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02/10/2005
I MARRIED A MONSTER FROM OUTER SPACE (1958, Gene Fowler, Jr.)
Es bastante probable que una mirada teñida de superioridad sería motivo suficiente para destrozar literalmente este pequeño título de la S/F cinematográfica de la segunda mitad de los 50. I MARRIED A MONSTER FROM OUTER SPACE (1958, Gene Fowler, Jr.). La pobreza de la recreación de los alienígenas o la extrema simpleza de sus efectos especiales son elementos que en unos tiempos en los que los dólares sobre la mesa o la simple digitalización parece que todo lo arregla, indudablemente invitarían a la sonrisa al contemplar esta simpática variación –y hasta cierto punto trivialización- de la clásica LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS (Invasión of the Body Snatchers, 1956. Don Siegel).Nos encontramos en los últimos coletazos de la década de los cincuenta y la aparente tranquilidad del americano medio se encuentra llena de miedos por elementos históricos y sociológicos por todos conocidos. Nos encontramos en una época donde proliferan títulos que utilizarían total o parcialmente los códigos del melodrama para subrayar ese determinado hundimiento de la aparente felicidad del American Way of Life. Dentro de sus limitaciones e insuficiencias, creo que pese a ser una película destinada a programa doble, a sus pobrísimos caracteres de producción –se rodó en muy pocos días y en escasos decorados- y a sus no pocas insuficiencias, la película de Fowler se mantiene bastante bien. Quizá hasta mejor que otras producciones del género más prestigiadas y, sin embargo, deficientes.
I MARRIED... narra la odisea de Marge (estupenda Gloria Talbott), joven de una pequeña localidad norteamericana que se va a casar con un apuesto vendedor de seguros –Bill Farrell (el futuro “cardenal” premingueriano y novelista, Tom Tryon)-. Pasado un año de su boda Marge nota que su esposo no es el mismo. Se ha convertido en un ser ausente que no se preocupa ni por dejar descendencia. Poco a poco adquiere la conciencia de que algo raro sucede –en el aniversario de boda le regala un cachorro de perro del que Bill se deshará al ver que este no deja de increparle-, mientras que al mismo tiempo en la localidad van sucediendo extraños incidentes que comportan la desaparición de hombres. Llegado un momento y tras seguirlo, la joven esposa descubrirá que su marido en realidad ha sido sustituido por un extraterrestre con su misma apariencia. La realidad es que tanto Bill, como los otros hombres de la ciudad que han sido reemplazados, han ido ocupando los cuerpos de diversos de los vecinos de la localidad, intentando lograr con el paso del tiempo una descendencia que les permita la supervivencia de su raza, que huyó de la explosión de su planeta.

Como quiera que el ser que ocupa el cuerpo de Bill sabe que Marge es consciente de lo sucedido, finalmente le relata esta odisea, que de algún modo le hace demostrar una cierta humanidad, matizada además por la apreciación que alberga de intuir lo que es el amor. Pese a la receptividad que en la joven adquieren estos sinceros comentarios, no ceja en su intención de encontrar otros lugareños que no estén convertidos en monstruos y que puedan luchar contra ellos, al saber ella donde se encuentra la nave. Es así como finalmente un grupo de ellos contraatacará a los monstruos que allí se esconden, logrando finalmente devolver a la normalidad los cuerpos que habían ocupado y no sin tener que sufrir la dolorosa sensación de despedirse del ser que con el cuerpo de su esposo ha convivido durante más de un año, llegando a confesarle su difícil situación.
Sin lugar a duda, en I MARRIED... se plantea una cierta crítica al matriarcado americano. La propia circunstancia de que todos los seres ocupados por los alienígenas sean hombres no es nada casual. Pero lo interesante de la película estriba en la demostrada eficacia con la que Fowler –no lo olvidemos, importante montador, entre otros, de los últimos y magistrales títulos norteamericanos de Fritz Lang- aplica los postulados de la producción en serie B de la época, con una notable destreza descriptiva tras la cámara –y la larguísima panorámica inicial con grúa es buena prueba de ello- o la utilización dramática de los escasos decorados que se disponen, de los que logra un excelente partido por medio de una contrastada fotografía en blanco y negro.
Es evidente que de haber optado por una línea de sugerencia y contención en la aparición de los elementos que prefiguran la corporeidad de los alienígenas, esta hubiera adquirido una mayor credibilidad y homogeneidad. Sin embargo, creo que el conjunto de su metraje finalmente nos permite que este lastre pase a un segundo término, quedándonos fundamentalmente con esa atmósfera opresiva que se respira en las andanzas de Marge por intentar huir de la población y, finalmente, intentar ofrecer a partir de la tortura del alienígena que asume el cuerpo de Bill, un sentimiento casi inaudito hasta entonces en él –siempre había considerado a la mujer como un simple objeto para la reproducción-. Si a ello añadimos además la acertada elección del apuesto pero inexpresivo Tom Tryon para recrear la figura de ese Bill que incorpora en su interior a un extraterrestre, permite que por momentos el sentimiento de repulsa que manifiesta Marge ante él puedan incluso sonar como irónicos de cara a los patrones físicos del all american boy.

Como se puede concretar, incluso en una película de consumo de programa doble se podían destilar elementos ingeniosos a través de puestas en escenas llenas de inquietud, demostrando que en bastantes ocasiones la S/F buscaba reflexiones sobre la sociedad de aquellos años.
Calificación: 2
04/10/2005
BIG WEDNESDAY (1978, John Milius) El gran miércoles

No es nada descabellado señalar que el paso del tiempo ha sido inclemente con la trayectoria de John Milius. De ser considerado –bastante infundadamente- como una de las esperanzas del cine norteamericano en la década de los setenta, el paso de unos pocos años hizo que su nombre prácticamente fuera anatomizado probablemente con razones bastante comprensibles. Una trayectoria errática y el creciente reaccionarismo de sus películas –en ocasiones lindando con el fascismo puro y duro- arruinó la andadura de un realizador que, como tantos hombres de Hollywood, se encaminó en la tarea al entender que sus guiones no eran bien plasmados en la pantalla por otros directores.
Y desde el propio momento de su estreno, BIG WEDNESDAY (1978) –EL GRAN MIERCOLES en nuestro país- fue el primero de los tropezones que recibió el realizador que muy pocos años antes era ensalzado con EL VIENTO Y EL LEÓN (The Wind and the Lion, 1975). Según confesaba el propio Milius en el documental que se incluye con la edición en DVD de la película, el batacazo fue enorme, y creo que se extendió a todos aquellos lugares donde la película llegó. Es más, considero que la vertiente reaccionaria que marca esa exaltación de los valores de una juventud representada en chicos apuestos, rubios y musculosos no se aleja demasiado de esos tintes racistas que han acompañado a Milius en todas sus películas. En cualquier caso, y aún reconociendo ese lastre –quizá insalvable en mentalidades poco abiertas para detectar otras cualidades-, debo decir que la visión de la película me ha supuesto una pequeña pero relativa sorpresa.
Sorpresa por que desde sus primera e impactantes imágenes se nota que Milius se tomó el proyecto como algo personal, intentando adherirse con una cierta implicación dentro del terreno de los títulos de madurez y evolución de la juventud que han ido jalonando el cine norteamericano en las últimas décadas –un terreno al que pertenece AMERICAN GRAFFITI (1973, George Lucas) y al que creo supera la película que comentamos-. En las imágenes de BIG WEDNESDAY se intenta plasmar no solo una serie de hechos que marcaron la sociedad norteamericana de la década de los 60 e inicios de los 70 –fundamente trazados a partir el trauma de la Guerra del Vietnam-, sino aplicarlos a una serie de muchachos aparentemente basados en el concepto de triunfadores americanos y que finalmente dejarán escapar sus vidas en el conjunto de la rutina y la mediocridad, teniendo como única válvula de escape falsamente ensoñadora la practica de “surf”.
En líneas generales ese sería el argumento principal de esta película, protagonizada por tres muchachos de caracteres contrapuestos pero caracterizados por su eterna amistad, que desarrollarán sendas trayectorias vitales divergentes y que se encontrarán reunidos en cinco espacios temporales marcados en el mismo marco costero y evocados por una ya arquetípica voz en “off”. Pero si hay que destacar las intermitentes pero nada menguadas cualidades de esta película, en primer lugar rápidamente se aprecia una determinada adscripción al clasicismo cinematográfico, un cierto sentido de la épica que se podrá cuestionar hacia que elementos va dirigido –una exaltación casi mitificadota de la práctica de algo que se nos supone tan lejano y hasta cierto punto inane-, pero que es evidente que en determinados momentos traspasa la pantalla y llega a emocionar al espectador. La excelente utilización del formato panorámico, la luminosidad que emana de la magnífica fotografía del veterano Bruce Surtees, la tendencia a la sobriedad que surge de la narrativa de Milius –la emotividad de algunos de sus planos es indiscutible, como aquel que muestra el entierro de uno de los compañeros del trío protagonista-, o la capacidad evocadora que transmiten de la composición de algunos de estos momentos –en los que hay que destacar la especial sensibilidad demostrada por la banda sonora de Basil Poledouris, son sin duda elementos que se echan bastante en falta en el cine de nuestros días y que quizá no fueron muy bien valorados en el momento del estreno de la película, en un periodo bastante convulso para el cine mundial.
Pero si en algo ha de quedar BIG WEDNESDAY para el recuerdo de los aficionados, es por la maestría con la que se ejecutan las diferentes secuencias –tampoco excesivamente dilatadas en su duración-, que muestran con impresionante realismo la práctica del deporte acuático de la tabla. Son secuencias admirablemente planificadas y montadas, que incluyen momentos como esa gran ola que prácticamente engulle el encuadre, y que sumergen al espectador en una extraña sensación de vértigo que incluso por momentos te permite abandonar el desinterés que pueda producirte dicho deporte.
Son una serie de secuencias –especialmente intensas en los compases finales de la película-, en los que se adivina algo más que destreza a la hora de planificar y montar secuencias, y que demuestran que en Milius al menos despuntaban unas ciertas cualidades que quedaron ahogadas por una trayectoria lamentablemente fracasada por determinados factores.
Calificación: 2’5
05/10/2005
LE CLAN DES SICILIENS (1968, Henri Verneuil) El clan de los sicilianos
Creo que por encima de todas sus cualidades o defectos –que de todo tiene- hay que definir LE CLAN DES SICILIENS (1968, Henri Verneuil) –EL CLAN DE LOS SICILIANOS en España- como una película creada casi exclusivamente para explotar comercialmente la baza de encerrar en sus tres personajes protagonistas a otros tantos carismáticos intérpretes del cine galo. Cada uno representativo de un tipo de espectador y casi de generaciones contrapuestas, es inevitable referirse al carisma que revelan tanto Jean Gabin, como Alain Delon y Lino Ventura.
La película los integra en una trama envuelta en un melodrama policíaco basado en una novela de Auguste Le Breton y en el que participa el experto José Giovanni, que indudablemente aportó un poso de escepticismo y personalidad a su desarrollo, y en el que de nuevo se expresa la débil frontera que separa al delincuente de unos determinados códigos sociales y éticos. La película se inicia con la fuga de un reconocido asesino –Roger Santet-, al que Alain Delon proporciona una vez más su sabiduría y saber hacer. Se trata de un delincuente lacónico, expresivo en la mirada y sobrio en el gesto, de modales educados y cierta aureola mítica, que nunca pierde la compostura salvo en los instantes en los que lar armas deben demostrar su lenguaje. Santet ha sido rescatado por los componentes de la familia Manalese que comanda el veterano Vittorio (Jean Gabin). Estos lo han rescatado al atender la petición de la hermana del delincuente, quien ofrece a este clan la posibilidad de atracar una exposición de joyería francesa expuesta en Roma. El planteamiento se extenderá a las inevitables conquistas amorosas de Santet que finalmente romperán el círculo familiar y ético de los Manalese, y un golpe que llevará incluso a un secuestro aéreo con aterrizaje en plena autopista en construcción de Nueva York. Junto a la narración del proceso de Santet y la familia de sicilianos, existirá el contrapunto manifestado por el inspector Le Goff (Ventura), quien tendrá como primordial interés la captura del asesino, aunque ello no le impida advertir a la hermana de este para que no se vea implicada en ello.

