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15/12/2006
FIVE WEEKS IN A BALLOON (1962, Irwin Allen) Cinco semanas en globo

Recuerdo en cierta ocasión haber leído un artículo que recordaba el resultado de una lejana encuesta que valoraba las peores películas de la historia del cine. La vencedora en aquella ocasión –Ed Wood aún no era el objeto de deseo de la misma- fue THE STORY OF MANKIND (1975, Irwin Allen). Título exótico donde los haya, planteaba un repaso humorístico al devenir de la humanidad, albergando un reparto formidable en el que se contaba desde Ronald Colman o Vincent Price, hasta los mismísimos Hermanos Marx. Aquella fue una de las diversas realizaciones que el director-productor-guionista Irwin Allen llevó a cabo entre los últimos años de la década de los cincuenta e inicios de los sesenta. Fueron todos ellos títulos generalmente escorados al terreno de las aventuras fantásticas, basadas en un concepto de “gran espectáculo” y la recurrencia a estrellas de cierto renombre en horas bajas junto a rostros televisivos conocidos de la época. Todo ello, en el fondo únicamente sirvió de adelanto al subgénero de cine de catástrofes que sería toda una moda y al mismo tiempo una lacra durante los años setenta y principios de los ochenta. Este es realmente el único mérito que cabe reconocer a la labor de Allen, ya que el conjunto de títulos que auspició es –a tenor de los que he podido contemplar- francamente lamentable.
Decidí pese a estos nada alentadores augurios visionar FIVE WEEKS IN A BALLOON (Cinco semanas en globo, 1962) con la ligera esperanza de que el paso de los años mitigara las debilidades de estas películas o revelara al menos el peso de la nostalgia. Ni siquiera con ese sentimiento se puede defender una película tan mala como esta, que además fusila sin piedad uno de las más conocidas novelas de aventuras de Julio Verne. Cuando en la industria norteamericana e habían producido estupendas adaptaciones de obras del escritor francés -20.000 LEAGUES UNDER THE SEA (20.000 Leguas de viajes submarino, 1954. Richard Fleischer), JOURNEY TO THE CENTER OF THE EARTH (Viaje al centro de la tierra, 1959. Henry Levin), e incluso de forma algo más cercana en el tiempo se planteó otra de sus adaptaciones con MYSTERIOUS ISLAND (La isla misteriosa, 1961. Cyril Endfield)-, hete aquí que Irwin Allen volvió a demostrar ser uno de los peores directores con que contaba el cine norteamericano en aquellos años. Sus FIVE WEEKS… evidencian desde sus primeros fotogramas una absoluta falta de ritmo –la película es soporífera-, el sentido de la aventura es inexistente y su vertiente de comedia resulta de una indigencia total.
Ni la presencia como guionista del experto Charles Bennett –que siempre consideró su colaboración con Allen una de las facetas más olvidables de su trayectoria-, ni el encanto de su fotografía en vivos colores, hacen olvidar una nueva ronda de viejas glorias tan mal utilizadas como las de los estupendos Herbert Marshall, Cedric Hardwidcle –que se nota estaba bastante limitado en sus movimientos-, Peter Lorre –en uno de sus más ridículos papeles de sus últimos años de carrera-, Richard Haydn –abusando de su voz atiplada-, o Henry Daniell –es mejor olvidar su ridículo rol de árabe maligno, para hacer justicia a su trayectoria cinematográfica-. Todos ellos combinados con las insufribles “gracias” de Red Buttoms y el tupé del cantante Fabian –que cierto es que no molesta demasiado-.
La reunión de estos personajes formarán la tripulación de ese globo experimental que sobrellevará una misión especial en una África inexplorada de finales del siglo XIX, al objeto de frenar los planes de un grupo de exploradores de esclavos, y ser igualmente los primeros en adjudicarse con ello el territorio “sembrando” la bandera británica. Este planteamiento dará pie a “divertidas” aventuras en las que no estarán ausentes danzas folklóricas, incidencias en la selva y huída de villanos árabes. Todo ello intentando aplicar un aire humorístico que, personalmente, llegó a enervarme en ocasiones por la torpeza con que se planteaban en sus imágenes estos apuntes de comedia. En franqueza, y por recurrir a otra adaptación de Verne de similares características y objetivos que la presente, creo que MASTER OF THE WORLD (El amo del mundo, 1961. William Whitney) –con todas sus visibles limitaciones- resulta una obra maestra al lado de este engendro. Incluso, con toda su mediocridad, me quedaría con las dos adaptaciones del escritor galo que Juan Piquer filmó en España a finales de los setenta.
