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CINEMA DE PERRA GORDA

ANYTHING ELSE (2003, Woody Allen) Todo lo demás

ANYTHING ELSE (2003, Woody Allen) Todo lo demás

Como si fuera una prueba más de la irregularidad que caracteriza el devenir de la obra de Allen –algo que por otro lado es bastante humano, lo triste del caso es que sigan habiendo muchos comentaristas y aficionados que saluden invariablemente cualquier de sus películas como “una nueva obra maestra” de su autor-, creo que ANYTHING ELSE (2003) –en España TODO LO DEMÁS- supone un nuevo ejemplo de esta manifiesta irregularidad. Es así como pienso que marca un cierto retroceso con respecto a la brillante y divertida HOLLYWOOD ENDING (Un final made in Hollywood, 2002) que le precede, al tiempo que se sitúa en desventaja sobre la posterior MELINDA & MELINDA (2004), en la que se aprecia una notable hondura psicológica ausente en el último periodo de la filmografía de su autor.

Creo que el aprecio y la estima que nos puede merecer la trayectoria de Woody Allen, no debe en ningún caso hacernos poner vendas en los oídos y tener especiales tragaderas con obras que en realidad y pese a un envoltorio más o menos atractivo, son francamente insustanciales. Esa es la impresión que me causa este ANYTHING ELSE, tras cuya visión me quedo con la relativa insatisfacción de haber contemplado una simple “nadería”, de la que solo caben destacar dos elementos ciertamente atractivos; la impecable labor del peculiar Jason Biggs –que se convierte en uno de los tantos alter ego del personaje de Allen ubicados a lo largo de su filmografía-, y evidentemente la elección del realizador por la pantalla panorámica –algo no muy usual dentro de sus elementos visuales- y que con facilidad se erige en uno de sus rasgos predominantes.

Pero más allá de ello, creo que en este caso nos encontramos con un auténtico “batiburrillo” de temas y obsesiones tantas y tantas veces utilizadas por el cine de Allen –generalmente con mayor fortuna-. A saber: las relaciones humanas, las crisis creativas, el papel de la psiquiatría, la sempiterna New York... todo un rosario de elementos que en este caso son mostrados con una historia de base ciertamente casi inexistente, y que se centra en el encuentro del aspirante a escritor Jerry Falk (Biggs) con un extraño profesor con ínfulas de filósofo –David Dobel (Woody Allen)-. Muy pronto la incontenible verborrea del segundo envolverá la trayectoria vital del primero, personaje prototípico del aspirante a triunfador de los primeros compases urbanos del siglo. Falk vive con se desconcertante novia Amanda –una como siempre enervante Christina Ricci-, y acompañado por la madre de esta que igualmente se ha acomodado en su casi –un personaje desaprovechadísimo encarnado por la estupenda Stockard Channing-. Al propio tiempo ahoga sus frustraciones acudiendo periódicamente al diván de un psiquiatra que descaradamente le está tomando el pelo –quizá el elemento más eficaz de la película-. A partir de ahí poco más hay en este ANYTHING ELSE que muy pronto deja bien a las claras su endeble estructura o el hecho de que el propio Allen deseara deliberadamente estructurar la misma como una pequeña variación sobre temas ya abordados en su larga filmografía. Para ello se utilizarán diversos apartes en su protagonista –Biggs utilizará el contacto directo con el espectador comentándole varias de las vivencias que le suceden-, pero el espectador adivinará siempre la escasa entidad de todo aquello que acontece ante la pantalla, que desprende una abulia de la que solo se pueden destacar la presencia de ese formato panorámico que, si más no, al menos contribuye a dotar a la película de cierto empaque visual –otra cuestión sería si realmente para una película de estas características era lo más adecuado la elección de este formato-.

En cualquier caso, con la innegable profesionalidad de la que Allen hace gala –es lo menos que se puede pedir de un realizador de su experiencia- sinceramente considero que ANYTHING ELSE queda como una de las películas menos atractivas filmadas por el newyorkino en los últimos años, y finalmente una discreta comedia que tienen en su relativa inanidad argumental –cosa por otra parte poco habitual en el realizador- su principal limitación.

Calificación: 2

ENDLESS LOVE (1981, Franco Zeffirelli) Amor sin fín

ENDLESS LOVE (1981, Franco Zeffirelli) Amor sin fín

En el mundo de la cinefilia existen una serie de “mandamientos” sin cuya aceptación parece que el buen gusto de cada aficionado parece ponerse en entredicho ¡Cualquiera se puede poner –como es mi caso- a decir que LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ (Gone With the Wind, 1939. Victor Fleming) o WEST SIDE STORY (1961. Robert Wise y Jerome Robbins) son el paradigma de la cursilería! O incluso afirmar que CASABLANCA (1943. Michael Curtiz) no llega ni de lejos a parecerme esa gran película que tantos y tantos proclaman. Del mismo modo y en su vertiente inversa hay realizadores y films que parece lleven escrita tras sus espaldas la maldición del aficionado. Uno de esos ejemplos es Franco Zeffirelli –de quien en cualquier caso en los últimos años se está reconsiderando la evolución de su filmografía-. Pero es evidente que incluso dentro de aquellos comentaristas que valoran parcialmente la obra cinematográfica del italiano, detestan uno de los títulos que realizó en el periodo de su obra generalmente más despreciado. Me estoy refiriendo a ENDLESS LOVE (1981) –en España traducida como AMOR SIN FIN- y que en el momento de su estreno cosechó un enorme vapuleo a todos los niveles, hasta erigirse quizá como una de las películas de las que prácticamente nadie pudo defender –creo que en España solo se atrevió a ello Mr. Belvedere / Jaime Figueras en la revista Fotogramas-.