En realidad LE CLAN DES SICILIENS no es más que un sencillo relato policíaco, narrado con justeza pero cierto abuso del zoom por parte del eficaz pero vacuo Henri Verneuil, en el que se explotan los elementos más comunes del los tres divos protagonistas y en donde se recurre a ciertos rasgos nostálgicos a la hora de incorporar el personaje del gangster Tony Nicosia, encarnado con cierto por el veterano Amedeo Nazzari. La película funciona con cierto mecanicismo y fundamentalmente por el sentido ascético de sus situaciones y diálogos, a lo que contribuye no poco la fotografía de Henri Decae. Si a ello unimos la extraña relación que se advierte entre Le Goff y Santet a la hora de la captura del segundo, esa extraña nostalgia de Vittorio por acabar sus días en su Sicilia natal, su código ético –nunca matar en los golpes realizados- y la venganza que finalmente ejecuta con Santet y la esposa de uno de sus hijos que le ha sido infiel, se muestra un relato de no demasiado amplio alcance, en el que se echa de menos la implicación de un realizador más cualificado en este tipo de cine y que finalmente resulta en algunos momentos molesto por la insoportable banda sonora que aplica Ennio Morricone en buena parte de sus secuencias.
Calificación: 2
06/10/2005
IL COLOSSO DI RODI (1961, Sergio Leone) El Coloso de Rodas

¿Qué separa IL COLOSSO DI RODI (1961) –EL COLOSO DE RODAS en España- del conjunto de los numerosos “peplums” que hicieron que tal denominación fuera sinónimo del película ampulosa, falsamente historicista y aburrida? Ciertamente bastante poco, aunque el hecho de ser la primera obra de Sergio Leone la haya tenido en mayor consideración que quizá algunas otras muestras del subgénero rodadas con mayor consecuencia y elegancia. Es curioso que pese a ser uno de los realizadores que más daño han hecho al cine moderno –años después le secundarían “genios” de la categoría de Quentin Tarantino o John Woo, que por cierto se han manifestado seguidores de Leone; todo queda en casa- su obra se sitúe entre las favoritas de numerosos aficionados y no pocos críticos.

Al margen de estas consideraciones generales sobre su trayectoria posterior, lo cierto es que en IL COLOSSO DI RODI se dan cita los tópicos y lugares comunes consustanciales a este tipo de películas. Desde la utilización de secuencias llenas de extras, la ambientación en periodos lejanos del pasado que permitían fácilmente el anacronismo, la ampulosidad de personajes desprovistos de cualquier matiz psicológico, buenos muy buenos y malos muy malos –el villano que encarna Conrado San Martín es realmente paradigmático a ese respecto con su despliegue de miradas aviesas al encarnar al traicionero Thar adornado con un flequillo digno de mejor causa-. En cualquier caso sorprende que en este debut de Leone el italiano no supiera salir de estos escollos, máxime cuando había ejercido previamente como ayudante de dirección en otros títulos rodados en tierras italianas por directores americanos –es el caso de BEN-HUR de Wyler o QUO VADIS de Le Roy-. Al parecer, y pese a la participación de varios nombres, el guión de la película se iba configurando día a día y bastante de ello se transmite a unas imágenes llenas de peripecias enrevesadas que una vez no han asimilado una aventura se meten en otra casi sin resolución posible. Da la impresión que al poder disponer de un diseño de producción bastante más notable de lo habitual, una de las normas fue la de dilatar –innecesariamente- la duración de la película. Para ello no faltarán incluso secuencias de danzarinas bailando al son de coreografías zarzueleras y alargando un metraje que con una duración más escueta estoy convencido hubiera logrado una mayor homogeneidad.

IL COLOSSO DI RODI nos cuenta la llegada de Darios (Rory Calhoun), militar ateniense, de viaje de esparcimiento a la isla de Roda. Allí pronto observará que lo que se le ha descrito como un remanso de paz en realidad esconde brotes de rebeldía. Y una vez allí, junto a sus innatos oficios de conquistador femenino poco a poco se verá integrado en las conspiraciones de poder junto a los fenicios que maquina Thar y la rebelión de esclavos contra dicha tiranía. Diversas circunstancias lo van uniendo a los destinos de estos hasta que finalmente la rebelión de los oprimidos se consuma pero la llegada de un insospechado terremoto servirá como conclusión a la película.
Sería bastante largo tener que enumerar las folletinescas y pueriles aventuras que sazonan el argumento de la película, en una sucesión de secuencias que en ocasiones aparecen montadas de forma abrupta –probablemente por los cortes que sufrió la copia estrenada en España- y que destaca por el planteamiento equivocado de comedia irónica que practica en todo momento el personaje encarnado por Rory Calhoun. Un aparente aire relajado que incluso se manifiesta en momentos dramáticos como el instante en el que Darius y Peliocles (Georges Marchal) firman su alianza y Koros (Ángel Aranda) se ofrece al primero para introducirse en el coloso y que demuestra su anacronismo psicológico tanto como en la secuencia final, en la que resulta incomprensible que tras un terremoto una película concluya de forma tan optimista. Si a ello unimos la pobrísima resolución de momentos aparentemente dramáticos como la secuencia que se desarrolla en el circo ante los carros y leones, tendremos la idea clara de la pobreza del conjunto.

Pese a todo ello creo que en EL COLOSSO DI RODI hay algunas cualidades que merecen destacarse, por más que su incidencia no contribuyan a elevar demasiado el conjunto. A la citada holgura de producción habría que añadir la brillantez de su fotografía y una interesante utilización de la pantalla ancha con composiciones horizontales. Al mismo tiempo la recreación de la monumental estatua del coloso es acertada –en su momento de creó a tamaño natural su base y la parte superior para filmar en ellos sus secuencias, mientras que al mostrarlo en conjunto se recurrió a la maqueta- y bastantes de los mejores momentos de las películas emanan de su presencia –dicho sea de paso, no demasiado bien aprovechada-. Es ahí donde destacan ideas como el lanzamiento de aceite ardiendo de su cabeza a través de catapultas para contrarrestar el ataque de los esclavos. Al mismo tiempo ese aire macabro que recorre toda la película tiene de igual modo momentos apreciables como el plano casi circular que muestra a la arrogante y ambiciosa Diala (Lea Massari) rodeada de los cadáveres momificados de los gobernantes del pasado de la isla, la secuencia de la tortura de esclavos por medio de una campana en el interior del coloso o los pasajes más briosos del conjunto; la secuencia en la que Darius desea escapar de la isla y lo hace por medio de una embarcación portada por esclavos que es atacada, una vez más, por el fuego que se desprende de las manos del coloso. Si a ello añadimos la fuerza de los dos “travellings” laterales que recorren el campamento de estos atravesados por lanzas en la visita de Darius, se llegará a la conclusión de que es precisamente la vena macabra la que más destaca en un conjunto lleno de debilidades, pero también de algunas pequeñas muestras de solidez cinematográfica.
Calificación: 1'5
08/10/2005
BEATIFUL CREATURES (2000, Bill Eagles) Criaturas hermosas
Nadie puede negar que en el cine británico a partir de la década de los noventa se instaura una especie de corriente expresada en títulos de bajo coste y aparentes pretensiones. Películas generalmente ligadas por su pertenencia al thriller o el cine policíaco pero tamizadas por un determinado sentido del humor y caracterizadas por sus rasgos efectistas envueltos en una supuesta “originalidad”. En cualquier caso y pese a no encontrarnos jamás con resultados dignos de una especial consideración, y en alguna ocasión contemplar imágenes definidas por los peores excesos cinematográficos, a veces surgen pequeñas sorpresas que al menos dejan parcialmente un buen sabor de boca.Este ha sido para mi –pese a sus claras influencias e insuficiencias- el ejemplo que se brinda en BEATIFUL CREATURES (2000, Bill Eagles) –CRIATURAS HERMOSAS en España- que de forma muy sintética se define como una curiosa mezcolanza entre el mediocre THELMA Y LOUISE (1991, Ridley Scott) y los latiguillos más comunes del cine de Tarantino. En esa mixtura se desarrolla el encuentro que se produce entre Dorothy (Susan Lynch) y Petula (Rachel Weisz). Ambas son dos jóvenes aparentemente modernas y liberadas pero comparten la desdicha de tener sendos novios violentos y de poca catadura. En primer lugar será la víctima de la defensa de ambas Brian –el novio de Petula- que cae cuando Dorothy le ve pegando a su compañera. Sin conocer a ninguno de los componentes de la pareja en la tensa situación, atiza al hombre con un hierro y finalmente le provocará la muerte.

Será este el inicio de una andadura en la que se aunará la lucha por un botín basado en un falso secuestro que llevará en jaque a un libidinoso inspector de policía, un perro fiel defensor de su ama, al novio de Dorothy -un irritante drogadicto- y finalmente al hermano del asesinado -un empresario absolutamente odioso y desconfiado-. En definitiva, una galería de personajes que –con la excepción de las dos protagonistas y el propio perro, que tanta importancia tendrá en el devenir de la historia- destacan por su mezquindad y carácter negativo. Ciertamente si algo hay que valorar en BEATIFUL CREATURES es fundamentalmente la brillante construcción de su guión –obra de Simon Donald- que sabe entrelazar los personajes que van apareciendo en la historia, hasta lograr ligarlos en una especie de maraña tumefacta en la que finalmente el destino estará marcado por la muerte. Es al mismo tiempo la presencia de un humor negro en ocasiones realmente macabro el que consigue proporcionar un especial interés al film, con momentos o detalles tan malsanos como el del dedo cortado por el perro que es conservado en un “tupperware” o el momento genial –realmente impagable- en el que Petula es esposada frente al encargado que lee un cómic sadomasoquista, bajo los compases de la canción de Burt Bacharach “The Look of Love”.
Pero al mismo tiempo hay que destacar por encima de todo ello la contención que en todo momento se presta en una historia que daría pie para los mayores excesos y que por fortuna sabe combinar esa interacción de comedia, extraña definición de los dos personajes femeninos protagonistas y, por supuesto, film policíaco en unos escenarios curiosamente alejado de entornos obreros y más cercano a ambientes de cierta holgura económica.