Calificación: 0
THE BROKEN HEARTS CLUB: A ROMANTIC COMEDY (2000, Greg Berlanti) El club de los corazones solitarios

Aunque no todas las películas que englobaría en esta vertiente tienen el mismo nivel de calidad e inspiración, creo que es en el terreno de las tragicomedias corales donde el cine norteamericano ha encontrado un peculiar subgénero que en los últimos años ha brindado –entre otros- títulos tan interesantes como 200 CIGARETTES (200 cigarrillos, 1999. Risa Bramon García), HAPPY ENDINGS (2005, Don Roos), SINGLES (Solteros, 1992, Cameron Crowe) o BEATIFUL GIRLS (1996, Ted Demme). Títulos todos ellos en los que se intentaba profundizar en el comportamiento de determinados colectivos en la sociedad americana, bien fuera en un pasado reciente –la década de los ochenta, recreada en 200 CIGARETTES- o en el momento de la realización de estas propias películas. Del mismo modo, en el cine de finales de los noventa era ya practica habitual, no solo introducir personajes homosexuales en las películas, sino poco a poco incidir en una producción destinada plenamente dentro de dichos parámetros, donde convivieran personajes y situaciones mas o menos representativas del mundo gay. En ese terreno, pocos de sus títulos han logrado elevarse por encima del esquematismo de sus propuestas, mientras que en su momento apareció una obra maestra en esta vertiente –muy poco reconocida probablemente por sus aparentes servilismos comerciales, pero que considero la más hermosa plasmación en la pantalla de la infelicidad de una relación amorosa no correspondida. Me estoy refiriendo a THE OBJECT OF MY AFFECTION (Mucho más que amigos, 1998. Nicholas Hytner).
Pero centrémonos en el título que centran estas líneas –THE BROKEN HEARTS CLUB: A ROMANTIC COMEDY (El club de los corazones solitarios, 2000. Greg Berlanti)-, que sirve de la mano del experto profesional televisivo Greg Berlanti –creador de la serie Dawson’s Creek-, la descripción de un grupo de jóvenes amigos homosexuales –ambos se encuentran rondando la treintena-. Entre ellos los hay que viven en pareja, los que han sido abandonados por esta o quienes tienen el conflicto interior de sentir que su aspecto poco agraciado no les va a permitir llegar jamás a tener un compañero –lo que no analiza la película es ese afán de cierto entorno del mundo gay por el servilismo a la aparente belleza física-. Finalmente, también se encontrará entre ellos el atractivo amigo –Cole, interpretado por el Superman televisivo, Dean Cain-, que sabe que tiene las conquistas que desee en todo momento, aunque en realidad esta posibilidad no le impida ser él mismo utilizado por una estrella televisiva que esconde su homosexualidad de manera pública.
Este es el planteamiento que ofrece Berlanti, situando sus pequeñas historias en la zona gay de Los Angeles –definida en un entorno de clase media acomodada-, donde nuestros protagonistas siempre recalarán en sus ratos de ocio en el club que comanda el viejo Jack (John Mahoney), que incluso llega a formar con sus amigos y clientes un equipo de rugby –en donde por cierto Cole en uno de dichos partidos descubrirá intuitivamente que el viril portero del equipo contrario, es también gay-. El conjunto de BROKEN HEARTS… se disuelve en la moralidad de las pequeñas historias y frustraciones entrelazadas que protagonizan los distintos amigos, y en ellos se destacarán muchos momentos en los que hablar de sexo será moneda corriente, aplicando además a estas tertulias un toque de mordacidad –ver como todos ellos se confiesan ante la peluquera de turno-. Berlanti despliega sus mejores cualidades como realizador al destacar en el estupendo uso del formato panorámico, o una notable destreza al intercalar en los primeros minutos las circunstancias que concurren en todos los personajes que se desplegarán por su metraje. Para ello recurrirá al uso –en este caso impecable- de la pantalla dividida e igualmente fragmentada en diversos fundidos en negro, tras los cuales se irán describiendo algunos términos conocidos de la comunidad gay.