Con esas premisas y el regusto de la lejana visión de algunas de sus secuencias, en las que su cursilería era su premisa más destacada, me atreví finalmente a contemplarla por entero sin esperanza alguna de encontrar algún elemento de interés. Sin embargo, y sin dejar de reconocer el inequívoco alcance comercial de la película –fundamentalmente centrado en la figura de Brooke Shields- y reafirmando esa tendencia a la afectación innata en la película, quizá sea por la degradación del lenguaje del cine comercial de los últimos tiempos, o que quizá no supimos ver en este ENDLESS LOVE cualidad alguna, pero lo cierto es que un cuarto de siglo después de su realización, la cinta de Zeffirelli no solo aguante bien el paso del tiempo, sino que deja bien a las claras los principales objetivos que se marca en su argumento –que parte de la novela de Scott Spencer-. A saber; el peligro que encierra la obsesión por la continuidad de un amor. Y es a partir de esa línea de base sobre la que girará todo el devenir que la película, que se inicia con los dos protagonistas –Jade (Brooke Shields) y David (Martin Hewitt)- confesando entre ellos y ante la proyección de un documental sobre la inmensidad del espacio y la multiplicidad de las estrellas, que ante la muerte de uno de los dos, el otro moriría también. Ese elemento simbólico de estrellas y planetas que evocan la hondura del amor de ambos se reiterará a lo largo de diversos momentos de la película. Y sus protagonistas son dos muchachos jóvenes, de costumbres abiertas, educados y bellos en la más amplia acepción del término. Pese a contar ella 15 años y él 17, la mutua atracción que sienten es manifiesta y admitida por parte de la familia de Jade –la de David, de extracción social más elevada, se despreocupa de los sentimientos de su hijo, por más que su padre en algún momento vea reflejado en ellos ese cariño que presumiblemente nunca tuvo-.

Esta profunda relación amorosa les llevará una noche y tras una fiesta a hacer el amor por vez primera, acción que es contemplada amorosamente por la madre de Jade –Ann (Shirley Knight)- que de algún modo siempre ha manifestado un especial cariño y atracción por David. Pero pronto esa facilidad para desarrollar su relación se trastocará en problemática cuando la joven vaya evidenciando problemas de sueño y obligue a sus padres a separarla de su novio. Una situación que se prolonga durante unas semanas y que torpemente querrá remediar David atendiendo al consejo de un joven estudiante –encarnado por un jovencísimo Tom Cruise-. Es por ese comentario por lo que encenderá un bloque de periódicos en el exterior de la casa de la familia de Jade, provocarando un incendio involuntario. Será el inicio de la separación de ambos y el internamiento del joven en una residencia psiquiátrica. A partir de ahí todo confluirá en situaciones dramáticas en las que el dedo del destino llevará a la definitiva separación de los dos amantes tras un último acceso de felicidad.

Como se puede deducir fácilmente, ENDLESS LOVE es un melodrama con todas las de la ley, en el que numerosos clichés están administrados con una dosificación clásica, quizá incómoda para el periodo en el que fue realizada. Pero contra todos aquellos que masacraron sin piedad la película –considerada por algunos de entre las peores de todos los tiempos-, cabría resaltar la intensidad de su dirección de actores –y que incluye por supuesto la labor de los dos protagonistas, a los que casi se logra hacer plasmar físicamente en la fuerza y pureza de su amor-.

Junto a ello, creo que el film de Zeffirelli tiene el curioso mérito de introducir en el cine de las últimas décadas, una temática posteriormente tratada considerablemente –y creo que pocas veces mejor que en esta película- como es la pasión obsesiva que puede derivar de una relación amorosa. En este caso con sutileza, sin incidir en elementos cercanos al thriller ni efectistas, es evidente que el personaje de David sufre de un trastorno psíquico que no dejará de manifestar pese al discurrir del tiempo. Del mismo modo, narrativamente se apuesta por una puesta en escena que intensifica la fuerza emocional de las secuencias en las que el efluvio amoroso de los dos amantes se manifiesta en todo su esplendor, y tiene aplicada en una subtrama la extraña relación que se establece entre la madre de Jade y el propio Dave, a quien en un momento determinado confesará que siempre había deseado secretamente.

No es demasiado, pero tal y como lo expone Zeffirelli da como resultado un film todo lo almibarado que se quiera en algunos momentos, pero al que una visión más desprejuiciada, sin lugar a duda haría que más de uno –como he sido yo mismo- se llevara una pequeña sorpresa.

Calificación: 2

GET REAL (1998, Simon Shore) Get Real

GET REAL (1998, Simon Shore) Get Real

Pese a lo que aún se puede mantener a través de las cerradas mentalidades conservadoras de una parte de la sociedad española, no se puede negar que el paso de estos últimos años ha testimoniado un notable avance en el logro de igualdad de derechos del mundo homosexual. Un avance que afortunadamente ha ido creciendo en su aceptación, hasta que en el paso de unos pocos años se normalice como la simple libertad de elección de una opción sexual. Al mismo tiempo, este reconocimiento ha creado un cierto “mercado” que tanto literatura como el propio cine han aprovechado con obras escritas y cinematográficas que de alguna manera se erigían como crónicas de esa liberalización.

Y ya entrando en el capítulo estrictamente cinematográfico, confieso que la mayor parte de títulos que se han ofrecido dentro de estos rasgos, me parecen bastante deficientes por su autocomplacencia, su ausencia de complejidad y su simplismo. Afortunadamente, GET REAL (1998, Simon Shore) es una notable excepción, que finalmente demuestra ser una crónica sensible, divertida e irónica que extiende la simple apología homosexual por una derivación hacia la libertad del individuo entendida desde el propio reconocimiento de sus opciones una vez estas son aceptadas con la llegada de su adolescencia.