Si más no, BEATIFUL CREATURES ofrece una diversión garantizada y hasta por momentos inteligente, que va aumentando el interés hasta llegar a un climax final ciertamente logrado, con una estupendas interpretaciones –especialmente a cargo de una sorprendentemente y deliberadamente rubia Rachel Weisz y su compañera Susan Lynch- y el interés que logra un Bill Eagles posteriormente centrado en el medio televisivo, que sabe al menos adaptar con un cierto interés unos referentes de base ciertamente poco memorables. Un grato divertimento sin duda.
Calificación: 2
09/10/2005
AMERICAN MADNESS (1932, Frank Capra) La locura del dolar

Es bastante probable que sea en AMERICAN MADNESS (1932) –esa locura americana que fue rebautizada en España como LA LOCURA DEL DÓLAR-, la primera manifestación directa de esa “apelación a los buenos sentimientos” que caracterizó la faceta más conocida de la obra cinematográfica de Frank Capra, y que lamentablemente décadas pasadas oscurecieron su valoración de tantos elementos que hicieron de él un cineasta de primera fila. Ya se acordarán los más veteranos de aquella denominación tan negativa de “la abuelita Capra” para definir películas que estaban protagonizadas por seres idealistas, positivos y destacados por su constante trato con las gentes más humildes y desfavorecidas. Eran seres que luchaban contra las imposiciones de villanos acaudalados –tantas veces encarnado por el estupendo William Arnold- y sobre los que se planteaban situaciones límites cercanas al paroxismo, que finalmente eran solventadas por la siembra que había creado el propio protagonista con su labor positiva.

Mucho de esto está presente en el título que nos ocupa, representado en el personaje de Thomas Dickson y brillantemente interpretado por Walter Huston. Dickson es el presidente de un banco caracterizado por una línea de concesión de préstamos a gente humilde que siempre le ha proporcionado buenos resultados. Pese a esa fidelidad de los beneficiados a la hora de devolver dichos préstamos, en los últimos tiempos se ha granjeado la animadversión del consejo de inversores, que intenta forzarlo a una política más restrictiva en ese aspecto. Su convicción le lleva a enfrentarse con estos, aunque se verá a abocado a situaciones que se entrecruzarán en su vida en apenas un par de días. Por un lado se producirá una atraco en la oficina bancaria en el que ha tenido que ver uno de los empleados, y donde fallecerá un vigilante por disparo de bala. Las circunstancias del mismo convenientemente exageradas por la multitud provocarán que una creciente masa de clientes retiren sus efectivos del banco, en una tendencia que rápidamente se convertirá en peligrosa para la continuidad del mismo. Unido a todo esto Dickson se enterará que su esposa había estado la noche anterior precisamente con quien finalmente había facilitado el atraco a la oficina, derrumbándosele el contexto sobre el que sostenía sus convicciones. Afortunadamente, y cuando ya casi está a punto de capitular ante los inversores para poder lograr liquidez, la ayuda que le brindará su fiel empleado Matt (un impecable Pat O’Brian), llevará a que muchas de las personas a las que había ayudado en su trayectoria demuestren su confianza hacia el director aportando sus ahorros mientras las colas llenan las dependencias, logrando invertir el pánico sembrado en la multitud.

LA LOCURA DEL DÓLAR hay que insertarla en el periodo inmediatamente posterior al crack de 1929 y es a partir de ese contexto cuando hay que mirar con cierta indulgencia las enormes ingenuidades que plantea el guión servido a Capra por el experto Robert Riskin. Ingenuidades que en el futuro ambos sabrían replantear con una mayor sutileza en estos dramas desaforados bañados con tintes de comedia que definen las películas englobadas en estos rasgos. Y es que si bien el título que nos ocupa encierra bastantes buenos momentos, creo que los dos lastres fundamentales que impiden que sea una obra que alcance el nivel de obras precedentes de Capra, estriban fundamentalmente en la escasa interacción que se ofrece en las diferentes historias que se relacionan, y quizá precisara un metraje superior para poder desarrollarlas lo suficiente. A este respecto hay que consignar que son bastantes los momentos en los que se observa un apresuramiento o sensación de que el argumento discurre a trallazos. Un ejemplo lo tendríamos en la llegada de Dickson tras el atraco al bando –lo hace como un día normal- mientras que al instante deducimos que ya se había informado del atraco –lo lógico-. Del mismo modo, esa forma tan irresponsable de conceder créditos –ante una llamada telefónica otorga préstamos de varios miles de dólares-, o la propia atropellada manera de llegar los clientes que finalmente solventarán la situación ingresando sus ahorros en prueba de confianza al presidente del banco resultan, bajo mi punto de vista, resueltas bastante a trompicones, aunque prefiguren algunos de los momentos más conocidos de la filmografía de su artífice.

Pese a estas limitaciones tan palpables, creo que es innegable señalar que AMERICAN MADNESS tiene bastantes buenos momentos, aunque se encuentre por debajo de los logros que su artífice había manifestado ya en otras realizaciones suyas. Una vez más demuestra una estupenda utilización del espacio escénico central –la amplia oficina bancaria-, y en bastantes momentos se expresa la habilidad narrativa del director. Citemos para ello momentos como el instante en el que Matt recorre las dependencias tras haber contemplado juntos a la esposa de Dickson y el conquistador Cyril; la propia y sobria planificación del atraco, con su juego de sombras y contrapicados, digna de figurar en cualquier antología cinematográfica de estos; o el juego de montaje que permite recorrer el ciclo de comentarios de la multitud que engrandecerá los iniciales cien mil dólares del atraco –anunciados por la propia telefonista de la entidad-, hasta concluir con una fuga de varios millones a cargo del propio presidente. Rumores crecientes que culminarán con un comentario final del mismo personaje invocando “ya sabemos lo exagerada que es la gente”.

En definitiva, una película reveladora de las inquietudes de Capra pero que debe quedar en un segundo plano dentro de sus títulos más importantes, por más que prefigure varios de sus planteamientos temáticos y en su conjunto proyecte una mirada bastante escéptica sobre lo voluble de la condición humana.
Calificación: 2’5
hi
10/10/2005
THE BATTLE OF THE SEXES (1959, Charles Crichton) [La batalla de los sexos]

Creo que a la hora de valorar la aportación del cine británico dentro de la comedia, parece que muchos comentaristas se quedaron en la entrañable -en ocasiones excelente-, aportación brindada por los célebres estudios Ealing. Pero mi propia experiencia como aficionado me ha llevado en ocasiones a disfrutar de auténticas sorpresas definidas en estupendas comedias que retomando buena parte de los rasgos de la producción del mencionado estudio, sin embargo quizá por estar ubicadas en épocas posteriores no han logrado el reconocimiento debido. Recuerdo como hace unos años casualmente descubrí un ejemplo de lo expuesto con una brillante sátira de los hermanos Boulting llamada HEAVENS ABOVE! (1963), que en su ingenio y mordacidad en poco tenía que envidiar a buena parte de las –en ocasiones- sobrevaloradas producciones de la Ealing, en las que siempre destacaron la mayor parte de las realizaciones de Alexander Mackendrick.
Pues otro de los ejemplos que podrían servir para intentar al menos apreciar esas producciones ocultas hasta la fecha está en THE BATTLE OF THE SEXES (1959), realizada por Charles Crichton y hasta la fecha jamás estrenada en España, ausencia que de alguna manera se va a subsanar tras su edición en DVD, con la traducción literal de LA BATALLA DE LOS SEXOS. Cierto es que en cualquier antología del cine británico generalmente se hace mención a esta película y sorprende sinceramente que jamás llegara a nuestro país. En cualquier caso se trata de una interesante variación en tono de comedia de la permanente lucha entre pasado y progreso.

La película se inicia con un progenérico punteado por la intencionada e irónica voz en off de Sam Wanamaker, en el que expone por un lado el deseo de una multinacional newyorkina totalmente compuesta por hombres, por deshacerse de una ejecutiva –Angela Barroes (Constante Cummings)- decidida a una serie de reformas y códigos psicológicos para intentar –en teoría- proporcionar una mayor rentabilidad a la empresa. Por ello la destinan a visitar Escocia, una sociedad aún escorada en el mantenimiento de unas tradiciones y costumbres quizá obsoletas. El traslado le permite coincidir con el retorno a Edimburgo del heredero de la firma de confecciones MacPherson, caracterizada por sus cualidades. Se trata de Robert –Robert Morley- un atildado caballero hijo del veterano dueño que fallece dictando las órdenes oportunas para que la labor de la empresa prosiga. A partir de este encuentro entre Angela y Robert se inicia una relación estable al tiempo que la primera logra convencer al actual mandatario para reformar los modos, usos y costumbres de la factoría. Una nueva vía que provoca la reacción de los empleados y que tienen en Mr. Martin (Peter Sellers) el principal valedor para mantener las costumbres que han mantenido hasta el momento con éxito y que el propio y fallecido mandatario de la empresa pidió que se prolongaran tras su muerte.
Realmente esa es la sencilla base argumental –basada en una historia breve de James Thurber que al parecer es especialmente respetada en Gran Bretaña-, formulada como guión por Monja Danischewsky –también productor del film y destacado en su implicación con la comedia británica-. Pero la principal virtud de esta sencilla pero efectiva comedia estriba en el logro de un producto que en su corta duración aplica una mirada irónica y divertida sobre los usos y costumbres de una sociedad que se rebela contra el progreso y destacada fundamentalmente en una mirada escéptica, el gusto por el detalle, una aguda labor en su puesta en escena, una extraordinaria ambientación que casi totalmente se desarrolla en interiores angostos brillantemente diseñados –especialmente el recinto que alberga amontonados los balances contables de la empresa-, una interpretación excelente en el conjunto de su reparto y el logro de la conjunción de auténticos talentos en su equipo técnico en los que destaca con facilidad la labor de Freddie Francis en el extraño y lúgubre tono fotográfico imperante –bastante inusual para una comedia- y la agilidad del montaje obra de ese gran profesional que fue Seth Holt y que de no haber fallecido prematuramente quizá se hubiera convertido en uno de los más importantes realizadores del cine británico.
Pero incidiendo en sus cualidades, quizá la que más aprecio en esta película es el logro de un relato sencillo en el que las miradas de los actores, los gestos –los que ofrece el chofer de los McPherson en determinados instantes- o pequeñas disposiciones de los planos –por ejemplo las conversaciones que se formulan ante el retrato del fallecido McPherson (el eminente Ernest Thesiger), que en un momento determinado llega a estar inclinado-, permiten una mirada irónica que nunca alza la mirada y generalmente se mantiene con un semblante imperturbable, lo cual paradójicamente ofrece más efectividad a su resultado. En ese mismo tono cabe señalar la magnífica labor de Peter Sellers, que logra un retrato contenido y creíble del veterano, introvertido, abstemio y no fumador encargado de la empresa textil, en la que puede calificarse como una de las mejores interpretaciones de su carrera.
Más allá de estos rasgos concretos, THE BATTLE OF THE SEXES alberga igualmente algunos momentos de notable emotividad, como los instantes que rodean el fallecimiento del viejo McPherson ya en los pasajes iniciales –la cámara se ubica fuera de su ventana, Martin baja respetuosamente la persiana, la cámara desciende en una elegante grúa, muestra al chofer en la calle advirtiendo el detalle y quitándose su gorra en señal de duelo-. Pero en su contraste plantea algunas secuencias realmente complejas en su sintaxis cómica, como la que se desarrolla en los frustrados intentos de Martin por asesinar a su joven rival, narrados con un sentido coreográfico realmente brillante y que culminarán con otro estupendo detalle –estando a punto de empujarla por una ventana contempla unos coros en televisión que le hacen adquirir una conciencia beatífica-.