Pero en medio de la ironía y la generalizada sinceridad del grupo, algunos de sus componentes vivirán momentos duros y delicados, ante los que el conjunto de amigos deberán responder. Esa es, en líneas generales, la principal característica de una película que transmite autenticidad y cotidianeidad en sus fotogramas y que, mas allá de desarrollarse entre un conjunto de hombres homosexuales, de lo que habla es del derecho que todo ser humano tiene a ser feliz. Afortunadamente, el entorno donde están ubicados permite ya dejar de lado el terrible eco del sida o el rechazo familiar. En este sentido, la batalla está ganada, no así la guerra. Ahora deben afrontar la de la vida. Ese será el sentimiento que permanecerá en la mente de Dennis (Timothy Olyphant), que se siente solo en ese mundo de amigos y aparente comodidad, y se plantea la posibilidad de viajar y establecerse en Europa. Por su parte, Benji (Zach Braff) se liará con un “galletón” de gimnasio que le llevará al peligroso mundo de las drogas sintéticas; Patrick está totalmente atormentado por su vulgar aspecto físico… En definitiva, una galería de prototipos que con posterioridad han sido sobradamente explotados en múltiples películas y sitcoms televisivas, con la ventaja en este caso de que en la película alcanzan unas notables dosis de credibilidad cinematográfica. Esta propia condición gay de todos ellos es la que crea el rasgo más inquietante que se deduce de su andadura vital; el miedo a la soledad o al amor no correspondido, que se expresa con un notable sentido de la melancolía. Este rasgo tendrá su plena expresión a partir de la secuencia del funeral de Jack –al que acudirán todos sus amigos vistiendo las estridentes camisetas playeras que a él le gustaba lucir-, y en donde la cámara del realizador –acompañada por el evocador sonido musical de The Carpenters-, nos llevará a recorrer el estado emocional de todos los muchachos que deberían acudir a la celebración del “Hombre Púrpura” –la discreta y fiel pareja de Jack-, imitando los modos del admirable Paul Thomas Anderson de MAGNOLIA (1999). En ese recorrido visual veremos como una estrella televisiva ha plantado a Cole y Benji se muestra muy cercano a los excesos de las drogas. Sin embargo, las imágenes finalizarán con un Dennis verdaderamente roto al contemplar la foto espontánea que poco tiempo atrás hizo a Jack y su pareja, hasta que este sentimiento de irreversible ausencia estalle en lágrimas.
El epílogo del film transcurre unos meses después, cuando Dennis decida marcharse para probar fortuna como fotógrafo de prensa. En el club y lugar de reunión de siempre sus amigos han improvisado una exposición de las imágenes que con el paso de los años el homenajeado ha venido elaborando a ellos mismos. El ambiente es alegre –aparentemente-, pero un hálito de tristeza lo envuelve, mientras la cámara se centra en las fotografías, tomando el punto de vista del joven Kevin. Con sus breves y emotivas palabras describirá lo que sus amigos han supuesto para su desarrollo como persona, dando paso –nuevamente con la música de The Carpenters a un plano fijo de la imagen en la que todos ellos se reunieron en una ocasión. Un recuerdo que ya es parte del pasado y que quizá jamás vuelva a repetirse. Puede que con ello llegue su madurez existencial, pero la melancolía que desprenden sus imágenes hablan de esa pérdida de una determinada felicidad, y es mérito de su director y su espléndido “cast”, que ese sentimiento trascienda el mero estereotipo –que en ocasiones llega a bordear-, y transmita una sensación de verdad en el espectador. A mi juicio, y pese a sus pequeñas limitaciones, THE BROKEN HEARTS CLUB lo consigue ampliamente.