Este es el caso de Steven (Ben Silverstone), un estudiante sensible que desde los 11 años descubre su homosexualidad, algo que practica sin complejos, aunque mantenga oculta su condición a sus padres –de mentalidad bastante estrecha, especialmente el padre-. Steven siempre ha demostrado una oculta admiración hacia John Dixon (Brad Gorton), el clásico héroe deportivo del instituto; guapo, fuerte y cotizado por la chicas. Un buen día nuestro protagonista se encontrará en unos angostos aseos visitados por gays, y de forma casual contactará con un chico, que para su sorpresa será John -quien de forma oculta se enfrenta ante la confusión de su identidad sexual-. Todo ello,  pese a las reticencias del atlético estudiante, posibilitará el inicio de una relación en la que el segundo siempre sentirá una sana envidia por la claridad de ideas de Steven. Ambos jóvenes convivirán y pese a las dudas de John, finalmente este incluso aceptará como amigo al primero de forma pública. Esta abierta relación en el instituto contribuirá a habladurías, que aumentarán cuando de forma anónima Steven realice un artículo para la revista del instituto en el que apela a la comprensión de todos por el hecho de ser gay. La noticia irá extendiéndose en el centro y al mismo tiempo la madre del protagonista irá percibiendo la homosexualidad de su hijo. La situación se hará insostenible hasta que el fin el sensible estudiante revele su condición ante todos.

Basado en una obra de Patrick Wilde, quizá la cualidad que antes se advierte al contemplar GET REAL es precisamente la normalidad en la aceptación de su condición por parte del personaje protagonista –los primeros fotogramas nos muestran el encuentro con un fornido gay que irónicamente reencontrará acompañado por su mujer y su hijo-. Pese a ocultar su condición, Steven tiene como confidente a su oronda amiga Linda (Charlotte Brittain) y en modo alguno se traumatiza con su opción sexual, pese a convivir en un mundo estudiantil evidentemente machista y basado en la aparente virilidad. Es ahí donde entra uno de los elementos más ingeniosos de la propuesta, puesto que introduce como personaje en conflicto precisamente el elemento más representativo de esa mentalidad. El atractivo ídolo estudiantil John Dixon se convierte en el contraste de duda frente a la seguridad de la aceptación de la homosexualidad del primero. Y la primera muestra de esa confrontación tiene lugar precisamente en un “encuentro a ciegas” dentro de un viejo edificio de aseos públicos en donde ambos contactan por medio de notas a través de los distintos recintos.

A partir de ahí se establece una relación en la que se pone en el tapete la necesidad del sexo pero fundamentalmente la primacía del respeto y el cariño. Un elemento que Dixon no sabrá apreciar en demasía, fruto del entorno que le define y de sus propias dudas. Unas dudas que no sabrá dilucidar y que –previsiblemente- harán que su futuro vital sea indefectiblemente marcado por la infelicidad, y quizá encubierto bajo la vacuidad de la belleza exterior y la apariencia, pero jamás en la sinceridad y la aceptación de su realidad como persona.

GET REAL podría haber incurrido en numerosos tópicos sobre films de temática gay, pero afortunadamente sabe eludirlos en base a una narrativa sencilla, a la combinación de momentos progresivamente emotivos que contrastan con su parte inicial, más ligera y descriptiva y en modo alguno ausente de elementos irónicos. El inglés Simon Shore ofrece una planificación excelente en la que destaca un admirable uso del formato panorámico, y se centra en una magnífica dirección de actores –especialmente en los jóvenes protagonistas-, permitiendo que sea a partir de sus tribulaciones cuando tomemos conciencia del devenir, el sufrimiento y la falta de arrojo que en ocasiones ha de tener una relación de este tipo –en la que incluso las diferencias de clase tienen una clara referencia-.

Poco a poco la angustia de Steven y las circunstancias le llevarán a tener que desahogar su condición sexual, rasgo este que irán apercibiendo sus seres más cercanos –a este respecto, la forma en la que Shore nos muestra como su madre adquiere la certeza de la homosexualidad de su hijo (descubre las fotos en pruebas de atletismo que ha realizado a Dixon), se erige como uno de los momentos más intensos de la película-. Y esta desahogo casi existencial –en diversos momentos hemos tenido ocasión de apercibirnos tanto de la sensibilidad como el superior nivel intelectual de Carter en el conjunto de sus compañeros-, tendrá lugar en el momento de recibir un premio en la ceremonia de graduación, por un artículo periodístico que jamás quiso publicar y envió su padre al descubrirlo en la papelera. Esta entrega se efectúa instantes después de una tensa secuencia en la que Dixon –para evitar ser considerado gay- humilla e incluso arremete a Steven, y en ella él confesará su condición dentro de una secuencia admirablemente construida, que finalmente recibirá la aprobación general y la aceptación por parte de sus padres.

Sin embargo, GET REAL finalizará con sabor agridulce. Mientras que para Carter supondrá el inicio de su madurez, en John no será más que la escalada de su infelicidad por su falta de valor para reconocer su condición y mantener la relación con la persona –que según el confiesa “mas querrá en su vida”-. Que duda cabe, que tal y como nos muestra el film, Dixon acabará casándose y teniendo hijos –como el homosexual con el que tuvo Carter su encuentro furtivo-, pero jamás logrará alcanzar su realización como individuo. Precisamente en ese contraste es donde la propuesta de Simon Shore ofrece sus mejores bazas, dentro de un conjunto ligero en apariencia, pero que en sus mejores momentos logra trasladar el dolor, la infelicidad y la congoja de no aceptar las circunstancias que podrían hacer libre a una persona. Puede que ciertos elementos de su parte final –los compañeros de Dixon que propician el desenlace- sean ciertamente estereotipados. Sin embargo, en su conjunto nos encontramos con un film honesto y, sobre todo, estupendamente realizado.

