cinta de aventuras de lejano regusto colonialista, pero que pronto se desvanecerá cuando los dos ingleses encuentren un destacamento en el que sean rescatados y se recuperen de sus heridas. Muy pronto la acción se trasladará a la Nueva Delhi de 1943, donde un compacto grupo de oficiales británicos se someterán al aprendizaje del japonés, para con ello lograr superar una de las armas más peligrosas en su lucha contra su ejército; la diversidad de dicho idioma y su dificultad de comprensión para los británicos. Ya en este desplazamiento la acción incorporará al un tanto arrogante superior Leader Fenwick (el siempre apático Ronald Lewis), quien demostrará desde el primer momento una cierta altanería ante Quinn y Munroe, aunque ello no impida el buen desarrollo del específico ciclo de aprendizaje. Una singularidad que asumirá un carácter sin duda más revulsivo, ante la incorporación como profesora de japonés de la joven y bella Sabbi (Yoko Tani), con la que muy pronto el teniente Michael irá estrechando una relación, que la joven asumirá no sin cierto temor. Y es que la complejidad de su propia presencia –una profesora japonesa dando clases de su idioma, para que los ingleses puedan tener un plus de ventaja en su lucha contra los nipones será sin duda un elemento cuanto menos incómodo.

En definitiva, esa es la combinación de elementos que esgrime la discreta pero no despreciable propuesta de Ralph Thomas, destinada a la postración del drama de un amor que puede parecer imposible, pero que en realidad se podrá consumar entre la pareja protagonista, combinado con elementos de cine de aventuras –una vez más, con ecos del cine colonial, aunque situados en el ámbito bélico de la última contienda mundial-. La combinación de ambos factores, justo es reconocer que está ejecutada alternando un cierto rasgo de delicadeza en la plasmación de la singular relación amorosa –ambos llegarán a casarse secretamente-, mostrada además con un inusual sentido del romanticismo por la cámara de Thomas, y sin revelar al espectador ni a su propio marido ese drama oculto que la joven alberga –una enfermedad incurable-. Quinn será destinado, junto con Fenwick, a un hindú fiel a los ingleses, y bajo el mando del superior de ambos, como avanzadilla para seguir una ruta por la que discurrirán diversos comandos británicos, al objeto de contraatacar a los japoneses. La inoportuna presencia de un árbol ubicado cortando el camino elegido, marcando un instante inquietante, en el que los ocupantes del jeep se preguntarán sobre las posibilidades existentes en torno al mismo. Será el inicio del que a mi juicio se erige como el fragmento más valioso de la función. El asesinato del superior y el conductor hindú, y el sometimiento a torturas de los dos supervivientes, por parte de un destacamento japonés. Será un episodio en el que se palpará la dureza y crueldad no solo de la directa lucha bélica, sino de las estrategias seguidas por los nipones a la hora de extraer la información necesaria a los dos ingleses, para poder contrarrestar el previsible ataque de comandos de dicho país. Será algo que ambos se negarán a ofrecer, aunque la tortura que los dos sufrirán –especialmente Quinn, quien será atado y colgado de las manos durante horas, encima de su ya casi agonizante compañero-, será quien reciba un trato más inhumano. Será en estos minutos, cuando la hasta entonces marcada animadversión que Fenwick había mostrado hacia su compañero, se torne en una casi inevitable comprensión, llegando a adelantar el final de su existencia al ayudar a este para que pueda huir de su cautiverio. Con ella se marcará el punto de partida que permita que este llegue a comunicar a sus superiores la situación vivida, al tiempo que volver a reencontrarse con su esposa, conociendo esa enfermedad incurable que está a punto de costarle la vida.

Es probable, llegado a este punto, que a Thomas le falte esa capacidad para trascender el sentimiento amoroso a través de la imagen, tal y como mostraron cineastas como Borzage, Stahl, Sirk, o los propios Logan y Quine, entre otros. No es cuestión de pedir peras al olmo, y de alguna manera lamentar que esos minutos finales carezcan de esa casi obligada capacidad de transmitir al espectador el poder vivificador del amor. Sin embargo, y pese a la carencia de una auténtica catarsis amorosa, la profesionalidad del cineasta logra hacer moderadamente creíble una conclusión sin duda un tanto blanda y acomodaticia, pero que pese a todo está a tono con la discreción generalizada de una película que funciona a ráfagas como drama romántico –las visitas de la pareja por lugares exóticos y llenos de belleza-, pero que preciso es reconocer alcanza en sus fragmentos más sórdidos y crueles, un grado de intensidad y tensión interna aún vigente.