Calificación: 3
31/12/2006
JARHEAD (2005, Sam Mendes) Jarhead, el infierno espera

Pocas películas recientes me han parecido más inútiles que JARHEAD (Jarhead, el infierno espera, 2005. Sam Mendes). Inútiles no en la medida en que nos encontremos ante un producto despreciable –que, obviamente, no lo es-, sino en la sensación de asistir a una película que tras casi dos horas de metraje, no aporta prácticamente nada en las propuestas que apunta su historia. El tercera título de Mendes se centra en la anti-aventura –por denominarla de alguna manera-, vivida por un grupo de jóvenes norteamericanos que se alistan como marines a finales de la década de los ochenta, siendo enviados a la guerra del golfo en un destacamento que comanda el sargento Sykes (Jamie Foxx). Allí recibirán su correspondiente entrenamiento –algo que hemos visto ya en mil títulos precedentes-, y posteriormente enviados en una lucha a la nada, en la que tendrán que luchar contra su propio aburrimiento llevando a la práctica las acciones más peregrinas. Desde masturbarse hasta jugar partidos de béisbol en plenas arenas del desierto. A cerca de cincuenta grados de temperatura, los componentes del comando irán saboreando el absurdo de un cometido envuelto en el absurdo supremo de la propia guerra, hasta que finalmente la puedan sentir muy de cerca, pero finalmente su intervención en la misma sea inexistente.
Basada en una novela autobiográfica de Anthony Swofford –personaje cuyo desarrollo se conserva en la película-, centra su punto de vista su personaje encarnado por Jake Gyllenhaal, un muchacho hijo de un veterano del Vietnam, y su compañero, Troy (Peter Sarsgaard), otro joven más taciturno que esconde un pasado que se resiste a revelar bajo ningún concepto. En todo caso, son las apreciaciones en off de Swofford las que marcan el mayor grado de reflexión e ironía, en un personaje caracterizado por su escepticismo existencial –al inicio, y en un detalle algo chirriante, la cámara nos lo muestra leyendo en el aseo “El extranjero” de Albert Camus-, y cuyas actitudes y miradas van encaminadas a ello, dentro de su alternancia con una relativa aceptación de su destino personal. Troy y Swofford serán esencialmente los miembros más activos de comando y, por ello, sus personajes adquieren una mayor humanidad. Algo en lo que aporta un considerable grado de credibilidad e intensidad las espléndidas interpretaciones ofrecidas por Gyllenhaal y, sobre todo, su cuñado Sarsgaard –que día a día se está consolidando como uno de los grandes actores norteamericanos de su generación-.
Ya al margen del brillante capítulo interpretativo, de las excelencias visuales proporcionadas por la magnífica fotografía de Roger Deakins, y de un más que respetable conjunto de producción, procede intentar llegar al corazón de una película que dispara sus dardos en diversos blancos pero, bajo mi punto de vista, en ninguno de ellas logra dar en la diana. Lo cierto es que el balance que presenta es francamente poco estimulante. Todas las situaciones y conflictos personajes y de grupo reflejados en la película han sido tratadas –en la mayor parte de los casos con mucha mayor hondura- en títulos que todos tenemos en mente –es ocioso referirse a estos, aunque es inevitable la referencia a APOCALYPSE NOW (1979, Francis Ford Coppola), de quien hacen mención expresa en una de sus secuencias, o FULL METAL JACKET (La chaqueta metálica, 1987. Stanley Kubrick)–que queda referida en los fotogramas iniciales de la misma y otros diversos detalles del conjunto. Pero en mi opinión, lo peor de JARHEAD reside al comprobar como la aplicada narrativa de Mendes, choca constantemente con las posibilidades de la historia que describe. Se trata de algo tan difícil de explicar como factible de comprobar, al apreciar que cuando la película adquiere un cierto aire satírico, el modo de filmar del realizador anula por completo estas posibilidades. En su vertiente opuesta, esa imagen nocturna de los pozos petrolíferos –que en apariencia debería haber proporcionado una referencia visual sobrecogedora- ardiendo y formando una estampa casi apocalíptica, no resultan lo suficientemente explotadas dado el carácter contemplativo brindado por Mendes, lo que limita poderosamente su alcance como expresión suprema del horror en un marco bélico. Algo similar sucede cuando se descubre un grupo de vehículos calcinados llenos de cadáveres retorcidos por el pánico de una huída inútil. El conjunto fúnebre es realmente dantesco, aunque una vez más el escarizado director lo desaprovecha casi totalmente por su escasa dramatización. Habrá quien objete que quizá ese era el objetivo planteado por sus responsables. Si es así, sigo pensando que dicha concepción es poco acertada para ser plasmada en la pantalla. En todo caso, el instante posterior en el que un soldado encuentra el cadáver de un árabe, si que alcanza ese “pathos” y necesario clima de pesadilla, dentro de una película que deviene seria cuando quiere ser irónica o patriótica cuando en buena parte de su desarrollo se sustenta en el absurdo de las campañas militares.