Calificación: 3

THE NOTEBOOK (2004, Nick Cassavetes) El diario de Noa

THE NOTEBOOK (2004, Nick Cassavetes) El diario de Noa

Hay ocasiones en las que ante un producto primordialmente correcto se muestra una cierta insatisfacción al notarse una ausencia de arrojo en sus planteamientos cinematográficos y por ello impedir la contemplación de un producto que perdure en la memoria. Este es para mí el ejemplo que brinda THE NOTEBOOK (2004, Nick Cassavetes) –EL DIARIO DE NOA en España-. Esta realización de Nick Cassavetes –hijo del recordado John-, resume en buena medida las posibilidades de un melodrama tan contenido como frío y naturalista, en el que la innegable corrección caligráfica de su metraje encubre esa falta de emotividad que pedía a gritos previsiblemente la novela de Nicholas Sparks en la que se basa la película.

THE NOTEBOOK nos relata la larga e intensa relación amorosa entre el joven Noah (Ryan Gosling) y Allie (Rachel McAdams). Él es de extracción humilde –trabaja en el aserradero de un amigo-, mientras que su novia procede de una acaudalada familia que muy pronto verá con recelo la pasión que reflejan los jóvenes amantes. Los padres de Allie la enviarán a estudiar una vez concluye el verano en el que la pasión de ambos está en efervescencia. En el primer año de separación Noah escribirá diariamente a Allie, cartas que su madre (Joan Allen) irá reteniendo hasta hacer ver ante su hija que este se ha olvidado de ella. Pasan los años y el joven se alistará como soldado durante la II Guerra Mundial, Allie también ejercerá como enfermera y en el periodo conocerá al apuesto y amable Lon Hammond jr. (James Marsden), llegando a comprometerse con él y contando con la anuencia de sus padres. Mientras tanto Noah recibe antes de que fallezca su padre esa casa antigua que tanto deseó y en la que tuvo los mejores momentos, logrando restaurarla y hacerla muy atractiva. Pese a este esfuerzo, en su estado absolutamente nihilista y desesperanzado desatienderá las jugosas ofertas de compra que recibe.

Un día el joven es fotografiado delante de su casa y aparece en un periódico, imagen que Allie visiona reaccionando con un desvanecimiento fruto de su lógica sorpresa. También su antiguo amante en cierta ocasión descubre la presencia de la joven y logra seguirla hasta que la ve junto a Lon. De cualquier forma, los avisos del destino se cumplen cuando esta decida, antes de celebrar la ceremonia nupcial con su acaudalado novio, mirar hacia el pasado y reencontrarse con el que fue su primer amor. Una vez ambos de nuevo juntos de alguna manera revivirán el sentimiento de aquel tan efímero como perdurable romance, y la evidencia se hará clara cuando pese a las discusiones que ambos vuelven a tener, sienten que se mantienen vivos uno junto a otro.

La historia en la película se muestra narrada por un hombre de avanzada edad –Duke (James Gardner)- que se encuentra en una residencia y se la efectúa a una venerable anciana (Gena Rowlands) que, al parecer sufre un estado degenerativo de Alzheimer que le impide el uso de la memoria salvo en determinados instantes. En realidad ambos son Noah y Allie y se encuentran juntos, narrando el primero a su esposa el diario que esta misma elaboró y que le permite en determinados instantes revivir el sincero amor que siempre les unió y que prácticamente les permitirá abandonar juntos el mundo.

A tenor de este argumento podríamos encontrarnos con un clásico melodrama encaminado a lograr la sensiblería del público. Sin embargo, justo es señalar que Cassavetes jamás apuesta por el efecto fácil, inclinándose fundamentalmente por una crónica inicialmente jovial y grata y paulatinamente con el alza del tono dramático. Todo sin embargo se efectuará con demasiada ligereza, interrumpiendo en ocasiones el relato de la historia centrada en el pasado, para mostrar detalles de los dos ancianos en los que introduce determinados elementos destinados a propiciar la intriga del espectador, hasta que este descubrirá la verdadera razón por la que entre ellos se elige la narración de esta historia.

THE NOTEBOOK es un film tan agradable de ver como discreto en su efectividad. No se puede decir que en ningún momento logre prender la emotividad del espectador –y hay instantes que se prestan a ello y que nos retrotraen a clásicos melodramas cinematográficos-. Es esa quizá la principal seña de insatisfacción que nos proporciona un título correcto, aplicadamente planificado y muy bien interpretado, pero que desaprovecha unas posibilidades que en todo momento se imponen ante las correctas y desapasionadas imágenes que contemplamos.

Calificación: 2

DE-LOVELY (2004, Irwin Winkler) De Lovely

DE-LOVELY (2004, Irwin Winkler) De Lovely

Partamos de unos gustos personales. Nunca he sido amante ni del cine musical ni de la obra de los consagrados compositores que participaron en tantas y tantas producciones del Hollywood clásico, entre los que figura como distinguido representante Cole Porter. Un auténtico símbolo del entertainment norteamericano que ya durante los años cuarenta “sufrió” –nunca mejor dicho y en la película que nos ocupa se hace una irónica mención al respecto- uno de los más falseadores “biopics” que se recuerdan en la historia del cine –NOCHE Y DÍA (Night and Day, 1945. Michael Curtiz)-. Ha tenido que ser después del paso de seis décadas cuando se ha decidido acometer otra visión de su vida en la que se ha procurado combinar la fuerza de su obra, la relación que la misma conllevaba con su propia experiencia personal, una cierta dosis de irrealidad cinematográfica y también la posibilidad de abordar una serie de facetas de la vida del compositor –fundamentalmente centradas en su conocida homosexualidad-, que obviamente no se podía abordar en el cine del pasado.