Para mayor ironía y cuando ya parece que el veterano encargado ha logrado ganar la batalla contra Ángela, nuevamente la voz en off inicial subrayará el arma más poderosa de la mujer; sus lágrimas, y nos vaticina lo que puede ser el inicio de una relación entre ambos, casi adelantándose varios años a la conclusión de la brillante COMO MATAR A LA PROPIA ESPOSA (How to Murder Your Wife, 1965. Richard Quine) –el recordado “flechazo” entre el mayordomo misógino que encarnaba de forma memorable Terry-Thomas (por cierto destacado representante de la comedia inglesa de este periodo) y la madre de Virna Lisi-.
En resumen, y aún no pudiendo afirmar que nos encontramos con un producto que apure hasta sus últimas posibilidades las sugerencias que se plantean, si que se trata de una divertida e ingeniosa producción. Muy poco después Charles Crichton dirigiría una apenas conocida comedia rodada en el seno de las Fallas de Valencia de 1960 –THE BOY WHO STOLE A MILLION; sería muy interesante comprobar la mirada de un director foráneo sobre la España de inicios del desarrollismo- que prácticamente cerraría su aportación cinematográfica. Pocos años después se dedicaría por entero al medio televisivo, hasta que en 1988 conoció el inesperado éxito de UN PEZ LLAMADO WANDA (A Fish Called Wanda).
Calificación: 3
12/10/2005
SHENANDOAH (1965, Andrew W. McLaglen) El valle de la venganza

Si alguna vez se le planteara a algún aficionado la “pequeña” gran diferencia entre la grandeza del cine de los grandes clásicos como John Ford –dentro de las lógicas oscilaciones que plantea una obra extensa- y el pobre resultado que lograron con elementos de base en apariencia similares algunos jóvenes realizadores que pretendieron imitar una fórmula única, no tiene más que echar un vistazo a SHENANDOAH (1965, Andrew W. McLaglen) -EL VALLE DE LA VIOLENCIA en España- para poder darse cuenta de ello.
Y es que desde muy pronto las imágenes rodadas por el hijo de aquel gran actor fordiano que fue Victor McLaglen en todo momentos demuestran por un lado su añoranza de un tipo de cine perdido, y por el otro su ineficacia a la hora de intentar al menos narrar con eficacia una historia por otra parte mil veces vista, y expuesta anteriormente con mayor hondura, profundidad y sentido cinematográfico. La historia de SHENANDOAH se centra en el drama de la familia de los Anderson, de eminente corte tradicional y conservador comandada por su patriarca –Charlie (James Stewart)-. Se trata de un hombre viudo y rodeado de hijos que reside en una granja de Virginia –en concreto en el valle que da título al film- y quiere mantenerse al margen de la guerra civil que vive, en la que por diferentes razones no quiere vincularse ni a Confederados ni a los fieles de la Unión. Esa presencia de la realidad de la guerra cada vez se hará más cercano a su tranquila vida habitual hasta que de forma casual su hijo más pequeño será hecho preso por el primero de los bandos. Será el inicio de su concienciación ante la tragedia y el inicio de una búsqueda acompañado de todos sus hijos que finalizará tanto con consecuencias trágicas como una final llamada a la esperanza.

En realidad, la película de McLaglen quizá en su momento pudo engañar a alguien pero no hizo más que servir para el inicio de una serie de títulos en los que pretendió prolongar la imagen mítica de actores como el mencionado Stewart o John Wayne, a los que incorporaron en películas de marcado carácter reaccionario y en donde la humanidad, ambigüedad y complejidad psicológica de sus personajes era sustituida por un claro mensaje conservador en el que la apología de la familia era una de sus premisas más evidentes. En este caso el indicio es francamente poderoso especialmente en su primera parte, en donde prácticamente asistimos a la descripción de una familia modélica en la que todos sus hijos respetan escrupulosamente las “sabias” proclamas de su padre. Un personaje –como en tantas películas posteriores de este y otros realizadores- que sirve por completo a los “tics” más evidentes de sus protagonistas –la manía de Stewart de preparar y fumar puros- y que lamentablemente se ve rodeado por personajes adolescentes interpretados por muy pobres intérpretes –quizá con la excepción del muy eficaz Glenn Corbett-.
Al mismo tiempo cabe señalar que en esa ineficacia psicológica de la historia, por un lado se desaprovecha la oportunidad de sacar partido a un interesante planteamiento; el dilema que plantea la realidad de la guerra. Una situación que se muestra tan solo de forma superficial aplicando elementos y referencias ya plasmadas en otros títulos del Hollywood clásico. En su lugar imperarán los clichés melodramáticos pobremente expuestos –el tratamiento de la aventura del joven hijo hecho preso es una buena prueba de ello- y a los que hay que unir la aplicación en ocasiones de un igualmente torpe sentido del humor que en algunas situaciones concretas llega a irritar por su penoso planteamiento –la secuencia de la vaca que se disputan los dos bandos a punto de iniciar su batalla es paradigmática en este sentido-.

¿Qué queda pues de aprovechable en SHENANDOAH? Pues fundamentalmente habría que referirse al hecho de que McLaglen al menos no sucumba a la tentación de aplicar efectismos cinematográficos que pocos años después no tendría recato en introducir en sus posteriores realizaciones. Es decir, al menos se agradece un cierto aunque importado aire de clasicismo y la ausencia de “zooms” o teleobjetivos que hubieran arruinado por completo esta mediocre y engañosa cinta, que encima desaprovecha la presencia de uno de los actores más apreciados del cine clásico.
Calificación: 1'5
13/10/2005
NED KELLY (2003, Gregor Jordan) Ned Kelly, comienza la leyenda

¿Cuántas veces hemos visto en cine la sempiterna historia del joven bandido abocado a tal condición por la injusticia de la sociedad que le rodea? Son bandidos que se muestran solidarios con los más desfavorecidos de su entorno y de forma callada tienen en ese personaje en apariencia al margen de la legalidad, el mito que en el fondo ellos desearían incorporar en la rutina de sus vidas. No solo el cine sino la literatura ha sido muy prolija en adaptaciones de este tipo de personajes al margen de la legalidad, dando como fruto bastantes películas de interés que están en la mente de todos y que se enclavan por lo general en géneros como el western o el cine de aventuras.
En la conjunción de ambas variantes se encuentra esta nueva versión del más famoso bandido australiano, que ya en el pasado fue llevada al cine por Tony Richardson, encarnando Mick Jagger al personaje –estuvo a punto de llevarlo a la pantalla Karel Reisz con Albert Finney como protagonista-. La verdad es que no podemos comparar con su precedente cinematográfico, ya que la misma se erige como uno de los títulos más exóticos de Richardson y su exhibición comercial fue bastante menguada. Consciente de la popularidad de su leyenda, se traslada de nuevo a la pantalla su historia dentro del engranaje de la cinematografía australiana, a cargo de uno de los realizadores de la última hornada que mayor proyección tiene cara a la industria de Hollywood –ciertamente a tenor de lo visto no puedo decir que ese presunto talento sea algo tangible en la labor de Gregor Jordan como realizador-.
NED KELLY (2003) –subrayada con un innecesario COMIENZA LA LEYENDA en España- no es, por tanto, más que una enésima variación de los rasgos antes señalados, adaptados a las convenciones del western dentro de esas no demasiadas producciones que se desarrollan en el pasado de la historia australiana. Pero lo triste de su resultado es que en ningún momento su historia se sale de los más torpes estereotipos al respecto, ni su realización logra trascender esas limitaciones y el demasiado generoso metraje de la película se desarrolla con una creciente rutina. Aún queriendo ampararla con la presencia de una voz en off del propio protagonista que intenta desgranar sin contraste dramático alguno la evolución de su trayectoria como bandido –muy a su pesar-. Una andadura que se extiende en la Australia de la segunda mitad del siglo XIX, en una sociedad en la que el peso de su pertenencia al imperio británico, la presencia de emigrantes irlandeses y la opresión de las fuerzas gobernantes propiciarán la aparición de grandes desigualdades sociales rozando incluso la miseria.

Es en ese contexto y de forma casi casual –el enfrentamiento con un agente de policía que tiene una especial inquina hacia su familia-, se iniciará la rebelión de un joven bondadoso que se ve enfrentado a luchar contra unos estamentos que arruinan su entorno familiar e incluso encarcelan a su madre con el deseo de que se entregue. Por lógica, las imágenes de la película se centrarán en el devenir de nuestro personaje –Ned Kelly (Heath Ledger)-, al que acompañarán sus hermanos en una progresiva huída hacia el abismo en el que tendrá su talón de Aquiles la labor para capturarlo del inspector Francis Hare (Geoffrey Rush).
No se puede decir que todo esto sea muy original, pero lo peor de NED KELLY estriba en su predominio de la rutina, del esteticismo y el embellecimiento. Los hechos suceden sin lugar alguno para la dramatización, en una sucesión en la que se observa fundamentalmente una escasa –casi nula- dimensión psicológica de los personajes –otros simplemente quedan en estado embrionario, como la amante que interpreta Naomi Watts-. Sinceramente, a tenor de lo visto, valorando su escasísima fuerza dramática y viendo que las intenciones del producto estriban en dar rienda suelta a un reparto juvenil –con especial mención al nefasto Orlando Bloom-, creo que la película se destina especialmente a públicos de estas edades. Solo de esta forma se entiende la escasa profundización observada tanto a nivel dramático como de puesta en escena.
Y en esta misma línea confluye la torpe interpretación que Heath Ledger efectúa del protagonista. Pese a su intento de impostura de voz y de trasladar unos modales rudos y campesinos, Ledger carece de fuerza histriónica alguna y creo que se está equivocando su carrera en el intento –fracasado- de ofrecer retratos de personajes definidos en caracterizaciones, para las que hoy por hoy, no está en absoluto dotado.

Haciendo una valoración tan llena de reservas, poco nos queda pues para destacar en NED KELLY. Por supuesto está la esforzada labor de Oliver Stapleton a la hora de impregnar a la fotografía del film unos tonos terrosos acordes con la época retratada y nos queda la fuerza de la labor de Geoffrey Rush –su sabiduría como intérprete le permite dotar de entidad y matización a su personaje, trasladando en sus miradas una extraña fascinación por el bandido-. Pero fundamentalmente si destacara algo en concreto serían algunos momentos aislados en los que se traslada un componente de cierta irrealidad a la película. Me estoy refiriendo a ese encuentro fugaz en plano paisaje con un aborigen, las armaduras que los bandidos utilizan para responder al asedio de la policía, el plano en el que se ve el león del circo muerto por los disparos o también esos instantes llenos de fuerza en los que dos de los bandidos hermanos de Ned comprenden con lágrimas que tienen que matarse si no desean que la policía los capture tras el asalto inclemente al lugar en donde se han ocultado. Son pocos en suma los elementos que merecen el interés de esta mediocre película sobre la que más vale pasar por el manto del olvido.
Calificación: 1
FANFAN LA TULIPE (2003, Gérard Krawczyk) Fanfan la tulipe

De todos es conocido el interés del cine francés en intentar competir con la industria de Hollywood. Para ello desde hace ya varios años siempre aplican esa intención en su apuesta por diversas superproducciones que logran emular en espectacularidad con los estereotipos marcados por el cine norteamericano... y quizá también lo hagan en la escasa calidad que presiden estas. El caso es que era hasta cierto punto lógico que a la hora de reeditar títulos clásicos para el gran público que fueran éxitos en épocas precedentes en la cinematografía gala, retomaran el éxito que Christian Jaque plasmó a inicios de los años 50 protagonizado por el gran Gerard Philippe y Gina Lollobrigida. Me estoy refiriendo a la simpática FANFAN LA TULIPE (1953) que logró un enorme éxito popular en su día, contribuyendo a afianzar el crédito de unos de los más prestigiosos actores franceses de todos los tiempos.
Y de aquel éxito se decidió aplicar un remake trasladando las andanzas de Fanfan (Vincent Pérez), joven desprejuiciado de la Francia campesina de las cercanías del siglo XVIII, caracterizado tanto por su proverbial optimismo como sus inveteradas dotes conquistadoras. Como si se tratara de un trasunto francés del Tom Jones creado por el escritor Henry Fielding en la Inglaterra de un periodo similar, Fanfan vive en un mundo aparte al margen de la realidad de su pueblo, entre conquistas femeninas y con una permanente sonrisa, se verá abocado al sueño de enamorar a la hija del monarca francés - tras defenderla accidentalmente de un ataque en pleno camino-.