En definitiva, con JARHEAD confirmo la impresión intuida en su anterior ROAD TO PERDITION (Camino a la perdición, 2002), de encontrarme ante un hombre de cine que aún no ha madurado lo suficiente en su utilización de los recursos expresivos que le proporciona el lenguaje cinematográfico. Mendes pretende ofrecer una mirada aparentemente original, y quizá con ello inconscientemente desee encubrir esa ausencia de fuerza dramática que caracterizan hasta el momento unas películas –las suyas- correctas, pero que piden a gritos un realizador más dotado que sepa llevar a buen puerto unos proyectos que quizá en algunos momentos le vengan anchos. Es aquello que sí logran expresar esas imágenes finales que describen el destino profesional y emocional de los componentes del comando cuando se reintegran a la vida civil –especialmente emotivo resulta el instante en que se muestra el futuro de Troy, el mejor momento de la película-, pero que en su forma de narrar y montar, remiten poderosamente al cine de Paul Thomas Anderson y su –en este casi- innato virtuosismo y talento ante la cámara.
Calificación: 2
HALLS OF MOCTEZUMA (1950, Lewis Milestone) Situación desesperada

Si hay algo que una película como HALLS OF MONTEZUMA (Situación desesperada, 1950. Lewis Milestone) pone de manifiesto a cualquier conocedor parcial de la trayectoria de su realizador, es la de consignar que este se mantenía fiel a los postulados que definieron su visión del alegato antibélico. En efecto, y más allá de sus logros y aspectos discutibles –de todo hay en esta película-, lo que no se puede negar es que en esta narración de Milestone se recupera esa visión del horror de la guerra que queda heredada de su lejana y oscarizada ALL QUIET ON THE WESTERN FRONT (Sin novedad en el frente, 1930) –de la que hereda ese horror y relativa delicadeza heredada de la obra de Erich Maria Remarque-, y que se extendería a la posterior A WALK IN THE SUN (1945) –una película que tienen bastantes conexiones con la que comentamos- y, muy especialmente, en esa joya titulada EDGE OF DARKNESS (1943). En estos ejemplos –hagamos salvedad del rigor que preside el último de los títulos mencionados- se dan de la mano con demasiada facilidad los momentos de buen cine, caracterizados por su fuerza dramática, su lucidez al describir el sinsentido de la guerra, con otros en los que su aire discursivo es excesivamente evidente, e incluso son alternados con secuencias caracterizadas por su inanidad.
HALLS OF MONTEZUMA se desarrolla dentro de la guerra desarrollada en territorio japonés por el ejército norteamericano durante la II Guerra Mundial. Un comando encabezado por el teniente Anderson (un magnífico Richard Widmark), es encargado de la conquista de un territorio nipón en donde se ubica una base de misiles. El comando se describirá en la dispar personalidad de sus componentes, en su mayoría soldados de reemplazo, ya que aquellos que acompañaron a Anderson en su andadura en Japón han sucumbido casi en su totalidad. Este es un hombre sensible, un profesor que sobrelleva su angustia existencial medicándose con antidepresivos, faceta en la que le facilita la medicación el asistente médico Jones (Kart Malden). Uno de los nuevos soldados del teniente es su joven pupilo Stuart Conroy (Richard Hylton), un muchacho al que pocos años antes había dotado de la suficiente confianza como para permitirle salir de la tartamudez que expresaba su personalidad introvertida.