Esa ha sido de alguna manera la combinación elegida por Irwin Winkler para dar vida a DE-LOVELY (2004), que sin duda se erige como la mejor película filmada por este discreto realizador –lo cual no sería mucho decir en sí mismo-, sino fundamentalmente como una excelente combinación de musical y melodrama que constituye una auténtica lección de buen cine, lamentablemente poco apreciada en unos tiempos en los que cualquier mirada teñida de clasicismo en la puesta en escena es definida como “anticuada”. Quizá por ello en el momento de su estreno se pudieron leer numerosas críticas que acogieron con tibieza su llegada a la pantalla. Sin embargo, algunos comentarios mucho más positivos me inclinaron a pensar que se podía encontrar en ella un producto interesante. Pese a estas referencias jamás podía esperar encontrarme con la que es –bajo mi punto de vista- una de las mejores películas emanadas de Hollywood en los últimos años, y plena prueba de que cuando se brindan los mejores talentos a la hora de elaborar un producto, no hace falta recurrir a “autores” para lograr una gran obra.

Para mí es el ejemplo que brinda DE-LOVELY, que en primera instancia me recordó la igualmente magnífica LEJOS DEL CIELO (Far from Heaven, 2002. Todd Haynes), con la que comparte esa mirada al mismo tiempo respetuosa con el melodrama clásico y la posibilidad de abordar en su actualización determinados temas “tabú” en aquellos tiempos, que solo con una extrema sutileza se podían intuir. Pero al mismo tiempo en este caso, la capacidad de sugerencia y el doble sentido, la elegancia y el gusto por el detalle, son elementos que acompañan las dos horas de magnífico cine que se desarrollan en esta obra de Winkler –de quien la verdad jamás se podía esperar una realización de esta magnitud-, que muy pronto atrapa la atención del espectador al mostrar a un envejecido Porter (Kevin Kline) en silla de ruedas y rodeado de penumbra, al que visita un extraño personaje que pronto manifestará las trazas de un cierto carácter sobrenatural (Jonathan Pryce). Juntos irán provocando la revisión de la trayectoria vital del compositor mirando siempre al escenario de un viejo teatro –en el que Porter debutó en su infancia- bajo el que discurrirán con una cadencia casi ophulsiana los momentos más importantes de su vida, desde el largo periodo en que residió en París como auténtico bon vivant, conociendo y casándose con la que sería eterna compañera –nunca mejor aplicada esa apreciación en este caso- de su vida –Linda (Ashley Judd)-. A partir de ahí conoceremos el encuentro en Venecia con Irving Berlin, quien lo promocionará y hará triunfar en el mundo teatral newyorkino; sus continuas inclinaciones hacia jóvenes muchachos –algo que aceptará su esposa con resignación aunque en algunos momentos se rebele a ello-; la integración en las convenciones del mundo de Hollywood –en especial al vincularse a la más conservadora de sus productoras; la Metro Goldwyn Mayer-; las crisis matrimoniales; la progresiva enfermedad de Linda; el accidente que dejará impedido a Porter en la piernas y, finalmente, la decrepitud y la muerte de ambos. Un recorrido punteado en todo momento con la incorporación de las más populares canciones del compositor, que casi de forma brechtiana sirven para subrayar, ironizar o dramatizar las situaciones que ilustran con un considerable sentido del ritmo cinematográfico, y para lo que se ha recurrido a la participación –me parece una idea bastante brillante- de conocidas figuras de la canción en nuestros días, como puede ser el caso de Robbie Williams, Elvis Costello, Natalie Cole y tantos otros, que proporcionan a la película una sensación de ingravidez en ocasiones cercana con el fantastique –por ejemplo en ese arriesgado número coreográfico final en el que todos los compañeros de Porter se unen a él para recibirlo ante su muerte-.

Pero por encima de todo ello, uno de los elementos que me hacen destacar las excelencias de DE-LOVELY es la excelente utilización que se realiza en todo su metraje de una serie de recursos cinematográficos como pocas veces se ha visto en el cine de los últimos años. Su aparente ligereza en el tono, el extraordinario uso de fundidos encadenados, panorámicas, la utilización de la grúa, sus elegantes elipsis, el extraordinario uso del formato panorámico e incluso de un recurso tan habitualmente cuestionable como el ralenti. Contemplar esta magnífica película supone embriagarse de un torbellino de sensaciones siempre tamizadas por la elegancia o la presencia de algún detalle que aporta el último apunte al conjunto, un diálogo oportuno o irónico o alguna mirada de soslayo que proporciona un matiz complementario a la densidad y al propio tiempo agilidad de sus secuencias. Todo ello bañado por una extraordinaria dirección artística que en todo momento logra superar el elemento kistch consustancial a aquella época, el recurso de algunas magníficas coreografías y, fundamentalmente, la presencia en todo su metraje de ese necesario feeling casi totalmente perdido en nuestros días.

La película de Winkler –que desde su primer fotograma evidencia ser un producto realizado con un especial empeño- está llena de grandes instantes cinematográficos que en ocasiones llegan a emocionar –así sucedió al menos conmigo-, y que si resaltan precisamente es por la magnífica elección de los elementos que brinda su narrativa, logrando una sensación de plenitud y clasicismo. Serían sin duda muchos los instantes a retener en la memoria, pero no me gustaría dejar de citar el deslumbrante desarrollo que acompaña la canción que narra los primeros devaneos de Porter en Venecia con un apuesto bailarín –su aparición a cámara lenta en plena función es perfecta-; la fuerza dramática de la combinación de panorámicas circulares y encadenados con que se representa el estreno de la melodía Night and Day o la que acompaña el estreno de Beguine the Beguin, que muestra el montaje paralelo con el sufrimiento de Linda al haber perdido el hijo que esperaba –lo que es mostrado de forma muy sutil- y que culminará espléndidamente con un gran plano general de los dos esposos abrazados en el patio de butacas vacío; la hermosa secuencia que muestra el último triunfo teatral de Porter con Kiss Me Kate, culminada por la entrega de manos de Bill –que pronto se convertirá en fiel compañero de los últimos años del compositor- de la última pitillera que siempre Linda le entregara, y tirando este las muletas que portan sus problemas en las piernas, traspasando estas y llegando a manos del Porter-espectador de toda su vida. Junto a ellos hay que incluir momentos tan dramáticos como el terrible encadenado que anuncia la muerte del pequeño de los Murphy, el episodio que nos va anunciando la progresiva muerte de Linda, o la propia densidad de la secuencia en la que Porter desea dejar a sus más fieles amigos y quedarse solo para esperar la llegada de la muerte.