Y es que nos encontramos en periodo bélico dentro del reinado de Luis XV, que bajo el prisma que ofrece la película solo vive para caprichos, lujos... e incompetencia. Un monarca que no tiene empacho de incitar a la participación en las batallas de soldados que envía a una muerte segura por su rey, y que para lograr un número redondo de participantes en una batalla –llegar a los 47.000- ordena a sus enviados a reclutar esos 36 soldados que faltan para alcanzar la cifra. El último de los nuevos soldados –captados tras eternos ruegos entre un público totalmente escéptico ante las promesas que se les brinda- será Fanfan que huye de una forzada boda con una de sus rápidas conquistas. En este trasunto conocerá a la joven Adelina, que muy pronto se enamorará de nuestro protagonista, aunque este siga con su sueño de lograr el amor de la hija del rey que la muchacha le había vaticinado en el primer encuentro de ambos.
FANFAN LA TULIPE (2003) destaca en primer lugar por la aplicación de un sentido del humor que quizá tenga mucha aceptación en Francia pero que para nosotros nos resulta bastante poco efectivo. La visión que se ofrece del campo de batalla y la descripción de la ineptitud del monarca ciertamente se nos antojan demasiado bufonescas. No se puede negar que entre tanto aspecto fallido hay algunos gags y situaciones que divierten, pero en conjunto hay que concluir en un balance bastante poco alentador, pese al logro de una ambientación notable que incide aún más en el desaprovechamiento que proporciona en su conjunto. Pero por encima de ese humor chusco y poco estimulante, lo cierto es que el gran handicap de FANFAN LA TULIPE estriba en el uso y el abuso de una estética visual que podría definir de alguna manera como “la traslación de los tics de la MTV a la francesa”. Es decir, y tal y como sucede en otras películas de diferentes géneros también partícipes de este esfuerzo industrial de la industria gala –me viene a la mente EL PACTO DE LOS LOBOS (Le pacte des Loups, 2001. Christophe Gans)- abundan el abuso de planos cortos, lentes deformantes y todo tipo de efectismos que creo empobrecen los resultados con una irritante estética especialmente anacrónica con el periodo histórico en que se desarrolla la historia.

En cualquier caso en un balance bastante poco halagüeño, lo cierto es que no se puede ocultar que algunas situaciones resultan divertidas –especialmente las actuaciones del militar que entrena a los nuevos soldados y su estado mental tras resultar vencido en una lucha contra Fanfan-, en su conjunto su argumento es entretenido, la duración es bastante asequible y, sobre todo, demuestra la entrega de un Vicent Pérez absolutamente arrollador en su carisma, encanto, capacidad acrobática y entrega en un rol ante el que no cabe comparar con la mítica labor precedente de Gérard Philippe. Simplemente se trata de dos visiones válidas en la aplicación cinematográfica de un personaje mítico del cine francés y ante la que Pérez no queda en modo alguno menguado.
Calificación: 1'5
14/10/2005
WICKER PARK (2004, Paul McGuigan) Obsesión
De todos es conocido que en líneas generales soy más bien enemigo de la aplicación de efectismos y “moderneces” visuales en las producciones de nuestros días –también en las de épocas precedentes, por supuesto-. Quizá por ello tengan más validez mis palabras cuando un producto que sobrelleva esas características merece un relativo aprecio por mi parte. Este es para mi el ejemplo que brinda WICKER PARK (2004, Paul McGuigan) –en España titulada torpemente como OBSESIÓN-, para verdadera sorpresa por mi parte, puesto que no esperaba nada de ella.
Creo que desde los propios títulos de crédito –se desarrollan con una brillante sucesión de planos fundidos y pantallas divididas-, la intención de su realizador –un Paul McGuigan del que confieso no haber visto hasta el momento nada suyo, y que cuenta con algún film precedente de cierto prestigio- es la de conformar un film en el que destaque una determinada estilización visual. Supongo que ello tendrá un grado de aceptación según sea la cultura cinematográfica determinada del comentarista, pero lo cierto es que en mi caso, la primera mitad de WICKER PARK me interesó bastante y queda como un ejemplo interesante de aplicación de una serie de determinados rasgos estéticos que en otros casos me han hecho detestar abiertamente algunas otras películas.
Nos encontramos en Chicago. Matthew (Josh Hartnett) es un joven de brillante porvenir relacionado con una empresa que le envía a un viaje a China. Sin embargo, y pese a tener un futuro prometedor y una personalidad definida, se encuentra ausente de su entorno. No consigue olvidar la breve pero intensa relación amorosa que mantuvo con Lisa (Diane Kruger) y que desapareció repentinamente cuando él le había propuesto trasladarse a vivir juntos a Nueva York, donde Matt había logrado un interesante propuesta profesional.
WICKER PARK es un remake americano de la película francesa L’APARTEMENT -que no he visto-. Independientemente de su hipotética superioridad o inferioridad con respecto a este referente, creo que la película se sostiene por sí misma al narrar una historia en la que entremezcla una obsesión amorosa definida en dos direcciones complementarias. Es así como desde el propio inicio del film se mostrará la que mantiene Matt con Lisa (Diane Kruger). Pero al mismo tiempo y sin que él lo sepa está siendo objeto de esa misma obsesión por parte de Alex (Rose Byrne), una joven que desde la primera vez que lo vio supo que se trataba del amor de su vida. Esa correspondencia en los actos y situaciones vividos por ambos personajes creo que es uno de los elementos más interesantes de una película en la que además en esa primera mitad se logra trasladar a la pantalla un cierto sentimiento fatalista sobre la necesidad del amor y la dificultad que sobrelleva su imprescindible correspondencia. Todo ello dentro de un envoltorio en el que las situaciones son presentadas con una narrativa que incide en la mencionada estilización visual y envuelta en un cuidado fondo sonoro plagado de canciones que refuerzan ese sentimiento de desamparo y al mismo tiempo desorientación.
Desgraciadamente, esa capacidad de sugerencia desaparece en cierto modo en la segunda mitad del film, decantándose este en cambio por un barullo de tramas, y situaciones entrecruzadas que bajo mi punto de vista varían notablemente el ritmo sinuoso que antes había caracterizado el film. Cierto es que de alguna manera responden a las expectativas de un film de suspense pero creo que empobrecen esa atmósfera misteriosa que hasta entonces se ha logrado. Uno de los problemas de WICKER PARK es el hecho de mantener una estructura de film de suspense cuando finalmente se revela una evolución y resolución bien poco interesante y que incluso deja en el aire personajes de apariencia secundaria que en momentos determinado no se explican –y estoy pensando en ese hombre que persigue a Lisa e incluso le deja a esta una flor en su puerta-.
En cualquier caso la película de McGuigan se deja ver con bastante agrado y de alguna manera viene a suponer una actualización de determinados títulos que Brian de Palma filmara en la década de los setenta. En el capítulo interpretativo cabe destacar la fuerza y sensibilidad demostrada por Rose Byrne en su papel de la amante impensada, a la que francamente no le acompaña la nulidad y cara de estreñido que ofrece Josh Hartnett en el rol protagonista. Un personaje interesante sobre el papel pero que este pésimo intérprete no sabe aprovechar en absoluto. Pese a esa importante limitación y al confusionismo de la segunda mitad, creo que WICKER PARK confluye finalmente como un aceptable producto en el que al menos una estética quizá cuestionable, deviene gracias a su uso preciso en un digno resultado.
Calificación: 2
HELL IN THE PACIFIC (1968, John Boorman) Infierno en el Pacífico