En primer lugar, sorprende ver como la apariencia de encontrarnos ante una película apologética de la labor bélica norteamericana, muy pronto acoge la fórmula ya utilizada en la mencionada, estimable y en algunos ámbitos algo sobrevalorada A WALK IN THE SUN. En aquella ocasión iniciaba igualmente la película con una breve introducción de la psicología de sus personajes, mientras estos se preparaban para desembarcar –en aquel caso en la italiana Palermo, en esta ocasión en territorio japonés-. La originalidad de esta ocasión, estriba fundamentalmente en la magníficas maneras que describe Milestone al narrar en tres flash-backs la historia previa que relaciona a Anderson con dos de los personajes más allegados a él –Conroy y Jones-, mientras que otro de ellos supondrá una extraña variación, ya que desvela la contradicción entre la apariencia que evidencia el impulsivo soldado Riley (encarnado por Skip Homeier con la habitual fuerza con que definió personajes similares en la pantalla), y el verdadero origen humilde que revela su existencia previsiblemente influida por su carácter temperamental. En el primero de estos flash-backs, una leve panorámica hacia una pizarra nos llevará al pasado de Conroy, su encuentro con Anderson y su positiva evolución personal. Para el segundo se elegirá como motivo dramático la pipa que el teniente regaló a Jones, mientras que en la breve y reveladora mirada retrospectiva sobre Riley, se elegirá la pistola que este maneja con tanta aparente destreza como auténtica inseguridad, simbolizando su carácter inestable.
Junto con la presencia de estos elementos dramáticos, el film de Milestone va tejiendo de forma un tanto adusta pero siempre eficaz los mimbres de una aventura bélica que en muy poco se deja llevar por terrenos apologéticos. Por el contrario, optará por relatar una frustración existencial centrada en la figura de su protagonista, que poco a poco va comprobando como las personas a las que aprecia y le acompañan van falleciendo o siendo heridas en las emboscadas que sufren por parte de sus oponentes. Sucumbirá el joven y emprendedor Coffman (un jovencísimo Robert Wagner), al que seguirán los tres soldados cuya andadura ha estado más vinculada a este. La muerte de todos ellos describirá momentos de gran belleza cinematográfica, especialmente en las magníficas secuencias que protagoniza Riley, que es eliminado accidentalmente por parte del soldado Lane (Jack Palance), al intentar calmarlo tras la lucha que ha mantenido con un japonés. El primer plano sostenido de este cuando ha recibido el impacto de la bayoneta, y su expresión horrorizada diciendo “no quiero morir”, debería quedar entre las expresiones del sinsentido mostradas por el cine bélico.
Pero de forma paralela a esta progresiva desaparición de estos soldados, HALLS OF MONTEZUMA despliega una serie de subtramas, que por un lado proporcionan una cierta humanidad a los soldados y oficiales japoneses que los americanos hacen presos –en los que se intenta reflejar su dispar concepción de la propia existencia-, mientras que por otro lado describe un cierto apunte irónico con el personaje encarnado con espléndida ironía por Reginald Gardner. Se trata del sargento Johnson, un veterano de atildados modales, que pone en práctica una inusual condición militar revestida de cierto atildamiento, y que será muy útil de cara al logro del descubrimiento de la base japonesa, poniendo en práctica su agudeza y, sobre todo, su experto conocimiento del japonés.
Ni que decir tiene que el film de Milestone deviene en un buen número de momentos, instantes y descripciones brillantes. Pero al mismo tiempo contrapone esas virtudes, con esa relativa falta de densidad que caracterizó buena parte de sus títulos. Una vez más, se describe una magnífica utilización del travelling lateral como elemento expresivo especialmente en las secuencias de combate, y procura mantener la tensión –no siempre lo logra- en las escenas nocturnas y de transición. Sin embargo, y pese a la existencia de diálogos espléndidos, ese alcance discursivo tiene lugar en momentos clave como una de sus últimas secuencias, en la que ante la desesperación de Anderson al sentir la desaparición de sus soldados más allegados, otro de ellos se pondrá a rezar con intensidad. En el fondo, el alcance y los ribetes de esta interesante y olvidada película, demuestra por un lado que en Milestone –pese a la irregularidad de su trayectoria cinematográfica-, se encontraba un narrador competente, en ocasiones algo pesado –en mi opinión su destreza es inferior a la de un Edward Dmytryck, por poner el ejemplo de un realizador especialmente dotado en el género bélico-, pero al que no se puede negar una competencia expresiva, unos logros ocasionales y una coherencia temática, en muchas ocasiones expresada, aunque pocas veces reconocida. Sirva HALLS OF MONTEZUMA para ratificar que pese al paso de los años, en la mente del realizador estaban presentes algunos de los estilemas temáticos que desarrolló a la largo de su trayectoria.
Calificación: 2’5