En su conjunto, el discurrir de DE-LOVELY parece apostar por una mirada malévola hacia una sociedad que escondía sus sentimientos y consumía su hipocresía envuelta en lujosas sedas y melodías aparentemente acarameladas. En definitiva, una lujosa pompa de jabón que utilizaba la falsedad y el esparcimiento para encubrir su falsedad, y en la que una pareja se ofrece como modelo de convivencia teniendo que luchar implícitamente con las limitaciones que proporciona su propio entorno social. Y es en esa perfecta combinación de película biográfica –llena por otra parte de libertades a la hora de adaptar sus canciones a momentos concretos de su vida-, melodrama cinematográfico, y cadencia y planteamiento de film musical, con la que la película de Winkler adquiere su propia personalidad, su singularidad y la consideración de título prácticamente perfecto, aunando la reflexión y la evocación.

Ni que decir tiene que en un producto lleno de talentos, la labor de todo su cast es excelente –desde el primero hasta el último de sus intérpretes-. Sin embargo, y sin omitir el contrapunto irónico que brinda la magnífica presencia de Jonatahn Pryce, es fácil remarcar que el peso de DE-LOVELY recae en la labor absolutamente fabulosa de Kevin Kline y una Ashley Judd que por momentos llega a superar en su propia contención a su esposo en la pantalla, ofreciendo entre ambos una de las parejas cinematográficas más fascinantes, sinceras, libres y conmovedoras que ha brindado la pantalla en los últimos tiempos. Pese a su tibia acogida, estoy convencido que el paso de unos pocos años llevará a esta película a lograr el reconocimiento que merece. Es un placer para ser degustado por paladares selectos.

Calificación: 4

MELINDA & MELINDA (2004, Woody Allen) Melinda y Melinda

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Como si se tratara de un embarazo anual y desde hace ya bastantes años, Woody Allen viene configurando una filmografía desigual pero por lo general atractiva, que siempre es recibida con alborozo entre sus numerosos admiradores –sobre todo en Europa-, un considerable desapego del público norteamericano –más allá de su oasis newyorkino-, y la consideración de las oscilaciones en su nivel por parte de otros muchos aficionados que siguen con interés su trayectoria, pero no formulan una visión casi acrítica a la misma. Personalmente me encuentro en esa opción, lo que no me impide haber disfrutado con bastantes de sus películas, haberme sorprendido por la inventiva cinematográfica de algunas de ellas, incluso conmoverme en ocasiones por el profundo conocimiento de la grandeza y la miseria de la condición humana que llegó a plantear en algunos de sus ya numerosos títulos.

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Y es precisamente ese el rasgo que a mi juicio hace destacar MELINDA & MELINDA (2004) entre los últimos títulos de su filmografía. En este caso francamente no nos encontramos ante un título muy divertido –por más que algunos de sus instantes sí que lo sean-, ni siquiera creo que el artefacto narrativo que da pie a las dos historias contrapuestas tenga demasiado ingenio –más allá de la atractiva conclusión del film, la propuesta que se brinda de sendas historias en las que prime el drama y la comedia al estar relacionadas por la incidencia del mismo personaje, me parece un tanto pueril-. Pero con respecto a los títulos que le preceden, hay que señalar que las imágenes y la sencilla narrativa que define esta película, deja entrever en sus mejores momentos una sinceridad en los sentimientos, en la fugacidad del amor, una melancolía generalizada ante la propia evanescencia de la existencia, que permite que en bastante momentos nos encontremos con una mirada bastante poco utilizada por Allen en los últimos años.

Le película se inicia con una cena entre comediógrafos amigos, planteando en la misma la posibilidad de que un personaje inventado por ellos –Melinda (Radha Mitchell)-, planteándolo en sendas historias caracterizadas por su enfoque dramático o de comedia. Dos historias que están rodeadas de personajes contrapuestos, y que en la primera de ellas rodea un joven matrimonio cuyo esposo es un fracasado actor, y en el segundo ejemplo la esposa es una joven directora de cine que incluso se relaciona con un multimillonario ya que este va a financiar su película independiente. En ambos casos nos encontramos con ambientes urbanos y sofisticados –Nueva York es en los dos ejemplos la eterna ciudad utilizada por el realizador, que en este caso tiene en el cómico Will Ferrell (el esposo de la segunda de las historias) una especie de alter ego de los personajes generalmente interpretados por el propio realizador. Al mismo tiempo, las dos historias de MELINDA & MELINDA –que poco van pareciendo únicamente una de ellas- se asemejan –salvadas las distancias fundamentalmente ambientales- a una prolongación de las comedias de salón tan características de los años treinta. En este caso la película de Allen nos muestra una galería de personajes neuróticos, frustrados, infieles, en la búsqueda permanente del amor y que en su conjunto revelan una sinceridad en la mirada cargada de conocimiento no solo de las neurosis de unos determinados entornos sociales propios de zonas urbanas cosmopolitas como la existente en Nueva York.