Pese a las poco halagüeñas perspectivas que mantenía con anterioridad a su visionado, y dada la propensión que John Boorman mantuvo en su obra hacia una narrativa llena de efectismos -especialmente en los primeros compases de su andadura como director y que también, aunque de forma más mitigada que en otros títulos suyos también está presente en esta película- ciertamente creo que aún con ciertas objeciones, HELL IN THE PACIFIC (1968.) –INFIERNO EN EL PACÍFICO en España- ha superado de alguna manera la barrera del tiempo. Y es que en buena parte de las películas filmadas por este irregular y nunca gran hombre de cine que es John Boorman, aplicó unos modos cinematográficos caracterizados por el más recurrente efectismo visual, que en esta película por fortuna se encuentra bastante más mitigado.
HELL IN THE PACIFIC es una película que se plantea como un reto al estar únicamente interpretada por dos conocidos actores –Lee Marvin y Toshiro Mifune-, encarnando cada uno de ellos a sendos oficiales de los ejércitos norteamericano y japonés, que han resultado náufragos en una isla en pleno periodo de la II Guerra Mundial. Allí inicialmente se mostrarán considerablemente agresivos uno contra el otro, intentando incluso eliminarse mutuamente y posteriormente –y cuando inicialmente uno y posteriormente el otro- caen como prisioneros, serán tratados como auténticos esclavos de sus respectivos contrincantes. No obstante, la inclemencia de la naturaleza y el propio roce en un entorno natural desierto, permitirá que se produzca inicialmente una relación de colaboración necesaria para llegar a realizar una balsa que les permita salir de la pequeña isla. Será a partir de ese proceso cuando realmente exista una cierta sintonía entre dos personajes en apariencia antagónicos, que finalmente lograrán flotar la mencionada balsa y luchar contra los elementos para que esta llegue al destino de la gran isla que pretendían como objetivo en el viaje.
Una vez allí lograrán encontrar un refugio de guerra edificado en el que encontrarán provisiones, ropas e incluso revistas que servirán para que el americano pueda rememorar a través de sus reportajes la comodidad de vida de su país, mientras que el japonés compruebe en las imágenes los avances norteamericanos contra los soldados de su ejército. Es ahí como con el desarrollo de una cena, los dos protagonistas al parecer acercarán su latente amistad pero al mismo tiempo irán aflorando elementos de su educación y cultura que repentinamente les remitirá a la anterior condición de enemigos. Los bombardeos les rodean...
Creo que si algo funciona en el film de Boorman es a través la fisicidad que emana de sus imágenes. Mas allá del estereotipo que marcan sus dos únicos personajes –en ocasiones y en su primera mitad, parece que nos encontremos ante una humanización de dos clásicos contendientes de los cartoons-, de los efectismos que en ocasiones se ofrecen en la primera media hora del film –y a los que ayuda una banda sonora de Schiffrin que más adelante va adquiriendo una mayor consistencia-, de la sumisión que estos personajes tienen sobre las características interpretativas de sus protagonistas, y del casi sonrojante simplismo que muestran las imágenes finales –que proporcionan una conclusión aparentemente atroz pero finalmente empobrecedora a la película-, es precisamente en esa ya señalada fisicidad en donde hay que encontrar sus mayores logros.
Es así como ayudado por una excelente labor fotgráfica de Conrad Hall que sabe extraer toda la belleza natural de la isla, y a la que ayuda el esteticismo en la planificación en pantalla ancha elegido por Boorman, el espectador de alguna forma se ve integrado sobre todo en ese esfuerzo de los dos protagonistas por lograr sobrevivir en un paraje agresivo para ellos, utilizando su ingenio y sabiendo aprovechar las posibilidades que le brinda un entorno natural al que no están acostumbrados. Es en todo ese proceso, que va ligado con el progresivo acercamiento del japonés y el americano, en donde la película va prendiendo su interés y logrando que pese a sus considerables insuficiencias de trazo psicológico la propia incidencia física de su labor permita que la película no aburra en modo alguno –lo cual ya es bastante para un film de estas características-.
Por lo demás, me da la impresión que HELL IN THE PACIFIC pretende prolongar por sus características el impacto que en su momento provocaron los minutos finales de la cercana PLANET OF THE APES (1968, Franklin J. Schaffner). Es más, por sus características y pese al empaque visual que muestra, la relativamente escasa enjundia de su argumento da la impresión que nos encontremos ante un episodio de THE TWILIGHT ZONE, eso si, sin que en ella sucedan elementos fantásticos, mas allá de la inflexión que se aplica en sus planos finales, que bajo mi punto de vista es bastante forzada, poco desarrollada y rompe con la relativa armonía que había desplegado su metraje precedente.
Al mismo tiempo cierto es que quizá sea esta la primera vez en la trayectoria de Boorman en la que este demostró una cierta fascinación ecológica por la pureza de la naturaleza, que posteriormente extendió a la irritante y sobrevalorada DELIVERANCE (1972) y años después en la más entonada THE EMERALD FOREST (La selva esmeralda, 1985)
Calificación: 2’5
15/10/2005
TENDER COMRADE (1943, Edward Dmytryck) Compañero de mi vida
Aunque no se puede decir que TENDER COMRADE (1943) –COMPAÑERO DE MI VIDA en España- sea uno de los títulos más destacables de la filmografía de Edward Dmytryck –más pródiga en buenas películas de lo que se le quiere reconocer-, sí que es cierto que puede calificarse como una aceptable crónica agridulce sobre uno de los sectores que vivieron más intensamente el trauma de la II Guerra Mundial en USA, como fueron las esposas de aquellos combatientes que se alistaron como voluntarios en la contienda especialmente a partir del bombardeo de Pearl Harbor. No es precisamente algo novedoso el objetivo de esta película, que se erige en un ejemplo más de un conjunto de producción que queda como un esfuerzo de los distintos estudios –en este caso la RKO- por trasladar un elemento propagandístico.
Dentro de ese conjunto, quizá en este caso se establezca de forma poderosa la impronta del guión de Dalton Trumbo, a partir del cual se desarrolla la aplicación doméstica por parte de las cuatro mujeres protagonistas de un teórico planteamiento democrático y aplicando el cooperativismo que si bien es cierto tiene su encanto, hoy día resulta un tanto ingenuo. Al parecer, Trumbo se mostró en desacuerdo con el resultado final de su guión.
TENDER COMRADE nos cuenta la aplicación de cuatro mujeres esposas de voluntarios, comandadas en todo momento por la emprendedora Jo Jones (Ginger Rogers). Ambas son trabajadoras de una fábrica y deciden en un momento dado trasladarse a vivir juntas en una misma vivienda y mancomunar sus gastos, logrando con ello reducir los mismos realizando una vida en común. Una vez encontrada la amplia y antigua vivienda elegida precisarán una asistenta, logrando la incorporación de una activa y bondadosa alemana que aún no ha logrado la ciudadanía norteamericana, aunque se destaca como furibunda antinazi. A partir de la unión de los cinco personajes se establecen sus relaciones, también sus disputas, sinsabores y convivencia conjunta mientras se suceden las incidencias cotidianas y los ecos de la peligrosa situación de sus esposos, todos ellos en el frente. Al propio tiempo, Jo hará público su embarazo y finalmente encontrará en su recién nacido hijo la continuidad en la presencia de su esposo, del que tendrá la triste noticia de su caída en la contienda.
Como se puede comprobar, la breve narración de su argumento de la película de alguna forma nos predispone a encontrarnos ante un típico melodrama bélico propagandístico de la época. Pero a fuer de ser sinceros y más allá de ese ingenuo aire progresista que emanan de esas líneas “democratizantes” del guión de Trumbo, creo que las mayores virtudes de esta pequeña película hay que encontrarlas por un lado en la propia cotidianeidad que emana de todo su metraje, en esos elementos de discusión que se establecen entre algunos de sus personajes –la disputa verbal que se plantea entre Jo y una de sus compañeras al defender la primera la importancia de la defensa de los ideales de igualdad y libertad- y, sobre todo, algunas disposiciones y elementos de la puesta en escena de Dmytryck, que finalmente se revelan como los instantes más valiosos de la propuesta.
Y entre ellas cabe citar la singularidad de sus instantes iniciales, con la despedida de Chris (Robert Ryan), de su esposa Jo, momentos antes de subir en tren. Este finalmente iniciará su marcha y ella se queda sola, mientras vemos que otra ya anciana mujer (la magnífica Jane Darwell) acaba de hacer lo propio y su semblante está definido por la tristeza; la guerra afecta a todos. Es interesante señalar la fuerza dramática que adquiere la escalera de la vivienda de las protagonistas, ya que en ella se desarrollarán los dos momentos en que a sendos personajes se les producirá la sensación de pérdida de su esposo –la primera finalmente infundada, la segunda tristemente real-. Por su parte, me resulta especialmente interesante el personaje de la asistente de las cuatro mujeres –Manya (Mady Christians)-, desde la decisión con la que se incorpora en la vivienda compartida hasta su fuerza y constante apoyo a ambas. Pese a su ubicación secundaria me resulta el personaje más interesante de la función.
En cualquier caso TENDER COMRADE establece su máximo punto de fuerza en el personaje de Jo, insertándose una serie de pequeños y cotidianos flash-backs que nos retrotraen a determinados momentos de la relación mantenida con su esposo. Es precisamente en los instantes finales, en el momento en que esta de alguna manera intuye y comprueba la muerte de su esposo delante de su casi recién nacido, cuando la película adquiere un notable impulso dramático, a partir del largísimo primer plano sostenido sobre el rostro de Ginger Rogers, quien sabe trasladar la tragedia del momento. Que lástima que el look cursi y relamido de la actriz –ese rimmel exagerado y un peinado absolutamente ridículo que no la abandonó en toda su carrera- en muchas ocasiones haya impedido comprobar su notable capacidad interpretativa.
Calificación: 2
25/10/2005
MAN'S CASTLE (1933, Frank Borzage) Fueros humanos

Mas allá de la enésima demostración de la capacidad de Borzage para plasmar el sentimiento romántico mediante una intensidad melodramática tan personal e intensa –iluminación, disposición de primeros planos, entrega de los actores-, creo que uno de los rasgos más destacables de MAN’S CASTLE (1933) –FUEROS HUMANOS en España-, no reside tampoco en su innegable carácter de testimonio sobre la “gran depresión norteamericana”. Mas allá de estos rasgos indudablemente remarcables, creo que la principal cualidad que desprende esta película es la propia singularidad y originalidad que emerge en buena parte de su plasmación cinematográfica.
Una originalidad que se aprecia ya desde esos primeros planos que nos muestran una vista general de la ciudad de Nueva York, pasando a otro ya más cercano en el que se nos brinda a un hombre lujosamente vestido con traje –Bill (Spencer Tracy)- dando de comer a los pájaros de un estanque. A su lado una sensible joven –Trina (Loretta Young)- mira temerosamente y delatando el hambre que sobrelleva. Ambos traban contacto y Bill lleva a la joven a comer a un distinguido restaurante. Aparentemente se trata de un rico que tiene un gesto con una indigente, pero pronto este señalará que no tiene un centavo, utilizando una argucia para que ambos puedan abandonar el recinto sin tener que pagar la cuenta ni ser denunciados a la policía. Es en esos momentos cuando este señala que la aristocrática vestimenta que lleva es en realidad el uniforme de “hombre anuncio” que en su camisa interior tiene luces fluorescentes indicando el producto anunciado simplemente paseando por las calles.
Muy pronto Bill hará tangible a Trina su despreocupada visión de la vida, en la que solo intenta lograr dinero cuando realmente le hace falta. Él vive en un suburbio de chabolas que se establece en las afueras de la ciudad y cerca de una estación de tren –la imagen de estas es irremisiblemente atrayente en su miserabilismo-. Pese a lo depresivo del entorno muy pronto Trina se integrará en él y mostrará su innato optimismo ante la vida, en medio de una relación establecida entre ambos en la que estará presente tanto un verdadero amor por parte de ella como un sincero respeto por la singular concepción que aparentemente define la misma por parte de Bill. Este es un hombre libre por naturaleza que entiende cualquier relación siempre anteponiendo que la misma no rompa con el anhelo de libertad del individuo. Pese a todo ello y a la aparente rudeza con que Bill trata siempre a Trina –la llama “huesitos”-, en realidad también tiene nobles sentimientos ante ella –la complace en su deseo de comprar una cocina pagada a plazos-. La sincera unión entre la pareja –se llegan a casar de forma simbólica- llevará a Trina a quedarse embarazada y a su nuevo esposo a intentar robar en una fábrica cercana la nómina de trabajadores para poder dejar dinero a la muchacha y marcharse lejos prosiguiendo su andadura definida por la libertad. Sin embargo el atraco se frustrará y pese a los cortapisas que le brinda el insidioso Bragg (Arthur Hohl), ambos jóvenes finalmente huirán en tren con la convicción de un futuro optimista para ambos. La cámara describirá un arriegado travelling de retroceso en grúa sobre los dos amantes, con la esperanza puesta en ellos.Ciertamente si algo caracteriza la enumeración del argumento de MAN’S CASTLE es lo liviano de la estructura dramática del film. Realmente parece que Borzage le interesa más la descripción, la sensualidad y evidencia del marco colateral de miseria en plena gran ciudad, que el recurso a una estructura dramática llena de elementos melodramáticos y autocomplacientes. En su escueta duración propia de una serie B, el realizador se interesa fundamentalmente por introducirnos con su demostrada sensibilidad y humanidad ante dos personajes contrapuestos que pese a ello se enamoran, y que al mismo tiempo mantienen un singular respeto en la intensidad de su relación –lo que no impide que se plantee en ella una modernidad a la hora de aceptar la libertad de ambos-.
Quizá sea esta paradójicamente una de las películas que mejor reflejan la miseria y angustia subyacente por la mencionada “gran depresión”, y de forma paralela esta es plasmada de forma auténticamente colateral y sin impedir que ese marco limite las posibilidades románticas de la historia de sus dos principales personajes. Un marco en el que de alguna manera se recogen influencias del mayestático ...Y EL MUNDO MARCHA (The Crowd, 1928. King Vidor) –los trabajos que acomete Bill recuerdan poderosamente los que retomaba John Sims en la obra maestra vidoriana-, pero en el que por derecho propio se vuelve a apostar por la libertad del hombre, por su dignidad, su unión con la naturaleza –esa costumbre de Bill de dormir siempre viendo las estrellas- y la sensibilidad marcada por los detalles –los juguetes que contempla Bill antes de intentar su robo y que le hacen recordar su futura paternidad-.
Si a ello unimos las excelencias de una dirección de actores marcada por su intensidad y pureza –Loretta Young está admirable, Spencer Tracy acomete uno de sus trabajos más libres y convincentes de su carrera, los personajes secundarios están muy bien definidos, especialmente el que interpreta con enorme sensibilidad Walter Connolly-, obtendremos el balance francamente positivo de un título sencillo y sensible, en el que Frank Borzage nos transmitió su visión de un periodo traumático de la vida americana del pasado siglo, siempre con su máxima de la preponderancia del amor sobre cualquier otro sentimiento.
Calificación: 3'5
26/10/2005
ROCK STAR (2001, Stephen Herek) Rock Star