Calificación: 2

FUN WITH DICK AND JANE (1977, Ted Kotcheff) Roba bien sin mirar a quien

FUN WITH DICK AND JANE (1977, Ted Kotcheff) Roba bien sin mirar a quien

Tras contemplar una comedia tan divertida como FUN WITH DICK AND JANE (Roba bien sin mirar a quien, 1977. Ted Kotcheff), vienen de inmediato a la mente dos consideraciones. La primera de ellas es comprobar la sorprendente vigencia que propone el entramado argumental de la película comparándola con la situación actual. Más allá de sus logros, su mismo enunciado podría perfectamente estructurarse en la Norteamérica o, por que no decirlo, la España de nuestros días, y su sentido de la oportunidad permanecería inalterable. La otra circunstancia que conviene señalar, reside en el hecho de que el canadiense Kotcheff, de prometedores inicios, filmara esta divertida comedia antes de otra no menos valiosa WHO IS KILLING THE GREAT CHEFS OF EUROPE? (Pero… ¿quién mata a los grandes chefs?, 1978). E incluso años después se atreviera a una estimable revisitación del The Front Page con SWITCHING CHANNELS (Interferencias, 1988), trasladando el original periodístico al mundo televisivo. Sin embargo, no olvidemos que su mayor título “de gloria” se centra en FIRST BLOOD (Acorralado, 1982), presentación del personaje de John Rambo encarnado por Sylvester Stallone, que les aseguro no perderé el tiempo en contemplar en mi vida. Señalo todo ello por la extrañeza e irregularidad que provoca la andadura de Kotcheff, progresivamente enmarcada en el medio televisivo, donde actualmente conserva un cierto prestigio, y que en el título que nos ocupa podía erigirse como una especie de esperanza de cara a un género como la comedia, en aquellos instantes no tanque protagoniza estas líneas, revela no pocas influencias del Peter Bogdanovich de WHAT’S UP, DOC? (¿Qué me pasa, doctor?, 1972) , aunque en este caso dejando de lado ciertas virtudes que adornaban al título citado del realizador de TARGETS (El héroe anda suelto, 1968), al tiempo que del mismo modo obviando la tendencia cinéfila que siempre se apoderó de buena parte de su obra, especialmente en la comedia protagonizada por Ryan O’Neil y Barbra Streisand.

En esta ocasión, nos encontramos con una familia compuesta por el matrimonio que forman Dick (George Segal) y Jane Harper (Jane Fonda). Ambos viven una situación acomodada, dentro de una vivienda provista de todos los lujos… se están construyendo una piscina. Su hijo vive la comodidad de forma relajada… hasta que de la noche a la mañana Dick –que hasta el momento ha sido considerado como un brillante técnico aeroespacial-, es despedido por parte de su jefe –Charlie Blanchard (Ed McMahon)-, en una secuencia que tiene tanto de surrealista como de efectiva –este le comunicará el despido riéndose abiertamente, como si fuera la noticia más divertida que debe pronunciarle al que además de ser un brillante técnico, es además su amigo-. El duro golpe sufrido por el padre de familia, no será más que el inicio de una serie de desdichas, a cual más hilarante –sobre todo ante el hecho de la pareja de disimular ante su vecindario las penalidades que poco a poco se irán adueñando de ellos-. Los operadores de la piscina dejarán esta sin concluir, los jardineros dejarán desierta de vegetación toda la que habían plantado alrededor de su lujosa vivienda, poco a poco sus muebles desaparecerán, Jane trabajará con un sueldo muy bajo, ambos recurrirán a la ayuda social e incluso el padre de familia a un paro de poco más de cien dólares, que finalmente perderá al ser observado por el inspector que le concedió tal ayuda en una lujosa cena. Parece que todo se ha vuelto en contra de la familia Harper –resulta impagable la manera por la que perderá un trabajo bien remunerado, al aparecer en la puerta de su casa unos piquetes de los jardineros, que desean recuperar las plantas de su `propiedad que se encuentran en el interior de la vivienda, mientras que el que ofrece el empleo descubre la penuria de la familia-, aunque estos asuman con buen humor la constante sucesión de adversidades, llegando incluso a plantear un préstamo de mil dólares, que perderán cuando un atraco se lleve el dinero que ya se les ha concedido. Sin embargo, este será el detonante para que el matrimonio se plantee el robo para poder subsistir, ya que en su lucha contra los ladrones, Jane logre apoderarse de dos mil dólares del botín de estos.

A partir de ese momento, la película nos mostrará, generalmente con acierto y en una espiral de situaciones de creciente efectividad, los intentos del matrimonio de ejercer pequeños hurtos –inicialmente Dick no podrá llevarlos a cabo, como en la divertida secuencia planteada en la farmacia, en la que acabará cargado con una colección de preservativos de diversas modalidades-, hasta que poco a poco vayan experimentándose en el robo, siempre con pequeños botines, y sin que ello les permita lograr la estabilidad que poseían antes de la debacle vivida por el marido al perder su empleo. Sin embargo… una oportunidad llegará a ellos cuando descubran el proceso fiscal en que se encuentra encausado su antiguo jefe, Charlie, sabiendo Dick que en la caja fuerte de su casa se encuentra salvaguardado el importante montante económico logrado de los sobornos obtenidos durante su labor como mandatario de la empresa. Ello les permitirá planificar un complicado plan para poder acceder a dicho dinero, partiendo de la invitación en la fiesta a que han sido reclamados por el propio Blanchard –quien nunca ha ocultado los modos con los que se ha propasado con Jane-.

Partiendo de un ritmo impecable y siempre in crescendo, FUN WITH DICK AND JANE se beneficia de la capacidad de Kotcheff para manejar los resortes de la comedia, un ritmo notable –en el que hay que destacarla precisión de su montaje- y, justo es reconocerlo, la química establecida por la pareja protagonista. Especialmente un George Segal al que hay que reconocer se convirtió en uno de los mejores comediantes de la década, pero que tuvo la mala suerte de erigirse como estrella de un género en uno de los periodos menos brillantes para el mismo. Lo cierto y verdad, es que la diversión que proporciona el film del canadiense, no impide reconocer que su entramado como comedia posea mucha más miga de la que pudiera parecer, y más de tres décadas después de su realización, mantenga incólume su vigencia, envuelta dentro de los modales de relato infantil, tal y como reclaman los títulos de crédito –trazados a través de dibujos presentes en una libreta- y la canción recitada por el hijo de la familia, testigo callado pero observador de esta disfrutable muestra para la misma.

Calificación: 3