La acción de la película busca siempre la complementariedad entre las dos ficciones representadas a partir de la mente de los escritores que se encuentran cenando en los primeros compases del film –y que posteriormente cerrarán la misma con una serie de consideraciones francamente entroncadas con los lugares comunes más recurrente en este tipo de “reflexiones” –algo así como “la vida es una comedia y una tragedia”-. En su oposición, creo que lo más vital de esta película de Allen reside fundamentalmente en la propia levedad de las historias que ofrece, enmarcadas en una narrativa adecuada, que contempla en ocasiones largos planos en los que los actores despliegan sus mejores armas –especialmente la protagonista, Radha Mitchell, que en la encarnación de la primera versión de su personaje, logra unas cotas de sinceridad realmente admirables-. Junto a ella se despliega un excelente reparto, que incluso acoge destacados jóvenes interpretes británicos como Jonny Lee Miller, y del que me gustaría destacar al también británico intérprete de color Chiwetel Ejifor, que logra un retrato lleno de matices al encarnar al pianista que pronto resultará el objeto de deseo tanto de Melinda como de la frustrada esposa del joven actor.

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Es así como, sin estridencias, Allen nos ofrece una sólida comedia que abandona en buena medida los instantes de comicidad consustanciales a su cine, pero al mismo tiempo sirve para establecer una galería de personajes con una sensibilidad que se encontraba ausente en los últimos escalones de su filmografía. En definitiva, no estamos ante un título redondo, pero sí bastante revelador de un humanista conocedor de la psicología del ser humano.

Calificación: 3

 

ETERNAL SUNSHINE OF THE SPOTLESS MIND (2004, Michel Gondry) ¡Olvídate de mí!

ETERNAL SUNSHINE OF THE SPOTLESS MIND (2004, Michel Gondry) ¡Olvídate de mí!

No cabe la menor duda que en un Hollywood aquejado de falta de ideas originales para plasmar en películas que aunaran su trayectoria comercial con elementos interesantes –una ecuación que era bastante fácil de detectar en el pasado, pero cada vez más difícil en el cine de los últimos tiempos, en donde impera la dictadura de la taquilla-, la llegada de Charlie Kaufman supuso una auténtica conmoción, erigiéndose muy pronto como la mente más renovadora dentro de los guionistas norteamericanos. Dicha cinematografía ha galardonando constantemente sus aportaciones, y al mismo tiempo las películas surgidas a través de su ingenio han terminado siendo aclamadas por la crítica. Son títulos que plasmaban unas propuestas en apariencia rompedoras, que aglutinaban no solo una enorme libertad de saltos narrativos, la plasmación de presente y pasado de forma absolutamente anárquica, plateando al mismo tiempo relaciones entre diferentes estados de realidad, cercanos en ocasiones al surrealismo.

Un servidor fue también uno de tantos aficionados que, sin caer en la ciega admiración, quedó gratamente sorprendido por el sentido del humor y la audacia que presentaban las propuestas de COMO SER JOHN MALKOVICH (Being John Malkovich, 1999. Spike Jonze). Pero al mismo tiempo no hace mucho me di cuenta al ver ADAPTATION (2002, Spike Jonze) que la pretendida audacia de Kauffman escondía una serie de lugares comunes que de alguna manera se reiterarán en posteriores propuestas cinematográficas.

Y para ratificar lo expuesto no puedo más que citar el ejemplo que ofrece ETERNAL SUNSHINE OF THE SPOTLESS MIND (2004, Michel Gondry) –titulada en España con el vulgar ¡OLVÍDATE DE MÍ!-, que –he de admitirlo- en determinados sectores es considerada una auténtica cult movie. Y es que a la larga lista de galardones obtenidos –entre ellos un Oscar al mejor guión original-, podemos indicar que está ubicada gracias a más de cincuenta mil votos de los usurarios del IMDB, como una de las 40 mejores películas de la historia del cine. Evidentemente se trata simplemente de una señal de cómo se fraguan los gustos cinematográficos al representar una determinada “modernidad” cinematográfica fundamentalmente entre jóvenes generaciones, pero lo cierto es que pese a todo esperaba encontrarme ante una película que de alguna manera mereciera mi aprecio –y para ello incluso contaba con las recomendaciones de amigos cinéfilos que suelo tener en cuenta-.

Pese a todos estos augurios, he de reconocer que la película ha constituido para mi una notable decepción, ratificándome en esa impresión de “falso rupturismo” que se destacan en los guiones de Kauffman, unidos a la labor puramente visual y características de bastantes vicios narrativos del cine de nuestros días, simplemente se utilizan para trasladar las confusas y arbitrarias propuestas emanadas en el texto del aclamado guionista. Y en este caso la labor de puesta en escena se reduce –siempre bajo mi punto de vista- a un tan superficial como aparentemente deslumbrante ejercicio de “funambulismo” cinematográfico a cargo de un Michel Gondry empeñado en un tan loable como gratuito esfuerzo de recreación visual, que al menos tiene la virtud de no recurrir a la tan dichosa digitalización de nuestros días.

Pero lo peor de todo en SUNSHINE... reside en que casi nunca me interesó la historia de amor que en todo momento quiere reflejarse en su metraje. Pese a los loables esfuerzos de Jim Carrey –quien considero tiene mayor talento del que sus múltiples detractores le quieren reconocer, y para ello ahí tenemos su impresionante trabajo en MAN ON THE MOON (1999, Milos Forman)- al encarnar con bastante garra al aparentemente vulgar Joel Barish, he de decir que no encuentro la necesaria equivalencia en la labor de Kate Winslet –estupenda actriz que creo en este caso se encuentra totalmente inadecuada para encarnar a la siempre áspera Clementine-. Todo ello a partir del inofensivo juego que revela la necesidad de la segunda de borrar los recuerdos que se forjaron en su relación con Barish, y el posterior deseo de este de recurrir al mismo novedoso método creado por el doctor Mierzwiak (el siempre eficacísimo Tom Wilkinson). No será esta doble elección más que el inicio de las tribulaciones de los ya ex amantes, que poco a poco se irán dando cuenta que en su inestable relación había los suficientes elementos de sincero amor que deberían hacer pervivir esos recuerdos.