No se puede decir que esperara gran cosa con el visionado de ROCK STAR (2001, Stephen Herek). Tan solo justificar que malgastara noventa minutos de mi vida por que a veces también apetece ver una nadería que sirva para cubrir una tarde dominguera. Y es en esta vertiente donde considerando la nulidad de su resultado, la verdad es que la película responde –plano por plano- a esa larga lista de convenciones que han venido atesorando el cine norteamericano a la hora de trasladar a la pantalla historias relacionadas con jóvenes que muestran sus inquietudes musicales, especialmente vinculadas al mundo del rock. Decenas y decenas de productos generalmente interpretados por cantantes y destinados al consumo alienante de un público adolescente que deseaba identificarse con las figuras que encarnaban sus ídolos.
Buena parte de esa tendencia está presente de ROCK STAR, que pienso con sinceridad que se concibió fundamentalmente para buscar un éxito comercial por el protagonismo de un Mark Wahlberg al que sin duda debió resultarle familiar este mundo, puesto que en su juventud destacó por participar en un grupo de rap. En cualquier caso y si se hizo con esa intención, la verdad es que los resultados comerciales no acompañaron. Y es que a veces la lucidez también está presente en el espectador, siquiera sea este de índole consumista. En la película Wahlberg interpreta a Chris “Izzy” Cole, joven cabeza de un “grupo de tributo” que se dedica a interpretar canciones de una conocida banda roquera –los Steel Dragon-. No solo interpretan las mismas sino que la mimesis se extiende a su forma de vestir en la Norteamérica de los años ochenta. Un buen día este romperá con sus compañeros de banda y casualmente recibirá una llamada del líder de la banda que tanto admira para poder incorporarse como cantante del grupo. Como es de prever eso será para el muchacho su sueño dorado y muy pronto se iniciará para él la fama, a la que se unirá su innegable carisma y personalidad en el escenario.
La llegada de una vorágine proporcionada por el hecho de alcanzar la fama, le llevará a introducirse en un mundo de mujeres, bebida... viajes y lujos continuos, que le llevarán a perder su perspectiva de la vida y a la separación con su novia y fiel manager –Emily (Jennifer Aniston)-. Pese a ese momentáneo desorden en su vida, y como está mandado, Cris recapitulará y finalmente abandonará la banda introduciendo repentinamente a un sustituto que parecía llevar idéntico sueño que él, y retornando a sus raíces buscando una música más íntima y volviendo, como era de prever, con su novia.
Está claro que la consecución de este argumento está plagada de tópicos y lugares comunes, desaprovechando una ocasión para poder tratar en la pantalla la alienación que en la juventud han provocado las ciegas admiraciones a los grupos de música moderna. En su lugar, se prefiere ofrecer un recorrido absolutamente previsible que concluirá de la forma más reaccionaria posible, con la serenidad del cantante y el retorno a la mujer a la que debe fidelidad. Pero es que buscar algo de sensatez en una película de estas características es como pedir agua en el desierto. ROCK STAR prefiere inundarnos con las habilidades de Wahlberg encarnando a un músico roquero caracterizado y vestido de la forma más ridícula posible –algún día habría que hablar sobre los atroces accesorios y looks implantados por la música moderna-, y en donde narrativamente el mediocre Stephen Herek solo se permite grúas por doquier, ralentis de lo más ridículo, situaciones apenas esbozadas, momentos confesionales absolutamente previsibles y una continua sensación de malgastar dinero en una producción que de antemano sabemos no va a producir nada nuevo –por cierto, uno de los productores es el “progresista” George Clooney.
Cierto es que ROCK STAR podría ser aún peor de lo que es. Su propia ligereza impide que nada pueda resultar definitivamente abominable. Pero aparte de preguntarnos que hacían en semejante función Jennifer Aniston y el británico Timothy Spall, al menos la película es de corta duración y su mediocridad no llega al extremo de lo insufrible.
Calificación: 0
PEGGY SUE GO MARRIED (1986, Francis Ford Coppola) Peggy Sue se casó

De todos es sabido que a raíz de sus consecutivos fracasos comerciales que casi estuvieron a punto de arruinarle, Francis Ford Coppola tuvo que acometer diversos proyectos asumidos como encargos profesionales, lo que no debería impedir que su resultado en ocasiones fructificara en títulos brillantes como LEGÍTIMA DEFENSA (The Rainmaker, 1997), otros más bien discutibles –aunque en el caso de DRÁCULA (1992) tengan bastantes admiradores, y algunos absolutamente poco logrados, que comparten además una serie de rasgos que arruinan un resultado finalmente blando e inoperante aunque en ellos se aprecien algunos destellos del indiscutible talento de Coppola. Es para mí el ejemplo que brindan COTTON CLUB (The Cotton Club, 1984), TUCKER (Tucker: The Man and His Dream, 1988.), en buena medida y pese a sus desafíos formales CORAZONADA (One from the Heart, 1982), y, por supuesto, la película que nos ocupa –PEGGY SUE GOT MARRIED (1986) –PEGGY SUE SE CASÓ en España-. En su conjunto –quizá con la relativa excepción del último de los títulos citados- se erigen bajo mi punto de vista como lo más conformista y prescindible de la irregular pero en conjunto interesante filmografía del realizador norteamericano.
El mayor defecto de PEGGY SUE SE CASÓ reside fundamentalmente en esa visión acrítica y sublimadora que ofrece de la vida norteamericana de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta. Se me puede oponer que es una visión que han brindado otras muchas películas, pero no es menos cierto que esa estética cargada de colores chillones, peinados y vestidos horteras o sorprendentes fascinaciones por el abominable Fabián es la que predomina y se llega a mitificar incluso en los primeros momentos de esta película, con la plasmación de la fiesta en la que los componentes de un curso estudiantil se reúnen de nuevo 25 años después. En ella será elegida reina de la misma la protagonista –Peggy Sue (una lamentable elección la de Kathleen Turner)-. Peggy se ha vestido incluso con el vestido que utilizó en su adolescencia y se encuentra en proceso de separación de su marido –Charlie (un no menos lamentable Nicholas Cage)-.
En un momento determinado Peggy sufrirá un desvanecimiento y repentinamente se verá trasladada a su adolescencia en pleno año 1960. Una circunstancia que les devolverá a un mundo de fiestas escolares, colores chillones y ridículos tupés, en el que la protagonista vivirá de nuevo su adolescencia con el detalle añadido de asistir de nuevo a ella con una mirada teñida de conocimiento al periodo que marcó la decisión final de casarse con su ya novio Charlie -empeñado en imitar a Fabián en su aspecto-. Es en este demasiado extenso metraje donde la película se deja llevar por un tono evocativo de una forma casi enfermiza y en absoluto distanciadora. Quizá en ello tenga bastante que ver las distintas mentalidades que este mundo tutti-frutti pueden parecernos en un público europeo –siempre vista con mayor distancia e incluso con cierta superioridad- mientras que buena parte de los norteamericanos consideran todo ello como una seña indiscutible de su identidad. Es por eso que personalmente toda esta galería de “símbolos genuinamente americanos” me parezcan francamente indigestos. A ello habría que unir la penosa labor de una inadecuadísima Kathleen Turner –absolutamente increíble en su pretensión de parecer una joven de dieciocho años-, a la que hay que unir la horrible labor del hoy tan en boga Nicholas Cage, en uno de sus primeros y más intragables prestaciones –está visto que su tío hizo bastante por imponerlo en la industria-.
Este rechazo generalizado por la cursilería y lo edulcorado del conjunto de la película, no impide reconocer que la misma se caracteriza por una correcta planificación –faltaría mas viniendo de la mano de quien viene- y la apreciación de algunos buenos momentos, que de haber tenido una mayor continuidad en el conjunto del film, sin duda hubieran permitido un resultado más interesante. Me estoy refiriendo a la poco utilizada relación entre Peggy y el joven estudiante caracterizado por su inclinación a la técnica –se apoya en él para desahogarse contándole el increíble viaje en el tiempo que ha realizado-; la secuencia de la visita de la protagonista a sus abuelos, en la que se aprecia una cierta calidez emocional o el paseo matutino de Peggy junto a su novio, en el que le entrega la letra de “una canción que te hará famoso” –se trata una de las más conocidas de los posteriores Beatles-. Sin embargo, si hay que destacar un fragmento en el que la película adquiere una cierta fuerza incluso romántica, hay que detectarlo por la intensa noche de amor que mantiene la joven Peggy con Michael (Kevin J. O’Connor), el joven beatnick que revela ante ella su inclinación a la poesía, y que en la fugacidad de la misma servirá para encarar el retorno a la madurez de forma más serena. Son instantes o destellos de buen cine, en un conjunto blando y almibarado, que bajo mi punto de vista destaca como lo menos valioso de la trayectoria de uno de los más importantes realizadores surgidos en USA desde finales de los sesenta.
Calificación: 1’5
27/10/2005
GANGWAY FOR TOMORROW (1943, John H. Auer) [Pasaporte al futuro]
En ocasiones no hace falta evocar la figura de un realizador de altura para valorar en una de sus obras un cierto nivel y, si se me permite la expresión, la grata sorpresa que me proporcionó GANGWAY FOR TOMORROW (1943) –jamás estrenada en España y emitida por tv bajo el título PASAPORTE AL FUTURO-. Una extraña serie B de la R.K.O., filmada por un John H. Auer antes de su paso por la Republic, en donde realizó la mayor parte de sus películas. GANGWAY... aglutina de su conciso metraje de apenas setenta minutos una mezcla dentro del género de propaganda aliada –incidiendo en las vertientes sociales y humanas de la misma- con la estructura del film de episodios –que se iría poniendo de moda en este periodo.
La película se inicia con la recogida de cinco personajes a los que conduce un ya maduro vitalista que de alguna manera ofrece con sus comentarios un retrato previo de sus tripulantes –ambos acuden a la fábrica en la que trabajan, y nos encontramos en pleno periodo de la II Guerra Mundial-. A partir de ese simple elemento de unión, iremos conociendo las vivencias más importantes de cada una de dichas personas, que aglutinan en su conjunto una variada gama de experiencias finalmente relacionadas con una contienda que –demuestra la película- a nadie deja indiferente. Evidentemente, el interés de estas cinco historias es desigual pero el conjunto bastante atractivo, puesto que Auer sobrelleva con muy buen pulso el ritmo y el montaje de la misma, hasta el punto que el interés siempre se mantiene y la labor del equipo técnico y reparto es francamente eficaz.
Estos pequeños relatos se inician con el que sin duda resulta más vibrante de todos ellos, protagonizado por Lissette (la cantante Margo), que ha vivido en París una dramática historia como destacada componente de un grupo de resistencia a la invasión nazi en Francia. El breve relato está punteado por detalles emotivos, con cierta fuerza y nos brinda el momento más intenso de la función –la panorámica que gira a la derecha permitiéndonos ver como la joven finalmente decide integrarse como animadora de los nazis –poco después huirá del conjunto de chicas-, mientras en off el ruido de las metrallas ratifica que sus compañeros han sido fusilados. El siguiente relato es el más insustancial de todos ellos y está protagonizado por Joe (Robert Ryan), joven piloto de carreras al cual ve truncada su futuro alistamiento por un accidente sufrido en una carrera al confiar en la fuerza de una rueda deteriorada. La tercera historia nos cuenta el trauma sufrido por el antiguo director de una prisión –Burke (James Bell)- al llevar a la muerte a un condenado que no es otro que su hermano. Es un relato caracterizado por sus fuertes influencias expresionistas y la incidencia de otros breves flash-backs, en los que Nicholas Musuraca incide en sus contrastes lumínicos que tienen su principal exponente en el primer plano final sobre el rostro de Burke al anunciar al gobernador por teléfono que dimite de sus funciones, tras llevar a la muerte a su hermano sin atender la llamada de la autoridad, que lo había indultado.
La película se ciñe a continuación –con corto interés- en la historia de Mary Jones (Amelita Ward), nombrada Miss América y que sucumbe a las servidumbres de la fama, forzando estas circunstancias y su ascenso al mundo de Broadway, la separación de su novio, que se alista, aunque una llamada a la esperanza permanezca pese a todo. GANGWAY FOR TOMORROW finalizará con la divertida historia de Wellington (una divertida composición de John Carradine), ingenioso y culto vagabundo que es llevado por el sheriff de la localidad a la que ha recalado, a manos del juez de la misma –que no es otro que el propietario de una tienda, encarnado por el siempre maravilloso Harry Davenport-. El astuto vagabundo será concienciado en la insólita vista que sufre de la necesidad de servir a su país de alguna manera –los improvisados espectadores de la vista tienen representantes de su familia relacionados con la contienda-. Finalmente, el ingenioso detalle de lanzar un dardo ante dos posibles alternativas que se exponen en sendos posters en la tienda, le llevarán a inscribirse en la fábrica de aviones a las que finalmente acudirán los cinco personajes con el optimismo de trabajar por una causa justa.
Pese a su simpleza, he de confesar que el plano general que muestra a los personajes acudiendo a la fábrica con los brazos entrelazados y los sones de música patriótica, me hace pensar en la efectividad que alcanzaron pequeñas pero estimulantes títulos como este, para alentar a la sociedad civil norteamericana en la necesidad de volcarse por esa lucha por la libertad ¡Que diferencia con lo sucedido décadas después!
Calificación: 2’528/10/2005
COMMANDOS STRIKE AT DAWN (1943, John Farrow) [Ataque al amanecer]
Entre la amplia nómina de realizadores que poblaron el Hollywood clásico, creo que sin atreverme a aplicar en él la vitola de un grande, sí que es cierto que convendría revisar la trayectoria realizada por el australiano John Farrow. Creo que es el ejemplo de un profesional que a tenor de lo que he visto hasta ahora de su obra, está caracterizada por una innegable solidez. Si a ello unimos la singularidad que proporcionan sus conocidos planos secuencias –en ocasiones de una complejidad asombrosa, y que en líneas generales se integran bien en sus películas-, nos dará la medida de un eficaz hombre de cine con peculiares maneras visuales, que en ocasiones fructificaron en interesantes películas.
Una de ellas, realmente poco conocida y valorada a la hora de realizar un cómputo de las más brillantes obras relativas a los episodios de resistencia de los pueblos europeos contra el nazismo, es sin duda COMMANDOS STRIKE AT DAWN (1943) –jamás estrenada comercialmente en España aunque editada recientemente en DVD con el título ATAQUE AL AMANECER-, que de un modo casi inmediato sirvió para plasmar en la pantalla un episodio de la resistencia de un pequeño pueblo pesquero noruego, ante la invasión nazi que muy pronto llena su entorno tranquilo, pacífico y rodeado de naturaleza, de ausencias de libertades y de muerte.
A partir de un relato de C. S. Forester, bien trasladado como guión de la mano del experto Irwin Shaw, COMMANDOS... se divide de forma claramente detectable en tres partes de desigual duración, que de alguna manera se corresponden con el elemento descriptivo de la localidad, las costumbres y los ritos que sobrellevan sus moradores, el largo episodio de concienciación y la visualización de la resistencia de sus vecinos. El primero de ellos es sin lugar a duda el fragmento de menor duración de la película y en ellos destaca la destreza de Farrow para introducir en ellos dos de sus conocidos planos secuencia. El primero de ellos comenzará con una larguísima panorámica circular de derecha a izquierda, abarcando desde ese mar que define los usos y costumbres de la pequeña localidad, hasta centrarse por medio de movimientos de grúas y complicados reencuadres con la vida diaria de la misma, así como presentarnos en ella al protagonista del relato. Sin lugar a duda Farrow pretendía con esta complicada secuencia hacer llamar la atención del espectador para adentrarse en la misma precisamente con la dificultad del mismo. En esta primera secuencia ya conoceremos a Eric Toresen (un excelente Paul Muni), pacífico pescador que pese a su condición pacífica sufrirá un proceso que variará de individuo pasivo a comandar el grupo de resistencia que acometerá la rebelión contra el invasor nazi.
Aún en este breve bloque contemplaremos el que quizá sea el plano más complejo de la película, desarrollado en una boda en la que al tiempo que los tradicionales bailes noruegos, el constante fluir de la cámara nos permitirá atender las amenazas que algunos familiares militares contemplan en torno a la política de los alemanes. La pantalla mostrará a continuación una serie de titulares de prensa que hacen evidencia del lúgubre presagio, hasta que estos se centran en la invasión noruega. Es ahí donde se inicia el segundo bloque narrativo –sin lugar a duda el más brillante del film-, en el que contemplaremos la llegada de los enviados del ejército alemán, sus aparentes buenas palabras que muy pronto muestran a las claras el carácter absolutista de su forma de actuar, los primeros efectos de interrogatorios, el control sobre la enseñanza o la quema de libros. Una situación que se nos ha mostrado en muchas otras películas –quizá en ocasiones con mayor fuerza cinematográfica que en este caso-, pero que son plasmadas con notable precisión por la cámara de Farrow, ayudado por la contrastada fotografía de William C. Mellor y la magnífica prestación de un ajustado cast en el que destaca la presencia de la veterana Lillian Gish. La atmósfera opresiva se hace casi irrespirable y muy pronto el conjunto de la población unirá sus esfuerzos en la ayuda de un grupo de hombres que conformarán la resistencia y que comandará Toresen. Este finalmente huirá junto a su hija e incluso esquivará con la ayuda de una anciana del lugar la cercanía de los nazis refugiándose en el interior de un pozo. Esa sensación de unión de un pueblo oprimido está muy bien plasmada en este largo fragmento de la película, que se ha sucedido tras su secuencia más rotunda, que es la que en un plano secuencia nos muestra el fusilamiento de un joven marino al que han capturado los nazis en sus actividades de resistencia.
Una vez plasmada la huída, Toresen descubrirá la existencia de aviones ubicados de forma camuflada y detecta los planes existentes de cara a la invasión generalizada de nazis y la creación de una base aérea. Es momento de intentar huir hacia Inglaterra en un barco y para ello logra la ayuda de varios convecinos. En el instante de la materialización de la huída uno de los reclutados finalmente resultará ser un colaboracionista de los nazis, y un mando alemán le entregará un silbato para perros con el que podrá detectar el lugar donde se embarcarán los noruegos sin que ellos lo adviertan. La traición, contra todo pronóstico, será revelada por la esposa del propio delator, quien en un momento de extrema fidelidad a su pueblo preferirá contársela al pacifico pescador, quien ya en alta mar dará las órdenes oportunas para atar al traidor y dejarlo morir ahogado –en un plano fijo de extrema dureza donde los gritos en off del condenado ofrecen un dramático contrapunto-.
La pequeña embarcación será llevada a Inglaterra al encontrarse con un submarino de su ejército, llegando con ello el tercer bloque del film –de briosa ejecución aunque sin la fuerza del que le ha precedido-, que culminará con sendas luchas de los británicos y un ataque a los nazis de la población, en los que perecerán bastantes de los lugareños y se sacrificará el propio Toresen, dentro de una imagen que se brindará como una apuesta por la libertad de un pueblo.
Sin llegar a la altura de la contundencia, el humanismo, la abstracción o la universalidad de obras antinazis de Fritz Lang o Jean Renoir, no es menos cierto que esta casi nunca mencionada película de Farrow –ni siquiera Tavernier y Courdesson la citan en su repaso a su trayectoria en su imprescindible libro “50 años de cine norteamericano”-, sí se puede ubicar a la altura de brillantes propuestas firmadas por nombres como Lewis Milestone. Es indudable que su amplísimo bloque central se erige a un nivel que no alcanzan los otros dos que le rodean –de menor duración por otra parte-, pero no es menos cierto que en conjunto es una apuesta valiente y lograda, por clamar contra la invasión de un ejército que buscaba la oposición a la auténtica libertad.
Calificación: 329/10/2005
THE GRAPES OF WRATH (1940, John Ford) Las uvas de la ira
Estamos en un tiempo lleno de inquietud y en los que las aparentes ventajas de la globalización dejan discurrir por sus crecientes grietas las desigualdades de pueblos que chocan en sus carencias con la opulencia de sociedades más avanzadas. Por eso las imágenes comprometidas, sentidas, emotivas, sobrias y casi emanadas de la conciencia y la dignidad de los personajes que retrata con cariño John Ford en THE GRAPES OF WRATH (1940) –LAS UVAS DE LA IRA en España, adaptada de la conocida obra de John Steinbeck- resultan tan cercanas como provocadoras para todos nosotros, hombres y mujeres que vivimos en una sociedad del bienestar y apenas recordamos como pocas décadas atrás, de una u otra manera, todos los grandes pueblos del mundo occidental sufrieron periodos de crisis, carencias, limitaciones y privaciones, y gracias al coraje de nuestros antepasados y al esfuerzo común se logró llegar a ese aparente bienestar que también apunta fisuras por medio de inquietantes presagios.
Pocas películas como esta –ya digámoslo- obra maestra del cine social, del cine norteamericano, del cine a secas, mantienen ese poder perturbador en sus imágenes. Una inquietud que se transmite ya desde el inicio del film, con ese caminar de su protagonista Tom Joad (un Henry Fonda creando uno de sus iconos del cine americano), discurriendo por unas polvorientas carreteras en búsqueda de transporte para llegar al hogar de su familia, en una granja de Oklahoma. Joad ha cumplido cuatro de los siete años por los que fue condenado al matar en una pelea a un individuo en defensa propia. El contraste del medio rural y la llegada del progreso es ya una clave que se manifestará en diversas ocasiones de la película, y que bajo mi punto de vista producirá sutilmente los momentos más conmovedores de la misma.
Muy pronto con la llegada a la que fue su granja familiar se dará de la mano la presencia de lo fantasmagórico y el recuerdo de algo que fue su modo de vida. La contrastada, expresionista y muy oscura iluminación de Gregg Toland resalta de forma admirable. En ocasiones la presencia del polvo, del viento que azota las hojas de los árboles o las propias tinieblas ejercen su incidencia en ese aire de decadencia, de