Y es a partir de esa consideración cuando la película de Gondry levanta el vuelo, rompiendo el carácter falsamente renovador de su primera hora de metraje, recurriendo no obstante a una estructura más convencional y repetitiva. En cualquier caso, y reconociendo que las escasas imágenes evocativas de los momentos más emotivos de la relación de los amantes –punteados por la estupenda partitura de Jon Brion-, poseen cierta fuerza y que llegan a parecerme hasta cierto punto divertidas algunas peripecias de la lucha de Joel por intentar hacer pervivir sus recuerdos –aunque luego devengan reiterativos-, lo cierto es que no puedo considerar ¡OLVÍDAME DE TI! más que una sofisticada “pompa de jabón” cinematográfica que, me temo, ha logrado embaucar a numerosos aficionados, pero que deviene un producto que en realidad tiene bien poco que ofrecer como auténtico producto cinematográfico. Una pena.

Calificación: 1’5

BEHIND THE RISING SUN (1943, Edward Dmytryk) Trás el sol naciente

BEHIND THE RISING SUN (1943, Edward Dmytryk) Trás el sol naciente

También los realizadores del Hollywood clásico -incluso en un periodo caracterizado por títulos de notable nivel-, podían equivocarse a veces. Ese es el ejemplo que, bajo mi punto de vista, ofrece BEHIND THE RISING SUN (1943. Edward Dmytryk) –puntualmente estrenada en su momento en España bajo el título TRAS EL SOL NACIENTE-. Y lo triste es que la base argumental de la película hubiera permitido ofrecer una valiosa mirada sobre la complejidad que definen las mezclas y choques de culturas, especialmente en tiempos tensos caracterizados por tomas de postura radicales.

BEHIND... se inicia con la voz en off de Reo Seki (J. Carrol Naish) –un relato que no abandonará en toda la película- al recibir las cenizas de su hijo y disponerse a continuación a su suicidio ritual –algo que efectuará en el último plano del film-. Y es que la practica totalidad de la película no es más que el relato en flash-back de la evolución hacia el fanatismo del carácter de su hijo –Taro Seki (Tom Neal)-, joven y culto arquitecto que retorna a Japón tras varios años de estudio en Estados Unidos. Taro ha vuelto influenciado por la modernidad del mundo occidental y muy pronto entra en conflicto con el tradicionalismo japonés representado por su padre. Pese a ello el joven entrará a trabajar en el estudio de arquitectura comandando por un norteamericano y allí se enamorará de una joven japonesa de humilde familia –Tama Shimamura (Margo)-. Esta relación también provocará el enfrentamiento con el padre de Taro, siempre aferrado a las arcaicas mentalidades de un país en proceso de guerra –la película sí que logra transmitir esa tensa situación de la contienda-.

Llegado el momento de participar en la misma Taro se afiliará como piloto, iniciando un proceso autodestructivo sobre su persona, que muy pronto se hará tangible con la ausencia de piedad ante las atrocidades efectuadas por los japoneses, ante las que progresivamente se mostrará fanatizado e incluso llegará a ignorar a sus amigos norteamericanos y a su propia novia. Este cambio de mentalidad cercano a la crueldad será observado con horror por su padre, viendo en su imagen la relativa culpabilidad que él y las personas a quienes representan tuvieron para favorecer estos comportamientos.

Finalmente Taro morirá en una emboscada en plena contienda, que permitirá que algunos de los norteamericanos sean aniquilados tras bombardear la cárcel en la que están presos y han sido objeto de torturas, pero de la cual algunos de ellos lograrán librearse, con la satisfacción de ver como el ejército aliado está logrando frenar los desmanes de los japoneses, incluso con su propio pueblo.

No se puede negar que este planteamiento podría haber dado pie a una interesante propuesta en la que el eterno debate de la educación en modos libres y democráticos, en su contraposición de mentalidades cerradas. Pero sin duda pare ello hubiera sido necesario que buena parte de lo que contemplamos en esta película, se hubiera caracterizado con otros matices más complejos e infinitamente menos maniqueos. Y es que BEHIND... no es más que una pequeña serie B caracterizada por una enorme pobreza de medios, en este caso no compensada por las necesarias dosis de talento en su puesta en escena. Desde los personajes que se ofrecen en el film –caracterizados por su esquematismo, y a lo que contribuye no poco las forzadas caracterizaciones orientales de los protagonistas-, la pobrísima ambientación que ofrecen las secuencias de estudio que simulan escenarios orientales –además desconociendo el tempo ritual de los japoneses, el que estas además estén pésimamente mezcladas con abundancia de transparencias entresacadas de documentales de distinta índole, el lamentable maniqueísmo de las secuencias que muestran lo malos que son los japoneses –algo de sutileza no hubiera estado de más-, dan el conjunto de una película de propaganda –en contra del ejército nipón- bastante olvidable, que solo tiene contados elementos de interés en ciertos movimientos de cámara de Dmytryck –como la panorámica que evita que veamos el suicidio del anciano Reo-, o igualmente los instantes iniciales de la función, así como una cierta habilidad en el montaje. Más allá de esos elementos concretos, puede decirse que BEHIND THE RISING SUN es una de las peores películas de la filmografía de un director con frecuencia brillante, como fue Edward Dmytryk.

Calificación: 1